lunes, marzo 30, 2009

LA VIDA EN UNA CARPA



El pasado 17 de enero más de 200 personas se quedaron sin casa tras los deslizamientos de tierra en San Antonio Bajo. Desde entonces, su vida es como la de los refugiados, con la casa a cuestas y sin saber qué pasará mañana.

Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte.

Después de intensas semanas de entrenamiento, Helen Daniela Baltazar Medina, de 14 años por aquel tiempo, campeona nacional de atletismo en su categoría, fue testigo directo del desastre. Era el 24 de septiembre de 2007, un lunes. Nada había ocurrido que pudiera anunciar malos presagios. Pero todo se deslizo bajo sus pies. Primero fue la tierra que pisaba, que comenzó a asomarse como un topo, que saltaba como pipocas; y luego se dio cuenta de que sus preciados tenis, que cuidaba como el mayor de los tesoros, se quedaron bajo los escombros cuando se cayó su casa, ubicada en la avenida Zabaleta.
Tras el accidente, no hubo tiempo para lamentos. Ella y su familia (siete personas más) recibieron primero cobijo en una cancha cercana. Y hace dos semanas tuvieron que moverse todos nuevamente, esta vez a un campamento situado en el mercado campesino Zenobio López de la avenida Mejillones. Su día a día, a la espera ahora de los terrenos prometidos por el Presidente, es la de los ambulantes, la de los malabaristas, la de los hippies, la de los gitanos, siempre con la vida a cuestas. De la tragedia ha pasado ya un año y más de cinco meses y aún no hay buenas noticias.
El 17 de enero de este año, también lunes, la escena se repite. Irene Gabriela Almanza, 33 años, sola, con tres hijos, recibe una llamada de uno de ellos a media tarde. “La Carla se va a caer”, es lo que entiende; no se preocupa demasiado y cuelga. Hasta que minutos más tarde le insiste un vecino: “Apúrate Gabriela, que tu casa se cae”. Gabriela, que vuelve del trabajo –se ocupa como cocinera para una familia–, siente el corazón en un puño.
Cuando llega a la avenida Castrillo, en la zona de San Antonio Bajo, varias personas tratan de salvar sus enseres personales sacándolos a la calle. Imitándoles, ella entra a su hogar a la desesperada. Cada vez que pisa la tierra, ésta se desliza, como si el suelo fuera de mentira. Logra sacar algunas cosas y después desiste. Es ya demasiado peligroso. Es como si el apocalipsis hubiera aterrizado justo en mitad del barrio.
Como ella y sus tres hijos, 198 personas más resultaron afectadas; 127 fueron alojadas en un patio del santuario del Señor de la Sentencia, en Villa Armonía, y están allí desde hace más de tres semanas. Con techo, pero sin tregua.



Los restos

Veintidós días después de la tragedia, domingo 8 de marzo de 2009. Campamento dos, el de Villa Armonía, 9:00 horas. Edwin Apaza Flores, de San Borja (Beni), 20 años, se arregla el pelo como puede con la ayuda de un bañador. Algunas señoras, varias de ellas de pollera, lavan ropa. La lluvia hizo una visita muy temprano y se coló bajo algunas de las carpas. Pantalones, calcetines y poleras se descuelgan de porterías de fútbol y de cuerdas. El sol, que acaba de salir tímidamente, alarga las sombras. Y hay perros, muchos perros, pero son pocos los ladridos.
El esqueleto de la nueva iglesia, que se halla en construcción, sirve para alojar a parte de los damnificados. Dentro, cubiertos con un enorme plástico azul, se arman improvisados hogares, divididos por finas láminas de madera o por ladrillos, iluminados apenas con un foco y construidos con los pocos muebles rescatados: armarios y catres en su mayoría. El que está en la izquierda ve con facilidad lo que está haciendo el de la derecha; y el de la derecha, lo propio con el de enfrente. La falta de intimidad es un mal comunitario que todos comparten y aceptan, pues es un mal menor ante la escasez generalizada.
Adela Quispe Mayta, que viste un canguro, tiene el pelo recogido y acaba de salir de la construcción en ciernes, lo perdió casi todo por el derrumbe. Como el resto, recuerda con obsesión que se trataba de un lunes, que era un griterío, que la despertaron para que saliera y que las edificaciones se venían abajo casi en hilera. Pero lo que recuerda, sobre todo, es que no pudo rescatar casi nada. “Yo vendía monitores en la feria de la 16 de Julio y perdí toda mi mercadería. Ya no tengo qué vender. Me he quedado sin fuente de trabajo. ¿Quién se iba a imaginar que nos iba a pasar esto?”, se pregunta.
Nadie. Ni José Luis Huayhua Mamani, 25 años, tocado con una gorra, que cuenta que allí habían vivido su abuelo y sus padres durante diez lustros sin problema; ni Eustaquia Mamani Huanca, siete hijos, quien perdió las herramientas de su esposo, electricista; ni Carmen Rosa Flores, seis hijos, a quien tras los deslizamientos le dijeron que ya no acudiera a su trabajo (era empleada).


Los rostros

Campamento Zenobio López, cerca de las carpas. Si la desolación tuviera rostro, ése sería el de Pedro Huayhua Condori, de 74 años, oriundo de Copacabana. En la pequeña esquina que en estos momentos habita hay sólo un pequeño tazón descansando sobre una silla, un colchón, unos papeles de la Iglesia Presbiteriana, dos pares de calzado y unos cartones. Su pelo está envuelto en canas, su barba mal cortada y se protege del frío con una vieja chompa de lana. “Yo soy mayor y es difícil. A veces, paso frío. Por eso no puedo lavarme bien”.
En el lugar hay baños, pero no duchas. Según Rebeca Cabrera, responsable de este campo de damnificados, es por eso que la gente “se tiene que remojar por presas: primero un brazo, luego otro, después el cabello, etcétera”. Y no son pocos los rostros de la tragedia. Rebeca recuerda a una señora que ya es la segunda vez que pierde su propiedad; y a otro señor, invidente él, al que tuvieron que sedarle para sacarle de su vivienda –no quería salir– y que ésta no se le viniera encima. Ambos sobreviven hoy en estas carpas.
A su lado, se elevan unas precarias construcciones hechas con calaminas. Son las de los “refugiados” más antiguos, los que se vieron sorprendidos en la Zabaleta en 2007. Tras una puerta de madera que lleva el número nueve se abre el mundo de Elena Medina, 47 años, con lentes de alambre, madre de la corredora que se quedó sin tenis. “Mire a su alrededor –dice–. No pagamos luz ni agua, es cierto, ¿pero usted cree que merece la pena vivir así?”. A su vera, dos sillones son lo más lujoso de todo el mobiliario. Y Helen Daniela, su hija, muestra su calzado nuevo que ya no lo es tanto, pues fruto de las vueltas dadas al estadio Hernando Siles luce desgastado. Entre las donaciones que recibió Elena había algo de ropa y frazadas, pero no tenis.
La cocina

Campamento de Villa Armonía, 11:30 horas. Estanislao Tarquino hace un buen rato que revolotea como abeja por las inmediaciones del santuario del Señor de la Sentencia. Es uno de los damnificados, pero ya encontró otro cobijo, y su presencia allí obedece a cuatro momentos puntuales: el desayuno, el almuerzo, el té y la cena.
Don Tarquino, de 65 años, encorvado, con su andar cadencioso parece dibujar surcos con los pies cuando camina. Y funciona como un reloj. Da y da vueltas y más vueltas hasta que huele la comida. Entonces hace acto de presencia, sujetando siempre una bolsita negra con una olla dentro en la que recibe el rancho.
Pero todavía no es el momento. Patricia Velasco, directora de Derechos Ciudadanos en la Alcaldía, acaba de llegar en una vagoneta con víveres para dos jornadas – arroz, papa, leche, cocoa, verduras y otros– y la comida tardará en estar lista.
Patricia tiene ojeras. Lleva dos días levantándose a las seis de la mañana y el cuerpo parece que le quiere pasar factura. Las mujeres del campamento, de una en una, pero desordenadamente, le reclaman: más aceite, una garrafa más de gas, más papa... Y Patricia toma nota. No quiere pasar por alto ninguna de las necesidades (y aquí se necesita realmente de todo). Hasta hace poco, la comida se llevaba a los damnificados ya preparada. Pero ahora es una “olla común” y no es tan fácil hacer el cálculo de los ingredientes. Tomará tiempo.
12:30 horas. La cocina es un trajín de humo, peladuras por el suelo y risas. Es un buen momento para olvidar los resfríos de los más pequeños, los malos recuerdos y las angustias. Eustaquia hace bromas agitando un choclo. En minutos los platos de las más de 20 familias que habitan el campamento están repletos de carne molida, fideo y papa. Y don Tarquino aparece puntual, como de costumbre.
Los rastros

En San Antonio Bajo y Retamani, puntos del desastre. 16:30 horas. Miguel, pelo corto, 16 años, cuerpo espigado, me acompaña al lugar donde se deslizó el terreno el pasado 17 de enero. Él no recuerda bien la fecha, pero sí, como todo el mundo, que era un lunes. “Antes de que mi casa se cayera cortaron la luz –relata mientras señala hacia un punto en mitad de una superficie trabajada ahora por maquinaria pesada y por volquetas–. La mayoría de las edificaciones no aguantaron. Hasta la casa de un militar, de varios pisos, se vino abajo”.
Sobre una montañita de tierra, entre tanto, Julieta Mamani, 29 años, dos hijos, alojada en las carpas de Villa Armonía, observa desde la distancia. “Ahí debajo, justo donde están removiendo los obreros, han quedado sepultadas mis alfombras, mi cama, turriles, roperos... hartas cosas. Venir aquí es bastante triste”, dice. Y a unos metros de distancia Julia Calisaya descansa su cuerpo (envuelto en una pollera) sobre una piedra, al lado de su vivienda y justo al frente del cerro que se vino abajo. “Yo me siento tranquila, pues estoy segura de que este otro cerro no se va a caer”, comenta rebosante de confianza. Su casa, de adobe y calamina, es una de las pocas de alrededor que se mantienen en pie, como si fuera un milagro. Otros vecinos, sin embargo, no han tenido tanta suerte, y como Julieta buscan aún algo que realmente merezca la pena. En parte, se trata de rescatar los rastros de la vida que antes tuvieron para que la actual, de funambulista, no se asemeje tanto a una condena.



El templo

De vuelta a Villa Armonía. 19:00 horas. En la iglesia llaman a misa. De las carpas, pese a que el campamento está iluminado por una gran cruz blanca, son los pocos los que acuden a la celebración. Buena parte de los jóvenes y de los niños juega fútbol; y otros matan el tiempo haciendo sonar sus celulares. En el templo, mientras tanto, una copia de la imagen del Señor de la Sentencia preside la escena. Y el lugar, a diferencia de otros santuarios en las laderas, está repleto de fieles.
Según Sabaiez Huanta, en el camino del sacerdocio y responsable del cuidado de los terrenos, “la devoción es tanta porque de la imagen original del Señor de la Sentencia brotó sangre y curó a una mujer de 30 años que se encontraba desahuciada”. Eso ocurrió en otra capilla de la zona que formaba parte de una hacienda, lugar que paradójicamente corrió la misma suerte que las viviendas recientemente afectadas por los deslizamientos. “Es decir –aclara Huanta–, se vino abajo”.
En el cuartito que ocupa Sabaiez, dentro de la estructura casi desnuda de la construcción para la nueva iglesia, ha encontrado cobijo también una de las familias damnificadas. “Es una dura prueba de fe lo que ellos han vivido”, sentencia el religioso, quien dice estar pendiente constantemente de las necesidades espirituales y físicas de las víctimas de los derrumbes. Y a continuación se disculpa porque tiene que irse a “atender a un muerto”.

Las listas

En el patio del mismo campamento. 20:30 horas. Todo son listas. En las puertas del baño una de ellas recuerda las reglas de convivencia: no consumir bebidas alcohólicas; no generar violencia; no acumular comida; mantener en buenas condiciones los lugares de acogida; limpiar las vajillas; tener a los animales (perros y gatos) lejos de los lugares habitados; y cuidar las pertenencias. Otra hace un repaso a los turnos para la cocina. Y una más hace lo mismo en lo relativo a la limpieza del baño.
En la carpa de salud, ocupada por la Alcaldía, hay cuadernos con la nómina de los damnificados, hay libros de actas que recogen los males principales de los enfermos, hay unos papeles en los que se apunta lo que se reparte –hasta el papel higiénico– y hay algunos más cuya finalidad es recoger las incidencias. Y en esta ocasión, el informe de la jornada dice así: “A las 10:30 horas, la familia Yujra trasladó sus pertencias en un minibús adjuntando la nota de salida. Cabe señalar que aún tiene algunos enseres en la carpa que habitaba y que pronto retornará a por ellos; a las 12:00 horas, la señora Eve Cano, con domicilio en Sopocachi, se presentó en el campamento con el deseo de donar ropa. Y pide por favor que se recoja de su vivienda”.
Listas musicales en los teléfonos. Listas de la compra. Listas de útiles escolares en las carpas. Listas, listas, listas...



Epílogo

Al día siguiente, Villa Armonía. 6:30 horas. Veintitrés días después de los deslizamientos. El fin de semana fue largo y los tachos de basura están repletos. El campamento amanece prácticamente adornado por los uniformes de colegio. Los más pequeños se alistan para asistir a clases. En la plaza, frente a la iglesia, una fila intermible de minibuses se disputa pasajeros. Y los camiones de reparto van de puerta en puerta.
Una cadena de metal con un candado separa el patio del santuario de una de las calles que conecta con la avenida. Uno a uno, como un rumor, los niños la atraviesan por debajo y se unen a la vorágine habitual de las mañanas. La Paz, al frente, parece de plastilina, muy distinta a esa otra urbe que habita en las laderas en permanente equilibrio. El sonido de una televisión sale de una de las carpas. Es lunes, lunes, lunes, como aquel fatídico día en el que un pedazo de la ciudad, como si fuera un corazón, sufrió un infarto.