sábado, marzo 07, 2009

LAS TANGAS



Por: Álex Ayala Ugarte

LAS AMO

Amo las tangas porque son realmente económicos y no desperdician metros y metros de tela, como otras prendas quizás más invernales. Porque junto al fútbol y la samba se han convertido en una referencia en países como Brasil –el cebiche es peruano, la diablada boliviana y la tanga brasileña (a pesar de haber sido inventado en Italia), que no quepa la menor duda–. Porque masajean las partes bajas de muchachos y muchachas (adictos a ellas) cuando caminan con sus andares de rumba. Porque son sumamente eróticas, tanto que hasta se venden las de segunda mano –es decir, las usadas, con todo lo que eso significa– por la Internet. Porque tienen tanto éxito que en países como Tailandia ha surgido incluso la curiosa figura de los ladrones de esta prenda íntima, quienes suelen ir en busca de solitarios tendederos de ropa para hacer fortuna. Y porque rarezas tales como las “tanguitas masticables” hacen las delicias de los paladares más exquisitos.
Amo las tangas porque yo nunca he usado una, y soy de los que sienten una irrefrenable atracción por lo desconocido. Porque sus cintitas son a veces tan sugestivas como las caderitas sobre las que descansan. Porque dan pistas sobre la “vida laboral” de las modelos, pues cuando a una “maniquí” ya no le quedan bien quiere decir que es hora de “colgar la tanga” y dedicarse lamentablemente a otra cosa. Porque ya se han inventado unas tangas futuristas, con enganche anal o vaginal, que dejan el culo totalmente al descubierto. –¡Qué vivan las nuevas tendencias de la moda!–. Porque son uno de los iconos del destape y la revolución sexual. Porque comenzaron su andadura tímidamente para terminar imponiéndose –según las estadísticas, las usan a diario el 88 por ciento de las chicas menores de 30 años en los países desarrollados–. Porque en nuestra Bolivia se pueden explotar aún combinaciones que quizás un día dominen la alta costura –ejemplo: la tanga con pollera–. Y porque creo que una buena tanga es como una elegante corbata.
Amo las tangas porque el minimalismo está de moda en todo el mundo –tanto a la hora de comer como de vestir o de decorar la casa–. Porque por razones obvias –de tamaño– se ensucian menos que la ropa interior tradicional. Porque por amor a la prenda cada vez son más las mujeres que se depilan –y siempre es más fácil encontrar el camino en un “desierto” que en un “bosque”–. Y porque las hay de muchas formas. Por mencionar algunas, la tanga con agujero en el centro –que permite mear de pie sin necesidad de agacharse–, la tanga con pareo –para aquellos amantes de sugerir más que de mostrar–, la tanga hilo dental –que casi es lo mismo que la ausencia de tanga– o la simétrica –que es igual por delante y por detrás–. Las amo además porque están “prohibidas” por un sinfín de religiones y me gusta su afán por ir a contracorriente. Y porque son una prueba de que la tentación no vive arriba, como asegura el dicho popular, sino abajo. Pero bueno, mejor dejémoslo ahí que de tanto hablar del tema me estoy poniendo muy “enfermo”.

LAS ODIO

Odio las tangas porque, tan ajustaditas ellas, me parecen el colmo de la incomodidad. Porque sus tiras finísimas se meten como hormiguitas por todos los agujeros posibles –y también por aquellos imposibles–. Porque no hay nada más horrible que un poto enorme dentro de una tanguita diminuta –y ojo, no es una cuestión de discriminación a la gente obesa, sino de estética; yo, que apenas tengo hombros y soy demasiado flaquito, jamás utilizaría una camiseta de tirantes–. Porque no soporto a las mujeres que tienen que estar mostrando la parte trasera de su cuerpo a todo el mundo para que se les vea, entre otras cosas, la tanga –como si los hombres fuéramos como perros, seres que reaccionamos únicamente ante la presencia de algún culo–. Porque me parece absurdo que su valor sea inversamente proporcional a su tamaño –es decir, cuanto más pequeñas más caras–.
Odio las tangas porque nos recuerdan una y otra vez que en cuestión de “tarros” no hay nación que pueda equipararse con Brasil –es decir, generan recelos respecto al vecino país–. Porque discriminan a las bragas, algo así como las rubias a las morenas. Porque soy una persona chapada a la antigua y las tangas me hacen pensar que me estoy volviendo más y más viejo –como dice una señora en su web: “mi generación pasó la adolescencia usando bragas que tapaban culos, no culos que tapaban tangas”. Porque, como analiza otra muchacha en la red, “somos tan jóvenes, tan mechas, tan tanga, tan toallitas higiénicas, tan secarnos las manos en ventiladores, que pensamos que la vida no va más allá de los bichos, los olores, las humedades y la caducidad”. Y porque dejan marcas rojizas en las caderas.
Odio las tangas porque, según algunos médicos, pueden generar infecciones vaginales, hemorroides, laceramiento anal y un incremento del riesgo de contagio de diferentes enfermedades venéreas. Porque son una auténtica distracción cuando uno va a la playa –distracción que suele desembocar en una discusión con la pareja–. Porque son la única “materia prima” de muchos de los videos de reggaeton que hoy circulan por algunos de los canales de televisión musicales. Porque son un objeto de culto para los voyeuristas y porque estoy seguro de que incitan a cometer ciertos delitos. Porque cuando me pregunto cómo se verán las muchachas que hoy en día usan tanga utilizando lo mismo cuando sean abuelas mi mente entra en estado de shock. Y porque en un hombre se ven terribles –peor que unos zapatos con calcetines blancos–. Pero lo que más rabia me da son las bragas que intentan ejercer de tangas, pues no puedo soportar el intrusismo profesional.