sábado, marzo 07, 2009

LOS PERIODISTAS



Por Álex Ayala Ugarte

LOS AMO

Amo a los periodistas porque, como los soldados, suelen tener el privilegio de ver todo en la primera línea de batalla –los despelotes, los conflictos, los constantes giros de timón de la historia, etcétera–. Porque, en cierta forma, muchos son auténticos defensores de causas perdidas, sobre todo en zonas de conflicto –intentando que no se cumpla el dicho que asegura que “la primera víctima en toda guerra es la verdad”. Porque se enfrentan a poderosos “enemigos” –políticos, narcotraficantes, paramilitares, guerrilleros y demás familia– y, a veces, son capaces incluso de jugarse la vida por defender el derecho de informar. Porque así como hay gente que no vive sin su café de la mañana o su pucho después del almuerzo yo no aguanto el día sin haber visto al menos un noticiero. Porque tienen el don de la palabra y del manejo de la imagen o de la pluma. Porque persiguen lacras como la corrupción o la injusticia. Porque en épocas de “naufragios” suelen ser los últimos en abandonar el barco. Y porque traducen la realidad para que la entendamos.
Amo a los periodistas, sí, pero sobre todo a aquellos que son capaces de dejar durante unos segundos su micrófono, su libreta o su cámara para evitar un linchamiento. A los que tienen agallas para encarar a un jefe cuando no están de acuerdo con alguna cosa. A los que no se autocensuran para mantener el puesto de trabajo. A los que son humildes –y saben escuchar y absorber las enseñanzas de los más experimentados–. A los que no se creen a la primera que dos y dos son cuatro. A los que no se convierten en burócratas de oficina. A los que leen habitualmente y saben cómo analizar las cosas. A los que se hacen preguntas que van más allá del “dijo”, “expresó” o “respondió”. A los que creen que el periodismo no es la suma de declaraciones. A los que reconocen errores y no aprovechan su posición para echar la culpa a otros. Y a los dipsómanos, divorciados y depresivos (es decir, a los que cumplen religiosamente con las tres “des” típicas de la profesión).
Amo a los periodistas porque, cuando están realmente comprometidos con aquello que hacen, son perfeccionistas, y son capaces de estar más de dos horas frente a la pantalla de su computadora para armar un solo párrafo. Los amo por valientes, ya que el periodismo es un oficio muy ingrato: no está plenamente reconocido, “roba” días de vacación en casi todos los feriados y es un factor que genera problemas dentro de las parejas –sobre todo porque se trabaja hasta altas horas de la noche–. Los amo además porque con un único hilo son capaces de armar una madeja para afrontar luchas quijotescas contra políticos comprados u otros males de la sociedad en que vivimos. Porque nos explican las cifras, nos resuelven complicados rompecabezas y porque, a su manera, tienen el mismo olfato de los detectives. Porque tienen que soportar habitualmente más presiones que los delanteros del Real Madrid. Y porque, como ya lo dijo en su momento el escritor Gabriel García Márquez, soy de los convencidos de que “el periodismo es el mejor oficio del mundo”.

LOS ODIO

Odio a los periodistas que se transforman en “periolistos” y creen que lo saben todo cuando en realidad no tienen idea de nada. Odio a los que piensan que la grabadora es la madre de la ciencia y a los que no han visto una libreta de apuntes ni en pintura. A los que ponen el micrófono delante de cualquier “busto parlante” y a los que no están lo suficientemente atentos –es decir, a los que se la pasan viajando de Marte a Júpiter o de la Tierra a la Luna durante sus coberturas informativas–. Odio a aquellos que realizan sus entrevistas sin ningún tipo de respeto, con un chupete o el cigarrillo en la boca. A los que no tienen el periodismo en las venas y a los que se convierten en simples burócratas que sólo manejan los datos y no los interpretan. Odio además a los que, a pesar de que llevan años ejerciendo la profesión, jamás han escuchado realmente a nadie. A los que se limitan. A los que nunca llevan la contraria al jefe. Y a los que todavía piensan que todo es objetivo y que el subjetivismo no forma parte del periodismo.
Odio a los periodistas que se venden a ciertos ideales o por un fajo de billetes. A los que dan mayor prioridad a una historia “bien” escrita que a una buena historia –lo ideal sería siempre la combinación de ambas–. A los cínicos, pues, como lo dijo en vida un maestro polaco del reporterismo, “los cínicos no sirven para este oficio”. A los que no se dan cuenta de que detrás de seres anónimos también se esconden buenos relatos. A los todólogos, que hacen de todo pero nada en condiciones. A los que por mantener un blog se creen profesionales del asunto. A los simples notarios de lo que ocurre. A los que cuelgan su uniforme de trabajo al salir de la oficina –y no toman en cuenta que un periodista tiene que serlo 24 horas al día–. Y a los que conciben un diario como una especie de máquina de hacer “salchichas”, “salchichas” con fecha de caducidad, por cierto.
Odio también a los periodistas del corazón, pues como acosadores que son deberían estar todos en la cárcel. A los que hacen porno-miseria, quienes, según el cronista chileno Juan Pablo Meneses, “escriben mal y amarillo”. A los que piensan que el mundo se divide sólo entre buenos y malos. A los que conciben los medios de comunicación como una tribuna para lanzar mensajes que tienen intenciones ocultas. A los que se saltan cualquier norma con tal de conseguir una primicia. A los que acusan sin pruebas. A los que difaman por gusto. A los que no protegen a sus fuentes cuando éstas son confidenciales. A los que lapidan a otros gratuitamente con maliciosos juegos de palabras o con imágenes montadas. A los que opinan que el periodismo narrativo es sólo literatura y que el uso del “yo” es un sacrilegio. Y a los que no han sabido adaptarse a los tiempos modernos.