domingo, junio 28, 2009

LA PAZ, PUNTOS Y CONTRAPUNTOS



Texto: Álex Ayala Ugarte

¡Obrajes, Calacoto, Los Pinos, Cota-Cota! Una voz segura anuncia vertiginosa algunos de los barrios de la ciudad de La Paz desde un pequeño minibús. El caos circulatorio es total. Decenas de vehículos similares se paran cada pocos metros para conseguir viajeros. Se los intentan robar unos a otros. Los coches se cruzan y se descruzan en busca de un hueco por donde pasar. Los guiñadores están de adorno. Los semáforos, manipulados por policías de manera manual, intentan imponer un mínimo de orden entre tanto desorden. Y los chóferes, como si fueran potros, arrancan a trompicones sin prestarles atención.
Desde la ventanilla, mientras, Matías asoma medio cuerpo para volver a vocear con ímpetu las direcciones a los cuatro vientos. Para quien no vive habitualmente en La Paz, se hace difícil entenderle en su sucesión interminable de palabras. Matías es petiso, levanta apenas media docena de palmos del suelo. Sus ojos son como caoba y su pelo, apelmazado por una incómoda lámina de grasa, se acomoda en su cabeza con raya al lado derecho. Matías tiene 12 años. Y, como muchos niños en Bolivia, es parte del complejo universo laboral que ve a los menores como una mano de obra cualificada.
Entre el amasijo de calles sin nombre, rincones oscuros y llenos de mugre, luces de neón y rascacielos de ventanas ahumadas, entre tanto, algunos rostros ocultos bajo un pasamontañas raramente se descubren. Son los lustrabotas, jóvenes de infancias vencidas por una soledad buscada que tienen en su cajón y en sus tintes de aromas y colores diferentes su modo de vida. Algunos cursan estudios; otros se drogan habitualmente con clefa.
Y los “lustras” están por todo lado: en las plazas, en las avenidas, frente a los hoteles y, sobre todo, en las laderas. Allá viven, pues como en toda América Latina es en las zonas altas y más periféricas de las ciudades donde se concentra la miseria. Es el contraste. Las lomas, espléndidas de noche, con sus puntitos de luz que parecen estrellas, de día resultan un enorme y caótico tinglado de pequeñas edificaciones de ladrillo descubierto y calamina, callejuelas de tierra mal paridas y escaleras estrechísimas que retan con desfachatez a la orografía. Son las zonas donde la pobreza apuntilla con más dureza unos corazones de por sí ya maltratados. Sin embargo, al mismo tiempo, son los lugares donde el comercio informal y el contrabando mueven casi más plata que cualquier otro negocio de Bolivia. Y son las manos más pobres las que mantienen una economía en la que la evasión de impuestos está a la orden del día.
Entre los mercados callejeros, el área de mayor influencia se sitúa entre las calles Manco Kapac, Tumusla y Max Paredes, que conforman un gigantesco y laberíntico zoco donde se vende de todo cada día, desde productos electrónicos hasta ropa usada, comida y frutas. De madrugada, con las llamadas “mañaneras”, se despachan ciertos productos a precio de saldo. Y según va pasando el día casi todo va aumentando de precio.
Es también entre esas calles donde cobra una esencial importancia una figura: la del aparapita, dedicado a transportar bultos de toda clase y condición sobre sus espaldas. Es un oficio que requiere maña, destreza y mucha costumbre, pues apenas amarrados con unas pocas cuerdas, por unos pesitos, transportan frigoríficos, colchones, armarios y toda clase de enseres. Y aunque hay aparapitas gordos, casi todos lucen como figuras sin carnes; otros son niños que se dan mañas con bultos livianos. Pero a todos les define su saco –su chaqueta–, una prenda tan llena de zurcidos que no pasa nunca desapercibida.



La ciudad de Jaime Sáenz

Esa misma vestimenta llevaba casi siempre puesta uno de los pocos narradores que han surgido de las entrañas de la parte más maldita y mágica de la ciudad: Jaime Sáenz. “Es para quedarse perplejo. El saco ha existido como tal en tiempos pretéritos, pero ha ido desapareciendo poco a poco, según los remiendos han cundido para conformar un nuevo saco”, describía él mismo sus ropajes en un artículo.
Y a Jaime Sáenz hay que entenderle en sus escritos, pues su concepto de La Paz es otro. La Paz de Sáenz, precisamente, no es la que vemos todos los días, sino más bien la que vemos todas las noches, pues el escritor era un pájaro de hábitos nocturnos. La Paz de Sáenz es la marginal, la de las camas de cartón, la de los recolectores de basura y los perros ladrando a la luna, la de las subidas y bajadas escalando por sus calles vacías, la del trago seco y espeso, la de la nocturnidad, la de la soledad... y la de la muerte.
Fiel a sus principios, el escritor casi nunca salía de día. La pieza donde vivía era grande y muy oscura. Tenía siempre las cortinas cerradas y era al mismo tiempo dormitorio y antro literario. A Sáenz le gustaba tener todo cerca: sus libros, sus fotos, sus cigarros, sus bebidas... y escuchaba mucha música, especialmente la que le recordaba a su esposa, una alemana que lo abandonó llevándose a su hijo y a quien escribía cartas que después jamás mandaba a ninguna parte. Las rompía y las guardaba. Pero no era la única de sus manías. También era capaz de agachar la cabeza ante un cuadro de su morada que consideraba maldito, de romper un paraguas por la mitad con la rodilla por la simple razón de haber sido abierto dentro de una casa, de volver a bajar las gradas de un edificio por haber terminado esta tarea con el pie izquierdo o de quedarse dos horas callado observando llover y acto seguido disertar calavera en mano sobre la “otra vida”.
Con todo, este narrador paceño supo retratar magistralmente a los personajes más tradicionales y entrañables de La Paz. Es el caso de la chiflera, mujer que dicen emparentada con brujos y adivinos que vende toda clase de hierbas para curar los males; del velero, un hombre taciturno y silencioso, flaco y reservado, que vende velas a la hora del crepúsculo, cuando las almas en pena se retiran a sus casas; del afilador, quien al toque de una especie de zampoña metálica reclama la atención de los vecinos; del vendecositas, quien ofrece bajo un precario toldo botellas rotas, tornillos, cadenas, engranajes y hasta culatas de fusil de guerras olvidadas o máscaras de esgrima de tercera o cuarta mano, es decir, las más inverosímiles y extrañas cositas; y del loco, “dueño de un tiempo que se remonta al tiempo en que no hubo tiempo”, que dice Sáenz. El loco es quien recibe instante tras instante la descarga de las tensiones colectivas: el espanto y el júbilo, la angustia, el dolor y la congoja, los más profundos y, a la vez, ocultos sentimientos. Y además es un genio y un misterio. “De día un millón de almas hurgan en su ser y le quitan el sueño, y de noche igual los muertos lo desvelan”.
Pero La Paz de Jaime Sáenz es también La Paz de las bodegas, espacios lúgubres donde borrachos de toda condición rehuyen a la muerte. Su mirada es la de los suicidas. Su respiración, la mayor parte de las veces, es su única palabra. Y la decoración de estos lugares la conforman sólo viejos taburetes de madera y toneles de estaño deslucidos por el tiempo. Aunque la verdad sea dicha, ya no quedan en la ciudad muchas bodegas.



Anárquica por definición

Visto lo visto, uno se pregunta: ¿Existe alguna pauta válida para comprender La Paz en toda su indefinición? ¿Cuál es La Paz auténtica: la de Jaime Sáenz o la que anuncian las agencias de viaje? ¿La de los grandes rascacielos o la de los cerros que se estiran hacia el cielo? ¿La del frío intenso y tétrico o la de un sol que se amasa a más de 3.500 metros de altura? ¿La de grandes prestes o la de los niños hurgando en perdidos basurales?
No hay una respuesta. La Paz es una ciudad anárquica en sí misma, agresiva, estratificada en niveles queriendo plasmar la tremenda desigualdad social entre la gente. Y, como decía un vasco, Vicente González Sarasúa, que la visitó hace ya más de seis años: “La Paz es una ciudad que atrae aunque no convenza”.
Efectivamente, no hay planificación, no prima en ella el concepto de paisaje, no tiene demasiado espacio libre y, por momentos, pareciera que es un lugar que quisieran volverlo plano, algo imposible si se tiene en cuenta que la urbe está clavada en medio de una gran hoyada.
Es una ciudad reflejo del permanente conflicto, donde parece que nadie creyera en nada. Y, sin embargo, a pesar de un sinfín de predicciones agoreras que la han dado por muerta muchas veces a lo largo de la historia, La Paz sigue funcionando, demostrándonos cada día que tiene su propia lógica, que la simbiosis entre la naturaleza y la trama urbana es la más adecuada, que encuentra en medio de la inestabilidad un solo sentido, apuntando siempre al Illimani, el cerro de nieves eternas que, cual ojo, la vigila.
Por poner un centro, algunos sitúan la plaza Murillo como el corazón desde donde nace la anarquía. A su alrededor, tal y como describía Jaime Sáenz, “conviven calles angostas y empinadas, con un olor a cosa olvidada y con un gran silencio en sus esquinas, en cuyos ámbitos puede escucharse, distintamente, el ruido de la ciudad al caer la tarde”. A su vera, también vive la parte colonial, representando el orden dentro del caos que protagonizan el resto de las calles, plazas, arterias y avenidas principales.
Siempre ha sido así. En un principio, recién fundada la ciudad, en 1548, todo se orquestaba en función a la estructura en damero impuesta por los arquitectos de la Colonia. Pero igual había orden y desorden. La parte ordenada era el centro urbano mientras que los indígenas, que tenían prohibido habitar dentro de esta cuadrícula, se agolpaban como podían en barrios como San Pedro, San Sebastián y Santa Bárbara.
Hoy, el centro de la ciudad, con sutiles diferencias, intenta mantener un cierto equilibrio. En este caso, la modernidad, la dejadez –a veces– y los edificios republicanos y coloniales marcan la pauta. Se conservan lugares como el Palacio de los Condes de Arana (actual Museo Nacional de Arte) o el Palacio de los Marqueses de Villaverde (ahora renovado Museo de Etnografía y Folklore); y las iglesias coloniales –San Francisco, Santo Domingo y La Merced, entre otras– también se encuentran en buen estado.
En contraste, iglesias como la de Loreto –donde en estos momentos se ubica el Parlamento Nacional– se han perdido. Además, un cierto mal gusto se entreteje con La Paz mejor conservada. Es el caso de la plaza Murillo, donde el conjunto neoclásico del XIX (presente en la Catedral, el Palacio de Gobierno, el Palacio Legislativo, la Prefectura y la Cancillería) se rompe por culpa de un par casas particulares en el norte y este de la misma. Asimismo, la fachada de la Caja de Seguros, tiroteada en febrero de 2003 durante un enfrentamiento inédito en América Latina entre militares y policías, presenta aún los agujeros de bala de tan singular y absurda batalla.
En este mismo sentido, terrenos baldíos, graffitis con mensaje pero sin gusto –del estilo “en esta ciudad hay más radio-taxis que sentimientos”– y algunos edificios que son el contrapunto al tipo de construcción republicana hacen de las suyas en calles como la Comercio, camino hacia la explanada de San Francisco, donde toda clase de charlatanes y mercachifles vende lociones contra la calvicie y predica la venida del fin del mundo.
Pese a todo, no parece que nada sobre. La Paz de ayer convive casi a la perfección con la de hoy en día. Y en una mezcla muy paceña, los comerciantes callejeros se sitúan a la par de las grandes oficinas y los rascacielos. Así, en una mixtura de construcciones de cristal y de cemento que se elevan hasta el cielo y personas que se ganan el pan en espacios de apenas metro y medio, es que se avanza hacia El Prado, el verdadero eje de la urbe, donde algunos edificios modernistas de principios del XX –uno de ellos la Casa Hierro– conviven sin violencia con las frías construcciones ya posteriores a los años 60.



Muchos mundos dentro de uno

En torno a El Prado, barrios como el de Rosario, que alberga calles como la Linares, la Sagárnaga o la Illampu, son el colchón de vida de la ciudad. En ellos la luminosidad es una constante, pues a diferencia de lugares como Santa Cruz acá el agua no se evapora y deja una leve bruma. Y los contrastes de luz revelan, entre las sombras que los acompañan, los ángeles y demonios de la urbe, omnipresentes entre los grupitos de gente que camina escondiéndose del sol bajo papeles de periódico y sombreros.
Similar en carácter a El Rosario, San Pedro hace de enlace con Sopocachi, barrio muy tradicional y protagonista de letras de tango y de cantares. Sus hogares, casas más que peculiares de los años 30, han parido a buena parte de los que ahora manejan las finanzas y la administración pública, aunque hoy son ya un gran complejo de oficinas.
Mientras, un poquito más al este, el Puente de las Américas, un coloso desde donde acostumbran a suicidarse los desesperados, hace las veces de cordón umbilical con un enclave fundamental que comenzó a crecer hacia los años 40: Miraflores. Para muchos ejemplo de urbanismo al más puro estilo europeo, este lugar está ordenado en diagonales sin horizonte que intentan estructurar por completo la vida de sus habitantes. Equipamientos como el estadio de fútbol Hernando Siles o el Hospital Obrero, enorme, se agolpan a lo largo de esos brazos que lo articulan; y sus edificios, compitiendo en altura, parecen querer sumir a la ciudad en un ilusorio mundo de gigantes.
De allá, la bajada hacia Obrajes, en la parte más llana de la urbe, es un hecho. Y no hay barrio más gris que éste en la ciudad. Escoltado por el Choqueyapu, río fétido y mortal en época de lluvias, es un punto donde las casas de pocos pisos crecen como enanos, los coches circulan a velocidades desorbitadas para no llegar tarde a sus citas –aunque siempre llegan a destiempo– y los niños se quedan en sus casas ante unas aceras finísimas, que apenas dan paso a una o dos personas.
Obrajes es el paso obligado hacia la Zona Sur, que se despliega como una alfombra hacia el Illimani, pero hacia el este y no como su propio nombre indica. Y retando a la lógica, que sitúa normalmente a los pobres en el sur, ésta es la zona más rica de la ciudad, un mundo de lentejuelas, terciopelo, neones y oropeles que no parece Bolivia. Pero tanto derroche es solamente un signo que confirma que la urbe está por de más acostumbrada al desorden y a las rupturas.
Por otro lado, se puede decir que La Paz es una ciudad ósea, bien soldada, que funciona a trompicones, como lo demuestran sus épocas de cambio, coincidentes siempre con los grandes momentos históricos en la historia del país.
Y es que, por ejemplo, antes del alzamiento aymara de 1781 se construyeron con soberbia una buena cantidad de iglesias y palacios para nobles y hacendados. Lo mismo ocurrió en los años previos a la revolución del 52 –que buscaba terminar con una estructura feudal en la que la tierra se vendía junto a aquellos que la habitaban e instaurar una profunda reforma agraria (que al final se quedó a medias)–, pues en ese tiempo se levantaron barrios como Miraflores y avenidas neurálgicas como la Camacho y la Mariscal Santa Cruz. Y en el año 85, con la última y sangrienta dictadura que ha habido en el país –protagonizada por el general Hugo Bánzer–, se llevaron a cabo construcciones como el Palacio de Comunicaciones o la piscina olímpica, que fueron la antesala del neoliberalismo.
Y este tren no para. El proceso que se inició en 1548 con la fundación de la ciudad sigue aún ávido su curso. Con ese olor a cosa olvidada, con ese su alma de altibajos, con la mezcla de adobe, teja, cristal y calamina, con sus gentes alternando de un barrio para otro y con afán de quedarse para siempre como una parte indivisible del paisaje.

Entre tambos y conventillos

Precisamente, en esa lucha por eternizarse, tienen todavía un protagonismo esencial los tambos y los conventillos. Los primeros, tal cual lo describe el periodista boliviano Jaime Iturri, como “espacios de resistencia y explotación, lugares de encuentro, de vicio y de fornicio, de intercambio mercantil y trueque”. Los segundos, como verdaderos aglutinadores de vecinos, como patios donde todo es aún posible. Y, antes que nada, ambos son puntos en los que vuelven a ser centro de atención las lomas, las zonas altas, articuladoras sin tregua de los latidos ocultos de La Paz, de sus luchas, sus trincheras.
Entre calles abarrotadas de gremialistas, zapateros por un lado, talabarteros por otro, peluqueros en una empinada subida, fruteros en una bajada..., los tambos, grandes galpones con plásticos en el suelo y tinglados de calamina como techo, se han transformado fundamentalmente en centros de acopio y expendio de frutas y verduras; y también, en comedores populares donde la carne ni se huele.
Antaño no era sólo así. En el pasado sirvieron además de alojamiento y de refugio. Durante el predominio quechua, dice Iturri, los había de diferentes clases y categorías; y “durante la colonia se convirtieron en albergue de los mitayos que eran transportados a la fuerza para que las minas los devoren y, también, en lugar donde pernoctaban comerciantes, forasteros y prófugos”. Y en ellos, se compartían historias, idiomas de decenas de colores y algún plato que otro para poder matar el hambre por unas pocas horas.
Pero hoy ya casi nadie duerme en los tambos. Antes los había cada 40 leguas –la distancia que se recorría en un día de viaje–, pero ahora apenas sobreviven en la periferia de algunas ciudades. Y son como una corteza necesaria, una especie de película finísima que protege a la ciudad y sus gentes más humildes del olvido, un espacio donde se reescribe la historia de otra manera, desde el punto de vista de los que perdieron sublimes batallas, bajo la lengua como pluma de los desheredados.
En ellos, se reúnen trabajadores, poetas, rebeldes, sometidos y mujeres; y tratan de fusionar pasados y presentes, de darle una vuelta de tuerca, a su manera, al mundo. ¿Lo consiguen? Por lo menos, haciéndose escuchar entre un griterío por lo general polvoriento, taciturno y húmedo, mantienen sumanente vivo el sentir de los de abajo, de los que casi nunca suelen alzar la voz, de los que cercan virtualmente a la ciudad desde las laderas.
Lamentablemente, con la migración del campo a la ciudad y la proliferación de hoteles, hostales y pensiones, una parte del alma de los tambos, la de acogida, se perdió ya para siempre. La otra, la de ser centro de reunión en su función de proveer comida, se mantiene a duras penas, pues algunas vendedoras han tenido que abandonarlos y salir a las calles para garantizar la venta de sus productos, consumida ésta por la competencia que viene de afuera: de otras vendedoras en las aceras, los supermercados y los almacenes.
Con todo, la ciudad, aunque en silencio, sigue en movimiento en torno a los tambos. La fruta que termina primero en los mercados de la zona Sur y, después, en las mansiones y los estómagos de los empilchados hombres de negocios viene precisamente de sus entrañas. La compran las caseras al por mayor a las mañanas. A ellas les dan las más jugosas piezas para que las transporten luego en taxis y camionetas a los mercados, demostrando una vez más que en La Paz, de una manera u otra, todo está inevitablemente unido.
A veces, hasta las vidas. Así parecen evidenciarlo por lo menos los conventillos, que todavía están en pie en el centro de la ciudad y en la subida hacia los barrios de los cerros. Son casas vetustas y pesadas, con oscuros patios cubiertos a veces de techumbres donde los vecinos comparten entre sí puertas adentro, donde el olor a fritanga lo impregna todo, donde cuartitos de dos por dos, sin baño ni cocina, conviven con humildes despachos de abogados, mini-talleres y consultorios clandestinos, donde las conversaciones traspasan las paredes, donde casi todos los conflictos se resuelven.
Los conventillos son como una intrincada abadía llena de madera, de argollas y candados, de puertas, de cuartos sin ventanas con un olor estanco y espeso. Son lugares donde todo se comparte: las marraquetas, la sal, el arroz, el azúcar..., donde el único inquilino que tiene hornilla es capaz de calentar agua para todos los demás en el desayuno, donde, a pesar de sus miles de defectos y un escaso abanico de virtudes, los vecinos tratan de fomentar la comprensión, la tolerancia, la humildad y el buen humor.
Entretanto, en apariencia, nada entra o sale del conventillo. Todo se despacha puertas adentro: los arreglos y las desavenencias, los amores febriles y los engaños más perversos, los gemidos nocturnos y los bostezos diurnos, el vómito y la fiesta... Sus cuartitos son como una tumba sin epitafios, llenos de secretos, donde todo se sabe y nada. Y a la vez son el maniquí por el que la ciudad va dibujando sus contornos más precisos.

Las rutinas de costumbre

De los conventillos salen lustrabotas por las mañanas embutidos en buzos de faena y cubiertos por un pasamontañas. De los conventillos se escabullen de madrugada los representantes de oficios ya casi olvidados: los soldadores, quienes con carbón, ácido muriático, estaño y unos cuantos pedazos de lata, recorren La Paz con su brasero, ofreciendo sus servicios a viva voz de casa en casa; los joyeros tradicionales, enigmáticos, desconfiados, de mirada larga y pocas palabras; los hojalateros, que arman en un segundo tenderetes abarrotados de artículos de su fabricación que se venden en pocas horas como pan caliente; las tenderas, quienes en sus lúgubres almacenes cultivan una personalidad ahorrativa y conservadora, caprichosa y quejumbrosa. Y de los conventillos nacen todos los días las rutinas de las que se alimenta la ciudad. De ellos, del resto de las construcciones de las laderas y de los hogares de la ciudad de El Alto, la urbe colindante, separada únicamente de su vecina por unos metros de altura.
De El Alto bajan a La Paz como hormiguitas cientos de personas cada día. Algunos para estampar su firma a modo de tenderete en las aceras; otros acuden con suma puntualidad a oficinas lúgubres y oscuras; los hay que bajan a robar a los incautos a las avenidas principales; y quienes recorren las calles como idos vendiendo pañuelos, chicles, ambientadores y toda clase de chucherías por las que apenas sacan unos pesos.
Y en muy pocas horas el engranaje de la ciudad está en marcha. Una ciudad que tiene su lógica, la lógica propia de las rutinas, de la costumbre. El lustrabotas no falta nunca a su tramo de calle, el alcohólico a su cartón de vino que parece matarratas, los mini-buses y los taxis a su cruenta lucha por arañarse clientes unos a otros, los locos a sus pasos que caminan sin sentido y el ciudadano de a pie a sus andares esquivando gente.
La ciudad, aunque abanderada por el caos, tiene sus reglas. Sólo hay que llegar a comprenderlas. El que lo consigue conoce que en un mismo día se pueden padecer al mismo tiempo las cuatro estaciones –frío a la mañana, calor intenso al mediodía, lluvia torrencial por la tarde y vientos pícaros y enmarañados camino de la anochecida–, es consciente de que entre el laberinto de subidas y bajadas va a encontrar siempre a la misma gente, en el mismo sitio y a la misma hora; y sabe que las marchas de protesta, por lo general en las mañanas, son el pan nuestro de cada día.
Pero para saborear La Paz en toda su esencia no hay que estar simplemente de paso. El que está de paso se queda con la imagen de las luminarias salpicando los cerros cada noche, pero no se detiene a pensar en el amasijo de existencias que se alumbran como un suspiro bajo ellas; se queda con el rugido omnipresente de los tubos de escape y los voceadores, pero no se da cuenta de que detrás de la voz del mini-bus hay un alma perdida de niño; se queda con las casas coloniales, los museos y el mercado, pero ni siquiera imagina el flujo de vida que corre tras las paredes: en los conventillos, en las casas de adobe y calamina de las laderas y en las heladas camas de cartón de las aceras.
El que está de paso pasa, pero queda la ciudad, siempre invencible. Le pusieron las montañas y se hizo un hueco eterno entre ellas. La fortificó como ojo inquisidor la otra ciudad, El Alto, pero se hizo imprescindible y ahora necesitan irremediablemente la una de la otra. Así, a veces con poesía y otras con desencanto, en La Paz florece un corazón lleno de mezclas, inmerso en contradicciones, borracho de olvido, que hace contar a los que no cuentan para nadie, que sorprende, que camina siempre al borde del precipicio.

NARCÓTICOS ANÓNIMOS, EL CAMINO DE REGRESO



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

Sábado.16:00 horas. La Paz, Alto Obrajes. Joaquín, de 23 años, enciende un pucho. Sus dedos huelen a tabaco. El cuarto condensa igualmente en su interior el olor a cigarrillo. Y él viste una polera, un pantalón jean, unos tenis con los cordones desatados y tiene el pelo ligeramente en cresta. “Yo con una Coca-Cola y un Marlboro estoy feliz, como si mi mente despertara”, dice. Lo mismo que cuando consumía marihuana y pasta base.
La diferencia es que ahora lleva ya siete meses “limpio”. Aunque en la pared dos pósters del rapero Eminem recuerdan todavía momentos del pasado.
Joaquín busca un cenicero, lo apoya en su catre y se sienta al lado. Cierra y abre los ojos de manera intermitente, como quien se ha cansado ya de ver el mundo, y comienza a relatar su historia, que comenzó en el Liceo Militar de Sucre a los 14 años. “Allí es donde conocí la ‘sustancia’. Me decían ‘mandarina’ porque no probaba nunca nada y al final lo terminé probando todo de forma compulsiva. Después de que me invitaran cigarrillo, me compré una caja de L&M y me la fumé en una hora. La marihuana me gustaba porque me volvía más adrenalínico, un super hombre, y así pasé consumiendo mucho mucho tiempo. Cuando veía a algún tipo extraño en la calle, le paraba y le decía: ¿No tienes ‘yerba’, man? Y él sacaba, me quitaba de la mano 10 ó 20 pesos y me la daba”.
Más adelante, llegó la pasta base. “Un amigo solía comprar nueve bolsas chiquitas, de unos cinco pesos cada una, y yo pensaba que eso era para todo un mes, pero las acabábamos en cuatro o cinco horas”. Eso era en el Liceo y luego, cuando Joaquín retornó a La Paz, empeoraron las cosas. “Fui saltando de colegio en colegio y comencé a enflaquecer. Subía a la Garita de Lima y me hacía pegar y robar mientras intentaba conseguir ‘sustancia’. Me uní a una pandilla en la Pérez Velasco, robaba y podía pasar dos o tres días sin volver a casa”.
Joaquín quema el cigarrillo con rápidas bocanadas, como si fuera a vomitar un pedazo de pulmón en cualquier rato. Una botella de refresco descansa al pie de su cama, pero en otro tiempo, tras abandonar la pandilla, lo que había ahí mismo, a su vera, era una de vino. “Mi papá me daba 20 pesos para comer, pero yo me iba a la tienda y compraba tinto, para mí casi igual de anestesiante que la marihuana –explica–. Tomé como tres meses sin parar. Y también compraba pasta base. Ni me bañaba. Incluso el agua caliente me hacía sentir frío. Sólo fumaba y bebía. Hasta que pasé dos semanas sin dormir, entré a la habitación de mi abuelo, agarré su pistola y me puse a disparar al aire”.
“Entonces, vino el 110 y me encarcelaron –prosigue–. No se me pasaba la locura. Ni siquiera reconocía a mis propios padres. ¿Quiénes son ustedes?, les decía. Y acabaron por internarme en el psiquiátrico. A mí me parecieron días, pero fueron meses. Allí me dio un ataque y se me paralizó la parte izquierda de mi cuerpo. Caminaba así (hace el gesto), con la mano izquierda encogida y la boca torcida. Me diagnosticaron esquizofrenia. Cuando salí, empecé a doparme con sedantes. Y enseguida volví al vicio”.
Después, dice Joaquín, 15 entradas y salidas del psiquiátrico fueron la antesala de una recuperación que llegó por la intermediación de Narcóticos Anónimos (NA). Su llavero dice ahora “60 días limpio”. Ha recuperado su rutina: se levanta temprano, va a sus clases de Derecho y ha transformado la ansiedad en orden. En su mesilla, los objetos se agrupan concienzudamente. Por un lado, sus útiles de limpieza: jaboncillo y un cepillo de dientes. Por otro, papeles y libros: de la universidad y de Fidel Castro. En un rincón, una montaña de zapatos. Y encima de una nevera, las pastillas para su enfermedad mental. “Sin ellas –comenta–, puedo perder la conciencia y comenzar a romper vidrios y paredes. Y los médicos dicen que si, sigo consumiendo, cuando tenga 30 años puedo estar ya completamente loco. Eso fue lo que me asustó”.
Se cierra la puerta y Joaquín agarra su refresco y nos acompaña. Nos cruzamos con sus abuelos. Joaquín vive con ellos porque sus padres, divorciados, no le quieren en sus nuevas familias. La casa está en reconstrucción y en el piso de abajo se agolpan armarios y sillones viejos. En una esquina yace una bicicleta. Es la que Joaquín empleaba para realizar pequeños hurtos con el fin de conseguir “sustancia”.



“Soy Leo, adicto en recuperación”

Viernes. 19:30 horas. Calle Sagárnaga, salones de la iglesia San Francisco. Reunión de Narcóticos Anónimos.
“Hola, soy Leo, adicto en recuperación”. “Hola Leo”, responden todos a coro. Leo, de 30 años, es de baja estatura, usa lentes transparentes y viste una camisa a rayas y una chaqueta de cuero. Está “limpio” desde hace casi ya tres años y su tragedia personal comenzó con un abuso sexual. “Nunca se lo conté a mis padres y, desde entonces, comenzaron mis obsesiones. Me obsesionaba con las proferoras de la escuela, con los juguetes, con las niñitas, con mi imagen. Pasaba horas frente al espejo peinándome. Estaba acomplejado. Y a los 11 años fue mi primera borrachera, cuando tomé todo el singani que había sobrado de una fiesta”.
Leo llegó a Narcóticos Anónimos hace aproximadamente cuatro años. La organización se fundó en los Estados Unidos en 1953 como una escisión de Alcohólicos Anónimos, pero fue recién, hace menos de una década, cuando se implantó en Bolivia. Los primeros grupos no fueron constantes. Abrían y cerraban. Y ahora son dos –“Limpio y sereno” y “Génesis”– los que se reúnen habitualmente, lunes, martes, jueves, viernes y sábados. Adictos en recuperación estables son cerca de 15. El resto va y viene. Y la regla es que el que está bajo los efectos del consumo durante la reunión no habla. “Por otro lado, es importante asistir con regularidad –acota Leo–. Acá no se piensa en el mañana. Nuestra consigna es ‘sólo por hoy’: un día sin consumir es mucho y 1.000 no son suficientes”.
Narcóticos Anónimos se define como una “confraternidad sin ánimo de lucro que promulga la abstinencia ante todo tipo de sustancias y que se basa en 12 tradiciones y 12 pasos que animan a los miembros a cultivar una concepción individual –religiosa o no– de los principios espirituales y de la aplicación de los mismos en la vida cotidiana”. En el mundo, se celebran ya más de 50.000 reuniones semanales en 136 países, y el promedio de años sin drogras es de 9,1. Pero es todo un proceso.
En el caso particular de Leo, la transición tuvo muchas caras. “Primero fue la masturbación. Después, las prostitutas. Y más tarde, la pasta base y la cocaína. Toqué fondo. Prometí muchas veces a mi madre que lo dejaba. Y nunca cumplía. En una golpiza en plena plaza Eguino, cuando estaba en busca de mi droga, a punto estuvieron de sacarme un ojo, pero hasta con parche y todo seguía consumiendo. Perdí mi charango, lo que más amaba. Intenté desintoxicarme en Quime, el pueblo de mis abuelos, pero viajé con mi bolsita de marihuana. Me metí después con los alucinógenos, con el san pedro y la mezclalina... Hasta que comprendí que si seguía así no iba a pararla nunca”.
Son las 21:00 horas y han dado también su testimonio Joaquín y Álvaro. Leo, que a a rehecho su vida y ahora da clases de inglés, se encarga de cerrar la reunión de hoy. Todos hacen corro en torno a una silla vacía, que representa al adicto que está por llegar. Juntan los brazos, cierran los ojos y recitan: “Poder superior, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”.




Un pantalón, una polera

Domingo. 15:00 horas. Avenida Periférica. La habitación de Álvaro está decorada con fotografías de águilas, una bandera estadounidense, poemas de su autoría, coches en miniatura, calaveras y ropa ancha, estilo rapero, que puebla su armario en cantidades. En su peor momento de adicción, sin embargo, apenas tenía un pantalón y una polera. “Los lavaba y me quedaba en casa uno o dos días hasta que secaran porque no tenía otra cosa que ponerme. Lo había vendido todo para conseguir pasta base y marihuana”.
El muchacho, de 22 años, tiene el pelo corto y lleva “limpio” sólo tres semanas y media. Varios tatuajes cosen sus brazos fornidos, que parecen fierros para anclarse a tierra. Las cadenas hablan de su pasado pandillero, reciente aún, y el póster de una Virgen de Guadalupe de influencia mexicana ocupa un lugar, a modo de altar, sobre su catre. “A ella me encomendaba siempre para que me protegiera de los enémigos y para que me ayudara a conseguir la droga”. Hoy, en cambio, le pide para que la adicción se quede a un lado.
“Antes era un ambicioso –relata–. Por eso, además de consumir, empecé a vender droga a otros en mi zona. La compraba a buen precio en el Barrio Chino y la colocaba después más cara. Yo pensaba que mi vida iba a ser como la de las películas, que iba a tener una mansión, autos de lujo y ñatas. Pero nada se dio como me imaginaba. Me atrapó la Policía con 30 gramos de marihuana y me metió en San Pedro. Estuve entre rejas unos meses y fue peor. Allá la droga se consigue aún más barata”.
En el camino, Álvaro introdujo a su hermano, que ahora tiene 17, en la senda de la drogadicción. “Le presentaba gente para que se sintiera protegido. En lugares como éste hay que hacerse respetar y no pensé en aquel momento que le hiciera mal alguno”, dice. Y él, entre tanto, durante las épocas más duras de intoxicación, subía a El Alto, alquilaba un alojamiento y podía estarse ahí, drogándose delante de alguna de sus chicas, hasta que el dinero y la “sustancia” se acabaran. “Luego, bajaba caminando. A menudo, a las dos de la mañana. Y tardaba más de tres horas en llegar a casa. Yo no estaba bien. A mis enamoradas les gritaba y les maltrataba. Pero tengo esa mentalidad de tener amigos de consumo, amigos diferentes, delincuentes, que venden drogas. Me he criado así y dejarlo cuesta”.
Actualmente, Álvaro trabaja en el almacén de una cadena de supermercados. Narcóticos Anónimos, comenta, le dio mucha seguridad, “nuevas amistades que no me van a inducir al vicio”. “Entré a la organización porque soy un perdedor; y cada vez que estoy rodeado de mis compañeros me siento ganador”.

Múltiples semblantes

Para el psicólogo boliviano Iván Torres, la droga adquiere múltiples semblantes. “En El Alto, como hay menos dinero, los jóvenes esnifan pegamento o gasolina –explica–. El que busca euforia y ser más abierto en sus relaciones sociales prefiere, sin embargo, la cocaína. Y el que trata de estar en buena onda, la marihuana. La sustancia es algo así como la pareja de uno, su otro yo, lo que reafirma al individuo, y en estos tiempos de consumo exagerado de refrescos, de comida, de alcohol, de sexo, de tabaco, etcétera, la droga también es un producto en alza”.
Según las estadísticas del Centro Latinoamericano de Investigación Científica (CELIN-Bolivia), la tendencia de consumidores de marihuana en 1992 era del 0,2 por ciento de la población; mientras que en 2005 había crecido ya al 1,97 por ciento. Entre tanto, en cuanto a la cocaína, la tendencia era del 0,1 por ciento en 1992 y pasó a ser del 1,33 por ciento en 2005.
Puntos como la plaza Alonso de Mendoza, Villa Fátima, el Barrio Chino, la plaza Eguino o la Garita de Lima son los lugares de expendio más comunes, además de algunas casas particulares en las zonas altas y las salidas de los colegios. Y el uso indebido como droga de sustancias legales –por ejemplo, medicamentos como las anfetaminas– es, según el CELIN, una rutina cada vez más habitual.
Con todo, instituciones que trabajan temas de adicción no faltan. El Instituto Nacional de Prevención, Tratamiento y Rehabilitación (INTRAID)es una de ellas. Y la fundación SEAMOS, otra, dedicada fundamentalmente a la educación en los colegios. Pero para Iván Torres, lo que se echa de menos en el rubro es el “estudio clínico caso por caso”.

Muecas macabras

Lunes. 15:00 horas, Villa Copacabana. Gustavo acaba de mudarse. Abre la puerta metálica de ingreso a su edificio, sube lentamente las escaleras hasta el cuarto piso y se para en la azotea, un improvisado balconcillo con vistas a buena parte de la ciudad. Gustavo oculta su calvicie bajo una gorra y en su cara están los rastros de una vida difícil. Se le nota avejentado. Sus 41 años parecen 50, pero está limpio de drogas desde hace 17 años, desde la mañana en que vio a dos de sus hijas caminando sobre una alfombra de colillas y restos de diferentes sustancias y repitiendo las macabras muecas que solía hacer cuando se encontraba intoxicado.
“En una ocasión, durante una de mis crisis, incluso le hice tomar alcohol a mi bebé para que dejara de llorar y no me pusiera más nervioso”, reconoce ahora arrepentido. Cuenta además que antes de su reconversión vio a uno de sus amigos suicidarse con una pistola delante de su familia por culpa de la pasta base; y a otros dos entrar en la cárcel, donde terminaron por matarse. A él le costó un divorció y decenas de disgustos. “Pero pude recuperarme gracias a Alcohólicos Anónimos primero y, luego, a Narcóticos Anónimos”.
Hoy, Gustavo es el gerente de una pequeña empresa de seguridad y “padrino” de muchos de los nuevos adictos que acuden a la organización para recuperarse. Dos de los tres hijos que tuvo con su ex mujer viven con él y ha tenido otros dos con su actual pareja. Se siente pleno, realizado. Y con razón, pues es como si se hubiera puesto de pie en su propio velorio.
“Mi vida ha cambiado totalmente. Yo he llegado a dormir en la calle por mi adicción, tapándome con cartones para no morir de frío. Lo que he pasado por mi dependencia no se lo recomiendo a nadie”.

Epílogo

Reunión de Narcóticos Anónimos. “Los de aquí al lado (en referencia a los de Alcohólicos Anónimos) seguro que llegan de resaca”, bromea Álvaro. Joaquín, para calmar la ansiedad, atrapa las miguitas de pan que hay encima de la mesa con la lengua. Y los llaveros esperan en un cajón a que haya alguien que merezca ser recompensado: 30, 60 ó 90 días limpio.

Nota: los nombres de los adictos de este reportaje han sido cambiados intencionalmente, a petición suya, para salvaguardar el anonimato.

Narcóticos anónimos se reúne en los salones de la iglesia de San Francisco, en la calle Sagárnaga, y en el número 2213 de la avenida Saavedra. Teléfonos de información: 72586860-70505733.

EL TRAFICANTE

Me lo presentaron en una fiesta. Acento extranjero, aspecto menudo, manos inquietas y chaqueta informal pero elegante. Buena presencia. Y el celular, todo el rato en la mano. Invitó un par de pases de cocaína a dos de tipos que no conocía. Cortesía de la casa. Luego, como si se tratara de un expendio de azúcar, empezó a vender de a poco la sustancia blanca, que guardaba en una bolsa en su mochila. Lo hacía cortésmente, como quien prende un fósforo para encender un cigarrillo. Y después, mecánicamente, guardaba el dinero recibido en uno de sus bolsillos. Él era el traficante, el dealer, el encargado de “encender la luz” cuando el jolgorio se apagaba.
Meses más tarde, le volví a ver en una infinidad de lugares, más demacrado que la primera vez, con el cuerpo tieso y su sombra extendiéndose como una mancha de aceite. Le vi en casas de amigos y de conocidos, donde algunos hacían uso de su propio inhalador personal, del tamaño de un pintalabios. Le vi también en el Café Ciudad haciendo de improvisado guía nocturno de un grupo de turistas que buscaba excusas para prolongar la noche. Y le vi muchas veces bajando y subiendo de taxis, atendiendo llamadas del centro y la zona Sur mientras proveía de “coca” a la jet set de La Paz. Siempre nos topábamos de casualidad, pero un buen día ya no le volví a ver de nuevo; y jamás supe cuál era su nombre, su verdadero nombre.

BARRA LIBRE

Así como Cuba y Tailandia son un paraíso para el “turismo sexual”, Bolivia lo es para el “turismo narcótico”. Y es bien conocido por las agencias de viajes de la calle Sagárnaga que muchos israelíes, estadounidenses, argentinos y europeos vienen a nuestro país por el gancho de la marihuana y la cocaína, presentes en lugares como los Yungas o el Chapare.
Pero la droga está también pululando en las ciudades. En La Paz, sin ir más lejos, varios after-hours son conocidos porque dispensan cocaína en plena barra. Uno de ellos está situado en el barrio de Sopocachi y funciona clandestinamente, a puerta cerrada, desde primeras horas de la noche hasta la madrugada siguiente. Allí, el consumo de estupefacientes está a la orden del día. Es más, las mismas meseras proporcionan un cristalito junto con la sustancia para que el cliente inhale en la misma mesa donde le están atendiendo.
Por otro lado, están las casas que proporcionan habitaciones para que el adicto beba o se drogue sin ser molestado, popularmente conocidas como “cementerios de elefantes” y ubicadas generalmente en las villas o las zonas rojas, lugares como la Buenos Aires o las calles que rodean el cementerio.

sábado, junio 06, 2009

CONDUCTAS ERRÁTICAS, UNA FALLIDA ANTOLOGÍA DE NO-FICCIÓN



Texto: Álex Ayala Ugarte

Gay Talese, Tom Wolfe, Rodolfo Walsh, Ryszard Kapuscinski, Truman Capote, Alberto Salcedo y otros grandes exponentes de la escritura de no-ficción tienen algo en común: los orígenes de todos ellos son periodísticos. Por eso, llama mucho la atención que el nuevo libro de Aguilar-Grupo Santillana, Conductas erráticas, calificado por la editorial como primera antología boliviana de no-ficción, esté encabezado principalmente por autores de ficción, la mayor parte de ellos de cuento y de novela. Para mí, algo poco serio, pues es como invitar a presentadores de televisión a formar parte de una antología de relatos cortos o a un veterinario a hacerse cargo de la cirugía de corazón de un paciente humano.
Reconozco que, si nos guiáramos por la definición de lo que no-ficción literalmente significa, se podría meter ahí dentro de todo un poco: las confesiones de un diario íntimo, perfiles, crónicas, reflexiones, autobiografías y un larguísimo etcétera. Pero si tomamos como referencia las publicaciones que se han dado bajo ese nombre desde hace varios años ya en diferentes países de América Latina y, desde hace bastante más, en los Estados Unidos, enseguida vemos que el término tiene ciertos límites. No porque uno diga que va a dar una vuelta a la calle y eso sea real vamos a meter sus palabras como parte de un libro de no-ficción. No sería ético, hasta podría entenderse como una burla.
Lamentablemente, eso es lo que uno halla en muchas de las páginas de Conductas erráticas, una obra que en ciertos momentos parece más una reunión de amigos que una verdadera antología. ¿Por qué no se han incluido en ella las historias de Erick Ortega, Javier Badani, Darwin Pinto, Roberto Navia y otros periodistas de nuestros medios que han ganado numerosos premios nacionales e internacionales gracias, precisamente, a sus relatos de no-ficción? ¿Dónde están los escritos de aquellos que llevan años cultivando la crónica en el país? Yo se lo diré: brillan por su ausencia.

Ombliguismo

Muchos autores que forman parte de la presente antología cumplen con los rasgos que a menudo están presentes en los géneros que tienen que ver con la no-ficción: construyen personajes, emplean distintos tipos de narrador, usan metáforas, manipulan el orden temporal, etc. Es decir, utilizan algunas herramientas literarias. Pero se olvidan justo de lo más importante: no cuentan una historia que cree cierta curiosidad en los lectores. Más bien, al contrario. Se dedican a hablar únicamente de sí mismos: de sus recuerdos, de sus viajes, de sus padres, de sus experiencias en el difícil universo de la escritura... y, en definitiva, de sus “ombligos”.
Maximiliano Barrientos (uno de los responsables de la selección de los materiales) lo reconoció hace poco en una entrevista. “Conductas erráticas es un muestrario de cómo un grupo de autores procesa sus experiencias y decide contarlas”. Y Wilmer Urrelo –uno de los participantes de la antología– calificaba el producto en el periódico La Prensa como “algo excéntrico dentro del mundo de la literatura boliviana”. “¿Por qué excéntrico? Porque los bolivianos tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos”, decía.
Ante esto, cabe realizar dos observaciones. Primera: la no-ficción no forma parte de la literatura (la literatura está abonada a la ficción, a veces basada en hechos reales, pero ficción). Segunda: en la no-ficción no se trata de “hablar de nosotros mismos”, sino más bien de contar la vida de los otros. No basta con narrar un hecho cualquiera. Hace falta que éste agarre a los lectores, que sorprenda. Según Julio Villanueva Chang, uno de los grandes maestros de la no-ficción, un buen texto es aquel que “enciende la luz”, el que nos ilumina, y para conseguirlo es indispensable dedicar tiempo a la investigación de los temas, tener paciencia.
En este proceso, la experiencia personal es válida, así como el uso del “yo”, pero para certificar que uno estuvo ahí, a modo de testigo, no para robarse el show o para dejar de lado las indagaciones pertinentes. Si estás hablando del fenómeno de “La Niña”, como lo hace Anabel Gutiérrez en Conductas erráticas, lo lógico sería describir escenas vividas junto a los damnificados de la tragedia o reconstruirlas gracias a sus testimonios, pero no sentarse a hacer divagaciones en torno a una fotografía de unos muchachos montados en una heladera o hacer una aproximación tomando google como principal referencia.
En el texto de Anabel Gutiérrez uno encuentra, además, otras cosas peores. “Anoche olvidé meter la bolsa de hielo al congelador. El agua se ha derramado y rebalsa los estantes inferiores, empieza a gotear hacia mis pies. Puede que empiece a cubrirlos. Puede que me llegue a la cintura. Y que siga subiendo como lluvia que nace del cielo. Me levanta en vilo y también me hunde. Chocan entre sí los muebles provocando heridas con las astillas”, escribe imaginando. ¿No habíamos quedado en que la ficción se iba a quedar a un lado?
Sin llegar a tales extremos, otros autores, como el ya mencionado Barrientos o Rodrigo Hasbún, dan vueltas como trompo sobre sí mismos, contándonos que hace algún tiempo fotografiaron los autos estacionados en el parqueo de un supermercado cruceño o que leen a John Cheever, pero sin aterrizar realmente en ningún sitio en concreto. Liliana Colanzi, más de lo mismo, pues nos relata sus idas y retornos durante una época y sus innumerables fiestas. Y lo propio ocurre con Sebastián Antezana.
Como muestra, el comienzo del escrito de este último autor: “Esa tarde aparentemente no estaba pasando nada, nada que interrumpiera la usual rutina de los viajes, las conexiones y los aeropuertos. Sin embargo, para mí acaban de terminar semanas de nerviosismo y preparación para el vuelo a Londres, semanas de anticipación y algo parecido a la angustia. Iba a estudiar una maestría y sentía que dejar detrás la seguridad de lo familiar iba a ser doloroso”.
Otra vez el “yo”, el “yo”, el “yo”, pero no el “yo” observador, el “yo” intruso, sino el “yo” que se regodea sobre sí mismo. Señores, repito: la no-ficción no significa hablar una y otra vez de nosotros mismos. Eso tiene otro nombre, se llama gula. Y basta darse una vuelta por los mejores textos de no-ficción para darse cuenta de lo erróneo de la propuesta de Conductas erráticas. En el perfil “Frank Sinatra está resfriado”, Gay Talese hace hincapié en las debilidades del cantante. En A sangre fría, Truman Capote reconstruye un fatídico crimen. En Ébano, Kapuscinski nos muestra, a través de su experiencia, la compleja realidad del continente africano. Y la forma de usar el “yo” en todos ellos tiene como objetivo final contar lo interesante de la vida de “los otros”.
Siguiendo ese camino de esfuerzo por hablar de otras personas, pese a todo, en Conductas erráticas hay al menos algunos trabajos que podrían destacarse. Juan González, por ejemplo, se aproxima con acierto a un tipo que tiene una onda a lo Jimi Hendrix y lo retrata. Wilmer Urrelo, desde La Paz, recuerda unas inundaciones en la calle Tejada Sorzano. La periodista Inga Llorenti se adentra con talento en las cotidianidades de Lobsang, una monja budista. Pablo Ortiz, también periodista, nos regala un buen relato sobre Evo Morales y la Asamblea Constituyente. Y Paul Tellería dibuja la difícil existencia entre rejas de un presidiario amigo suyo.
Pero para mí no es suficiente para justificar semejante pseudo-antología. Echo en falta en ella más arquitectura, el afán por contarnos más historias. Y creo en términos generales que, como diría Villanueva Chang, han convertido el periodismo –una de las bases fundamentales de la no-ficción– en un mero “adjetivo” y lo literario en lo “sustantivo”, cuando debería ser al revés.
Que conste finalmente que no sostengo todas estas afirmaciones por recelo, pues nunca he sido crítico con lo que muchos llaman “intrusismo profesional”. Es más, me encanta que haya periodistas que escriban novelas y que haya escritores, como Edmundo Paz Soldán, que hagan a veces periodismo. Resulta enriquecedor. Sin embargo, no me gusta que se confundan las cosas. Y pienso que catalogar Conductas erráticas como antología de no-ficción es confundirlas. Antología testimonial sonaría mucho mejor, más íntegro. Lo otro me sabe a mamada.

"NO HAY OTRO NOMBRE QUE ESTUPIDEZ PARA CALIFICAR EL GASTO ARMAMENTÍSTICO"



El político chileno Tomás Hirsch analiza una marcha por la no violencia que pasó por Bolivia.

Texto: Álex Ayala Ugarte

Tomás Hirsch, candidato a la Presidencia de Chile, estuvo hace unas semanas en la ciudad de La Paz, pero no en su faceta de político, sino liderando una marcha humanista por la paz y la no violencia que pretende, entre otras cosas, la erradicación de los arsenales nucleares.
La misma comenzó en Nueva Zelanda el 2 de octubre de 2009 y concluirá a los pies del monte Aconcagua, en la frontera entre Chile y Argentina, el próximo 2 de enero de 2010; y ha atravesado ya más de 100 países, entre ellos Bolivia.
Durante su estadía acá, Hirsch se reunió con PULSO para hablar de éste y otros temas de candente actualidad.

–¿Cuáles son los objetivos de la marcha por la paz y la no violencia que encabeza?
Esta marcha nace de una organización humanista que se llama Mundo sin Guerras, y que desde hace muchos años viene trabajando en Europa para impulsar proyectos de desarme nuclear. A fines de 2007, surgió la iniciativa para generar conciencia respecto a la necesidad de la paz y la no violencia como dirección de los procesos sociales. Y te puedo decir que lo que buscamos es algo parecido a lo que pasó con el tema ambiental, pues hoy en día nadie puede talar un árbol, contaminar el aire o botar basura sin que eso sea duramente criticado.
La marcha plantea cuatro temas centrales: el desmantelamiento de las centrales nucleares, el retiro de tropas de los territorios ocupados, la devolución de territorios ocupados y la reducción proporcional de gastos en los armamentos convencionales. Pero queremos incluir también muchísimas iniciativas relacionadas con situaciones de violencia regional, nacional o local, pues la violencia no es sólo militar. Es igualmente económica, cultural, racial, social, generacional, sexual, etcétera.

–¿Harán hincapié también en conflictos históricos entre diferentes países, como el tema del mar entre Chile y Bolivia?
Tenemos ciertas prioridades. Y principalmente nos preocupa distender las zonas calientes: Israel-Palestina, Irak, Afganistán, las dos Coreas, Estados Unidos-México, los Balcanes, etcétera. Pero también queremos tratar situaciones que se arrastran desde el pasado y que son igualmente injustas. Por ejemplo, las apropiaciones de territorio de indígenas en América Latina y Estados Unidos.También, la realidad de los países que perdieron territorios, como el caso de Bolivia y Chile con el mar de por medio.
Lo que buscamos, en definitiva, es mejorar la convivencia humana resolviendo los conflictos vigentes, en primer lugar y, en segundo, los latentes.

–¿Van a ocuparse de la actual crisis mundial durante la mencionada marcha?
Desde nuestro punto de vista, la crisis es el resultado de un sistema violento, de un modelo violento y, por lo tanto, parte de lo que significa una marcha por la paz y la no violencia es también la denuncia de un sistema profundamente inhumano.
Por otro lado, yo creo que la misma situación de crisis ayuda a que esta marcha tome más fuerza, porque hay una búsqueda más grande para encontrar nuevos caminos y nuevas respuestas.

–¿Qué aportes puede dar el humanismo en un mundo que está y ha estado manejado por otros “ismos”, como el capitalismo y el comunismo, por ejemplo?
El mundo está manejado sobre todo por el anti-humanismo, un movimiento que se puede decir que pertenece a una tendencia minoritaria. Hoy en día, los poderes que están instalados en las alturas son anti-humanistas: el poder económico, el poder político, el poder cultural, el poder social, el poder empresarial, etcétera.
El humanismo significa básicamente la ubicación del ser humano como valor central, con sus particularidades, con sus creencias y no creencias… y actualmente el centro y la preocupación no son el ser humano. Pueden ser la patria, el dinero, Dios, el Estado, pero no el ser humano. Cuando el humanismo plantea que el ser humano es el valor central la única metodología es la no violencia.
Entonces, ¿qué aporta el humanismo hoy en día? Al volver a instalar al ser humano como centro de preocupación, inmediatamente surge desde ahí el fortalecimiento de la metodología de la no violencia en todos los campos de la acción humana. Y, en ese sentido, lo que aporta el humanismo es una nueva forma de entender las relaciones personales, interpersonales y sociales.

–¿Considera usted que los países emergentes, como China e India, podrían liderar una nueva apertura hacia el humanismo en las próximas décadas?
Uno encuentra momentos humanistas en las culturas mesoamericanas, en ciertos momentos de la cultura egipcia, en ciertos momentos del proceso chino, etcétera. Por eso, se puede decir que el humanismo es patrimonio de la humanidad. A mí me parece que el humanismo en momentos de grandes crisis humanas reaparece con fuerza y da respuestas que permiten que el proceso continúe. Y desde ese punto de vista India y China, en distintos momentos históricos, han dado respuestas fundamentales, con el mismo budismo, por ejemplo, que permitió cambiar un poco el sistema de castas en India, etcétera.

–¿Cree que los nuevos líderes mundiales responden a la necesidad de un cambio?
La presencia de Evo en Bolivia, de Correa en Ecuador, de Obama en Estados Unidos y de muchos otros no es anecdótica. Creo que refleja la existencia de un nuevo proceso en América. Si lo miras bien, verás que en América hay muchos proyectos que han ido tomando fuerza y que responden a una búsqueda de los pueblos. Y en este sentido creo, por poner un ejemplo, que es muy bueno que la nueva Constitución boliviana incorpore el rechazo a la guerra como metodología para la resolución de conflictos.

–Pasando ahora al asunto de los exagerados gastos militares en la mayor parte del mundo, ¿cómo los calificaría?
Considero que son una estupidez. Me parece una estupidez humana el que habiendo necesidades tan urgentes y existiendo los mecanismos para resolverlas todavía se gasten centenas de miles de millones de dólares en armamentos que no son lo que necesitan nuestros pueblos. No hay otro nombre que estupidez para eso. No hay otra palabra.
Chile, por ejemplo, tiene grandes necesidades de salud, educación, vivienda, trabajo, etcétera, pero anuncia la compra de aviones de guerra. Perú, lo mismo, así como Ecuador, Brasil, Argentina y otros países. ¿Por qué mejor no avanzamos aceleradamente en los acuerdos de integración regional? ¿Por qué no trabajamos para la resolución de los conflictos que siguen arrastrándose?

–Hablando de integración, ¿piensa que un modelo como la Unión Europea serviría para América Latina o Asia?
Yo creo que el ejemplo de integración europea es un tremendo aporte para la humanidad que se produjo tras un gran susto, después de vivir el peor de los horrores con la Segunda Guerra Mundial.
Es un proceso que ha demorado 60 años y que se ha ido ampliando. Y me parece que hay mucho que rescatar y aprender de la Unión Europea; aunque también hay elementos que hay que corregir, mejorar o dejar de la lado. La Unión Europea va muy de la mano con la OTAN y la OTAN sigue siendo hoy en día uno de los factores más grandes de amenaza nuclear en todo el planeta.
Con todo, considero interesante que en Europa concibieran la integración como una matriz. Y pienso que en Latinoamérica aún se está con una mirada muy corta. Todos los puntos de vista aquí son muy economicistas, y una verdadera integración como la europea incluye integración energética, integración en legislación laboral, integración en derechos humanos, etcétera, para que no pase que un país proteja a personas que violan los derechos humanos, algo que está generando problemas entre Bolivia y Estados Unidos, sin ir más lejos.

–Finalmente, quisiera su opinión sobre el asunto de la droga, todavía uno de los grandes temas de debate a nivel mundial.
Lo primero que quiero decir es que se debería perseguir a los verdaderos carteles, cosa que no se hace. Hay que desarmar las redes gigantescas, que están totalmente vinculadas con grandes empresarios, educar a las poblaciones de los riesgos y daños que pueden producir los distintos tipos de droga y crear condiciones para que los jóvenes no tengan que irse al camino de la droga y mantengan un horizonte abierto hacia el futuro. Dicho todo eso, creo que el camino no es la represión, la persecución a alguien por fumar un poco de marihuana. Y también hay que diferenciar las drogas duras de las blandas.

lunes, junio 01, 2009

LA LEYENDA DEL CASTILLO DEL LORO, UN FIN DE SEMANA CON EL FANTASMA DE TEJADA SORZANO



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

La región de Sud Yungas tiene al mismo tiempo algo de tétrico y algo de mágico. Se dice que hace mucho tiempo atrás bajaba oro por sus cascadas, pero también que, a causa del plomo para tratar los minerales, hombres y animales, por igual, nacían con deformidades. Se dice que fue un centro importante para los incas, pero también el lecho de muerte para muchos prisioneros paraguayos de la Guerra del Chaco. Y el Castillo del Loro, un hospedaje de piedra a dos horas y media de La Paz, camino a Yanacachi, no se salva de estos contrastes, pues, por un lado, se halla en un paraje de ensueño, rodeado de vegetación y de cascadas; y, por el otro, alberga a un travieso inquilino en sus entrañas: el fantasma del ex presidente José Luis Tejada Sorzano (1882-1938).
Es el mediodía de un sábado y acabamos de llegar a este tradicional hotel de aspecto escocés que parece hacerse un hueco en medio de la nada. Por fuera, se muestra señorial, es pura presencia. Y por dentro es como si no hubiera pasado el tiempo. Nos dan la habitación dos, donde a veces se aparece el espectro del ex mandatario. Un poco más arriba, en el torreón, al que se llega subiendo unas gradas de madera, se halla la uno, circular, antigua morada de Tejada Sorzano.
Allí, en lo más alto, se hace cada día más grande su leyenda, gestionada ahora por Fernando Álvarez Plata, más conocido como El Loro, y Mirtha Bustamante, quienes restauraron la edificación –que llevaba más de 15 años semi abandonada– tras un trabajo intenso de dos años. El resultado: Diez aposentos decorados como hace un siglo, 50 camas y balcones y terrazas que lo hacen ver a uno como si estuviera realmente dentro de un palacio. Y además se han recuperado como alojamiento dos casas coloniales –una azul y la otra roja– con más de 200 años de existencia.

La historia

Por lo robusto de los materiales, da la sensación de que toda la vida hubiera habido gente allí. Sin embargo, José Luis Tejada Sorzano, uno de los tres líderes yungueños que ha tenido Bolivia en toda su historia, no pudo disfrutar de su peculiar refugio hasta la década de los 30, cuando, según Mirtha, “la estructura se levantó piedra a piedra por alrededor de 500 prisioneros paraguayos de la Guerra del Chaco”, conflicto que finalmente fue la ruina de Tejada Sorzano. Y es que, a pesar de haber sido colocado en su puesto de presidente por los militares tras la destitución de Salamanca, éstos pronto le dieron la espalda.
Mucho tuvo que ver en esto el desgaste batalla tras batalla, pues se le consideraba parte de las élites políticas que habían guiado al país a la confrontación con la nación vecina, lo que llevó a que surgieran enseguida voces en su contra argumentado que había traicionado a los soldados. Y a todo esto habría que añadirle la ruina financiera de las arcas del Estado por la situación bélica y el constante choque de intereses con la firma estadounidense Standard Oil.
En ese contexto, poco pudo hacer Tejada Sorzano para mantenerse en el poder. En el 36, con la guerra en el temible “infierno verde” ya finalizada, los oficiales más jóvenes derrocaron el orden establecido obligándole a huir hacia el exilio. Y, aunque éste siempre prometió que volvería a Yungas, murió en Arica (Chile) tres años después sin poder cumplir su tan anhelado sueño.

El inventario

Pese a todo, dando una vuelta hoy por el Castillo del Loro uno se da cuenta de que se quedaron en él un sinfín de objetos que tienen que ver con el ex presidente, por lo que parece bastante difícil que su memoria caiga en el olvido.
Entre ellos, adornos y estandartes españoles, tapices franceses y mobiliario potosino de distintas épocas. Y es que no por nada el conjunto arquitectónico ha sido declarado patrimonio histórico por el Viceministerio de Cultura.
Allí, donde Tejada Sorzano organizaba reuniones sociales, jugaba sus partidas de billar y daba sus paseos, todavía se conservan reliquias interesantísimas, como un mapa de 1825 que muestra los límites de Bolivia cuando aún se disfrutaba del mar, una cocina fundida en yerro, un clavicordio de 1789, unos curiosos tubos que se empleaban para calentar la casa, puertas de 1600, un descolorido cuadro de una Virgen y un moledor que, según Mirtha, “Tejada Sorzano utilizaba para hacer café por las mañanas con los granos que él mismo cosechaba”.
Asimismo, señala Mirtha, al ex mandatario le gustaba caminar pausadamente por la terraza, dueña de un paisaje dominado por el valle y secundado por varios tipos exóticos de plantas.



Las apariciones

Ya es de noche y Fernando Álvarez Plata confiesa justamente que ése es “uno de los lugares donde Tejada se suele hacer visible”. Pero no es el único. También se ha hecho presente en la sala de juegos, que es lo que viene a ser el sótano, los pasillos y algunas cuartos para huéspedes.
Según el boca a boca, cuando sale, lo hace “en busca de su amante”. Y Mirtha, que conoce esa historia como si la hubiera vivido en carne propia, dice que “su amada era del pueblo que hay al frente, de la comunidad llamada El Chaco”.
“Cuando estaba con su esposa –prosigue su relato–, él tenía problemas para encontrar a su amante y solía bajar por un sendero hasta que la hallaba. Se comunicaban a través del sonido de una flauta. Pero debido al tratado tan malo de paz que Tejada Sorzano firmó con Paraguay en la habitación siete, su escritorio, perdimos cerca de 272.000 kilómetros cuadrados y éste tuvo que marcharse. Dijo que retornaría y ya nunca lo hizo. Entonces, ella murió de pena y desde aquel momento es que se ve a los dos fantasmas”.
El de él, se aparece sobre todo cuando hay una mujer joven y bonita en la habitación uno, explica Mirtha. “No se sabe si por curiosidad o por deseo, pero muchos dicen que lo han sentido incluso sentarse al borde de la cama; y hay chicas que afirman que les ha dado un beso en la mejilla”. Entre tanto, donde dormían sus hijos, en la tres y cuatro, “lo que algunos notan es que les arropan”. Y ella suele asustar a los incautos en un rincón muy especial conocido como “La Cascada del Tucán”, donde le han escuchado tocar flauta. La población de la zona, unas 40 familias, les tiene terror a ambos, pues se piensa que por las noches tocan el susodicho instrumento para atraerles y robar su alma.
Por eso, el momento más especial cada jornada es quizá cuando se apagan las luces del palacete y sólo hay lugar entre penumbras, como ahora, mientras la madera se resiente bajo nuestros pasos.

Las caminatas

Domingo. Rumiando todos esos relatos de ultratumba, despertamos como sumidos en una especie de incertidumbre. En nuestro caso particular, la pasada noche vimos (o creímos ver) a Tejada Sorzano como un fogonazo de luz en una de las ventanas y, como sombra que pasaba, en otra; además, hay un intenso olor a azufre en el cuarto; se acaba de abrir la ducha de repente, sin razón alguna; y Fernando, El Loro, confiesa, por su parte, que “escuchó llorar a un niño pequeño”. “Pero a estas cosas no hay que darles mayor importancia”, dice a continuación sin inmutarse.
Para refrescarse de las “resacas” nocturnas, lo más aconsejable –acota– son “las caminatas”; y son varios los circuitos que uno puede realizar por los alrededores. Uno de ellos es a “La Gruta”, una espectacular caída de agua con propiedades curativas donde, por tradición, se piden tres deseos tras apoyar las manos en una roca de tonos marrones; otro va a “Las Cinco Caídas”, un rincón en que el río hace de las suyas aprovechando que su curso, en esa parte, es cuesta abajo; y uno más complejo es “La Ecovía”, un sendero de varios kilómetros que Mirtha Bustamante y Fernando Álvarez Plata han abierto aprovechando un trazado de tren que comienza en la antigua estación de Chuspipata.

Epílogo

Cuando partimos de retorno hacia La Paz, no hallamos más rastro de extraños seres que un gigantesco loro de metal que preside la puerta de entrada. Y Mirtha y Fernando sonríen conscientes de un secreto del que nos hemos enterado recientemente: Los que beben las aguas de esta zona siempre vuelven...

Más información: 2435239 ó www.hotelcastilloloro.com.



LA REGION OLVIDADA

Como en Nor Yungas y los alrededores de Coroico, en Sud Yungas y el municipio de Yanacachi se combinan naturaleza e historia. Sin embargo, mientras que el primer enclave es uno de los principales lugares turísticos del país, el segundo todavía sigue siendo una región olvidada por los visitantes, tanto nacionales como extranjeros.
Pero algo está cambiando ya en la zona, sobre todo gracias a la señalítica colocada por Mirtha Bustamante y Fernando Álvarez Plata en coordinación con el municipio, ya que rescata para el viajero los diferentes puntos de visita.
Uno de ellos es la ex fundidora de plata de Yerbani, construida en la época de la colonia por los españoles para separar el plomo del metal y llamada “zona de la muerte” porque se dice que todo animal que nace aquí lo hace para morir, pues aún hay restos de plomo en las plantas y hasta en las construcciones.
Otro es la población de Yanacachi, ultimo bastión religioso de los incas que fue denominado por los conquistadores como “La Universidad de la Idolatría”, y que mantiene aún la arquitectura tradicional, caracterizada sobre todo por el uso de la piedra.
Cerca de allí está la mina Chojlla, donde sin necesidad de acercarse a Potosí uno puede apreciar como es la dureza del trabajo en los socavones.
Y también siguen habitadas varias comunidades originarias donde los usos y costumbres se mantienen casi intactos, como La Chojllita y Kakapi. Todo ello, sazonado por nacientes de agua, increíbles barrancos y un valle más abierto que el que recorren a diario los extranjeros en Nor Yungas.
Para los que quieren caminar, entre tanto, se recomiendan cuatro circuitos. El primero sale de La Paz y atraviesa Palca, la mina Chojlla, Yanacachi y El Chaco, y se puede hacer en bicicleta. El segundo sale de La Paz y va por El Chaco, La Florida y Yanacachi para terminar en la mina Chojlla. El tercero recorre el Camino del Inca, la mina Reconquistada, Picchu, El Chaco, Yanacachi y la mina Chojlla. Y el cuarto, aprovechando el antiguo trazado del tren, La Paz, Chuspipata, El Chaco, Yanacachi y la mina Chojlla.

Alojamientos

A lo largo de los distintos recorridos no son muchos los sitios donde alojarse. Uno de ellos, a mitad de camino de la mayor parte de los trekking, es el ya mentado Castillo del Loro, con paquetes los fines de semana con las comidas incluidas por poco más de Bs 200. En él, hay agua caliente, piscina y todas las comodidades, y es posible ir también hasta allá para pasar el día. Los demás se concentran fundamentalmente en Yanacachi, donde recientemente se ha habilitado La Posada del Loro, una residencia justo en mitad de la plaza con diez camas, con espacio para cocinarse y horno de leña y construida siguiendo los patrones ancestrales de la zona.
Para llegar hasta allá, finalmente, se recomiendan las flotas que parten desde la ciudad de La Paz hacia las poblaciones de Yanacachi y Chulumani (hay distintas compañías que hacen los trayectos saliendo desde el barrio de Villa Fátima; la mayoría, los viernes, sábados y domingos).

Más información: www.yanacachi-turismo.com.bo.