
La distancia entre el éxito y el fracaso suele ser corta. Un periodista estuvo en el Miss La Paz como jurado para contarles la experiencia.
Texto: Álex Ayala Ugarte / Fotos: Karim Patón y Gob. Municipal de La Paz.
Cuando me llegó la invitación para ser .parte del jurado de Miss La Paz Bicentenario no era consciente aún de donde me metía. En 2008, el escritor Edmundo Paz Soldán tuvo que salir huyendo por la puerta de atrás en una prueba parecida para no quedar en medio de una batalla campal entre familias –las de las participantes, por supuesto–. Y yo ahora no sabía con exactitud si debía evaluar o no los tatuajes, las medidas perfectas, los “retoques” o las veces que las candidatas a la corona iban a la peluquería a la semana.
Decisiones difíciles y pocos días para poder entrar a fondo en el asunto. Pero ganas, de verdad, no me faltaban. Una amiga me había dicho días atrás que los concursos de belleza “le recordaban a los remates de vacas de su infancia”. Y a mí me pareció quizás una exageración, pues yo los veo más como una suerte de alucinación colectiva para convertir a una chica normal y corriente en una musa. Eso sí, con variaciones. En unos, miles de dólares y un puñado de cirugías han forjado los cuerpos espectaculares que vemos en las fotografías; en otros, no. En unos, como el Miss Mundo, se reciben sobre todo “productos prefabricados” para optar por la victoria –venezolanas, brasileñas y estadounidenses, por ejemplo–; en otros, no. En unos reina la polémica; en otros falta.
Al fin y al cabo, se trata siempre de escoger lo que creemos que más nos representa; y eso es complicado. ¿A quién escoger entre los escritores: a Jaime Saenz o a Víctor Hugo Viscarra? ¿Entre conjuntos musicales: a Octavia, Llegas o Quirquiña? ¿Entre distintas comidas: chairo, plato paceño o pique macho? ¿Entre los barrios? ¿Y entre las danzas?

Reconocimiento general
Unas semanas antes de la competencia, organizada este año por la agencia de modelaje Cinetel y la Alcaldía paceña (para dar brillo al año del Bicentenario), por precaución, pasé mi primera prueba de fuego, un inicial reconocimiento. La cita era en el Salón Rojo del Municipio y allí, armado de hojas, una puntabola y paciencia estudiantil, anoté con devoción las palabras al respecto del burgomaestre Juan del Granado: “Nunca he visto mejor utilizado nuestro chaleco amarillo” (el de trabajo); “sabemos que detrás de cada sonrisa, de cada línea, están el alma, la inteligencia y el contenido humano”; “no sé cómo lo hará el jurado calificador”. Y con esa última sentencia enseguida me di por aludido.
De aquel momento, recuerdo nada más un mar de piernas, perfumes de rubias, castañas y morenas, otro océano de fotógrafos y periodistas haciéndose hueco a codazo limpio por conseguir la mejor toma –la más canchera–, las posturas a lo Britney Spears y a lo Madonna y unos apuntes un tanto parcos que caían en cascada por mi libreta: “le falta estilo”; “bonita sonrisa”; “camina como un pato”; etcétera. Entre las candidatas, había estudiantes de Gastronomía, Inglés, Administración de Empresas, Ingeniería y Turismo, entre otras cosas. Y ninguna de ellas me pareció que luciera especialmente más que otra. ¿Favoritas?

El Rey de los Mentirosos
El primer concurso moderno de este tipo –por lo menos, tal y como hoy los conocemos– dicen que fue organizado en 1854 (en Estados Unidos) por Phineas T. Barnum –aunque en muchos rincones de Europa ya era una costumbre elegir monarcas simbólicos para representar las “virtudes” de una nación–. Barnum, llamado también “El Rey de los Mentirosos”, era un extravagante hombre de negocios que en 1841 fundó un museo en el que prometía “500 mil asombros y maravillas”. Entre ellos, una supuesta sirena que causó cierta histeria en la población y una máquina para hacer desaparecer dinero –que cumplía con gran precisión con su cometido–. Tan estrafalario personaje auspició también competencias de perros, bebés y aves. Sin embargo, el ya mentado certamen de belleza tuvo que cancelarse por las protestas populares de la época.
Pero la semilla quedó ahí y pronto surgieron diferentes eventos importantes: Miss Mundo (fundado por Eric Morley en 1951), Miss Universo (1952), Miss International (1960) y Miss Earth (creado en 2001 con la conciencia ambiental como eje central), entre otros.
En nuestro país, mientras tanto, como punta de lanza en la materia, podríamos hablar del Miss Santa Cruz y del Miss Bolivia, ambos bajo la batuta de la empresa Promociones Gloria, encabezada por la estilista Gloria Suárez de Limpias, de quien se comenta que “es un viento con sus manos a la hora de hacer peinados”.
Ella ha creado un emporio con tentáculos interminables. Sus chicas son portadas de revista, protagonistas de la prensa del corazón y, de vez en cuando, de algún escándalo. Y, sobre todo, cumplen fielmente con su cometido: sientan presencia y suelen copar los primeros puestos del Miss Bolivia.
Aunque de un tiempo a esta parte parece que la dictadura de las cruceñas comienza a dar algunas muestras de flaqueza. En 2008, se alzó con el cetro nacional una cochabambina y este año las paceñas meten miedo y encabezan algunas de las encuestas. La lucha será a muerte. Ya se sabe: sólo puede quedar una. Quizá por eso uno de los premios del Miss La Paz de este año era el equivalente a 3.500 dólares para una operación estética.
El gurú fashion
Pero vayamos por partes. En este caso, haciendo referencia a aquella en la que, por fin, los jurados hicimos acto de presencia.
Fue el martes 14 de abril a las 19:00 horas en el Cine Teatro 6 de Agosto. Había de todo –una concejal de pollera (Rosario Aguilar), un fotógrafo de estudio (Jaime Cisneros), un francés excéntrico muy reconocido en el mundo del modelaje (Jean-Luc Brunel) y un solicitado pintor aymara (Roberto Mamani Mamani), entre otros–.Y uno de los primeros en llegar fue el dominicano Sixto Nolasco, una especie de gurú fashion que parece haber nacido para dar al mundo de la moda buenos titulares, pues pocos son los que se salvan de sus críticas sin mordaza.
A su lado, me veía realmente poca cosa. Él llevaba una elegante chaqueta, jeans y una chalina roja; y los combinaba informalmente con un calzado sport muy adecuado. Yo, en cambio, una chompa vieja, una chuspa y botas de montaña color guindo. Si ser jurado de una competencia de este tipo implicara vestir bien, ya me habrían descalificado. Sin embargo, no fue así. Es más, hay ocasiones en las que la belleza depende únicamente de una respuesta y ésta era una de ellas, pues estaba por comenzar la prueba intelectual.
Sobre el escenario, las posibles reinas lucían nerviosas. Llevaban estudiando desde hace días acerca del Grito Libertario de La Paz y ahora a cada pregunta circunstancial de algún miembro del jurado le seguía una del Bicentenario.
La escena me hizo recordar un pelotón de fusilamiento. Pregunta: ¿En qué fecha se instauró la Junta Tuitiva? Respuesta: 24 de julio de 1809. Pregunta: ¿Una de las danzas representativas de nuestra ciudad? Respuesta: Cueca paceña. Pregunta: ¿Un escritor de referencia? Respuesta: Carlos Mesa. ¿Carlos Mesa? Alcé las cejas, miré con extrañeza y tomé nota, pues en circunstancias como ésta un puñado de votos puede representar la distancia entre el éxito o el fracaso más rotundo.
Luego de la ronda intimidatoria, se presentaron las imágenes del catálogo “Miss Obras” (de la Alcaldía): Las candidatas a Miss en los Barrios de Verdad, las candidatas a Miss en el esqueleto de los Puentes Trillizos, las candidatas a Miss dentro de las obras del Mercado Lanza, las candidatas a Miss en la flamante pasarela de la Pérez Velasco...
Las candidatas por todo lado. Por supuesto, estaban presentes varios periódicos y algunos canales televisivos. Y es que un certamen sin medios de comunicación sería como el Titanic ante un bloque de hielo, hundimiento seguro.

La hora de la verdad
¿Se puede hallar la perfección en un concurso? Poco probable, por no decir una utopía. Pero lo que sí se puede hacer es esconder las imperfecciones, como bien pude darme cuenta el 16 de abril pasado, día del certamen, a las 20:30 horas.
Era la hora de la verdad y una serie de mini-computadoras nos esperaba a todos los jurados –diez en total– en fila india. En ellas, un moderno programa presentaba a cada una de las candidatas con su respectiva fotografía. Y del 1 al 10 debíamos evaluar parámetros como cuerpo, simpatía, pasarela, expresión facial, desenvolvimiento general y rostro.
A las 21:00 horas comenzó la retransmisión del evento en Canal 7. Entonces, María Galindo, activista de la organización Mujeres Creando, con su corte estilo mohicano, una banda en la que decía “Eva” y una pancarta que no logró mostrar en la que se satirizaba al Alcalde en paños menores, fue la primera en escalar a la pasarela. Denunciaba la “cosificación” de las mujeres, que se ofreciera “hueso” y “carne” a la concurrencia y la participación del Municipio. Pero fue sacada primero a empujones y después a rastras. En aquel instante, no consiguió derecho a réplica (aunque un día después se robó el show en las televisiones).
Acto seguido, como no podía ser de otra manera, un poco de maquillaje y listos, las aspirantes salieron a escena.
“¿Ésa quién es?”, preguntó enseguida señalando a una de ellas Omar González, vocalista de Octavia, al que le presté un pequeño chanchullo para que tratara de puntuar a varias candidatas. “¿Y esa otra?”. Mientras él se decidía, Jean-Luc Brunel, que vestía una camisa hawaiana, ajeno un tanto al resto de jurados y a la votación, correteaba de mesa en mesa; los ingenieros de sistemas arreglaron un problema –había dos fotos intercambiadas–; las muchachas hicieron varios pases –con un escandaloso conjuntito minimalista de Aerosur que había llegado de Santa Cruz a última hora, bailando con pepinos, en trajes de gala, en bikini y como cebras–; los también jurados Sixto Nolasco y Jessica Jordan (Miss Bolivia 2006) acaparaban la atención del público y la noche iba apurando los últimos fusibles.
Cada uno, de a poco, evaluaba a su manera. Sin trucos, sin pausas. Las descartadas estaban más o menos claras: la que movía las manos al estilo de Caperucita Roja, la incapaz de caminar en línea recta y aquellas que, como diría Nolasco (aunque no lo dijo), no estaban preparadas para ser reinas. Y entre las favoritas tampoco había demasiadas dudas.
A las 00:00 horas –segundos más, segundos menos–, se nos pidió que terminarámos y a algunos no les dio tiempo a dar su veredicto en todas las categorías. Pero el reloj se echaba sobre nosotros como espada de Damocles y, minutos más tarde, gracias a que una computadora había amalgamado nuestras votaciones, los presentadores enumeraron rápidamente el resultado: Primer lugar para Cassandra Camacho (Miss La Paz Bicentenario); segundo lugar para María Laura Nietch (Miss Señorita La Paz); y tercer lugar para Pamela Chavarría (Miss Illimani). Sobre un total de 700 puntos, la que más consiguió (Cassandra) se hizo con 553. Cuando lo anunciaron, todos le observaban y ella cerró los ojos por un instante, como si no mirar al mundo fuera su forma natural de bajar a tierra, un acto de fe teniendo en cuenta que en los concursos de Miss las escaleras van al cielo.

Epílogo
Conversando del evento días después con el fotógrafo Jaime Cisneros, éste me confesó, entre anécdota y anécdota, que la votación final le había parecido una pulseta entre la Media Luna y Occidente. Y razón quizás no le faltaba, pues el sector izquierdo del jurado votó por la chica de rasgos más andinos y el derecho por la que más fácil pasaría por “camba”. A su manera, ambas ganaron (y ninguna). La de rasgos más cobrizos (Pamela Chavarría) era la favorita de Mamani Mamani; y María Laura Nietch, más estilizada, la de María Selva Antelo, de Promociones Gloria.
Sea como fuere, premios como éste tienen la fecha de caducidad en la solapa (aunque no se vea). Se puede ser reina por un día, por un mes y hasta por un año. Pero nada más. Alguien debería avisar en la letra chica que la belleza es como el humo de un cigarro: intermitente y efímera.