martes, abril 28, 2009

MURIÓ JAVIER ORTIZ, EL COLUMNISTA MÁS HONESTO DEL MUNDO



OBITUARIO

Javier Ortiz, columnista

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.

Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).

Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)

La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.

Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.

A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.

A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.

Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.

Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.

En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.

Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.

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Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.

http://www.javierortiz.net/jor/apuntes/obituario

lunes, abril 27, 2009

PATEANDO PELOTAS CON MISS LA PAZ



Texto: Álex Ayala Ugarte / Fotos: Álex Ayala y Gob. Municipal de La Paz

Dicen que una Miss es aquella que hace quebrar más mandíbulas a su paso; y puede ser. Son las 19:00 horas de un lunes y el café Beirut de la calle Montenegro es un hervidero de gente. Los clientes del fondo fuman hierbas aromáticas en unas pipas especiales y unas cuantas cabezas se giran cuando entran en el establecimiento Cassandra Camacho –18 años, nueva Miss La Paz Bicentenario–, su familia y su escudero, Ariel Rodríguez, empleado de la agencia de modelos Cinetel. Las mujeres –madre, hermana y la flamante Miss– sacan algunos centímetros a los dos hombres –Ariel y Víctor Hugo, padre de la reina de belleza–. De espaldas, salvo pequeñas diferencias, las tres se ven iguales. Se hace difícil distinguirlas. Y los hombres no las alcanzarían ni siquiera utilizando tacos.
Según Cicco (periodista argentino), “uno recién conoce a alguien cuando puede indagar en su heladera, en su cama y en su cuarto de baño, las tres áreas donde se satisfacen los bajos instintos”. Cassandra acaba de acomodarse y debemos confesar que ni dormimos con ella, ni abrimos su refrigerador ni entramos en su baño; pero sí pudimos descubrirla en las facetas que la hacen diferente, de carne y hueso: la familia, la cocina y el fútbol.

Ni dietas ni torturas

Cassandra, que viste de calle –un jean, una blusa anaranjada y una boa azul–, toma la carta y quiere ordenar un jugo de zanahoria. Sin embargo, Julie, su madre, nutricionista, quien tiene las riendas, sugiere que lo comparta con su hermana; ésta no acepta, pues se ha antojado café con leche (y recibe enseguida el visto bueno); y finalmente Cassandra pide un jugo de pomelo, aprobado cuando Julie pronuncia delicadamente la palabra “súper”, algo que en la familia se ha convertido en algo así como una contraseña.
Si la dieta es un sufrimiento y una tortura para la mayor parte de las modelos, tener una madre nutricionista es una bendición y parte del camino al éxito. Y si además tu padre está relacionado con la psicología es como ser poseedor de un secreto de Estado. “Miss Mundo ya no es de este mundo”, aseguraba el periodista Daniel Titinger de María Julia Mantilla, peruana de Trujillo que se alzó con la corona mundial en 2004 gracias, entre otras cosas, al maquillaje de una cirugía estética. Cassandra Camacho, en cambio, ha basado su victoria en el Miss La Paz Bicentenario en todo lo contrario, en ser caprichosamente ella.
“Cassandra ha llevado vida normal desde el principio –confirma Julie, que está a mi lado–. Por eso, yo nunca he estado nerviosa por el concurso. Jamás ha dejado de alimentarse y nunca nos hemos fijado en las calorías, porque hacer eso es un perjuicio para la mente. Simplemente, le hemos ayudado a que adquiera disciplina, a que utilice la comida como instrumento para disfrutar de una buena vida, no como una amante”.



Alma de gourmet

No caer en la tentación no ha resultado nada sencillo. Para Cassandra, combinar la pasarela con su mayor vocación –estudia para convertirse en chef– ha debido ser como meter al demonio en la cocina, como rechazar un vaso de agua en el desierto. “Antes –reconoce–, preparaba los platos, mediterráneos y europeos y en vez de probarlos los devoraba”. Ahora, sin embargo, únicamente los degusta, buscando sobre todo la fibra y los nutrientes. “Control”, ésa es la consigna. Y ahí es donde entra la figura de su padre. Víctor Hugo, alineado en la cafetería al lado de Cassandra, es su antítesis, moreno y chato; y al mismo tiempo, pilar fundamental para que ella, que no era la favorita entre las candidatas de este año, conquistara a los jurados. “Yo le he enseñado a manejar las críticas –explica–, las constructivas y las destructivas. La he preparado en el aspecto emocional. Le he mostrado cómo concentrarse y cómo transmitir su mundo interno”.
A su vera, Cassandra muestra esa seguridad aprehendida enfrentando a Ariel con voz pausada, como si masticara primero cada frase y luego la escupiera. “Necesito saber mis horarios –le reclama–; estaría bien que me pudieras avisar temprano para saber cuándo dormir, aunque sea un rato”. Ariel, al frente, toma nota. Él maneja su agenda. Es el personaje en la sombra que no existía cuando Cassandra fue Miss Primavera –o algo así, ya no lo recuerda bien– en una competencia colegial con 13 años; y que ahora se aparece como el arcángel Gabriel se presentó ante la Virgen María, para anunciar “nuevos milagros”. No es para menos, pues llegar al Miss Bolivia es casi como maná caído del cielo.
“Yo acompaño a veces a Cassandra un poco como si fuera su guardaespaldas –resume Ariel, quien acaba de darle un par de consejos al oído–. Nuestra agencia es como una isla en medio del mar y hay muchas cosas malas en este trabajo. Por eso, tratamos siempre de cuidar la dignidad y la integridad de nuestras chicas”.



La feminidad, a un lado

Pero Ariel tampoco puede estar presente en cada instante; ni Cassandra, sobrevivir en una especie de burbuja. Es por eso que, a diferencia de Heidi Klum, modelo alemana que ha asegurado sus piernas en dos millones de euros, o de Ana Bertha Lepe, Miss México 1954, que hizo lo propio en su época, Cassandra expone las suyas cada vez que pisa una cancha de balompié. Es bolivarista y juega en la delantera. Es Miss y también buena futbolista. Y cuando toca el balón su feminidad es como si quedara a un lado.
Son las 12:00 del martes 21 de abril y acabo de asistir a una de las transformaciones habituales de Cassandra desde que ha sido elegida como Miss. A las 10:30 estaba con vestido negro a rayas y enormes tacos asistiendo a una sesión de fotos; a las 11:00, enfundada en unos cachos pateando una pelota, con el número 13 cubriendo sus espaldas y el pelo recogido en un cola; y a las 12:00, en jeans y botas de piel –todo casual– de regreso a casa.
¿Y el fútbol? ¿Qué es lo que te ha dado? “Es un deporte machista, en el que te insultan y hay de todo, y eso me ha hecho fuerte”, dice la reina a modo de sentencia, consciente quizá de que en el Miss Bolivia, más allá de sus medidas (90-60-92), contará bastante el arte que tenga para esquivar las “zancadillas”.

ENSAYO SOBRE LA BELLEZA



La distancia entre el éxito y el fracaso suele ser corta. Un periodista estuvo en el Miss La Paz como jurado para contarles la experiencia.

Texto: Álex Ayala Ugarte / Fotos: Karim Patón y Gob. Municipal de La Paz.

Cuando me llegó la invitación para ser .parte del jurado de Miss La Paz Bicentenario no era consciente aún de donde me metía. En 2008, el escritor Edmundo Paz Soldán tuvo que salir huyendo por la puerta de atrás en una prueba parecida para no quedar en medio de una batalla campal entre familias –las de las participantes, por supuesto–. Y yo ahora no sabía con exactitud si debía evaluar o no los tatuajes, las medidas perfectas, los “retoques” o las veces que las candidatas a la corona iban a la peluquería a la semana.
Decisiones difíciles y pocos días para poder entrar a fondo en el asunto. Pero ganas, de verdad, no me faltaban. Una amiga me había dicho días atrás que los concursos de belleza “le recordaban a los remates de vacas de su infancia”. Y a mí me pareció quizás una exageración, pues yo los veo más como una suerte de alucinación colectiva para convertir a una chica normal y corriente en una musa. Eso sí, con variaciones. En unos, miles de dólares y un puñado de cirugías han forjado los cuerpos espectaculares que vemos en las fotografías; en otros, no. En unos, como el Miss Mundo, se reciben sobre todo “productos prefabricados” para optar por la victoria –venezolanas, brasileñas y estadounidenses, por ejemplo–; en otros, no. En unos reina la polémica; en otros falta.
Al fin y al cabo, se trata siempre de escoger lo que creemos que más nos representa; y eso es complicado. ¿A quién escoger entre los escritores: a Jaime Saenz o a Víctor Hugo Viscarra? ¿Entre conjuntos musicales: a Octavia, Llegas o Quirquiña? ¿Entre distintas comidas: chairo, plato paceño o pique macho? ¿Entre los barrios? ¿Y entre las danzas?



Reconocimiento general

Unas semanas antes de la competencia, organizada este año por la agencia de modelaje Cinetel y la Alcaldía paceña (para dar brillo al año del Bicentenario), por precaución, pasé mi primera prueba de fuego, un inicial reconocimiento. La cita era en el Salón Rojo del Municipio y allí, armado de hojas, una puntabola y paciencia estudiantil, anoté con devoción las palabras al respecto del burgomaestre Juan del Granado: “Nunca he visto mejor utilizado nuestro chaleco amarillo” (el de trabajo); “sabemos que detrás de cada sonrisa, de cada línea, están el alma, la inteligencia y el contenido humano”; “no sé cómo lo hará el jurado calificador”. Y con esa última sentencia enseguida me di por aludido.
De aquel momento, recuerdo nada más un mar de piernas, perfumes de rubias, castañas y morenas, otro océano de fotógrafos y periodistas haciéndose hueco a codazo limpio por conseguir la mejor toma –la más canchera–, las posturas a lo Britney Spears y a lo Madonna y unos apuntes un tanto parcos que caían en cascada por mi libreta: “le falta estilo”; “bonita sonrisa”; “camina como un pato”; etcétera. Entre las candidatas, había estudiantes de Gastronomía, Inglés, Administración de Empresas, Ingeniería y Turismo, entre otras cosas. Y ninguna de ellas me pareció que luciera especialmente más que otra. ¿Favoritas?



El Rey de los Mentirosos

El primer concurso moderno de este tipo –por lo menos, tal y como hoy los conocemos– dicen que fue organizado en 1854 (en Estados Unidos) por Phineas T. Barnum –aunque en muchos rincones de Europa ya era una costumbre elegir monarcas simbólicos para representar las “virtudes” de una nación–. Barnum, llamado también “El Rey de los Mentirosos”, era un extravagante hombre de negocios que en 1841 fundó un museo en el que prometía “500 mil asombros y maravillas”. Entre ellos, una supuesta sirena que causó cierta histeria en la población y una máquina para hacer desaparecer dinero –que cumplía con gran precisión con su cometido–. Tan estrafalario personaje auspició también competencias de perros, bebés y aves. Sin embargo, el ya mentado certamen de belleza tuvo que cancelarse por las protestas populares de la época.
Pero la semilla quedó ahí y pronto surgieron diferentes eventos importantes: Miss Mundo (fundado por Eric Morley en 1951), Miss Universo (1952), Miss International (1960) y Miss Earth (creado en 2001 con la conciencia ambiental como eje central), entre otros.
En nuestro país, mientras tanto, como punta de lanza en la materia, podríamos hablar del Miss Santa Cruz y del Miss Bolivia, ambos bajo la batuta de la empresa Promociones Gloria, encabezada por la estilista Gloria Suárez de Limpias, de quien se comenta que “es un viento con sus manos a la hora de hacer peinados”.
Ella ha creado un emporio con tentáculos interminables. Sus chicas son portadas de revista, protagonistas de la prensa del corazón y, de vez en cuando, de algún escándalo. Y, sobre todo, cumplen fielmente con su cometido: sientan presencia y suelen copar los primeros puestos del Miss Bolivia.
Aunque de un tiempo a esta parte parece que la dictadura de las cruceñas comienza a dar algunas muestras de flaqueza. En 2008, se alzó con el cetro nacional una cochabambina y este año las paceñas meten miedo y encabezan algunas de las encuestas. La lucha será a muerte. Ya se sabe: sólo puede quedar una. Quizá por eso uno de los premios del Miss La Paz de este año era el equivalente a 3.500 dólares para una operación estética.

El gurú fashion

Pero vayamos por partes. En este caso, haciendo referencia a aquella en la que, por fin, los jurados hicimos acto de presencia.
Fue el martes 14 de abril a las 19:00 horas en el Cine Teatro 6 de Agosto. Había de todo –una concejal de pollera (Rosario Aguilar), un fotógrafo de estudio (Jaime Cisneros), un francés excéntrico muy reconocido en el mundo del modelaje (Jean-Luc Brunel) y un solicitado pintor aymara (Roberto Mamani Mamani), entre otros–.Y uno de los primeros en llegar fue el dominicano Sixto Nolasco, una especie de gurú fashion que parece haber nacido para dar al mundo de la moda buenos titulares, pues pocos son los que se salvan de sus críticas sin mordaza.
A su lado, me veía realmente poca cosa. Él llevaba una elegante chaqueta, jeans y una chalina roja; y los combinaba informalmente con un calzado sport muy adecuado. Yo, en cambio, una chompa vieja, una chuspa y botas de montaña color guindo. Si ser jurado de una competencia de este tipo implicara vestir bien, ya me habrían descalificado. Sin embargo, no fue así. Es más, hay ocasiones en las que la belleza depende únicamente de una respuesta y ésta era una de ellas, pues estaba por comenzar la prueba intelectual.
Sobre el escenario, las posibles reinas lucían nerviosas. Llevaban estudiando desde hace días acerca del Grito Libertario de La Paz y ahora a cada pregunta circunstancial de algún miembro del jurado le seguía una del Bicentenario.
La escena me hizo recordar un pelotón de fusilamiento. Pregunta: ¿En qué fecha se instauró la Junta Tuitiva? Respuesta: 24 de julio de 1809. Pregunta: ¿Una de las danzas representativas de nuestra ciudad? Respuesta: Cueca paceña. Pregunta: ¿Un escritor de referencia? Respuesta: Carlos Mesa. ¿Carlos Mesa? Alcé las cejas, miré con extrañeza y tomé nota, pues en circunstancias como ésta un puñado de votos puede representar la distancia entre el éxito o el fracaso más rotundo.
Luego de la ronda intimidatoria, se presentaron las imágenes del catálogo “Miss Obras” (de la Alcaldía): Las candidatas a Miss en los Barrios de Verdad, las candidatas a Miss en el esqueleto de los Puentes Trillizos, las candidatas a Miss dentro de las obras del Mercado Lanza, las candidatas a Miss en la flamante pasarela de la Pérez Velasco...
Las candidatas por todo lado. Por supuesto, estaban presentes varios periódicos y algunos canales televisivos. Y es que un certamen sin medios de comunicación sería como el Titanic ante un bloque de hielo, hundimiento seguro.



La hora de la verdad

¿Se puede hallar la perfección en un concurso? Poco probable, por no decir una utopía. Pero lo que sí se puede hacer es esconder las imperfecciones, como bien pude darme cuenta el 16 de abril pasado, día del certamen, a las 20:30 horas.
Era la hora de la verdad y una serie de mini-computadoras nos esperaba a todos los jurados –diez en total– en fila india. En ellas, un moderno programa presentaba a cada una de las candidatas con su respectiva fotografía. Y del 1 al 10 debíamos evaluar parámetros como cuerpo, simpatía, pasarela, expresión facial, desenvolvimiento general y rostro.
A las 21:00 horas comenzó la retransmisión del evento en Canal 7. Entonces, María Galindo, activista de la organización Mujeres Creando, con su corte estilo mohicano, una banda en la que decía “Eva” y una pancarta que no logró mostrar en la que se satirizaba al Alcalde en paños menores, fue la primera en escalar a la pasarela. Denunciaba la “cosificación” de las mujeres, que se ofreciera “hueso” y “carne” a la concurrencia y la participación del Municipio. Pero fue sacada primero a empujones y después a rastras. En aquel instante, no consiguió derecho a réplica (aunque un día después se robó el show en las televisiones).
Acto seguido, como no podía ser de otra manera, un poco de maquillaje y listos, las aspirantes salieron a escena.
“¿Ésa quién es?”, preguntó enseguida señalando a una de ellas Omar González, vocalista de Octavia, al que le presté un pequeño chanchullo para que tratara de puntuar a varias candidatas. “¿Y esa otra?”. Mientras él se decidía, Jean-Luc Brunel, que vestía una camisa hawaiana, ajeno un tanto al resto de jurados y a la votación, correteaba de mesa en mesa; los ingenieros de sistemas arreglaron un problema –había dos fotos intercambiadas–; las muchachas hicieron varios pases –con un escandaloso conjuntito minimalista de Aerosur que había llegado de Santa Cruz a última hora, bailando con pepinos, en trajes de gala, en bikini y como cebras–; los también jurados Sixto Nolasco y Jessica Jordan (Miss Bolivia 2006) acaparaban la atención del público y la noche iba apurando los últimos fusibles.
Cada uno, de a poco, evaluaba a su manera. Sin trucos, sin pausas. Las descartadas estaban más o menos claras: la que movía las manos al estilo de Caperucita Roja, la incapaz de caminar en línea recta y aquellas que, como diría Nolasco (aunque no lo dijo), no estaban preparadas para ser reinas. Y entre las favoritas tampoco había demasiadas dudas.
A las 00:00 horas –segundos más, segundos menos–, se nos pidió que terminarámos y a algunos no les dio tiempo a dar su veredicto en todas las categorías. Pero el reloj se echaba sobre nosotros como espada de Damocles y, minutos más tarde, gracias a que una computadora había amalgamado nuestras votaciones, los presentadores enumeraron rápidamente el resultado: Primer lugar para Cassandra Camacho (Miss La Paz Bicentenario); segundo lugar para María Laura Nietch (Miss Señorita La Paz); y tercer lugar para Pamela Chavarría (Miss Illimani). Sobre un total de 700 puntos, la que más consiguió (Cassandra) se hizo con 553. Cuando lo anunciaron, todos le observaban y ella cerró los ojos por un instante, como si no mirar al mundo fuera su forma natural de bajar a tierra, un acto de fe teniendo en cuenta que en los concursos de Miss las escaleras van al cielo.



Epílogo

Conversando del evento días después con el fotógrafo Jaime Cisneros, éste me confesó, entre anécdota y anécdota, que la votación final le había parecido una pulseta entre la Media Luna y Occidente. Y razón quizás no le faltaba, pues el sector izquierdo del jurado votó por la chica de rasgos más andinos y el derecho por la que más fácil pasaría por “camba”. A su manera, ambas ganaron (y ninguna). La de rasgos más cobrizos (Pamela Chavarría) era la favorita de Mamani Mamani; y María Laura Nietch, más estilizada, la de María Selva Antelo, de Promociones Gloria.
Sea como fuere, premios como éste tienen la fecha de caducidad en la solapa (aunque no se vea). Se puede ser reina por un día, por un mes y hasta por un año. Pero nada más. Alguien debería avisar en la letra chica que la belleza es como el humo de un cigarro: intermitente y efímera.

LA CONDESA GÓTICA: UNA MUJER, DOS PERSONALIDADES



De las manos de Viviana Sanjinés surgen los ropajes más extravagantes de La Paz.

Texto: Álex Ayala Ugarte / Fotos: Álex Ayala y Rodrigo Caballero

LA DISEÑADORA

Si la cara y la forma de vestir fueran en todos los casos el espejo del alma, con Viviana Sanjinés enseguida meteríamos la pata. Sus ojos, enormes y ovalados, se acercan más al manga y al animé que a cualquier otro estilo. Sus aretes pasan desapercibidos y su forma de vestir es muy clásica. Sin embargo, la cultura gótica corre por sus venas. “En cuanto a música –reconoce–, me identifico bastante con ella. Y me fascinan las películas de hombres lobos y vampiros”.
Es por eso quizá que Viviana, de 32 años, se ha convertido en una de las diseñadores de ropa gótica y under con más talento de La Paz.



Corsés a medida

“También modificamos tu vestuario a tu estilo”, reza un cartel en la entrada de su estudio-taller, en uno de los locales comerciales de las Torres de Obrajes. Y entre las prendas que más éxito cosechan, según confiesa la propia Viviana, están los corsés, elaborados a medida con sugestivos bordados y espectaculares formas. “No son como los de las tiendas, sino más bien especiales, únicos para cada persona que viene”, explica.
Como todo lo que sale de sus manos: interminables vestidos de cola, pantalones negros con adornos, faldas de cuerina con diferentes encajes, blusas con volantes de gasa, detalles metálicos con tiros de caucho y un largo etcétera. Ropajes que, en definitiva, lo único que buscan es satisfacer la sofisticación –a su manera– de aquellos que solicitan sus servicios. “Yo me identifico con su forma de pensar. Es por eso que siempre cumplo, aunque me pidan cosas muy extrañas”.

A las negras

Entre los extravagantes diseños de Viviana, que cobran vida gracias a tres máquinas de coser –una de ellas que maneja hasta cinco hilos–, nos podemos encontrar, por ejemplo, con unas espectaculares alas negras que forman parte de uno de los conjuntos, lo que le ha causado algunos problemas. “Mi madre es cristiana y ella cree que con lo que hago voy en contra de Dios, pero no es cierto”, dice. La palabra Jesús colgando en grandes letras de la pared de su establecimiento así lo atestigua. “Lo que yo hago es una forma de arte. También, de expresarse; y así es como hay que entenderlo”.

Sentidos y contrasentidos

Entre los clientes de la diseñadora, hay jovencitos –según ella, los más exigentes–, miembros de bandas de rock y hasta gente mayor que se ha visto impresionada en algún momento por sus modelos y le ha pedido un trabajo parecido. Algo que para Viviana tiene su lógica. No en vano, ella misma vive en un mundo de sentidos y contrasentidos: Es rematadamente sencilla por fuera y toda una “condesa gótica” por dentro.

Teléfono de contacto: 76242868.



LA CONDESA

La condesa gótica nació el 5 de di-.ciembre de 1576 en Alba Iulia –un pequeño pueblecito en el centro de Rumanía, a orillas del río Muresul–, en una noche de invierno que todos recuerdan. Y proviene de una familia noble adinerada con tierras y castillos.
Actualmente, vive en la fortaleza de Bran, una construcción de piedra del siglo XVI que se halla en plenos Cárpatos, en la región de Transilvania. No le gusta salir mucho y es una persona a la que únicamente se le ve en circunstancias extrañas.
Algunos aseguran que suele pasear en el bosque cuando hace frío; otros, que aguarda durante horas sobre la nieve esperando a que alguien llegue; y hay quienes dicen que también es común hallarla en compañía de lobos.



Personalidad y misterio

La condesa es una mujer de rasgos finos y ojos castaños, presencia y caminar altivos, piernas largas e interminables, piel blanca, manos extremadamente delgadas (como estalactitas que cuelgan de un despeñadero), cabellera larga y dorada que se confunde con el sol y labios gruesos que prometen el más dulce beso que jamás será dado.
Es, sin duda, toda una belleza, pero su personalidad es un misterio. Las malas lenguas predican que no tiene piedad con nadie; y hay leyendas respecto a ella que sugieren que por las noches sale a secuestrar doncellas para tomar su sangre y mantenerse joven, eterna.
Cuentan además que sale de viaje muy seguido, normalmente hacia destinos desconocidos, para cambiar de vestuario, para conocer música extraña de los rincones más lejanos y para escapar de las aglomeraciones; después de sus travesías, nunca nadie ha podido dar cuenta de le fecha de su regreso; y los lugareños únicamente suelen dar fe de cuándo se ha ido.
También se afirma que es católica, que guarda respeto por la Biblia y que se le ha hallado en más de una ocasión frente a un altar en actitud sombría.

El personaje real

La historia de la condesa, creada por Viviana Sanjinés para promocionar sus diseños de ropa por Internet, está basada en un personaje que, según se sostiene hasta día de hoy, realmente existió. Se trata de Elisabeth Bathory, una aristócrata húngara a la que le pusieron el calificativo de “sangrienta”.
No por nada, pues Bathory fue acusada en su momento de matar niñas y beber su sangre para alargar su vida y mantenerse hermosa para siempre.

Más información sobre la historia de la condesa en la siguiente página web: www.lacondesagotica.blogspot.com.