domingo, junio 28, 2009

LA PAZ, PUNTOS Y CONTRAPUNTOS



Texto: Álex Ayala Ugarte

¡Obrajes, Calacoto, Los Pinos, Cota-Cota! Una voz segura anuncia vertiginosa algunos de los barrios de la ciudad de La Paz desde un pequeño minibús. El caos circulatorio es total. Decenas de vehículos similares se paran cada pocos metros para conseguir viajeros. Se los intentan robar unos a otros. Los coches se cruzan y se descruzan en busca de un hueco por donde pasar. Los guiñadores están de adorno. Los semáforos, manipulados por policías de manera manual, intentan imponer un mínimo de orden entre tanto desorden. Y los chóferes, como si fueran potros, arrancan a trompicones sin prestarles atención.
Desde la ventanilla, mientras, Matías asoma medio cuerpo para volver a vocear con ímpetu las direcciones a los cuatro vientos. Para quien no vive habitualmente en La Paz, se hace difícil entenderle en su sucesión interminable de palabras. Matías es petiso, levanta apenas media docena de palmos del suelo. Sus ojos son como caoba y su pelo, apelmazado por una incómoda lámina de grasa, se acomoda en su cabeza con raya al lado derecho. Matías tiene 12 años. Y, como muchos niños en Bolivia, es parte del complejo universo laboral que ve a los menores como una mano de obra cualificada.
Entre el amasijo de calles sin nombre, rincones oscuros y llenos de mugre, luces de neón y rascacielos de ventanas ahumadas, entre tanto, algunos rostros ocultos bajo un pasamontañas raramente se descubren. Son los lustrabotas, jóvenes de infancias vencidas por una soledad buscada que tienen en su cajón y en sus tintes de aromas y colores diferentes su modo de vida. Algunos cursan estudios; otros se drogan habitualmente con clefa.
Y los “lustras” están por todo lado: en las plazas, en las avenidas, frente a los hoteles y, sobre todo, en las laderas. Allá viven, pues como en toda América Latina es en las zonas altas y más periféricas de las ciudades donde se concentra la miseria. Es el contraste. Las lomas, espléndidas de noche, con sus puntitos de luz que parecen estrellas, de día resultan un enorme y caótico tinglado de pequeñas edificaciones de ladrillo descubierto y calamina, callejuelas de tierra mal paridas y escaleras estrechísimas que retan con desfachatez a la orografía. Son las zonas donde la pobreza apuntilla con más dureza unos corazones de por sí ya maltratados. Sin embargo, al mismo tiempo, son los lugares donde el comercio informal y el contrabando mueven casi más plata que cualquier otro negocio de Bolivia. Y son las manos más pobres las que mantienen una economía en la que la evasión de impuestos está a la orden del día.
Entre los mercados callejeros, el área de mayor influencia se sitúa entre las calles Manco Kapac, Tumusla y Max Paredes, que conforman un gigantesco y laberíntico zoco donde se vende de todo cada día, desde productos electrónicos hasta ropa usada, comida y frutas. De madrugada, con las llamadas “mañaneras”, se despachan ciertos productos a precio de saldo. Y según va pasando el día casi todo va aumentando de precio.
Es también entre esas calles donde cobra una esencial importancia una figura: la del aparapita, dedicado a transportar bultos de toda clase y condición sobre sus espaldas. Es un oficio que requiere maña, destreza y mucha costumbre, pues apenas amarrados con unas pocas cuerdas, por unos pesitos, transportan frigoríficos, colchones, armarios y toda clase de enseres. Y aunque hay aparapitas gordos, casi todos lucen como figuras sin carnes; otros son niños que se dan mañas con bultos livianos. Pero a todos les define su saco –su chaqueta–, una prenda tan llena de zurcidos que no pasa nunca desapercibida.



La ciudad de Jaime Sáenz

Esa misma vestimenta llevaba casi siempre puesta uno de los pocos narradores que han surgido de las entrañas de la parte más maldita y mágica de la ciudad: Jaime Sáenz. “Es para quedarse perplejo. El saco ha existido como tal en tiempos pretéritos, pero ha ido desapareciendo poco a poco, según los remiendos han cundido para conformar un nuevo saco”, describía él mismo sus ropajes en un artículo.
Y a Jaime Sáenz hay que entenderle en sus escritos, pues su concepto de La Paz es otro. La Paz de Sáenz, precisamente, no es la que vemos todos los días, sino más bien la que vemos todas las noches, pues el escritor era un pájaro de hábitos nocturnos. La Paz de Sáenz es la marginal, la de las camas de cartón, la de los recolectores de basura y los perros ladrando a la luna, la de las subidas y bajadas escalando por sus calles vacías, la del trago seco y espeso, la de la nocturnidad, la de la soledad... y la de la muerte.
Fiel a sus principios, el escritor casi nunca salía de día. La pieza donde vivía era grande y muy oscura. Tenía siempre las cortinas cerradas y era al mismo tiempo dormitorio y antro literario. A Sáenz le gustaba tener todo cerca: sus libros, sus fotos, sus cigarros, sus bebidas... y escuchaba mucha música, especialmente la que le recordaba a su esposa, una alemana que lo abandonó llevándose a su hijo y a quien escribía cartas que después jamás mandaba a ninguna parte. Las rompía y las guardaba. Pero no era la única de sus manías. También era capaz de agachar la cabeza ante un cuadro de su morada que consideraba maldito, de romper un paraguas por la mitad con la rodilla por la simple razón de haber sido abierto dentro de una casa, de volver a bajar las gradas de un edificio por haber terminado esta tarea con el pie izquierdo o de quedarse dos horas callado observando llover y acto seguido disertar calavera en mano sobre la “otra vida”.
Con todo, este narrador paceño supo retratar magistralmente a los personajes más tradicionales y entrañables de La Paz. Es el caso de la chiflera, mujer que dicen emparentada con brujos y adivinos que vende toda clase de hierbas para curar los males; del velero, un hombre taciturno y silencioso, flaco y reservado, que vende velas a la hora del crepúsculo, cuando las almas en pena se retiran a sus casas; del afilador, quien al toque de una especie de zampoña metálica reclama la atención de los vecinos; del vendecositas, quien ofrece bajo un precario toldo botellas rotas, tornillos, cadenas, engranajes y hasta culatas de fusil de guerras olvidadas o máscaras de esgrima de tercera o cuarta mano, es decir, las más inverosímiles y extrañas cositas; y del loco, “dueño de un tiempo que se remonta al tiempo en que no hubo tiempo”, que dice Sáenz. El loco es quien recibe instante tras instante la descarga de las tensiones colectivas: el espanto y el júbilo, la angustia, el dolor y la congoja, los más profundos y, a la vez, ocultos sentimientos. Y además es un genio y un misterio. “De día un millón de almas hurgan en su ser y le quitan el sueño, y de noche igual los muertos lo desvelan”.
Pero La Paz de Jaime Sáenz es también La Paz de las bodegas, espacios lúgubres donde borrachos de toda condición rehuyen a la muerte. Su mirada es la de los suicidas. Su respiración, la mayor parte de las veces, es su única palabra. Y la decoración de estos lugares la conforman sólo viejos taburetes de madera y toneles de estaño deslucidos por el tiempo. Aunque la verdad sea dicha, ya no quedan en la ciudad muchas bodegas.



Anárquica por definición

Visto lo visto, uno se pregunta: ¿Existe alguna pauta válida para comprender La Paz en toda su indefinición? ¿Cuál es La Paz auténtica: la de Jaime Sáenz o la que anuncian las agencias de viaje? ¿La de los grandes rascacielos o la de los cerros que se estiran hacia el cielo? ¿La del frío intenso y tétrico o la de un sol que se amasa a más de 3.500 metros de altura? ¿La de grandes prestes o la de los niños hurgando en perdidos basurales?
No hay una respuesta. La Paz es una ciudad anárquica en sí misma, agresiva, estratificada en niveles queriendo plasmar la tremenda desigualdad social entre la gente. Y, como decía un vasco, Vicente González Sarasúa, que la visitó hace ya más de seis años: “La Paz es una ciudad que atrae aunque no convenza”.
Efectivamente, no hay planificación, no prima en ella el concepto de paisaje, no tiene demasiado espacio libre y, por momentos, pareciera que es un lugar que quisieran volverlo plano, algo imposible si se tiene en cuenta que la urbe está clavada en medio de una gran hoyada.
Es una ciudad reflejo del permanente conflicto, donde parece que nadie creyera en nada. Y, sin embargo, a pesar de un sinfín de predicciones agoreras que la han dado por muerta muchas veces a lo largo de la historia, La Paz sigue funcionando, demostrándonos cada día que tiene su propia lógica, que la simbiosis entre la naturaleza y la trama urbana es la más adecuada, que encuentra en medio de la inestabilidad un solo sentido, apuntando siempre al Illimani, el cerro de nieves eternas que, cual ojo, la vigila.
Por poner un centro, algunos sitúan la plaza Murillo como el corazón desde donde nace la anarquía. A su alrededor, tal y como describía Jaime Sáenz, “conviven calles angostas y empinadas, con un olor a cosa olvidada y con un gran silencio en sus esquinas, en cuyos ámbitos puede escucharse, distintamente, el ruido de la ciudad al caer la tarde”. A su vera, también vive la parte colonial, representando el orden dentro del caos que protagonizan el resto de las calles, plazas, arterias y avenidas principales.
Siempre ha sido así. En un principio, recién fundada la ciudad, en 1548, todo se orquestaba en función a la estructura en damero impuesta por los arquitectos de la Colonia. Pero igual había orden y desorden. La parte ordenada era el centro urbano mientras que los indígenas, que tenían prohibido habitar dentro de esta cuadrícula, se agolpaban como podían en barrios como San Pedro, San Sebastián y Santa Bárbara.
Hoy, el centro de la ciudad, con sutiles diferencias, intenta mantener un cierto equilibrio. En este caso, la modernidad, la dejadez –a veces– y los edificios republicanos y coloniales marcan la pauta. Se conservan lugares como el Palacio de los Condes de Arana (actual Museo Nacional de Arte) o el Palacio de los Marqueses de Villaverde (ahora renovado Museo de Etnografía y Folklore); y las iglesias coloniales –San Francisco, Santo Domingo y La Merced, entre otras– también se encuentran en buen estado.
En contraste, iglesias como la de Loreto –donde en estos momentos se ubica el Parlamento Nacional– se han perdido. Además, un cierto mal gusto se entreteje con La Paz mejor conservada. Es el caso de la plaza Murillo, donde el conjunto neoclásico del XIX (presente en la Catedral, el Palacio de Gobierno, el Palacio Legislativo, la Prefectura y la Cancillería) se rompe por culpa de un par casas particulares en el norte y este de la misma. Asimismo, la fachada de la Caja de Seguros, tiroteada en febrero de 2003 durante un enfrentamiento inédito en América Latina entre militares y policías, presenta aún los agujeros de bala de tan singular y absurda batalla.
En este mismo sentido, terrenos baldíos, graffitis con mensaje pero sin gusto –del estilo “en esta ciudad hay más radio-taxis que sentimientos”– y algunos edificios que son el contrapunto al tipo de construcción republicana hacen de las suyas en calles como la Comercio, camino hacia la explanada de San Francisco, donde toda clase de charlatanes y mercachifles vende lociones contra la calvicie y predica la venida del fin del mundo.
Pese a todo, no parece que nada sobre. La Paz de ayer convive casi a la perfección con la de hoy en día. Y en una mezcla muy paceña, los comerciantes callejeros se sitúan a la par de las grandes oficinas y los rascacielos. Así, en una mixtura de construcciones de cristal y de cemento que se elevan hasta el cielo y personas que se ganan el pan en espacios de apenas metro y medio, es que se avanza hacia El Prado, el verdadero eje de la urbe, donde algunos edificios modernistas de principios del XX –uno de ellos la Casa Hierro– conviven sin violencia con las frías construcciones ya posteriores a los años 60.



Muchos mundos dentro de uno

En torno a El Prado, barrios como el de Rosario, que alberga calles como la Linares, la Sagárnaga o la Illampu, son el colchón de vida de la ciudad. En ellos la luminosidad es una constante, pues a diferencia de lugares como Santa Cruz acá el agua no se evapora y deja una leve bruma. Y los contrastes de luz revelan, entre las sombras que los acompañan, los ángeles y demonios de la urbe, omnipresentes entre los grupitos de gente que camina escondiéndose del sol bajo papeles de periódico y sombreros.
Similar en carácter a El Rosario, San Pedro hace de enlace con Sopocachi, barrio muy tradicional y protagonista de letras de tango y de cantares. Sus hogares, casas más que peculiares de los años 30, han parido a buena parte de los que ahora manejan las finanzas y la administración pública, aunque hoy son ya un gran complejo de oficinas.
Mientras, un poquito más al este, el Puente de las Américas, un coloso desde donde acostumbran a suicidarse los desesperados, hace las veces de cordón umbilical con un enclave fundamental que comenzó a crecer hacia los años 40: Miraflores. Para muchos ejemplo de urbanismo al más puro estilo europeo, este lugar está ordenado en diagonales sin horizonte que intentan estructurar por completo la vida de sus habitantes. Equipamientos como el estadio de fútbol Hernando Siles o el Hospital Obrero, enorme, se agolpan a lo largo de esos brazos que lo articulan; y sus edificios, compitiendo en altura, parecen querer sumir a la ciudad en un ilusorio mundo de gigantes.
De allá, la bajada hacia Obrajes, en la parte más llana de la urbe, es un hecho. Y no hay barrio más gris que éste en la ciudad. Escoltado por el Choqueyapu, río fétido y mortal en época de lluvias, es un punto donde las casas de pocos pisos crecen como enanos, los coches circulan a velocidades desorbitadas para no llegar tarde a sus citas –aunque siempre llegan a destiempo– y los niños se quedan en sus casas ante unas aceras finísimas, que apenas dan paso a una o dos personas.
Obrajes es el paso obligado hacia la Zona Sur, que se despliega como una alfombra hacia el Illimani, pero hacia el este y no como su propio nombre indica. Y retando a la lógica, que sitúa normalmente a los pobres en el sur, ésta es la zona más rica de la ciudad, un mundo de lentejuelas, terciopelo, neones y oropeles que no parece Bolivia. Pero tanto derroche es solamente un signo que confirma que la urbe está por de más acostumbrada al desorden y a las rupturas.
Por otro lado, se puede decir que La Paz es una ciudad ósea, bien soldada, que funciona a trompicones, como lo demuestran sus épocas de cambio, coincidentes siempre con los grandes momentos históricos en la historia del país.
Y es que, por ejemplo, antes del alzamiento aymara de 1781 se construyeron con soberbia una buena cantidad de iglesias y palacios para nobles y hacendados. Lo mismo ocurrió en los años previos a la revolución del 52 –que buscaba terminar con una estructura feudal en la que la tierra se vendía junto a aquellos que la habitaban e instaurar una profunda reforma agraria (que al final se quedó a medias)–, pues en ese tiempo se levantaron barrios como Miraflores y avenidas neurálgicas como la Camacho y la Mariscal Santa Cruz. Y en el año 85, con la última y sangrienta dictadura que ha habido en el país –protagonizada por el general Hugo Bánzer–, se llevaron a cabo construcciones como el Palacio de Comunicaciones o la piscina olímpica, que fueron la antesala del neoliberalismo.
Y este tren no para. El proceso que se inició en 1548 con la fundación de la ciudad sigue aún ávido su curso. Con ese olor a cosa olvidada, con ese su alma de altibajos, con la mezcla de adobe, teja, cristal y calamina, con sus gentes alternando de un barrio para otro y con afán de quedarse para siempre como una parte indivisible del paisaje.

Entre tambos y conventillos

Precisamente, en esa lucha por eternizarse, tienen todavía un protagonismo esencial los tambos y los conventillos. Los primeros, tal cual lo describe el periodista boliviano Jaime Iturri, como “espacios de resistencia y explotación, lugares de encuentro, de vicio y de fornicio, de intercambio mercantil y trueque”. Los segundos, como verdaderos aglutinadores de vecinos, como patios donde todo es aún posible. Y, antes que nada, ambos son puntos en los que vuelven a ser centro de atención las lomas, las zonas altas, articuladoras sin tregua de los latidos ocultos de La Paz, de sus luchas, sus trincheras.
Entre calles abarrotadas de gremialistas, zapateros por un lado, talabarteros por otro, peluqueros en una empinada subida, fruteros en una bajada..., los tambos, grandes galpones con plásticos en el suelo y tinglados de calamina como techo, se han transformado fundamentalmente en centros de acopio y expendio de frutas y verduras; y también, en comedores populares donde la carne ni se huele.
Antaño no era sólo así. En el pasado sirvieron además de alojamiento y de refugio. Durante el predominio quechua, dice Iturri, los había de diferentes clases y categorías; y “durante la colonia se convirtieron en albergue de los mitayos que eran transportados a la fuerza para que las minas los devoren y, también, en lugar donde pernoctaban comerciantes, forasteros y prófugos”. Y en ellos, se compartían historias, idiomas de decenas de colores y algún plato que otro para poder matar el hambre por unas pocas horas.
Pero hoy ya casi nadie duerme en los tambos. Antes los había cada 40 leguas –la distancia que se recorría en un día de viaje–, pero ahora apenas sobreviven en la periferia de algunas ciudades. Y son como una corteza necesaria, una especie de película finísima que protege a la ciudad y sus gentes más humildes del olvido, un espacio donde se reescribe la historia de otra manera, desde el punto de vista de los que perdieron sublimes batallas, bajo la lengua como pluma de los desheredados.
En ellos, se reúnen trabajadores, poetas, rebeldes, sometidos y mujeres; y tratan de fusionar pasados y presentes, de darle una vuelta de tuerca, a su manera, al mundo. ¿Lo consiguen? Por lo menos, haciéndose escuchar entre un griterío por lo general polvoriento, taciturno y húmedo, mantienen sumanente vivo el sentir de los de abajo, de los que casi nunca suelen alzar la voz, de los que cercan virtualmente a la ciudad desde las laderas.
Lamentablemente, con la migración del campo a la ciudad y la proliferación de hoteles, hostales y pensiones, una parte del alma de los tambos, la de acogida, se perdió ya para siempre. La otra, la de ser centro de reunión en su función de proveer comida, se mantiene a duras penas, pues algunas vendedoras han tenido que abandonarlos y salir a las calles para garantizar la venta de sus productos, consumida ésta por la competencia que viene de afuera: de otras vendedoras en las aceras, los supermercados y los almacenes.
Con todo, la ciudad, aunque en silencio, sigue en movimiento en torno a los tambos. La fruta que termina primero en los mercados de la zona Sur y, después, en las mansiones y los estómagos de los empilchados hombres de negocios viene precisamente de sus entrañas. La compran las caseras al por mayor a las mañanas. A ellas les dan las más jugosas piezas para que las transporten luego en taxis y camionetas a los mercados, demostrando una vez más que en La Paz, de una manera u otra, todo está inevitablemente unido.
A veces, hasta las vidas. Así parecen evidenciarlo por lo menos los conventillos, que todavía están en pie en el centro de la ciudad y en la subida hacia los barrios de los cerros. Son casas vetustas y pesadas, con oscuros patios cubiertos a veces de techumbres donde los vecinos comparten entre sí puertas adentro, donde el olor a fritanga lo impregna todo, donde cuartitos de dos por dos, sin baño ni cocina, conviven con humildes despachos de abogados, mini-talleres y consultorios clandestinos, donde las conversaciones traspasan las paredes, donde casi todos los conflictos se resuelven.
Los conventillos son como una intrincada abadía llena de madera, de argollas y candados, de puertas, de cuartos sin ventanas con un olor estanco y espeso. Son lugares donde todo se comparte: las marraquetas, la sal, el arroz, el azúcar..., donde el único inquilino que tiene hornilla es capaz de calentar agua para todos los demás en el desayuno, donde, a pesar de sus miles de defectos y un escaso abanico de virtudes, los vecinos tratan de fomentar la comprensión, la tolerancia, la humildad y el buen humor.
Entretanto, en apariencia, nada entra o sale del conventillo. Todo se despacha puertas adentro: los arreglos y las desavenencias, los amores febriles y los engaños más perversos, los gemidos nocturnos y los bostezos diurnos, el vómito y la fiesta... Sus cuartitos son como una tumba sin epitafios, llenos de secretos, donde todo se sabe y nada. Y a la vez son el maniquí por el que la ciudad va dibujando sus contornos más precisos.

Las rutinas de costumbre

De los conventillos salen lustrabotas por las mañanas embutidos en buzos de faena y cubiertos por un pasamontañas. De los conventillos se escabullen de madrugada los representantes de oficios ya casi olvidados: los soldadores, quienes con carbón, ácido muriático, estaño y unos cuantos pedazos de lata, recorren La Paz con su brasero, ofreciendo sus servicios a viva voz de casa en casa; los joyeros tradicionales, enigmáticos, desconfiados, de mirada larga y pocas palabras; los hojalateros, que arman en un segundo tenderetes abarrotados de artículos de su fabricación que se venden en pocas horas como pan caliente; las tenderas, quienes en sus lúgubres almacenes cultivan una personalidad ahorrativa y conservadora, caprichosa y quejumbrosa. Y de los conventillos nacen todos los días las rutinas de las que se alimenta la ciudad. De ellos, del resto de las construcciones de las laderas y de los hogares de la ciudad de El Alto, la urbe colindante, separada únicamente de su vecina por unos metros de altura.
De El Alto bajan a La Paz como hormiguitas cientos de personas cada día. Algunos para estampar su firma a modo de tenderete en las aceras; otros acuden con suma puntualidad a oficinas lúgubres y oscuras; los hay que bajan a robar a los incautos a las avenidas principales; y quienes recorren las calles como idos vendiendo pañuelos, chicles, ambientadores y toda clase de chucherías por las que apenas sacan unos pesos.
Y en muy pocas horas el engranaje de la ciudad está en marcha. Una ciudad que tiene su lógica, la lógica propia de las rutinas, de la costumbre. El lustrabotas no falta nunca a su tramo de calle, el alcohólico a su cartón de vino que parece matarratas, los mini-buses y los taxis a su cruenta lucha por arañarse clientes unos a otros, los locos a sus pasos que caminan sin sentido y el ciudadano de a pie a sus andares esquivando gente.
La ciudad, aunque abanderada por el caos, tiene sus reglas. Sólo hay que llegar a comprenderlas. El que lo consigue conoce que en un mismo día se pueden padecer al mismo tiempo las cuatro estaciones –frío a la mañana, calor intenso al mediodía, lluvia torrencial por la tarde y vientos pícaros y enmarañados camino de la anochecida–, es consciente de que entre el laberinto de subidas y bajadas va a encontrar siempre a la misma gente, en el mismo sitio y a la misma hora; y sabe que las marchas de protesta, por lo general en las mañanas, son el pan nuestro de cada día.
Pero para saborear La Paz en toda su esencia no hay que estar simplemente de paso. El que está de paso se queda con la imagen de las luminarias salpicando los cerros cada noche, pero no se detiene a pensar en el amasijo de existencias que se alumbran como un suspiro bajo ellas; se queda con el rugido omnipresente de los tubos de escape y los voceadores, pero no se da cuenta de que detrás de la voz del mini-bus hay un alma perdida de niño; se queda con las casas coloniales, los museos y el mercado, pero ni siquiera imagina el flujo de vida que corre tras las paredes: en los conventillos, en las casas de adobe y calamina de las laderas y en las heladas camas de cartón de las aceras.
El que está de paso pasa, pero queda la ciudad, siempre invencible. Le pusieron las montañas y se hizo un hueco eterno entre ellas. La fortificó como ojo inquisidor la otra ciudad, El Alto, pero se hizo imprescindible y ahora necesitan irremediablemente la una de la otra. Así, a veces con poesía y otras con desencanto, en La Paz florece un corazón lleno de mezclas, inmerso en contradicciones, borracho de olvido, que hace contar a los que no cuentan para nadie, que sorprende, que camina siempre al borde del precipicio.

2 comentarios:

Tuareg dijo...

Enhorabuena por tu crónica.
Yo me quedé.
He vivido en La Paz casi cinco años. Igual que a mi Zaragoza natal, "la amo, la odio, le tengo un cariño ancestral".
Recuerdos de Tini.

Anónimo dijo...
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