lunes, marzo 30, 2009

URMIRI, EL CHAMÁN Y LAS AGUAS MILAGROSAS



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

Este relato comenzó como lo hacen la .mayoría de las historias de hotel, en una cama. Debía estar en el cuarto o quinto sueño cuando me despertaron unos tambores. Eran las cuatro o cinco de la tarde del 23 de febrero de 2008 y me pareció un hecho tan extraño que me froté los ojos, en un acto reflejo, para comprobar que ya no me hallaba dormido.
En un lugar tan tranquilo y apacible como Urmiri, parecía inconcebible, casi imposible, el frenético repiqueteo de unas manos sobre un pedazo de cuero y una melodía que me hacía recuerdo a los rituales mágicos de los indios norteamericanos. Pero al final no tuve más remedio que dar fe de su existencia. El sonido provenía de Pedro Cáceres –quien, según me dijeron, es el gerente del lugar–, que había llegado con un pequeño grupo y protagonizaba una especie de retiro espiritual. Y resultaba eléctrico, dinámico, absorbente.
Don Pedro es una persona voluminosa, de mediana edad, con un mentón prominente, bastante pronunciado y con las líneas exageradamente marcadas, y voz grave, cavernosa. Tiene andares de oso, manos enormes y una coleta bien trenzada. Aunque jamás converse con él, al pasar a su lado pude darme cuenta enseguida de su magnetismo –el tipo es como una cuerda que te jala–. Y durante ese primer encuentro –que realmente no lo fue, pues nunca hablamos– preferí mantener una cierta distancia para que el misterio no se disolviera. Aunque resultó un tanto difícil, pues por la noche siguió la melodía de timbales y, al asomarme por la puerta de mi habitación, pude ver a don Pedro y a varios empleados del complejo (algunos con traje blanco) danzando alrededor de las mesas del comedor.



Atmósferas

El resto de la escena ya no puedo relatarla, pues la puerta que tenía al frente se cerró –bueno, más bien debería decir que la cerraron– y ya no tuve la oportunidad de ver más. Pero sí puedo resaltar que en Urmiri, por un afán si se quiere geográfico, se da el punto de cocción exacto para que ocurran sucesos cuando menos un tanto fuera de lo normal.
En primer lugar, el agua que baña sus instalaciones –situadas a 118 kilómetros de la ciudad de La Paz (más o menos dos horas y media en movilidad)– circula a elevadas temperaturas. En segundo, los materiales que la engordan y la enriquecen conforman un conglomerado exquisito –hierro, magnesio, calcio, azufre y potasio–, beneficioso para paliar males tales como la artritis, la gota o el reumatismo–. Y en tercero, en las noches despejadas el enclave es como una cúpula que se abre a un mar estrellas. Y quizá por eso curiosas organizaciones como Rahma, que dice mantener contactos con extraterrestres, han incluido alguna vez este punto y sus cercanías en el itinerario de sus excursiones.
Mi viaje iniciático, sin embargo, no tuvo nada que ver con avistamientos de ovnis. Ni siquiera, con extrañas fuentes de energía, sino que más bien se trató de una cuestión práctica: simple y llanamente me hacía falta un descanso (una almohada, un paisaje y una piscina).



Impresiones

A primera vista, Urmiri me pareció una bella postal: con un valle que, como dice la canción, parece vivir en una eterna primavera; con sus cactus en posición amenazante; con sus senderos delgadísimos y juguetones –como serpentinas–; con sus chorros transparentes deslizándose entre las rocas; con su pequeña ermita; y con decenas de olores disímiles provenientes de la tierra.
A segunda vista, lo asemejé a un antiguo escenario de película italiana, con señores bien vestidos –luciendo vistosos pañuelos en el cuello–, ancianas paseando con dificultad agarradas al brazo de sus empleadas y extranjeras atrapadas en las páginas de algún libro.
Y a tercera vista, finalmente, me sumergí quizás más en los detalles: en los golpes medicinales de agua caliente, en la extraña obesidad de algunos pájaros y en los perros, tan amables ellos que trataron hasta de ejercer como improvisados guías nocturnos con los visitantes.

Orígenes

Aunque cuando realmente pude decir que comenzó “mi viaje” fue cuando descubrí el hotel en su faceta quizás más sentimental. Es decir, cuando pude conocer el pasado del sitio, pues lo que me relataron fue cautivador y fascinante.
Originalmente, las termas de Urmiri –ahora un hospedaje– fueron concebidas por el ex presidente Daniel Salamanca en 1933 a modo de palacete, con materiales de primera calidad traídos especialmente desde Europa, como mármoles exclusivos. En un principio sólo había seis tinas de estilo romano, pensadas sobre todo para el divertimento de la clase alta de aquella época. Y para acceder al lugar una parte de los prisioneros paraguayos de la trágica Guerra del Chaco fue obligada a construir un camino, que es el que todavía es utilizado.
Con el paso de los años la estructura vivió una ligera metamorfosis y se transformó en el hotel Prefectural, complejo que tras sufrir ciertas dosis de abandono fue privatizado en la década de los 90. Y actualmente es el hotel Gloria quien lo administra, ofreciendo, entre otras cosas, habitaciones con las famosas piscinas romanas o con hidromasaje, saunas con vapores aromáticos, cascadas naturales en caída libre y espacios verdes.

Embrujos

Pero así como no hay hotel que se precie sin una buena historia, tampoco lo hay que no se cuente a través de sus clientes. Y entre los de Urmiri puedo decir que hay una auténtica amalgama de empresarios, políticos, artistas, ancianos y periodistas.
Precisamente, esta segunda parte del relato se inició hace un par de semanas con uno de ellos (ya no en una cama, sino en una de las ardientes piscinas de las instalaciones), cuando Manuel Monroy Chazarreta, cantautor y showman que es más conocido en el mundo artístico como el Papirri, se daba un “masaje espiritual” con don Pedro Cáceres, quien, sin avisar, acababa de llegar al recinto con su pareja (y para no romper el embrujo, decidí nuevamente no dirigirle ni palabra).
En esta ocasión, sin embargo, a diferencia de la anterior vez, lo observé con celo, de lejos y de cerca. Se veía bien, quizás un año más cansado, pero sin dar realmente demasiadas muestras de fatiga. Tenía el mismo porte seguro de hombre campestre; la misma presencia inoxidable. Una única acción dirigía los cinco sentidos de su cuerpo: amasaba los pliegues de la cara del Papirri como si estuviera moldeando diminutos trozos de arcilla. El intérprete, mientras tanto, se mostraba más silencioso que nunca –sin entonar ni siquiera algún “bien le cascaremos”–. De vez en cuando, un potente grito salía de las entrañas del tipo que un año atrás yo había bautizado como “El Chamán de Urmiri”. Y en esos instantes, debido al eco, sus palabras, como mantras, parecían envolverlo todo.