
Por Álex Ayala Ugarte
LAS AMO
Amo las religiones .porque, como dicen, son el opio del pueblo –y yo soy fan de cierto tipo de drogas y estupefacientes, aunque en su justa medida, claro está–. Las amo porque gracias a ellas uno tiene un amplio abanico para elegir: las hay sin reencarnación y con reencarnación –por cierto, a mí me gustaría reencarnarme en puercoespín, para que nadie me toque las narices–; las hay con fin del mundo y sin fin del mundo; las hay con purgatorio y sin purgatorio; las hay con diezmo y sin diezmo –estas últimas, particularmente, me parecen más aconsejables, sobre todo ahora en tiempos de crisis–; las hay con mujeres en su seno –ocupando altas jerarquías– y sin mujeres ni senos; las hay con dioses “extremistas” y las que se fundaron in extremis; y las hay con un ligero derecho a veto –las que tienen mayoría– y las que deben conformarse con las migajas. Amo las religiones porque, como todo el mundo, busco hallar la salvación –que me salven de las deudas, las ex novias y las malas compañías–. Y las amo porque ni siquiera deidades como Jesucristo son perfectas. Es decir, me gusta eso de verlas más de carne y hueso.
Amo las religiones porque son una buena escuela de oratoria –y es que en la religión ocurre un poco como en la política: el que no convence no “vence”–. Las amo porque a menudo están del lado de los que ganan –y, la verdad, no me suele gustar demasiado perder–. Porque bien utilizadas sirven para un montón de fines (a uno le tranquilizan, por ejemplo) –aunque, eso sí, hay que agitarlas un poco antes de usar–. Porque, cuando falta la esperanza, siempre están allí para agarrarnos –son como una buena madre–. Porque después de cometer algún pecado con premeditación y alevosía un buen combo de rezos –dos aves marías y tres padres nuestros– nos garantiza de nuevo la vida eterna. Porque normalmente fomentan valores como la compasión, la familia y la comprensión. Porque, en teoría, están con los que sufren y los que nada tienen –y para ellos son como un horizonte válido en medio de la nada–. Y porque son un poco como la cultura. O sea, por lo general se heredan de los padres y se transmiten de generación en generación.
Amo las religiones porque muchas han sobrevivido a un sinfín de guerras y epidemias. Porque sus libros –como la Biblia– son los auténticos bestseller de nuestras sociedades. Porque tienen una parábola para todo –y cuando no la tienen se la inventan–. Porque sus nombres son nomás entretenidos, y a veces más largos que los títulos de las obras de Johann Sebastian Mastropiero, uno de los compositores imaginarios que el grupo de músicos y humoristas argentino Les Luthiers emplea en sus espectáculos –ejemplo: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días–. Porque un cura, un rabino o una monja con vocación –de aquellos que dan la vida por el prójimo– son siempre gente de un valor incalculable. Porque en un mundo caótico como éste, en el que hay decenas de carreteras y autopistas, son capaces de mostrarnos un solo camino. Y las amo porque creo en los milagros, sobre todo en los del siglo XXI, que normalmente son televisados.
LAS ODIO
Odio las religiones porque me parecen todas la misma chola pero con distinta pollera. Porque son la guía de millones de personas y a mí me gusta ir siempre en dirección contraria –¿Será por eso que me tropiezo todo el tiempo?–. Las odio porque a veces da la sensación de que venderían a su propia madre con tal de mantenerse como estructura –no olvidemos los encubrimientos en torno al escándalo de los sacerdotes pedófilos, por ejemplo–. Porque las que tienen más de secta que de religión son capaces hasta de destrozar familias. Porque suelen “expulsar” a sus detractores dando origen a nuevas Iglesias –recordemos el caso de Lutero, sin ir más lejos–. Por su base, por lo general machista, ya que la mayor parte relega a las mujeres a un incómodo segundo plano. Porque hay países con gente capaz de matar por motivos religiosos –y uno de los casos quizás más significativos en estos momentos es el de Israel y Palestina–. Y porque siempre me pareció sumamente incompatible el hecho de que se predique a favor de los pobres con la existencia de lugares y templos repletos de riquezas, como el Vaticano.
Odio las religiones porque la mayor parte se apoya en el miedo para captar adeptos. Porque muchas van también en contra del progreso y porque, en cierta forma, están a favor de algunas enfermedades –pues predican con pasión en contra del uso extendido de los preservativos–. Las odio porque me asustaría estar rodeado en todo momento de personas que creen en el infierno. Porque algunos sacerdotes están ya pasados de moda –en el sentido de que su vestuario sigue anclado en otro siglo–. Porque casi todas tienen una puerta grande de entrada y una chiquita de salida –es decir, dan facilidades para formar parte de ellas pero no para salirse “oficialmente”: ¿Saben ustedes, por ejemplo, lo complicado que es abandonar “legalmente” la religión católica?–. Y porque todas, sin excepción, raramente dan el brazo a torcer, ya que se creen portadoras únicas de “la verdad” (en ese sentido, son un poco como los periodistas).
Odio las religiones que se alían con los poderosos, las menos “tradicionales” por así decirlo, como la religión del mercado, la de la estética o la del consumo, cuyo único dios verdadero es don dinero. Odio que el celo de ciertos religiosos pueda llevar a los “infieles” a una lapidación como castigo –que es algo que ocurre con frecuencia–. Odio también las creencias de nueva generación, como las que promulga la Iglesia de la Cienciología –pues ya lo dice el refrán: mejor cholo conocido que gringa con sida–. Y odio los libros que son llamados palabra de Dios después de haber sido traducidos a un sinfín de idiomas –porque Dios quizá no pueda equivocarse, pero todo hombre con boca se equivoca–. En definitiva, odio las religiones, sí, pero debo confesar que odio más a los que toman un poco de cada una en función de sus gustos personales, como si estuvieran yendo a un supermercado y todo consistiera en pasar por caja...

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