sábado, marzo 07, 2009

ANTÍDOTOS CONTRA LA CRISIS



Una historia en siete partes

Textos y fotos: Álex Ayala Ugarte

1- INTRODUCCIÓN

Percy Suárez, de 58 años, es un pura sangre. Si fuera un caballo, seguramente estaría ganando carreras en los mejores hipódromos del mundo. Pero no lo es. Y ha tenido que conformarse únicamente con encabezar la lista de donantes “especiales” en el Hospital Obrero durante muchos años. Su sangre, extraña –del tipo A positivo–, ha sido siempre de las más requeridas. Hubo temporadas en las que le extraían el líquido rojizo más veces de lo recomendable. Y una doctora le insinuó hace dos años que si vendiera el plasma en épocas de escasez podría conseguir 100 dólares por cada unidad del mismo.
“Pese a todo, yo jamás vendí nada”, me dice ahora desde su casa, cercana a la autopista que sube a la ciudad de El Alto. Aunque reconoce que semejante ofrecimiento representa un buen negocio y que es “como para pensárselo”.
No es para menos. En un país como éste, en el que el sueldo mínimo es de tan sólo Bs 647 –unos 92 dólares– la palabra crisis, con todas sus letras (C-R-I-S-I-S), asusta. Porque a rincones como Bolivia, además, las crisis suelen llegar para quedarse. En crisis está la Iglesia, el bolsillo y la caserita de la esquina. En crisis están los artesanos, los comerciantes y hasta los contrabandistas. Y en crisis permanente se envolvían hasta hace poco las andanzas de dos viejos artistas, conocidísimos en La Paz, que, según algunos de sus conocidos, asistían a los cocktails y a las presentaciones de libros sólo para calentar el estómago con un bocadito y un buen vino.
Ellos dominaban como nadie el arte del “rebusque” –es decir, de buscarse la vida–. Apuraban sus recursos hasta el límite. Hallaron en el ingenio una respuesta a los malos tiempos, a sus malos tiempos. Y ese mismo antídoto es el que están explotando actualmente otras personas que ocasionalmente se ven con el agua al cuello. Junto a la presente crisis, llegaron también los remedios y parches anti-crisis: arriesgados, audaces, un poco locos y, a veces, hasta surrealistas, pero con horizontes, con una meta. Y, en la mayor parte de los casos, necesarios.

2- A LA DESESPERADA



Hace un par de meses, el anuncio de un .boliviano conmocionó a la opinión pública. William Carrillo, de 43 años, periodista afincado en España y acorralado por las deudas, ofreció públicamente vender las partes de su cuerpo que no necesita para sobrevivir –un riñón o un pedazo del hígado, por ejemplo–. Su argumento: “Mi cuerpo es mío, no de la ley. Mío”. El mismo que utilizan acá los que tienen “ofertas” parecidas.
Hemocentro de la ciudad de La Paz. Complejo hospitalario de Miraflores. 11:00 horas. Son pocas las personas que pululan en torno al mayor punto de donación de la sede de Gobierno. “Alguna vez –asegura una de las doctoras– se nos cuela alguno de los vendedores de sangre, pero a muchos ya los hemos identificado y no les dejamos pasar”. En una de las salas, varios donantes están “enchufados” a una bolsa recolectora. Todos, voluntarios. Como dice el eslogan, “salvando vidas”, pues se calcula que por cada unidad de sangre donada son beneficiadas cuatro personas que la necesitan.
Vender sangre es ilegal. Pero es difícil localizar a los que trafican con sus glóbulos rojos y plaquetas –alumnos de Medicina y gente humilde, en su mayoría–. Los vendedores de sangre son un poco como el Kari Kari. Nadie los ve, aunque todo el mundo reconoce su existencia. Aparecen de la nada cuando se presentan las urgencias, sobre todo cuando los familiares de pacientes sin seguro tienen que reponer la sangre prestada por el Hemocentro con el fin de cubrir operaciones complicadas. El precio sigue las leyes de mercado, depende de la oferta y la demanda. Tipos como el A positivo son los que mejor se pagan. Y la transacciones, por lo general, tienen lugar fuera de los nosocomios.
Para María del Carmen García, directora ejecutiva del Hemocentro desde hace seis años, esa actitud no tiene justificativos. “Se trata de personas inescrupulosas que ofrecen sangre de dudosa calidad. Generalmente, a ciertos establecimientos privados, y éstos terminan muchas veces siendo cómplices al liberar sangre sin procesarla como se debe”, lamenta.
Hace unas semanas, sin ir más lejos, un centro privado ubicado en la avenida Busch fue descubierto en operaciones clandestinas de compra y venta. “Al maletero (nombre que reciben aquellos médicos que trafican con sangre) se le dio una llamada de advertencia por su conducta contra toda ética”, señala García. “Y, a menudo –avisa después escandalizada–, en ciertos recintos hospitalarios se recurre también a grupos de riesgo, como el conformado por los alcohólicos”.
Entre las paredes de su sala de estar, sin embargo, las palabras de Percy Suárez –delgado, con bigote y un brazo que ha sido taladrado por decenas de agujas durante las pasadas décadas– suenan como un sopapo de realidad. “Aunque yo nunca lo haya hecho, comprendo que haya gente que venda su sangre a la desesperada”, dice sincero. Y es que Bs 200 –lo que puede costar una unidad de sangre que se sale de lo común– son en ocasiones la diferencia entre llegar o no llegar a fin de mes. Para muchos, vender sangre representa un “sueldo” extra. Y vender sangre fuera de lo normal, una pequeña fortuna.
Suárez recuerda haber visto a menudo en las inmediaciones del Hospital Obrero verdaderas legiones de personas sentadas en algún rincón esperando a que alguien les solicite su sangre. “En su mayoría, gente llegada del campo –me explica–. Algunos me contaban incluso que repetían esta rutina hasta dos veces al mes. Y hasta yo me he visto en la tesitura de comprarles en algún momento para ayudar a alguno de mis parientes”.
“Basta con preguntar por un tipo de sangre en concreto para que dos o tres brazos se presten al servicio. Luego, se les da el dinero y en 15 minutos nada más uno tiene lo que necesita”. En cada extracción se saca más o menos el equivalente a un vaso. Y la venta, que para muchos es un atentado contra la salud pública, para otros es la salvación, no una salvación eterna, sino una pasajera, momentánea, pero salvación al fin y al cabo.

Hemocentro (donaciones): 2245177.

3- MISTER T, COBRANZA DE DEUDAS



“Comprobamos infidelidades en .una semana (con fotografías), seguridad personal, ajustes de cuentas como usted quiera. Somos expertos en explosivos y manejo de armas cortas". Si Mister T, que prefiere camuflar su nombre, se hubiera publicitado como otro detective que así lo hace, seguramente tendría más clientes. “Pero yo sería incapaz ni tan siquiera de pegar a alguien”, se confiesa en una cafetería en mitad del barrio de Sopocachi.
El investigador privado, que lleva una chamarra amarilla un tanto vistosa, un pantalón azul, zapatos bien lustrados y una cachucha, espera la llamada de una cliente. Lo hace tomando un café expreso a pequeños sorbos. Su único vicio quizá junto con la Coca-Cola. Aunque lejos de la estampa romántica de las películas, Mister T ni fuma un cigarrillo detrás de otro ni le acompañan rubias operadas. “Lo importante es pasar desapercibido”, me alecciona mientras explica que el asunto que tiene entre manos es de “cuernos”.
Esposos que hacen seguir a sus esposas y esposas que hacen seguir a sus esposos son la moneda corriente de este oficio. Como el termómetro, los casos de este tipo aumentan con el buen tiempo y disminuyen con las lluvias. Y otros, como la cobranza de deudas, llegan con cuentagotas, pero llegan. “En esas situaciones, lo que hago es perseguir a los morosos –explica el investigador privado–. Les agobio. Les llamo a casa una y otra vez. Les espero en sus portales. Voy a su oficina. En definitiva, trato de dejarles en ridículo con el objetivo de conseguir algún tipo de arreglo”. Inspirado quizá en figuras como la del “cobrador del frac”, un personaje conocido en otros países por vestirse a la antigua para recuperar deudas, la palabra clave es acoso. “Pero la cosa no pasa de ahí”.
Si logra el dinero, Mister T se queda con un pequeño porcentaje como pago. Nada más. Y el detective admite que entre los colegas puede haber algunos maleantes, “también sicarios”. “A mí me han pedido dar palizas, incluso matar a alguien. ¿Pero merece la pena destrozar más una familia?”, se pregunta. Mister T, quien a sus 51 años ya ha visto de todo, quien desde su juventud se ha ocupado en un sinfín de oficios –hasta ha sido el encargado de tocar las campanas de una iglesia–, tiene muy clara la respuesta: “no merece la pena”.
Cuando se despide, el detective carga sus instrumentos de trabajo, un teléfono celular que le sirve de oficina portátil y una camarita. Y en un ramalazo de sinceridad reconoce que, aunque le alcanza para vivir bien, quisiera otro trabajo. “Lo que pasa es que termino convirtiéndome en el psicólogo de mis clientes y me deprimo”.

Mister T: 70180722.

4- FANNY, EL MUNDO DE LAS PELUCAS



Todo vale. La imaginación al poder. Echar un vistazo a la web o a los periódicos da una buena idea de esta máxima. Los ofrecimientos son dispares. Los más locos suelen ser los más exitosos. No hay barreras. Y da la sensación de que uno podría vender hasta a su propia suegra.
A escala global, en e-bay, uno de los sitios con más éxito de la Internet, un australiano intentó una vez vender Nueva Zelanda –el precio de salida era un céntimo de dólar australiano–; un chico de Arizona ofreció por poco más de cinco dólares una “guitarra de aire” –es decir, no tenía ni caja ni cuerdas, sólo aire–; la Asociación del Lenguaje Alemán puso a la venta el idioma germano sintiéndose en peligro por el auge del inglés; y el pañal de un astronauta fue adquirido por un extraño coleccionista por 2.000 dólares.
En Bolivia, más de lo mismo. En el dominio www.mundoanuncio.com, un señor de nombre Luis compra, según su curioso aviso, “dientes extraídos sanos o en mal estado”; Jhosette Moya Pradel tiene otro que dice así: “Es normal que muchas personas no sepan expresar mediante carta lo que desearían que su pareja supiera. No saben llegar a su corazón. Pero no te preocupes. Yo lo hago por ti y verás los resultados”. Y en las páginas de un conocido diario de La Paz uno se encuentra también en ocasiones con clasificados como éste: “Confecciono bisoñés y pelucas. Hago rebaja del 20 por ciento”.
No sé por qué, pero después de haber hablado por teléfono con Fanny Aliaga, la dueña del último negocio mencionado, me la había imaginado jovencita, de no más de 30, señorita. Sin embargo, tras esa primera impresión, y al entrar en su local, en el número 262 de la calle Landaeta, me parece como si hubiera retrocedido cuatro décadas. En la antesala que precede a su estudio, el olor a perfume es intenso –un aroma que me parece el de mis abuelos–. Golpeo la puerta y no tarda mucho en aparecer Fanny, una señora.
Fanny roza los 90 años. Es bajita. Luce el maquillaje justo, las cejas perfiladas y se tiñe el cabello. Se cuida –no en vano, regentó uno de los locales de belleza más conocidos de El Prado paceño durante lustros–. Y sigue en activo con las mismas energías que tenía cuando era sólo una jovencita, dedicada en cuerpo y alma, como sugiere su anuncio, a adecentar cabezas. Es por eso que no me parece raro que, tras examinar mis profundas entradas en su sillón, vea en mí a un calvo en potencia. “Si me consigues este mismo pelo te confeccionó enseguida un bisoñé”, me susurra. Avergonzado, sólo acierto a devolverle una risa floja. Nadie antes se había atrevido a leer mi futuro con tal desparpajo en el cuero cabelludo.
Los recuerdos que pueblan el particular refugio de Fanny Aliaga –abierto al público de lunes a viernes, de 15:00 a 18:30– sirven para relatar su historia: sprays, cabezas de maniquí, herramientas importadas, una caja repleta de bisoñés de pelo natural que llevan su firma, etcétera. Dos álbumes llenos de recortes de periódico dan buena cuenta de quién es ella. “Pelucas y postizos: con su vieja trenza haremos un moderno postizo”, dice uno. “Creaciones Fanny: titulada en Nueva York, especializada en París, alta tecnología”, replica otro. Y uno puede atisbar en algunas de sus fotografías que entre sus clientes habituales de antaño había un conocido comunicador y un ex Presidente ya fallecido. “Pero prefiero no decir los nombres –se disculpa–. Discreción, ante todo”.
Una cortina roja que tapa la ventana refleja el espíritu de confidencialidad de Fanny. “Han sido los mismos clientes los que me la han pedido –me confiesa–. Los bolivianos todavía se avergüenzan de los bisoñés y las pelucas. Es muy distinto con los extranjeros. Con ellos, antes me iba bastante bien. Les gusta más mantener buena apariencia”.
Fanny sabe bien de lo que habla. Ha visto mucho mundo. Primero aprendió el arte que ofrece en la Argentina. Luego, cursó estudios de su rama en los Estados Unidos. Y más tarde, sin dominar idiomas, con el dinero conseguido por ejercer en La Paz todo lo aprendido se dedicó a viajar por lugares como España, Marruecos, Francia o Alemania.
“He sido muy audaz –dice como quien desvela el secreto de la piedra filosofal–. Eso es lo que me ha ayudado. Además, me alimento bien, no fumo y no tomo trago”.
Los paseos a las peluquerías completan la rutina casi ascética de la vivaracha anciana. Allá es donde suele adquirir las trenzas. Más o menos, a Bs 10. “En mi juventud, las colegialas eran las que me proveían de materia prima –sus madres las llevaban al establecimiento porque las monjas, en las escuelas, les obligaban a cortarse el pelo–. Las cholitas, en cambio, preferían quemarlo. Por superstición debía ser”, supone Fanny, quien me muestra algunos de sus productos: bisoñés lisos, churcos o con canas; pelucas rubias, morenas o estilo Cenicienta; peines, agujas y pegamentos especiales.
Hoy, los clientes fijos de Fanny son únicamente cinco. Ya apenas compra pelo. “Es escaso”, dice. Pero todavía considera útil su tarea. “Lo hago por amor y por hacer algo de dinero, pues yo solita me mantengo”. Por cada bisoñé consigue entre Bs 200 y Bs 300. Los vende, los lava y los desinfecta. Ella misma presume de sus dos pelucas. “Me las pongo para no ir tanto a la peluquería”, sonríe con coquetería. Y está claro. No hay vuelta de hoja. En su particular universo, el de las pelucas, el pelón es el único rey.

Fanny Aliaga: 2486437.

5- DUENDES QUE CAMINAN



Sin avisos en la prensa, a diferencia de .los relatos anteriores, el negocio de Rosana de la Gálvez (33 años), ubicado en el número 1624 de la avenida 20 de Octubre, ha crecido gracias al boca a boca, a que su tiendita, Baba Yaga, da cobijo a unos seres muy particulares: los duendes. Los hay altos y bajos, gorditos y peludos, de arcilla, yeso o porcelana fría. Los hay de Bs 35, Bs 50 y hasta de Bs 1.000 y Bs 1.200. Y todos ellos tienen algo en común: pareciera que caminan. Según varios clientes, cobran vida.
“La historia comenzó con los primeros –explica Rosana–. Los hice para mí y al poco de eso comenzaron a desaparecerme objetos o a cambiar de sitio. Hasta que una amiga me aconsejó que les pusiera azúcar. Entonces, se calmaron. Luego, empecé a hacer más para ofrecerlos en mi local. Y algunas personas, vienen de vez en cuando a contarme sus travesuras”.
A uno de ellos, por ejemplo, se le acusa de ser el responsable de cambiar de lugar las teclas de una computadora porque el dueño le había robado un chocolate. El mismo duende tiene entre sus antecedentes la pérdida de un ipod –es decir, se trata de un “duende tecnológico”, muy propio quizá de este siglo XXI–. Y la propia Rosana dice que hace poco una de sus duendes le hizo añicos varias estanterías de cristal.
Cuando la visito, un miércoles a las 11:30 horas –el horario de atención al público es de 11:00 a 14:30 y de 16:00 a 20:00–, Rosana está inmersa justamente en una de sus creaciones. Moldea una cabeza con arcilla –se trata de un encargo– y viste una chompa arco iris, fiel a los colores de su espacio lleno de fantasía.
El ambiente del establecimiento es un tanto espeso. “Se trata de energía –advierte Rosana mientras inventa los ojos y una lengüita para la nueva criatura que maneja entre sus manos–. Se genera cuando al manipular alguno de los cuatro elementos (tierra, aire, agua o fuego) dejamos parte de nuestra esencia”. Es casi una suerte de alquimia, observa la artista, quien admite que pide siempre permiso a la Pachamama. “Y después, el horno es como una especie de prueba. Si lo has hecho bien, la figura no revienta”.
En la amalgama de los escaparates, entre tanto, se pueden encontrar productos de otros artesanos: cajitas pintadas con un pequeño cuento dentro, collares de papel y un largo etcétera. Pero los duendes son, con diferencia, las estrellas de la película.
“Algunos se asustan con ellos –ríe Rosana–. Pero pobrecitos. Hay que comprender que ellos no entienden la diferencia entre el bien y el mal. Y para que no haya problemas basta con dejarles dulcecitos y con no pedirles ningún deseo para que no se cree una relación de dependencia”.
Rosana, fascinada cada segundo con sus extraños amiguitos, devela que su fuente de inspiración ha sido el cine, cintas como La historia sin fin o El laberinto. “Aquí todo depende de si uno cree o no cree. Y yo creo”, dice bajando el tono, como si nos estuvieran escuchando.

Rosana de la Gálvez: 70166898.

6- DEFENSA PERSONAL PARA DISCAPACITADOS



Delgado, bajito y debilucho, a los 17 años, Eduardo Carvajal era un blanco habitual de las agresiones y la mofa de sus compañeros en el colegio. Por eso, a sus 28 –un poco gordito ya pero con nudillos de acero–, sorprende verlo enseñando cómo desarmar a un oponente con dos o tres rápidos movimientos o cómo romper un brazo para evitar un ataque con cuchillo.
Plaza Avaroa. 10:00 horas. Sábado. Don Raúl (71 años), enfundado en ropa de calle, sigue con atención las instrucciones de su maestro. “Golpeas aquí, ahí y allá”, le alecciona éste con paciencia. Y el señor repite a continuación los golpes como si los conociera de toda la vida.
Sorprende la escena. Y es que lo de Eduardo ha sido realmente rizar el rizo. Experto en artes marciales y conocedor también de técnicas de combate del Ejército, un buen día –hace tres años más o menos– se dijo: ¿Por qué no enseñar a minusválidos, niños y ancianos? Y dicho y hecho. Implementó la idea y hasta hoy gente con algún tipo de minusvalía recurre a sus servicios.
El conejillo de indias fue su padre. “Al principio, un poco torpe por sus 78 años, renegaba, pero cuando fue cogiendo confiaza demostró que era capaz de asimilar bien las enseñanzas”, recuerda Eduardo. Y luego, la lista se convirtió en un suma y sigue que todavía continúa.
En este tiempo, Eduardo ha sido guía de Mauricio, un muchacho en silla de ruedas que aprendió incluso a noquear a sus oponentes. “Gracias, sobre todo, a que debido a su rutina tenía mucha fuerza en ciertos músculos”. Ha sido la sombra de otro chico con retraso mental que tan sólo podía maniobrar uno de sus brazos. “Me ataba uno de los míos y así le demostraba que él podía hacerlo igual o mejor que yo. Le daba clase hasta seis horas seguidas. Era lento, pero aprendía. Y varias veces vi a sus padres, separados, llorando de emoción por nuestros avances”. Ha sido entrenador de niños pandilleros, mostrándoles lo que es la disciplina. “Aunque, eso sí –aclara–, únicamente con técnicas de defensa. Ha devuelto el amor propio a varios abuelos. Y ahora tiene entre sus alumnos a uno con muletas y a otro con falta de movilidad en las dos piernas.
A menudo, además, recibiendo nada más que un puñado de pesos. “A los que no pueden pagar mucho no les cobro demasiado. Y a los que sí, a los que están preparándose para ser guardaespaldas, por ejemplo, les aumento un tanto la tarifa”.
Budista de corazón, Eduardo dice tener vocación de servicio. “Si no, difícilmente me dedicaría a esto. Gano para mantenerme y para mí con eso es suficiente”. Y son muchos los que se lo agradecen. A María Luisa Barea y a sus hijas, Ximena y Andrea, él les ha devuelto la autoestima. “Por cuestiones familiares –lamenta la señora de 44 años–, estábamos amenazados de muerte. Ni siquiera me atrevía a salir la calle. Pero a día de hoy puedo caminar tranquilamente”. Y a otros, como don Raúl, que practica ahora a mi lado, les hace ver como niños con zapatos nuevos.
Termina la clase y Eduardo da un último consejo: “En un asalto –recita–, si uno pide auxilio, los vecinos van a cerrar sus ventanas. Por eso es mejor gritar fuego como si se tratara de un incendio”.
Después, se aleja, con sus dos caras, pues ante un amedrentamiento puede convertirse en un Chuck Norris y ser en la intimidad la Madre Teresa de Calcuta.

Eduardo Carvajal: 70639851.

7- EPÍLOGO

Más avisos: “Vendo cloro. Cualquier cantidad” (www.mundoanuncio.com); “embajada necesita persona múltiple: jardinero, chofer y mesero” (La Razón); “detector de ovnis, no garantizado al 100 por 100” (e-bay); “alargamiento de pene, última semana. Tenemos videos y manuales” (un cartel).
¡Alerta! Acaba de llegarnos un sencillo calculo vía e-mail: “La Tierra tiene 6.700 millones de habitantes; si se dividen los 700.000 millones de dólares del fondo de rescate financiero de los Estados Unidos entre los 6.700 millones de personas a cada una le tocaría más de 104 millones”. Y la pregunta es: ¿Qué estaría dispuesto a hacer usted para llegar a fin de mes?

1 comentarios:

Anónimo dijo...

La jhosette enves de escribir cartas deveria ofreser el gran par de tetas que se gasta y le iria mejor