lunes, marzo 30, 2009

PASAJE DE IDA Y VUELTA



¿Se justifica un aumento en el costo del pasaje del transporte público? ¿La subida de la canasta familiar afecta a los choferes? PULSO pasó un día en un minibús para comprobar las penurias de una de las figuras más odiadas por la ciudadanía.

Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

Cuando comienza cada jornada, Nelson .Arcani Ramos, chofer, 32 años, camisa a cuadros de manga corta, pantalón jean y pelo arreglado a capas, mira su movilidad con la misma ternura con la que un pastor observa a a su ovejas. En una ciudad en la que de cada diez vehículos seis o siete son minibuses –y el resto, por lo general, trufis o radiotaxis– no es extraño que Nelson tenga uno. Tampoco lo es que lo cuide con esmero, sobre todo si se tiene en cuenta que le ha costado 8.000 dólares que todavía está pagando al banco. Y en pleno conflicto por una posible subida de pasajes, él lo tiene más que claro. “Los minibuseros también tenemos gastos. Sube el pan, sube la carne, sube la leche… todo sube y cada vez hacemos menos plata para nuestras familias”, dice. Ciertamente, los reyes del asfalto de ayer hoy ya no lo son tanto.
Son las nueve y media de la mañana y el controlador de la parada de Nelson, ubicada en Chuquiaguillo, se acerca a los vehículos con cierta indiferencia, como si fueran sólo un montón de tuercas. Envuelto en una chaqueta marrón informal, cubierto por una gorra y gafas oscuras y armado de una puntabola, anota en “la hoja de ruta” de cada conductor la hora de salida. Desde ese momento, cada uno tiene menos de dos horas y media para completar el recorrido. Los atrasos, si son considerables, se pagan con sanciones, por lo que la lucha es contra el tiempo. Pero Nelson sabe cómo apurar cada segundo.
Ya hemos partido. Orlando Huaylire, voceador, 21 años, comienza a cantar el recorrido –¡Villa Fátina, Tejada Sorzano, Sucre, Santa Cruz… Bs 1,50!–. Detrás del papelito que sirve control, que ahora reposa sobre el volante, una lista de instrucciones –las normas del sindicato de Virgen de Fátima– impone algunas restricciones: prohibido usar calzado de goma; no tomar bebidas alcohólicas; el ingreso a mitad de ruta se castigará con tres días de suspensión; las maniobras peligrosas se penalizarán con una o dos vueltas; y un largo etcétera. Es temprano. Los pasajeros aún son escasos.



Primera parada: sueldo mínimo

Entre chofer y ayudante el silencio suele ser una rutina. Y tanto Nelson como Orlando cumplen a la perfección con la premisa. Únicamente intercambian una y otra vez las frases típicas: “¿Cambio de diez?”, “va a bajar”, “se queda” o “cierra la puerta”. Mientras , la radio pone las palabras y los clientes sazonan el ambiente con conversaciones. A veces, un tanto absurdas (sólo “ruido”).
Son las diez y en el asiento delantero dos hombres, justamente, protagonizan una de ellas. “¿Y en Santa Cruz hay funerarias? ¿Y es igual que acá? ¿Y los trámites? ¿Y el ataúd? ¿Y el traslado al cementerio? ¿Y el nicho?”. El tipo de la derecha suelta preguntas como una ametralladora y el de la izquierda niega o asiente con ligeros movimientos de cabeza. “¿Y la comida? –prosigue el de la derecha–. ¿Y allá tenías ñata?”. Nelson frena. A continuación, Orlando les pide los pasajes a los tipos y dos paradas más adelante bajan. El minibús está ya semi-lleno; o quizás semi-vacío.
Son las diez y media y asaltamos el punto en el que debemos dar la media vuelta. Pero antes de proseguir el trayecto es momento para el desayuno –a escoger entre revuelto, bistec o sajta–, el primer gasto del día. “El mío y el del ayudante son Bs 14. Luego, otros Bs 16 por el almuerzo y algo parecido pasa con la cena –explica Nelson–. A eso hay que sumarle lo que le pago al muchacho por vocear (unos Bs 40), lo que se lleva el controlador (Bs 12) y Bs 140 de gasolina”. Total: Bs 238. Es decir, el minibús se traga cada tres días más de un sueldo mínimo.
Para que sea rentable, Nelson dice que hay que realizar por lo menos cinco vueltas al circuito –en este caso, entre Chuquiaguillo y Alto Chijini–. Y eso a él le significa levantarse cada madrugada a las seis de la mañana –vive en El Alto, en Río Seco–, incorporarse a las siete y dejar de manejar a las nueve y media de la noche.



Segunda parada: tira y afloja

Un minibús que no está bendecido es como un cheque sin firma. Y el de Nelson, un Toyota blanco, fue tocado por la mano de Dios hace tres años en la localidad de Guaqui. “Es por eso –asegura– que desde entonces se ha mantenido en buen estado” (aunque más que por un milagro porque Nelson cambia el aceite cada 15 días y las pastillas de frenos cada tres semanas).
Son casi las doce y acabamos de comenzar una nueva vuelta. Es hora punta y nuestro chofer acelera para adelantar a otra movilidad que cubre la misma línea. “Si tú no te metes, ellos lo hacen –se justifica señalando al minibús que nos pisa los talones–. Y uno no puede permitir que le levanten los pasajeros”.
El más rápido se suele quedar con las mejores presas, pero no siempre. Ahorita mismo, por ejemplo, acaba de subir una señora algo mayor, con tacos, y nos ha hecho perder más de diez segundos –cuando la media suele ser de dos o tres por pasajero–. Y con el tira y afloja constante el riesgo de accidente se multiplica.
Sin embargo, no suele ocurrir nada, pues los choferen calculan el peligro al milímetro. Unos morros bufan contra otros, los insultos –que no bajan de cabrón, cojudo e hijo de puta–, van de puerta a puerta y alguna vez hay amago de pelea, pero de ahí no pasa la cosa. Entre tanto, Nelson para en cualquier sitio, incluso en mitad de la calzada, y los guiñadores parecieran estar sólo de adorno. “Yo saco la mano, eso me basta –reconoce –. Si nadie los mira, ¿para qué usarlos?”.
Una del mediodía. Debido al trajín de las calles más caóticas, Orlando, que viste un buzo beis, gorra y tenis, no ha parado un solo minuto. Se mueve como una comadreja: mano aquí, mano allá, pesito para la señora, vueltito para el joven, abrir la puerta, cerrarla, la voz por la ventanilla… Algunos le miran con recelo, como si tuviera cara de cobrador de impuestos. Y mientras, con los dedos, él juega hábilmente haciendo bailar las monedas antes de meterlas al bolsillo.



Tercera parada: comida rápida

Una y media. Nelson bosteza. Alrededor del minibús se abren dos mundos: el de fuera, con los puestitos de venta, los plásticos azules, los aparapitas, el sombrero y la pollera y los cables eléctricos cabalgando el cielo; y el de adentro, de tonos pálidos, con asientos que se suben y se bajan, con un cambio de marchas con forma de calavera y poco más. El de Nelson no es un minibús con mucho adorno, como otros que llevan pegatinas del tipo “no escupa”, “si usted salió tarde no es culpa del conductor” o “Dios te ama”. Más bien es sobrio. Y sólo los carteles que indican las distintas direcciones –que el chofer justo está cambiando ahora– ponen un poco de color a las escenas. Luego, paramos y llenamos gasolina.
Los minutos se consumen. Son las dos y media de la tarde y estamos de regreso otra vez en el punto de salida. Ya toca el almuerzo –sopa, pollo y ensalada–. Y Nelson se sienta con cierto apuro. “Antes, tardábamos cincuenta minutos o una hora en completar un trayecto de ida y vuelta. Ahora, en cambio está desbordado el parque automotor y las trancaderas son de escándalo. Y nosotros perdemos harta plata con cada retraso”.
El minibusero está acostumbrado a comer rápido, casi por inercia, y según Nelson varias veces al día. “Es por aburrimiento –sonríe–, ¿entiendes ahora porque estamos todos tan gordos?”. Su carta de presentación: 1,69 metros y 90 kilos.



Cuarta parada: pasajeros

Tres de la tarde. Un señor se baja y cierra mal la puerta. Más adelante, otro tipo hace parar la movilidad pero no se monta porque no hay cambio de Bs 50. Y el chofer, al tiro, frunce el ceño. “¿Ves?, realmente me hacen perder tiempo”, se queja.
Nelson odia a los que meten dos o tres hijos y quieren pagar nada más por un pasaje, a los que piden rebajita, a los que no se mueven de su asiento para dar paso, a los que preguntan por calles que están fuera de su línea y a los que ahogan la movilidad con sus bolsas de mercadería. Y a él le odian por acelerar antes de que toda la gente esté sentada, por tocar la bocina compulsivamente para conseguir clientes, porque alguna vez se desvía ligeramente de su ruta y porque no hace demasiado caso a los famosos “niños-cebra”.
Del amor al odio, dice el refrán, “sólo hay un solo paso”, y lamentablemente siempre suele haber un minibús en medio.
Son las cuatro y, con la movilidad repleta, Nelson –que se refleja en el retrovisor del centro– toma la directa. Orlando –reflejado en el de la derecha– sigue repitiendo los nombres de los destinos como si radiara un partido de fútbol. Y en el de la izquierda se dibujan simplemente calles.



Quinta parada: Sísifo

Son las cinco y media, acabamos la tercera vuelta y yo me despido. Según Nelson, “el 70 por ciento de los choferes no cumple con su ruta”. Según Nelson, “al menos de cada dos minibuses uno sobra”. Según Nelson, “los policías se llevan entre Bs 5 y Bs 20 bolivianos cuando se les paga algún tipo de coima”. Y según Nelson, “a los asalariados cuidar la movilidad les vale”, pues no es suya (pagan Bs 100 al día por arrendarla).
Cuando termine la jornada, serán más de doce horas seguidas las que el chofer habrá permanecido frente al volante. Con suerte, después de haber cancelado todo le quedarán Bs 150 o Bs 200, y de ahí tendrá que sacar una parte para el banco, para terminar de pagar la movilidad.
Mañana, entre tanto, será otro día. Nelson –que descansa únicamente los lunes– volverá a ir de un lado a otro, pero sin ir en realidad a ningún sitio. Pues estará pegado a su asiento como Sísifo a la piedra que los dioses le obligaron a cargar una y otra vez a la cima de una montaña.

2 comentarios:

Mademiosel Selpulcroix dijo...

Primera parada: siempre me pregunté cuánto ganaban los choferes, pero por lo visto la pregunta a reflexionar era el cuánto gastan. Esos 238 bs. no cubren fallas mecánicas del minibus, dolores de garganta del voceador, horas de sueño imposibles de recuperar y el mal humor de los pasajeros amargados.

Segunda parada: las bendiciones son pan de cada día en Copacabana, pero eso no impide ver accidentes de tráfico ocasionados por la imprudencia de los "maestritos". El levantar un pasajero más te da 1.50 bs., pero el accidentarse puede costarte la conciencia.

Tercera parada: qué frustrante no poder comer disfrutando la comida, es gracioso que lo tomen con buen humor refieriendo a su exceso de masa corporal.

Cuarta parada: existen pasajeros que no tienen respeto, no hay cosa que en lo personal odie más que ver una señora gritando al voceador como si se tratara de algo inferior a un ser humano.

Quinta parada: muy dura la jornada de un chofer de minibus, realmente. Hace sentir impotencia el saber que los frutos de su labor llevarán a caer de nuevo la piedra, y que esta de nuevo tendrá que ser subida a la cima en forma de penitencia.

Gracias Alex, aprendí mucho de tus escritos. Me encantó esta entrada.

Anónimo dijo...
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