martes, agosto 26, 2008

MEMORIAS DE UN ACOMODADOR DE CINE



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

Parecen seres inmóviles, como surgidos de las entrañas de la tierra. Son omnipresentes, casi adivinos y, a su manera, críticos de cine. Por menos de Bs. 800 al mes nos sitúan en los asientos cada sesión para disfrutar del séptimo arte. Son los acomodadores, y se les reconoce al tiro, pues son los únicos dispuestos a contestar decenas de veces cada día sin inmutarse a una pregunta que se vuelve hasta fastidiosa: ¿Empezó ya la proyección?
Para Noel Bustillos, la película en el Cine Teatro 16 de Julio comenzó hace ya tiempo, hace tres años y dos meses. Son las 19:00 horas del miércoles 23 de julio; y Noél está desde las 13:45 en su puesto de trabajo. “Acá todo es más o menos tranquilo. Recogemos los boletos, llevamos a la gente a sus butacas y ayudamos a hacer limpieza si es que está la sala demasiado sucia”. ¿Aburrimiento? ¿Hastío? Más bien, justo todo lo contrario.

La historia interminable

Desde la primera sesión, la de matiné, a las 15:30, los espectadores no dan tregua. Los niños pecan de escandalosos. Pegan la goma de mascar a sus asientos. Dan patatidas a los espectadores de delante. Chillan cuando el gigantón de en frente no les deja ver. “Y algunas veces, cuando ya no se aguantan, mean en botellitas y las dejan por ahí tiradas”, acota Óscar Quispe, de 27 años, otro de los acomodadores.
Son las 19:30. Noel recoge los boletos de los espectadores rezagados y Óscar los acomoda con aires de rutina. Enciende su linterna, se adentra en la sala como engullido por una ballena y busca las butacas en un abrir y cerrar de ojos. “Hay clientes de costumbres fijas –dice–. Por ejemplo, una familia que siempre pide la fila diez y los asientos siete, seis, cinco y cuatro”.
La acción de entrar y salir de la sala se repite varias veces. Es mecánica, pero sutil. Es fugaz, pero certera. Algunos celulares suenan dentro a pesar de las prohibiciones –¿Qué les importará al resto de los espectadores que el novio de fulanito haya dejado a menganita?–. “Algunos vienen con sus cervecitas para tomarlas dentro y tenemos que sacarlos. Otros se ponen a fumar. Y hay niños que incluso intentan subirse hasta el escenario”, lamenta Óscar. Si el Cine Teatro fuera una película debería llamarse La historia interminable.


¿Dónde está el baño?

Los minutos se hacen eternos. Son las 20:00 horas. Ya entraron hasta los espectadores más impuntuales, preguntando, como es la costumbre, si ya comenzó la película –¿Acaso no se han dado cuenta de que las puertas hace más de una hora ya que están cerradas?–. Pese a todo, parece que a Noel y Óscar no les molesta demasiado estar respondiendo obviedades todo el tiempo: “El baño, a la izquierda” –sí, hay donde hay un cartel bien grande donde justamente dice baño–. “Para la sala dos, vayan arriba”, precisamente hacia donde indica otra señal enorme.
Noel y Óscar, siempre atentos, no se hacen problema en contestar. Hacen gala de una paciencia franciscana, pero además se han convertido, casi a la fuerza, en críticos de cine. “Vemos las películas por partes. Un día, el principio; otro, la parte de la mitad; y cuando se puede, la parte del final. Terminamos aprendiéndonoslas de memoria y descubrimos las fallas y los errores”, explica Alfredo Hidalgo, de 23 años, acomodador desde hace tres, con finos lentes y con la apariencia de un cineasta despistado.
Para él, como no podía ser de otra manera, todas las películas son buenas, como para el carnicero son excelentes las carnes que despacha. Un buen acomodador tiene también que saber vender su producto, aunque éste en algunas ocasiones sea infumable.

Sujetadores y calzones

¿Se puede rumiar como una vaca al comer pipocas? Sí. Yo hasta pollo he visto comer en algunas salas. Muchas parejas sólo parecen disfrutar del cine cuando están acompañadas de un arsenal de gomitas, papas y refrescos. Y los acomodadores parecer estar ya más que acostumbrados.
Son las 20:30. El ajetreo ya no lo es tanto. Noél se dedica a contar las entradas. Para la función de tanda, se han vendido como 50 entre las dos salas. “Los días que más publico tenemos son los viernes, sábados y domingos, en los que acogemos entre 300 y 400 personas”. Durante esas duras jornadas, al amparo de la oscuridad, las filas de butacas se convierten en un territorio sin ley.
“Tras cada sesión, cuando ayudamos a las chicas de la limpieza, encontramos de todo. Desde lentes, hasta paraguas, carteras y celulares –relata Óscar–. Siempre los guardamos porque suelen venir más tarde a reclamarlos. Pero lo más curioso que hemos encontrado han sido sujetadores, calzones y condones usados”.
Sorprender a parejas in fraganti –“haciendo cosas románticas”, ríe Óscar– no es lo habitual. Aunque a veces pasa. “Entonces, nos quedamos con sus caras para darles una llamada de atención cuando vuelven al cine”.
21:00 horas. En la sala uno, un señor habla desde su celular a voz en grito. Ni el sonido digital, atronador por momentos, logra apagar su voz espesa –¿Para cuándo un detector de maleducados en la entrada del cine?–. Las salas tranquilas, ésas silenciosas con olor a humedad, pasaron a la historia. Han pasado a formar parte ya de la nostalgia.



Días libres

21:15 horas. Noel está atento al hall, donde pequeños enjambres de personas, entre carteles de películas como Kung Fu Panda y La cacería del nazi empiezan a pulular antes del comienzo de la sesión de noche. El suelo de parqué cruje a ratos. Y Noel cuenta las horas que faltan antes de que termine su trabajo y llegue la hora de marchar a casa. Mañada descansa. “Acá somos cinco, y cada uno descansa un día a la semana”, me explica. ¿Y qué haces cuando te toca libre? “De todo, menos ir al cine, claro”.

Epílogo

21:30 horas. Óscar, Noel y Alfredo reacomodan posiciones. En breve, antes de que terminen de pasar los créditos, una manada de gente saldrá de la sala uno, donde se proyecta Batman. Los acomodadores, entonces, tendrán que estar atentos para que nadie intente entrar sin pagar desde el flanco contrario. “Los que más nos reclaman son los discapacitados los fines de semana. A veces, injustamente, pues ellos pueden entrar gratis con su carnet los días en que hay menos asistencia”, me comenta Alfredo.
21:40 horas. Las luces de la sala uno se encienden. Es momento de sacar algunas conclusiones: la calidad de una película es inversamente proporcional a la “mierda” que se recoge del suelo tras una proyección; los acomodadores se veían más sexys antes, cuando utilizaban uniforme; no es aconsejable acudir a un filme en las primeras sesiones, no por los niños sino por los padres.
21:45 horas. Abandono el cine. Un tipo a mi lado se acerca con ansiedad a los acomodadores. Horror. Lleva una pregunta esculpida en las retinas: ¿Comenzó ya la proyección?

LOS DESAPARECIDOS DE PAMPAHASI



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

El rostro más famoso de Pampahasi es el de Rubén Díaz Mamani. Su foto se apropia de los postes que circundan la represa de agua; está presente también en la subida al barrio por la vía que recorre Villa Copacabana y Alto San Antonio; y una gigantografía a colores se impone en medio de la calzada para recordar a los vecinos que sigue desaparecido. En una zona que mira a La Paz desde las nubes, pisar tierra firme es todo un desafío.
El pasado sábado 26 de abril, antes del mediodía, Rubén Díaz salió en flota camino a La Paz desde la mina San Lorenzo, donde trabajaba como ingeniero. Esa mismo día, por la noche, acudió a un matrimonio invitado por la familia de su pareja, Nancy Quispe, con quien compartía la crianza de dos hijos, de una niña de tres años y un bebé de pocos meses. Desapareció a unas pocas cuadras de su casa. Vestía traje claro, camisa café y zapatos negros. Llevaba el celular y no se sabe cuánta plata guardaba en el bolsillo. Eran las cuatro de la mañana del día 27. Cuando tenía la intención de tomar un taxi, en la calle H, se perdió su rastro totalmente. Hoy, tres meses después, su caso sigue siendo un misterio sin resolver.
Julio de 2008. Sastrería de la familia Ticona, en Alto Pampahasi. Abraham Díaz, de 46 años, hermano de Rubén, ha viajado a La Paz para investigar sobre su paradero. Para él, estos viajes son casi como un ritual. Abraham es profesor en Oruro y aprovecha la mayor parte de los fines de semana para indagar. Sus cejas son pobladas y su mirada escueta. Viste chaqueta negra, un pantalón con finas rayas blancas y tiene las uñas cortadas al ras de sus dedos. Porta una agenda donde lo apunta todo, cualquier indicio. En la sastrería de los Ticona intenta hallar alguna respuesta. Sin éxito, como de costumbre.
Son las 14:30. Mientras conversa con Abraham, Donato Ticona, de 58 años, ajusta el pliegue de una camisa con paciencia de relojero. Su bigote es pequeño, pero salvaje. Su mirada es plana, ausente, como si el vacío más profundo se hubiera instalado en ella. Saca de un cajón de madera un afiche doblado muy parecido a los de Rubén Díaz. Es de Sidar Ticona, su hijo, de 32 años. Sidar salió a tomar unos tragos con sus amigos el 15 de marzo. Retornó a su casa con normalidad, pero volvió a ausentarse el 16 como a las cuatro de la mañana. En ese momento, llevaba una polera amarilla y negra, buzo beige y tenis blancos. No tenía nada de valor. Ni siquiera celular. Desapareció en la calle C.
“Aquí se escuchan muchos comentarios. Una señora nos dijo que habían encontrado el cuerpo de su hermano sin órganos. Pero al final parece que era mentira”, le dice Donato a Abraham dándole esperanzas. “A mi hijo dicen haberlo visto en Santa Cruz, Tarija, Guayamerín y El Alto –prosigue su relato–. Tampoco creo que sea cierto. Y nos han dicho además que un taxi blanco, sin placa, ronda por las noches, que secuestra gente”. El gesto de Donato es una mezcla de cansancio e incredulidad. Si tuviera que ponerle música, sería un réquiem.


Las estadísticas

Oficinas de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC), en la calle Sucre. División de Trata y Tráfico de Seres Humanos. La subteniente Gaby Teresa Coca rescata los expedientes de Rubén Díaz y Sidar Ticona del archivo. En ambos casos, se adjuntan varios datos de referencia: peso, estatura, marcas visibles en el cuerpo, color de ojos, de cabello… Otros dos informes dan cuenta de más desapariciones este año en Pampahasi.
El primero corresponde a Rocío Mallque Ríos, de 22 años. Rocío salió de su domicilio en la calle 3 el pasado 24 de marzo a las siete de la mañana para asistir a la universidad, y no regresó. El otro, a Martín Quintana Beque, de 33 años, quien desapareció el 10 de mayo a las 11 de la noche. Según la Policía, ninguna de las investigaciones en curso se ha concluido con resultados.
“El procedimiento es el siguiente. En primer lugar, se recepciona la denuncia. Luego, se realiza una entrevista con los familiares, pues es distinto que la desaparición sea voluntaria a que alguien se pierda. Finalmente, se realiza un afiche para su distribución. Se considera que una persona está desaparecida cuando no da señales de vida en 24 horas –explica la subteniente Coca–. Cuando se trata de niños, sin embargo, la reacción tiene que ser inmediata”.
Hasta mediados del pasado mes de julio se registraron 350 denuncias en La Paz: 200 de mujeres desaparecidas y 150 de hombres. Según Coca, se resolvieron 115. “Muchas veces, las desapariciones son voluntarias. Los adolescentes discuten con sus familias y se fugan de sus casas. Las chicas, a menudo, suelen escaparse con sus enamorados o sus amigas”.
Cuando las desapariciones son involuntarias, la información se registra en una página web (www.bolivianosdesaparecidos.org), creada con financiamiento de Save the Children. Según la misma, entre enero y junio de 2008 hubo 197 casos de este tipo –se resolvieron 16 (el ocho por ciento)–; en 2007 se produjeron 533 denuncias y se resolvieron 91 (el 17 por ciento); en 2006 hubo 278 y 67 resueltas (el 24 por ciento); y en el poco tiempo en el que funcionó el portal en 2005 hubo 26 y cinco resueltas (el 14 por ciento).
Las cifras marean, preocupan, y eso que hacen sólo referencia sólo a la ciudad de La Paz. En promedio, hay más de un denuncia al día de desapariciones. “Además –recalca la subteniente Coca– muchas ni siquiera se reportan. Entre los casos resueltos este año, la policía recuerda dos significativos. “Uno fue un secuestro express a una japonesa a la que los delincuentes dieron encuentro a la salida de un banco. La encontramos dopada; el otro fue una cuestión de trata de blancas con dos menores, de 14 y 16 años, que fueron captadas por una mafia y obligadas a prostituirse en diferentes clubs nocturnos”.
“¿Y qué hay de Pampahasi?”, le interrogo. “Es extraño. Allí han desaparecido demasiadas personas. No es normal. Se escuchan muchas historias. Se habla de una movilidad de color blanco que aparece por las noches; de tráfico de órganos; de que son los obreros de la construcción los que matan personas para colocar sus cuerpos en los cimientos de las nuevas casas. Pero son hipótesis muy poco probables. No hay prueba alguna al respecto”.


La madeja sin fin

Hotel Torino. Cerca de la plaza Murillo. Abraham Díaz pide un café con leche. Sus manos tiemblan. Es un amasijo de nervios. Revisa su cuaderno de apuntes antes de hablarme nuevamente de su hermano. “Rubén era apacible. No solía tomar. No se drogaba y era muy querendón de su familia. Venía todos los fines de semana a La Paz desde la mina y, justo cuando desapareció, estaba viajando con un dinero para comprar una casa. Yo no lo entiendo. Él no solía tomar. No tenía enemigos. Era fuerte. No sé cómo se lo pueden haber llevado sin que nadie se enterara. Me parece imposible”. Los ojos de Abraham se llenan de lágrimas como si de un acto reflejo se tratara. Su mirada expresa desesperación. A él le gustaría estar en su casa, en Oruro, como si nada hubiera sucedido.
No es para menos. Desde los tiempos de El Fantasma, un pandillero que atemorizó a medio Pampahasi hace más de una década, no se sentía tanta angustia en el barrio. Danilo Vargas, El Fantasma, estuvo la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Allí fue integrante de pandillas de latinos y negros; fue arrestado por asalto a mano armada y lo deportaron. En Bolivia, comenzó a hacer nuevamente de las suyas. Responsable de un sinfín de atracos, en marzo de 1996 lo detuvieron por asesinar en Alto Pampahasi a Wilson Gutiérrez, uno de sus compinches, utilizando una escopeta. Le cayeron 30 años y murió ajusticiado en Chonchocoro por los propios presos.
Desde entonces, más allá de hurtos menores, en Pampahasi no pasaba casi nada. Pero desde hace varios meses, la gente desaparece extrañamente sin dejar rastro. Septiembre de 2007 marcó quizá el punto de inflexión. El día 28 de ese mes, a las tres de la tarde, Daniel Ajalla Huanca, de 11 años, fue temprano a una tiendita al lado de su casa, en la calle 11, y nunca regresó. Delgado, sin lentes, de cara ovalada y orejas medianas, vestía un deportivo azul en el instante de la desaparición. “Es como si la tierra se los tragara”, me susurra una vecina.
Después de esta desaparición, vinieron otras, y la confusión se extendió como reguero de pólvora. Amén de los casos ya mencionados de Sidar Ticona, Rubén Díaz, Rocío Mallque y Martín Quintana Beque –archivados todos ellos en la Policía–, existen otros. En un recorrido por Alto Pampahasi, la lista aumenta con las desapariciones de Patricia Corina Cárdenas Quisberth, Violeta Mariela Corea, Isaac González y Marisela Alarcón.
Mientras para unos las desapariciones son como una madeja sin fin, para otros terminan al tirar del hilo. Pero lo que es relevante, en todo caso, es que en tan solo un puñado de meses, en apenas unas pocas cuadras de Pampahasi, haya desaparecido tanta gente. Es como si pisar su suelo, simplemente, resultara peligroso.


Luces y sombras

Casa de Daniel Mallque y Remedios Ríos. Acompaño a Abraham Díaz en otra de sus visitas. Remedios Ríos, de 40 años, abre la puerta metálica de su terreno, de color negro y con un número pintado a mano con tiza. Los perros ladran y Remedios la cierra para que no se escapen. Luce cansada, como si los días de espera hubiesen perforado sus ojos. Nos hace sentar en un par de graditas. Habla. Su voz se resquebraja.
Para Remedios Ríos, cuando su hija Rocío llamó hace unas semanas a su celular, fue como si se le hubiera aparecido el Espíritu Santo. “Estaba en el mercado y grité como una loca de alegría. No me importó nada”. Rocío llevaba cerca de tres meses con el cartel de desaparecida. “Había sacado malas notas en la universidad y había huido a Potosí, donde unas primas”, me confiesa. Antes, la habían buscado en la morgue, en los hospitales y hasta en los prostíbulos de El Alto. “¿Sabe usted la desesperación que es eso?”.
En Pampahasi hay otros casos similares, cortados todos con el mismo patrón.
Violeta Mariela Corea (12 años), desaparecida el 19 de abril cuando retornaba de su colegio, en el barrio de Villa Fátima, había ido a una pijamada a casa de una amiga sin el consetimiento de sus padres.
Martín Quintana Beque, desaparecido el 10 de mayo a las 11 de la noche y aparecido días más tarde, había tomado y ebrio emprendió viaje a Cochabamba sin avisar para conversar con unos parientes con los que no se hablaba desde hacía ya tiempo.
Y Marisela Alarcón, otra niña de 11 cuyos afiches acompañaron a Rubén Díaz durante varios días, había ido sin decir nada a visitar a uno de sus familiares.
Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte. Frente a la sastrería de los Ticona, en la calle Z, casi puerta con puerta, vive Betty González, de 26 años. Su padre Isaac, un ex policía jubilado de 77, desapareció el 26 de abril a las ocho y media de la mañana, hora en la que solía tomar un api en el puesto de la esquina. “Él era una de los fundadores del barrio y lo buscamos sin éxito con varios vecinos por toda la zona”, recuerda Betty.
“Nos han llamado con el cuento del tío, diciendo que si les recargábamos con una tarjeta el celular nos iban a decir su paradero. Pero nada”. Isaac apareció muerto, sin su reloj, el pasado 15 de mayo en una cumbre cercana, pero un tanto alejada de su casa. “El cuerpo ya estaba en descomposición y no se pudo realizar la autopsia. Yo estoy atemorizada. Antes no había crimen ni esas cosas. Y ahora dicen que están secuestrando a niños de los colegios; también que se han hallado cuerpos de chicas violadas en el río, donde hay más arena”.
Días después de mi encuentro con Betty, intenté hacer contacto con las familias de Patricia Corina Cárdenas, de 23 años, desaparecida el 20 de enero, y Daniel Ajalla. No respondieron a mis llamadas. Sus vecinos no quisieron hablar. Desconfianza. Y en sus domicilios tampoco conseguí hallar a nadie. ¿Seguirán aún en paradero desconocido?
En la Policía, entre tanto, no tienen constancia de varias de las denuncias investigadas por PULSO. Casos como el de Quintana Beque y el de Rocío Mallque continúan abiertos, a pesar de que los desaparecidos ya están desde hace tiempo en compañía de sus familias. “El problema –justifica la subteniente Coca– es que luego de que aparecen no lo reportan”.


Trata y tráfico

Unidad Educativa 24 de junio. Pampahasi. Encuentro con Víctor Silvestre, de 46 años, Presidente de la Junta de Vecinos. Con cara de preocupación, Víctor me recibe en un aula vacía. Sentado en una asiento de escolar, su estatura, ya de por sí escasa, se ve mermada considerablemente. Tiene cara de póquer. “La situación es ya preocupante –reconoce-–. Ni siquiera el nuevo retén policial ha conseguido evitar las desapariciones”.
Al menos tres pandillas, Delincuint, Recta Final y Punto Men, actúan en la zona; los robos en las casas son moneda corriente; hace unas semanas hubo un atraco a mano armada en el que se robaron cerca de Bs. 80.000; y en el retén no tienen constancia más que de dos casos de desaparecidos. Uno de sus afiches ni siquiera hace referencia a Pampahasi. En el barrio reina el miedo. Cerca de la represa, un muñeco avisa a los delincuentes de que no son bienvenidos. Los linchamientos podrían ser el siguiente paso.
Para Raquel Zurita, de la organización Pro Adolescentes Bolivia, responsable en el país de la página web de desaparecidos, la situación allá es preocupante. Se habla de tráfico de órganos; de secuestros en un taxi blanco... Pero para Raquel el peligro real está en una posible trata de personas. “Las desapariciones se dan en una mayor proporción en adolescentes y mujeres –recalca–. Por ejemplo, hay mafias que captan a chicas para fines de explotación sexual. Algunos tratantes, por otro lado, obligan a sus víctimas a cometer delitos y a traficar con drogas; otros los llevan a la mendicidad o al matrimonio servil”.
“Para reclutar gente, las mafias o las redes ofrecen trabajo, un salario alto, una buena vida. Es decir, escenifican una mentira. Trasladan a sus presas a otra región o a otro país y finalmente explotan a las personas. Como mecanismo de control, les quitan los documentos, les amenazan o les encierran”, prosigue Raquel.
Un repaso por la hemeroteca da constancia de sus afirmaciones. Y es que la trata, según un informe del Departamento de Estado de Estados Unidos, se ha convertido en una de las principales actividades del crimen mundial organizado.
En nuestro país, uno de los casos más graves se registró en 2001, cuando fue desmantelada una banda que gestionaba adopciones ilegales con niños de centros de acogida tutelados de la ciudad de Santa Cruz que eran enviados con documentos falsificados a España; en 2006, , se destapó un escándalo por transplante ilegal de órganos que vinculaba a Bolivia y Argentina. Los “donantes” eran todos jóvenes de entre 21 y 28 años vecinos de los barrios más pobres de Santa Cruz; en 2007 dos empresas de trabajo temporal fueron denunciadas en El Alto por captar a jóvenes adolescentes a las que llevaban a Perú con engaños para prostituirse; y la lista suma y sigue.
Las penas por trata de blancas y tráfico de seres humanos son casi una novedad en nuestra legislación. Por estos delitos, oscilan entre los ocho y los doce años de cárcel. Pero ni con esas se ha conseguido poner un freno a las mafias.
Se siguen ofreciendo órganos de dudosa procedencia en anuncios de prensa. Se sigue vendiendo la virginidad de niñas jovencísimas en locales de alterne por menos de 25 dólares. Y los kilómetros y kilómetros de frontera con los países vecinos son sinónimo de impunidad. Según datos de la Comisión de Política Social del Congreso, más de 24.000 niños, principalmente provenientes de áreas rurales, han viajado con dudosos permisos a Argentina, Chile, Perú y España desde el año 2000.

La banda de Milán

Alto Pampahasi, en plena búsqueda con Abraham Díaz por sus vías principales. Abraham se seca el sudor. En su periplo por hallar a su hermano, ha tocado puertas, ha recorrido la ciudad empapelándola de afiches y se ha comunicado con un sinfín de canales televisivos. “Incluso he llegado a contratar los servicios de un yatiri, que me aseguró que estaba muerto; también, los de un investigador privado”.
Este último, que me pide mantener el anonimato, maneja tres hipótesis sobre la fulminante desaparición de Rubén Díaz.
“La primera apunta a los familiares de su mujer, Nancy Quispe. Cuando les tomé declaración cayeron en contradicciones. Y no hay que olvidar que Rubén había viajado con plata; la segunda nos lleva a la mina San Lorenzo, pues Rubén había denunciado un robo de minerales y fue objeto de amenazas; y la tercera, a la banda de Milán, encabezada por Ramiro Milán Fernández, que antes operaba por la zona y que fue responsable del secuestro y la muerte de dos austriacos y un español en 2006”.
Ramiro Milán está recluido actualmente en la cárcel de San Pedro, pero varios miembros de su organización siguen prófugos y se sospecha que Milán todavía maneja los hilos de la misma tras las rejas.
“Entonces, no serían tan descabellado pensar que los huesos de Rubén Díaz hallan podido terminar en un cementerio clandestino de la avenida Periférica, como ocurrió con las personas violentadas hace ya dos años”, señala el investigador.
En aquella ocasión, los crímenes se pudieron resolver gracias a la actuación de un israelí experto en secuestros y a la confesión de unos borrachos que habían enterrado los cuerpos a cambio de botellas de licor, comida y una propina equivalente a 20 dólares. Para Abraham, hay mucho lugar aún donde buscar. En total, se calcula que son cerca de 16 los cementerios clandestinos que existen en La Paz.

La prevención

División de Trata y Tráfico de Seres Humanos. La subteniente Coca trabaja en un informe. En la oficina, un cuarto pequeño y húmedo, se agolpan decenas de casos aún pendientes. Son sólo cinco investigadores y un jefe de sección. A veces, no dan a basto. Se trabaja en coordinación con la Brigada de Protección a la Familia, con Radio Patrullas 110, con la terminal de buses, con Tránsito, con la División de Homicidios, la morgue, los hospitales y otro tipo de instituciones similares. Y los resultados no siempre son los esperados.
“El problema, además, es mayor de lo que parece, pues muchos casos ni siquiera son denunciados”, lamenta Coca.
“De cualquier forma –continúa–, para mí la prevención es la mejor manera de enfrentarnos a las desapariciones. No hay que dejar nunca a los niños pequeños solos. Muchas veces, los padres se ponen a chupar y se olvidan de sus obligaciones. Uno tiene también que conocer a los enamorados, a los amigos y el entorno de sus hijos. Hay que desconfiar de trabajos con sueldos demasiado gratificantes. En defintiva, fijarse en todo”.
Para Raquel Zurita, de Pro Adolescentes Bolivia, el ambiente familiar es clave. “A menudo, las fugas se producen por violencia física, psicológica o sexual; porque los jóvenes sienten que pertenecen a una familia expulsora; porque no se les acepta como son. Esas personas que se van de sus hogares son más vulnerables. Y con más facilidad caen en redes ilegales, cuyos tentáculos van más allá de lo que podemos imaginar”.

Epílogo

Sastrería de la familia Ticona. Donato Ticona interrumpe su actividad para salir a la calle por un instante. Después de la desaparición de su hijo pareciera que le han caído algunos años de más encima. Se mueve lentamente, como incómodo con los espacios, con las esperas. “Mi hijo no se merecía esto –me comenta–. Era muy tranquilo en su trabajo, en una encuestadora de la plaza Abaroa. Era deportista. Y no frecuentaba malas compañias”.
Abandonando Alto Pampahasi, en el descenso por la avenida, los afiches de Rubén Díaz me acompañan como si fueran un desfile de rostros que no termina. El barrio, con sus construcciones de adobe, ladrillo al descubierto y calamina, con sus calles con nombres de letras del abecedario, se vuelve un laberinto.
Siento como si Rubén me observara desde cada poste de luz, desde cada minibus, desde cada esquina. Pero su presencia toma forma únicamente en las fotografías. Si ahora tuviera que escuchar una canción, preferiría que fuera silenciosa.

LOS LIBROS DE AUTOAYUDA



Autor: Álex Ayala Ugarte

LOS AMO

Amo los libros de autoayuda porque representan la salvación para mucha gente, sobre todo para los que los escriben, ya que ganan millonadas con sus ventas. Los amo porque tienen el contenido ideal para llenar mentes vacías –es por eso que la mayoría de las modelos confiesan que sus libros favoritos son los de Coelho–. Porque ofrecen soluciones fáciles para un mundo difícil –es decir, son algo así como la piedra filosofal de la modernidad–. Porque son siempre los más vendidos, y no creo que millones de personas puedan equivocarse –más bien, opino que los que estamos por el mal camino somos los que leemos a Roberto Bolaño, Trumán Capote, Fogwill y compañía–. Los amo porque quedan muy bonitos como pisapapeles en las oficinas y en los consultorios médicos. Porque con sus frases se hacen después agendas y calendarios que hacen más llevaderas nuestras vidas. Porque son el mejor sustituto de las religiones –y quizás la mejor arma para acabar con ellas–. Porque ofrecen respuestas en un planeta donde casi todo es como una enorme interrogante. Porque hacen que gente que no está acostumbrada a leer se habitúe a la lectura. Y porque entre sus páginas uno puede encontrar los mantras de la nueva era: todo es posible, no estás solo, no hay nada que no se pueda hacer, la solución eres tú, etcétera.
Amo los libros de autoayuda porque en tiempos de crisis alimentaria hacen por lo menos que el ego de uno engorde. Porque sus autores son excéntricos, gurús, locos, y no dejan a nadie indiferente. Porque, por sus mensajes cortos, resultan un excelente compañero durante las excursiones relámpago al cuarto de baño. Porque se devoran de un tirón –aunque también se olvidan con la misma facilidad con la que uno los ha leído–. Porque son un referente para que algunos no caigan en el vacío –o al menos para que no se estrellen contra el suelo–. Porque aprender a escribirlos es sinónimo de éxito. Porque si uno llega a ser bestseller, aunque sea más feo que el Papa, le espera un futuro rodeado de místicas mujeres. Y porque le dan un toque cool a cualquier biblioteca.
Amo los libros de autoayuda porque se parecen a las telenovelas: con mucho drama, pero, al fin y al cabo, con un final feliz. Porque sus títulos, por absurdos, hasta se ven bonitos: ¿Quién se llevó mi queso?, La culpa es de la vaca, etcétera. Y porque buceando en la Internet he podido construirme mi propio decálogo de autoayuda: usted no es completamente inútil, al menos sirve como mal ejemplo; eres parte del sistema, porque si no eres parte de la solución es que eres parte del problema; equivocarse es humano, pero buscar a quien echarle la culpa es más humano todavía; lo importante no es saber, sino tener el telefóno de quien sabe; quien sabe, sabe, y quien no sabe es el jefe; es bueno dejar la bebida, sólo intente recordar dónde; existe un mundo mejor, pero es carísimo; trabajar nunca ha matado a nadie, ¿pero para que arriesgarse?; hay dos palabras que abren muchas puertas: “empuje” y “tire”; no lleve la vida tan en serio, al final no saldrá vivo de ella. A mí me sirve. ¿Y a usted?

LOS ODIO

Odio los libros de autoayuda porque dejan las librerías sin espacio –y me emputa tener que bucear entre manuales que para mí son inservibles para encontrar lo que realmente estoy buscando–. Porque son la expresión más visible y notoria de la cultura para las masas –y nos los ofrecen como si fueran hierba para las vacas–. Porque son la constatación más palpable con soluciones para todo, con fórmulas para “llenarte de oro” y “hacer que el pene te llegue hasta el suelo”. Los odio porque hay algunos que vienen con CD incluido. Es decir, además de tener que leerlos, lo que me da arcadas, me obligan también a escucharlos. Porque el termino “autoayuda” es en sí mismo una falacia, porque el que aporta las soluciones infalibles, si es que las hay, es el autor de la obra en cuestión y no el lector. Los odio porque dicen simplemente lo que la gente quiere oír, cosas que uno ya sabe, que son de perogrullo, pero que le hacen sentir a uno bien. Y los odio porque no hablan más que de generalidades.
Odio los libros de autoayuda porque nos bombardean con frases hechas del estilo de “lo que tú no hagas nadie te lo hará”. Los odio porque nos hacen creer que somos una aplanadora, que nadie nos detendrá, hasta que tres o cuatro días después de leerlos la realidad termina por aplastarnos a nosotros de nuevo. Porque soy de la opinión de que no deberíamos pagar nunca a nadie para que nos diga qué hacer. Porque venden técnicas de superación absurdas – como caminar sobre vidrio, brasas o romper tablones– a precios prohibitivos, algo que sólo sirve para emocionarte un par de horas, pero que no resuelve los problemas. La entrada a un parque de atracciones cuesta menos y logras el mismo efecto subiendo a los autos de choque. Los odio porque a los únicos que ayudan realmente es a sus autores, ya que terminan creyéndose gurús de la nueva era. Y porque debido a ellos los nuevos patrones a seguir que se presentan a la sociedad son, a menudo, las vidas de modelos y empresarios exitosos –como si la fama y el poderío económico garantizaran la felicidad–.
Odio los libros de autoayuda, sí, pero reconozco que son poderosos. Hay miles de maneras de hacer dinero. Una de ellas es robar un banco; otra trabajar, pero esto cuesta; escribir un libro de autoayuda, sin embargo, es un arma casi infalible. A continuación, por si les son útiles, les ofrezco una guía básica por si se animan a escribir uno: hay que repetir clichés constantemente pero con lenguaje rebuscado, para que nadie se dé cuenta de que el consejo que estamos dando es el más obvio de la tierra; se deben usar ejemplos de la vida real, anécdotas llenas de sentimentalismo, de tipos con cáncer o que están a punto de suicidarse; advertir al lector que todo depende de su esfuerzo, para que no pueda echarnos la culpa si las fórmulas mágicas que le ofrecemos no funcionan; y finalmente hay que buscar un título que llame la atención. El mío sería: Manual para aprender a cagarse en los libros de autoayuda. ¿Cómo se llamaría el de ustedes?

EL PERIODISMO EN TIEMPOS DE GUERRA



Autor: Álex Ayala Ugarte

Guerra mediática. Guerra política. Guerra de declaraciones. Guerra entre frentes sociales... El conflicto en Bolivia es permanente. Es por eso que éste fue uno de los asuntos tratados en el foro debate “Medios de comunicación, derecho al disenso ciudadano y obligación de responsabilidad”, celebrado el pasado lunes y organizado por International Media Suport (IMS), la Organización para el Periodismo y la Democracia (Pondera) y la Asociación Nacional de Periodistas (ANP).
Entre los invitados para discutir sobre el tema se hallaban el boliviano Andrés Martínez, de Pondera, Finn Rasmussen, quien elaboró en 2007 un informe sobre medios y conflicto en Bolivia, y Ana María Miralles, periodista colombiana. PULSO se sentó con ellos para realizar un análisis a tres bandas.

–¿Periodistas y conflicto van de la mano en un país como Bolivia, en el que la crisis es casi un símbolo de identidad. ¿Cuál es el efecto que produce esta situación en los profesionales de la información?
Finn Rasmussen (FR): Los medios de comunicación en Bolivia son un reflejo de la situación política que vive el país. Es decir, son un reflejo de la polarización cuando lo que haría falta es generar mayores espacios de debate. Los periodistas deberían ser más sensibles al conflicto. Está bien que uno trabaje con las partes que se encuentran enfrentadas, pero también es necesario que se aborden otros aspectos cuando se tratan los distintos temas. Por otro lado, ayudaría a generar un mejor clima el que el Presidente no declare como enemigos a ciertos medios, pues hoy hay algunos grupos de la sociedad que toman sus palabras como instrucciones para tomar medidas.
Andrés Martínez (AM): El debate en los medios se centra demasiado en el antagonismo entre diferentes partes, y no en otros elementos que están alrededor de los problemas. Muchas opiniones no son tomadas en cuenta. Y hay siempre el riesgo de que, por dar tantos espacios a la polarización, se fomente la conflictividad a partir de los medios de comunicación.

–¿Con qué escollos se encuentra un periodista a la hora de cubrir las situaciones donde prima la confrontación?
FR: Primero, hay periodistas que se ven forzados por sus superiores a cubrir los temas de una determinada manera. Después, también existen la censura y la autocensura. Y falta una mayor preparación para afrontar situaciones de riesgo, lo que hace que ciertas coberturas periodísticas se conviertan en una amenaza para la integridad física del periodista. Por otro lado, la baja remuneración económica y la falta de tiempo para cubrir eventos hacen que la calidad periodística disminuya. Y el resultado de este hecho es que el ciudadano común pierde su confianza en los medios de comunicación.

–¿Qué presiones suelen enfrentar los periodistas a la hora de realizar su trabajo?
Ana María Miralles (AMM): En el caso de Colombia, los intereses empresariales son muy fuertes. Hoy, los empresarios van donde los jueces para intentar que los periodistas de determinados medios no sigan publicando noticias sobre corrupción. Pero, ante eso, hay estrategias para conseguir que no se vulnere el derecho a la información. Por ejemplo, crear redes para difundir la información a otros medios, aunque sean de la competencia, pues así se puede conseguir que un hecho noticioso de interés general se publique a pesar de la acción de un juez contra un periodista de un determinado medio.

–¿Hasta qué punto los periodistas son responsables de que ciertos conflictos crezcan como una bola de nieve?
AM: A menudo, el periodista es cómplice en la exageración de los conflictos. En un contexto de polarización, todos tienden a reproducir un ambiente falso. Y, en parte, esta situación se produce porque hay un abuso del periodismo declarativo. Tú puedes hacer de un conflicto otro más grande en la medida de que generas espacios artificiales en los que no aparecen las soluciones por ningún sitio. Pero hay una respuesta a este problema: Hacer un mejor periodismo, realizar coberturas más amplias que lleguen a mostrar posibles salidas ante crisis eventuales.

–¿De qué manera los gobiernos tratan de influir en los medios de comunicación?
AMM: Los presidentes de América Latina suelen tener tendencia a convertirse en grandes comunicadores. Hay muchos casos: Uribe (Colombia), Chávez (Venezuela), etcétera. Pero lo que hacen no es comunicación pública, sino propaganda. En Colombia, por ejemplo, el propio Presidente llama a las emisoras. Incluso, él mismo se hace preguntas. Es algo que genera mucho ruido, pero que resulta un impedimento para la creación de una opinión pública autónoma, que es lo que hace falta. En cuanto a Bolivia, a mí me preocupa la confrontación del Presidente con algunos medios. Por más oposición que uno tenga, hay que hablar a los ciudadanos a través de todos los medios. No hay que ser sectarios.
FR: Quizá un buen camino sería convertir los medios estatales en medios de servicio público, pero es algo muy difícil en un contexto como el de Bolivia, en el que domina la tensión política.

–¿Qué pueden decirme de los ataques en Bolivia de ciertos sectores de la sociedad contra distintos medios de comunicación?
AMM: Lo que ocurre en Bolivia es preocupante. En Colombia, los periodistas reciben ataques de la Policía, de los grupos armados... Pero casi nunca de la sociedad en general. Es importante que en Bolivia se ahonde en las razones de este hecho. Algo tiene que estar pasando para que la gente descargue su rabia en los periodistas. En Bolivia ocurre algo muy grave que amerita una investigación sociológica. Hay que buscar las raíces del problema.
AM: Para mí lo que ocurre es que, desde el año 2003, mucha gente ve a los medios como nuevos actores políticos. En parte, el periodismo basado en la acusación es el origen de este problema. Por eso, insisto en que hay que buscar hacer periodismo de otra manera.

–Algunos ven en lo que se ha venido a llamar el “periodismo de disenso” una solución a ciertos problemas de la profesión periodística, sobre todo a la hora de tratar temas de conflicto. ¿En qué consiste esta manera de realizar periodismo?
AMM: Disenso no significa anarquía, ni oposición ni polarización. Disenso es lo que define de mejor manera la democracia. La democracia, que es el sistema que permite que las diferencias se expresen, se define mejor por el disenso que por el consenso. Sin embargo, se nos ha intentado convencer a la sociedad y a los periodistas de que la democracia se emparenta más con el consenso que con el disenso. Muchos plantean que cualquier intento de disenso es anarquía, disolución, separatismo, etcétera. Y es precisamente todo lo contrario, pues el disenso permite que nos expresemos y sigamos caminando juntos. Para mí, es deber de los periodistas trabajar con el tema del disenso. Para hacer una nota se nos ha enseñado que hay buscar sólo la parte y la contraparte, y cualquier realidad es mucho más compleja. El periodista debería plasmar una polifonía de voces y versiones para abrirse a la diferencia, pero generalmente no lo hace. Por otro lado, el género que más perjudica al disenso es la noticia, columna dorsal en casi todos los medios de comunicación.

HISTORIAS DEL 110



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

El subteniente Freddy Ortega Vásquez tiene los ojos vidriosos. Los turnos de 48 horas en Radio Patrullas 110 –con vigilancia y tiempos de descanso intercalados– pasan factura, y se le escapa un bostezo repentino cuando sale en compañía de los policías René Quispe y Carlos Hoffmann en la movilidad que les ha sido asignada.
Las historias del 110 son historias casi siempre de perdedores: de borrachos, riñas, delincuentes y golpizas. Cuando la ciudad apaga sus ansias y enciende sus luces, comienza el recorrido nocturno. Son las 19:00 horas del jueves 26 de junio de 2008. Freddy acaba de recoger las armas de la anterior patrulla. El frío es intenso. Y tras una hora de recorrido por zonas como el Cementerio y la Pérez Velasco, aún no ha pasado nada. “A fin de mes, como no hay ya plata y la gente no farrea, no atendemos muchos casos”, explica Freddy.


La centralita

Realmente, hay días aburridos para los policías, y hoy parece ser uno de ellos. Freddy intercambia frases que parecen trabalenguas con la centralita de llamadas del 110. Su voz transmite códigos que a veces significan calma y otras emergencia. Un 203, por ejemplo, es un atraco a mano armada. Pero en este instante de lo único que informa es de su posición en el entramado de calles –a veces, sin nombre– de la hoyada.
En la centralita, entre tanto, 16 computadoras reciben decenas de quejas, denuncias y reclamos de ciudadanos; y llamadas de broma, falsas alarmas que constituyen a veces un auténtico quebradero para los policías. Allá, se registra todo; y el oficial “despachador” es el encargado de transmitir instrucciones a los patrulleros. Muy cerca de él, otro efectivo monitorea las camaras de vigilancia que la institución verde olivo ha colocado en los lugares más conflictivos de la ciudad.
Sin embargo, los 17 vehículos con los que cuenta la unidad– siete para patrullaje diez para apoyo operativo y dos ambulancias– resultan insuficientes, pues, según el coronel José Luis García Estévez, Comandante del 110, los días más complicados –viernes, sábados y domingos– se atienden entre 60 y 70 casos. Para ello, reciben la ayuda del Grupo de Auxilio y Cooperación a la Policía, compuesto por civiles que regalan sus tiempos libres.


La radionovela

Carlos Hoffman es uno de ellos, y ahora descansa en la parte detrás del vehículo, enrejada, reservada para los delincuentes. Lleva gorra, y tiene un de esos aires de indiferencia que aparecen cuando no sucede nada. Son las 20:30. La Paz sigue tranquila. Los negocios cierran. La gente se dirige a pie a tomar buses y minibuses. Y Freddy Ortega no pierde ni un detalle. “En las caras, en las actitudes, solemos detectar a las personas sospechosas”, me dice.
“Ponga la radionovela”, ordena a continuación a René Quispe. Éste, que también es el responsable de amenizar las jornadas con música cumbia, nacional y discotequera, introduce un CD en la ranura del reproductor.
“Esta es la historia de Claudia y Mario de la Villa, de un amor imposible.Claudia es una joven adinerada y descarriada. Mario es un chofer oriundo de Orinoca. A pesar de que pertenecen a mundos diferentes, terminaron cruzándose sus vidas, y ellos tratarán de romper las barreras que los separan”, silabean los áltavoces. Los policías escuchan con atención. Y es que en el relato leído se suceden los desencuentros, los amores febriles, los engaños, las venganzas y las peleas.
Más acción hay en la novela radiada que en el coche patrulla. Pero no siempre es así. “Hay días en que no paramos –confiesa Freddy–. Nos toca lidiar con casos de lo más inverosímiles. En una ocasión, nos llamaron porque habían encontrado a un bebé recién nacido envuelto en una bolsa de basura en unos baños públicos. En otra, nos acercamos a atender una llamada de una mujer que estaba siendo agredida por su pareja y ella terminó por pegarnos a nosotros por reducir a su marido. ‘Él tiene derecho a golpearme’, nos dijo. Y hace poco un conductor nos explicaba que su movilidad había volcado muy cerca de un lugar conocido como la Cara del Diablo tras ser empujado por una fuerza sobrenatural”.
No le pregunté al subcomandante Ortega, pero me imagino que terminaron haciéndole los controles de alcoholemia.


Emergencias

21:00 horas. Primera llamada importante. Nos acercamos como refuerzo a una de las vías que colindan a la Avenida Periférica. Ha habido un atraco. Los maleantes, según los vecinos, se han dado a la fuga en una vagoneta oscura. Bloqueamos las posibles vías de escape hasta que un salchipapero nos indica que son más de las que pensamos. Tras varios minutos de espera, desistimos.
22:00 horas. De nuevo, nada pasa, y aprovechamos para cenar una pequeña parrillada. “Cuando hay trabajo, ni siquiera nos queda tiempo para comer”, susurra Freddy. Mientras engulle, está pendiente de su talkie. Dos o tres veces se levanta nervioso, pero las alertas son para otros patrulleros.
23:30 horas. Un peatón nos avisa de que un grupo de cleferos acaba de cometer un hurto. Les damos alcance. Freddy, alzando su voz de mando, cachea a uno de ellos, al que parece el cabecilla, un adolescente con cara de viejo. “Si uno no se pone un poco rudo, no hacen caso. Hay que hablarles duro”. Luego, le decomisa un bote de thinner, pero no hayamos ningún objeto robado.
23:45 horas. Recogemos a un borracho que está tumbado en medio de la Avenida Montes. Le ayudamos a incorporarse y lo sentamos en la acera. “Nada más podemos hacer –lamenta Freddy–. Ni en los centros hospitalarios ni en los albergues nos los aceptan”.
00:15 horas. Algunos drogadictos caminan como espectros por las calles paceñas; unos hombres pintan una pared en favor de Evo; varios otros mean en las esquinas; y nosotros damos cobertura a un pequeño accidente de tránsito.
Cuando volvemos al coche patrulla, reportan una desaparición. “Tiene jean azul, canguro negro, zapatillas blancas, cabello negro con gel y el último lugar en el que fue visto es la plaza Kennedy”, informan desde el otro lado de la línea. La jaula trasera de la movilidad, a menudo vuelve llena, pero hoy no viaja en ella más que Hoffmann. Él es el único “preso”, pero preso de su propio aburrimiento.
René, nuestro conductor, se salta un semáforo en rojo. Por cada infracción, se le descuentan unos pesos al final de cada mes.

Epílogo

12:45. Varios muchachos caminan agarrando un balón de fútbol.“Qué bueno que hagan deporte a estar horas. Así no se dedican a tomar”, comento. “No te engañes. Son alcohólicos que se han jugado el trago en un partidillo. El que pierde, paga”, me abre los ojos el subcomandante. Parece que son caras conocidas. La noche, sin lugar a dudas, es traicionera.

LOS HEROES DEL PENAL DE SAN ROQUE



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

El pasado 25 de noviembre, José Luis Aranda Andia, de 54 años, renunció a su libertad. Salió de su celda al mediodía. Caminó en medio de un tumulto entre las gruesas paredes del penal de San Roque (Sucre) cargando con algunas de sus pertenencias y atravesó la puerta en un suspiro. Estaba abierta. No había policías, y bajó las gradas que conducían a la calle de una a una, pero fue incapaz de cruzar al frente. Dio media vuelta y retornó a la cárcel que le da cobijo desde hace más de 25 años.
Aquella jornada de domingo, Sucre, la ciudad blanca –conocida así por las tonalidades de sus casas– lucía gris, cubierta como por una fina lámina de ceniza. Densas humaredas, provocadas por la quema de neumáticos, se adueñaban del casco viejo de la urbe. Olía a goma derretida y a gases lacrimógenos. La temperatura bordeaba los 25 grados. Decenas de hombres se habían agrupado en distinas bocacalles de la ciudad portando piedras y palos; y algunas mujeres proveían de agua en botellones de plástico a los movilizados. Los accesos a la localidad habían sido bloqueados. La gente estaba enfurecida con la Policía.
Un día antes, los uniformados estaban resguardando el Liceo Militar, donde a ocho kilómetros de la urbe sesionaba la Asamblea Constituyente. Allá, a las 20:30 horas, tras la lectura del índice, sin detallarse el texto, fue aprobada en grande la nueva Carta Magna con el respaldo de 136 de los 138 constituyentes presentes, de 255 elegidos en 2006. Esta situación enfureció a los manifestantes, que exigían al cónclave que los poderes Ejecutivo y Legislativo se trasladaran a la ciudad de Sucre. Hubo enfrentamiento con los uniformados. El saldo: más de 150 heridos, 60 detenidos y tres muertos.
A la mañana siguiente, puntual, como de costumbre, José Luis Aranda, condenado a 30 años de reclusión por homicidio, se levantó a las cuatro y media de la mañana. realizó sus ejercicios físicos. Se dio una ducha rápida, arregló su celda, puso música clásica –su preferida– y comenzó a escribir en su computadora, ajeno a todo. A las 12:00, tocaron a su puerta.
“Pensé que era el almuerzo, pero un interno me dijo que querían hacer explotar unas garrafas en la cancha, detrás de mi pieza. Salí y me fui a parar al patio. Algunos compañeros entraban y salían sacando sus cosas. Todo estaba destrozado: la dirección, los equipos, los libros... Hasta más o menos las 14:00 permanecí aquí sin saber qué hacer. Personas extrañas, ajenas al penal y con el rostro semitapado y huntado con bicarbonato, vinieron a saquear y a asustar a los reclusos. ‘Salgan, porque si no vamos a quemarles’, nos decían. El desconcierto generó un motín que arrancó la reja e hizo huir a la Policía”, recuerda ahora, casi cinco meses después de estos sucesos.
Según Deysi Aguilar, directora de Régimen Penitenciario en el departamento de Chuquisaca, más de la mitad de los 133 reclusos se fugaron en ese momento; y fueron entre 50 y 60 los que no escaparon o los que después volvieron. Algunos, con penas elevadas, por homicidio, violación y narcotráfico, que aquel 25 de noviembre tomaron una decisión valiente: quedarse a cumplir su pena, a seguir contando su vida en años, meses, días y horas... Ya están acostumbrados a perder. Y en esta ocasión prefirieron perder su libertad a permanecer en la clandestinidad durante toda una vida.
“¿Yo a dónde hubiera ido?”, se pregunta Aranda. En La Paz, era empleado de un hotel. En Sucre, no conoce a casi nadie.


Candado y alambres

¡Visitaaaa! ¡Filemón Roooque! ¡Visita! Filemón Roque es delegado de los internos. Lo sorprendo en su celda, mientras ajusta las cuerdas de un charango que le ayuda a matar el tiempo. Calza un gorro de lana oscuro sobre su cabeza. El cuello azul de su camisa sobresale por encima del de su chompa. Tiene 57 años. Su sentencia, por tráfico de estupefacientes, es de 12, y apenas ha cumplido uno y unos meses. Luce bigote, y una hilera de sillas de madera ocupa la mayor parte de su pieza. “Las vendo para sobrevivir. Los Bs. 4,50 de prediario apenas alcanzan para un pan, un té y un plato de sopa. Yo tengo que mandar plata a mis cinco hijos”. Los enseres de Filemón son pocos: un catre, algunos discos de música y cuatro o cinco cosas más que se reparten por su pieza.
El 25 de noviembre, Roque señala que formaron a las ocho para pasar lista, y comenzaron a escuchar petardos en el exterior hacia las diez de la mañana. “Luego –indica–, los internos que se amotinaron quemaron todo lo que pudieron llantas y maderas. Los vigilantes fueron rebasados por esos reos –que arrancaron la puerta principal– y los manifestantes, que se entraron. Los que no nos evadimos, fuimos los que resguardamos el recinto penitenciario”.
A media tarde, sin Policía –que se había replegado a Potosí por ordenes superiores–, cuando retornó una cierta calma, Roque y otros internos consiguieron algo de alambre y un candado para blindar el penal. El mundo al revés: los mismos internos custodiaron la cárcel. Esa noche, hicieron turnos de vigilancia. Subieron a los tejados para controlar los dos mil metros cuadrados del recinto. Paradójicamente, para que nadie entrara. No había quien salga. Ellos permanecían allá por propia voluntad.
“Como ciudadanos, es nuestro deber cumplir las penas. Yo no quería estar prófugo toda la vida. Prefiero cumplir mi condena para volver después con mi familia”, confiesa Roque con voz pausada.



Noche en vela

El 25 de noviembre Daysi Aguilar, la directora de Régimen Penitenciario, se enteró por los noticieros de que habían quemado varios cuarteles de la Policía y las oficinas de Bomberos y de Tránsito.
Luego, recibió una llamada desde el penal. “Era del interno Landívar –relata–. Estaba muy nervioso. Ya se habían entrado los manifestantes, y me fui para el recinto”. No había taxis ni autobuses y, desde su casa, en el barrio Alto Delicias, Daysi demoró 45 minutos en llegar. “En las inmediaciones, escuché lo que parecía un tiroteo. Una vez dentro, vi botellas y piedras en el suelo. Los vigilantes, acosados por reos y manifestantes, vestidos de civil para salvaguardar su integridad, tenían miedo. Querían irse. Ya no se podía hacer nada”.
En la oficina de Deysi, un cartel con fondo rojo avisa sobre el estatus de prófugo de uno de los antiguos internos. La sala, después de la revuelta, ha sido refaccionada. El 25 de noviembre se robaron archivos, material médico y de oficina, armamento policial y se destrozaron equipos.
La cárcel de San Roque siempre había sido un lugar más o menos tranquilo. Entre los reportes de los pasados años, se hallan registrados una fuga el 2002, un intento frustrado el 2003, la construcción de un túnel ese mismo año, un amotinamiento el 2004 y algunos hechos más de menor importancia. Sin embargo, noviembre de 2006 marcó un antes y un después en el día a día de este recinto penitenciario, no tanto por la fuga masiva que fue reflejada en todos los medios de comunicación, sino por los homicidas, violadores, narcotraficantes a pequeña escala y ladrones, invisibles para la prensa, que, sin vigilancia policial, al quedarse en el penal, de alguna manera, se habían convertido en héroes.
El día de la revuelta, Deysi decidió quedarse a dormir en el reclusorio, en el pabellón de las internas. Pasó toda la noche en vela. Su seguridad, por primera vez en la historia de una penitenciaría de Bolivia, estaba encabezada por los mismos reos.

¡Se viene la capitalía!

De las ocho internas que aún permanecen enclaustradas en San Roque, cinco pernoctaron junto a Deysi durante aquellas tensas horas. Miriam, la delegada de las mujeres, combate el frío con una chompa que le cubre hasta más allá del tronco Su cara es muy delgada. Lana e hilos se deslizan entre los dedos de las manos de sus compañeras. Una uniformada teje con ellas mientras las vigila.
“Cuando ocurrió todo –hace memoria Miriam–, estábamos cocinando. Vimos humo afuera. Los policías corrían por el techo. Escuchamos muchos gritos. Fue terrible. Hubo una turba de internos. Los manifestantes entraron a saquear las celdas. ‘Van a venir los Ponchos Rojos’, nos decían. Pero no nos movimos. Poner un pie fuera de aquí, significa un castigo”.
Fue un caos. Las reclusas sacaron de sus piezas ollas, radios y algunos enseres personales. Y salieron del penal durante algunos minutos, pero únicamente para poner en resguardo a sus hijos. “Era peligroso. Tuvimos que apagar incluso una garrafa de gas que estaba ardiendo con una frazada. Hasta hoy, cuando retumba algún petardo cerca, nuestros niños se asustan. ‘¡Se viene la capitalía!’, gritan, y quieren esconderse dentro de las celdas”.



El falso policía

Aquel 25 de noviembre, el mayor Grover Barea, de 40 años, que está encargado de la seguridad de San Roque desde el 2006, se hallaba acuartelado por los disturbios dentro del Comando Departamental de la Policía. “El problema se inició a las nueve de la mañana. Según los informes, grupos de manifestantes pasaban por el frontis arrojando objetos contundentes y bombas molotov, amenazando de muerte al personal de seguridad. Más tarde, la población penitenciaria se amotinó”.
En las fotografías que se tomaron tras la surrealista jornada, puede apreciarse que los cerrojos permanecían intactos. “Lo que hicieron fue arrancar la puerta de un costado –aclara Baera–. Nos robaron una metralleta, uniformes y otras armas. Entonces, di la orden a mis hombres de que se vistieran con ropa de calle”. A las 12:45 horas, pasó por el frente del penal toda la guarnición policial de Chuquisaca, que siguiendo las disposiciones de sus mandos superiores se estaba retirando a Potosí, dejando a Sucre sin fuerzas de seguridad pública. Los vigilantes de la cárcel, acosados de uno y otro lado, les dieron alcance al poco rato.
“Era día de visita, y ayudamos a salir a alguna gente, atrapada en medio de los incendios. Algunos canales de televisión dijeron que habíamos incitado a los presos a fugarse, pero eso es todo mentira”.
Ninguno de los efectivos policiales de los destinados a San Roque resultó herido de gravedad. Pero el recluso Marco Fernández no tuvo tanta suerte. Él robó un chaleco antidisturbios y, cuando estaba huyendo, fue asaltado por la turba de manifestantes. Lo confundieron con un policía y lo lincharon. Lo patearon. Acabó en el hospital, en coma. Casi se muere.

Después de la tormenta

El 26 de noviembre, San Roque amaneció en calma, pero sin ninguna clase de resguardo policial. Algunos de los presos escapados, comenzaron a volver. “Félix Ocampo –cuenta Deysi Aguilar– me llamó para preguntarme si podía retornar porque los alquileres afuera eran caros”. Su caso fue el de muchos. Mientras, los reclusos se organizaron en varios grupos: unos vigilaban, otros se encargaron de la limpieza y los arreglos –no había luz– y otra parte salía a la calle a buscar comida. “Aunque algunos vecinos nos trajeron también té y algunos víveres”, reconoce Rómulo Cahiuara, con una sentencia de 15 años por violación.
En los patios, parecía que había pasado un huracán. A varios de los presos les robaron sus ropas, sus radiecitas y sus televisiones. Y, a lo largo de la mañana, llegaron las primeras amenazas telefónicas. “Eran de los presos que se habían ido. Decían que nos matarían si no nos íbamos”, apunta Richard Gutiérrez, con una pena de 13 años y cuatro meses por una violación.
Ante esa situación de alarma, Deysi Aguilar dio permiso a los que quisieron para marcharse a sus hogares hasta que todo se normalizara. “Venían nada más a la mañana y la tarde a firmar en un libro de actas. Eran puntuales. Los taxistas me contaban que les decían: al penal, tengo que estar a las 8:30 en punto, por favor”.
Las mujeres fueron acogidas durante ése y los siguientes días por evangelistas, hasta que la Policía finalmente retornó. Eso fue el 29 de noviembre. La madrugada anterior, Julio César Hervarey, sentenciado a cinco años por abuso deshonesto, despúes de haber sido custodio del penal durante los momentos de mayor zozobra, desapareció. Según Aguilar, lo encontraron trabajando como efectivo de seguridad en un local nocturno. “Hay que comprender. Muchos reos necesitan plata para mandar a sus familias”, justifica la directora de Régimen Penitenciario.



Entre cuatro paredes

Hoy, entre las cuatro paredes del penal, la vida continúa. Su población actual es de 90 reclusos, y parte de los reos que se fugaron han sido ya recapturados. Según un informe de la Dirección General de Régimen Penitenciario, en las 54 cárceles del país el 40 por ciento está preso por la Ley 1008 –vinculada a los asuntos de narcotráfico–, el 12 por ciento por violencia, el 9 por ciento por asesinato, el 12 por ciento por robo agravado, el 9 por ciento por asesinato, el 5 por ciento por homicidio y el 22 por ciento por otros delitos.
En mayor o menor medida, en San Roque estas cifras se repiten. La mayor parte está retenida por tráfico de estupefacientes y muchos permanecen allá ya desde hace meses de manera preventiva, sin que se haya emitido su sentencia.
No es el caso de Modesto Wilca, de 35 años, con condena por tráfico de estupefacientes, quien en su pequeña celda tiene gomas, tiras de cuero, martillo y otros materiales y herramientas repartidos en diferentes estanterías de madera. Con todo eso trabaja para la reducción de su pena. Hace sandalias para luego venderlas a una mayorista del exterior.
“Ojalá nos den algún tipo de beneficio por habernos quedado en el penal el pasado 25 de noviembre”, reclama. Wilca se refiere a un proyecto de ley que ha sido enviado ya al Congreso solicitando el indulto para 14 reclusos y la reducción de penas para otros 29.
Cuando salgo de su pieza, Willca saca un cuchillo para dar los últimos ajustes a un calzado. Desde que se evadieron de San Roque los presos conflictivos, esta clase de “armas” no representan un problema. Los mismos presos se encargan de la disciplina. Dicen que no desaparece ni un jabón, que todo está tranquilo.

Premios y castigos

Willy Iván Guzmán, de 34 años, sentenciado a 10 por narcotráfico, atiende un pequeño negocio de abarrotes en su celda. Vende sodas, chocolates y otros productos similares. “La vida es dura acá –me confiesa–. Aún me falta por cumplir más de nueve años, pero decidí permanecer aquí aún teniendo la oportunidad de ser libre. Lo hice pensando sobre todo en mi familia”.
Willy escucha música en unos audífonos mientras acullica hoja de coca. Y, como muchos otros, piensa que su actitud el pasado 25 de noviembre se merece un premio. “En este mundo, el que no cae resbala y al que no resbala otros lo empujan. Todos pueden terminar algún día entre barrotes. Por eso, las autoridades deberían tomar en cuenta lo que hicimos, nuestro valor civil. Si no lo hacen, a lo mejor vuelve a ocurrir lo mismo y nadie se queda”.
En el penal, lo peor es la monotonía. Cada jornada es un calco perfecto de la anterior. A la mañana: conteo, desayuno y almuerzo. A la tarde, la inversa: tecito, conteo y vuelta al catre. Las visitas son martes, jueves, sábados y domingos. Pero algunos, como Pablo Ortega, que está en San Roque por homicidio, no las reciben muy a menudo. “Yo no soy de Sucre, soy de una comunidad que está lejos de aquí. Tengo ocho hijos, y sólo a veces viene mi mujer con alguno de los chiquitos”, dice.
Ortega pareciera que está en la misma posición desde que entró a su celda, hace ya un año y tres meses. Peina canas, y lo habitual es verle sentado encima de su cama de una plaza, pues su pieza es a la vez taller y dormitorio. Él, como otros, elabora abarcas.
Dentro de las rutinas carcelarias, las partidas de cartas, el deporte en las canchas y los juegos de cacho son lo habitual. “Tampoco hay mucho más que hacer”, reconoce un lacónico Ortega.

Epílogo

Desde lejos, al final de la calle Bolívar, el penal de San Roque parece una casa de muñecas. Sus paredes blancas –de ladrillo por fuera y adobe por dentro– están descascaradas. Hay cinco torres de vigilancia y 42 policías, que se distribuyen en dos grupos. Es decir, toca a poco más de cuatro reos por cada efectivo. Para una cárcel en la que casi la mitad de sus reclusos no escaparon cuando no había vigilancia quizá sea más que suficiente.
Un ejemplo vivo de semejante circunstancia es José Luis Aranda Andia, que vio la libertad a un solo palmo de su cara, pero prefirió las humedades de su celda. Allá están sus compactos de Vivaldi y de Beethoven. Allá está su computadora, en la que realiza transcripciones para sacarse algunos pesos. Allá está también su casa. Y no podía ser de otra manera luego de 25 años de reclusión indefinida.

LAS MADRES



Autor: Álex Ayala Ugarte

LAS AMO

Amo a las madres porque lo son en todo momento –nunca toman vacaciones, ni siquera cuando están enfermas–. Porque no les importa que sus hijos sean drogadictos, vagos o neoliberales –lo que es casi pecado un pecado en Bolivia en los tiempos que corren–. Es decir, los quieren sin condiciones. Las amo porque se sacrifican por sus retoños como nadie, afrontando incluso complicados caminos como el de la prostitución con tal de llevar un pan a casa. Amo a las madres que cargan con su hijo a cuestas todo el día, porque son las más conscientes de lo “pesado” que resulta el tema de la crianza. Amo a las que dan buenos consejos, a las que no consienten a sus hijos y a las que son capaces de decirles “no” a pesar de sus lloriqueos en plena vía pública. Amo también a las madres porque su cariño es mayor que la exactitud de un matemático, porque no lo dan a crédito –no esperan nada a cambio– y porque, aunque su hijo sea el más feo del mundo, para ellas siempre será un ser hermoso. Amo a las madres que son capaces de criar a niños que no son suyos –un ejemplo: La Virgen María–. Y amo a las que saben hacer buenos postres, a las que tejen una chompa en menos de un día y a las que se dejarían cortar un brazo para dárselo a sus hijos si en algún momento hiciera falta.
Amo a las madres que trabajan y a las que obligan a sus parejas a cumplir con las responsabilidades del hogar que les corresponden. A aquellas que decidieron traer a un niño al mundo a pesar de haberse quedado embarazadas siendo adolescentes. A las que se levantan a las seis de la mañana para hacer los desayunos y se acuestan después de media noche tras haber ayudado a sus pequeños a hacer las tareas de la escuela. Amo igualmente a las que no estudiaron de jovencitas y se animaron a sacar el título de bachiller siendo ya mujeres adultas. A las que perdieron a sus hijos por culpa de las dictaduras. A las que no permiten las injusticias. A las que no se dejan maltratar y a las que son capaces de cortar testículos, penes y otras menudencias para que se les respete. Y amo a las madres coraje, a las madres pacientes y a las madres que avanzan en contra de la corriente.
Amo, asimismo, a las madres modernas, pues son capaces de irse de copas hasta con sus propios hijos y no les da vergüenza explicar cómo colocar un preservativo. Amo a las que se sacrifican para que sus niños disfruten de mayores comodidades de las que tuvieron ellas. A las que aprenden a confiar y no están todo el rato subrayando los errores de sus hijos. A las autosuficientes. A las que no llaman a sus respectivas mamás cada vez que surge un problemilla. A las que no descuidan su cuidado –físico y psíquico– después de tener un bebé. Y a las que se sacan el carnet de conducir para no depender de su marido. Amo también a las madres que son capaces de candidatear para ser diputadas, senadoras o presidenta. Las amo por animarse a tomar una decisión tan valiente. Sobre todo, en Bolivia, porque ser congresista hoy es casi sinónimo de confesar que uno tiene rabia o lepra.
Finalmente, les dejo con una frase que encontré en la internet sobre las madres: “El amor de un hombre por su enamorada es el mayor; por su esposa, el mejor; y por su madre, el más duradero”.

LAS ODIO

Odio a las madres que no están a la moda a la hora de escoger ropa para sus hijos, pues les hacen ir al colegio vestidos como principitos, marineritos o como seres que parecen de otro mundo. Odio que las niñas quieran ser madres, que las madres quieran ser abuelas y que las abuelas se comporten como niñas con sus nietos. Es decir, odio que las mujeres nunca estén conformes con nada. Odio a las madres sobreprotectoras, que continúan haciendo el desayuno a sus hijos aun cuando estos han sobrepasado ya los 30 años. Odio a las madres que buscan que sus niños se conviertan en estrellas. A aquellas que, por ejemplo, hacen modelar a sus retoños desde temprana edad únicamente para satisfacer su ego. Y odio a las personas que se comportan como madres sin serlo –vecinas, amigas, conocidas, compañeras de trabajo, hermanas, etcétera–, porque madre, ya lo dicen las voces y los refranes populares, no hay más que una, y con una es más que suficiente. A veces, incluso, resulta hasta demasiado.
Odio también a las madres primerizas. Sobre todo, porque, durante su embarazo, están el día entero tocándose la panza, porque usan tops que dejan ver la enorme bola de carne que crece en sus entrañas, porque todos los niños que ven por la calle les parecen lindos, porque su único tema de conversación es su futuro hijo y porque parece que, durante los meses de gestación, no existe vida para ellas. Y, hablando en un plano un poco más general, odio a las madres que sacan sus senos lechosos en cualquier sitio para amamantar a su criatura en público; a las que andan con sus carritos como si los peatones comunes no existiéramos; a las que menean a los chicos para hacerlos dormir –yo no me podría dormir con tanta sacudida de por medio–; y a las que no controlan a sus pequeños y les dejan hacer tantas fechorías como se les ocurra. Esto último, además, me parece algo inadmisible, pues hay que tener en cuenta que, después del hombre, el ser más cruel que existe en el planeta es el niño, por lo que un chiquillo andando “sin correa” es un peligro en potencia.
Odio a las madres que siempre andan jodiendo, incluso cuando uno ya es adulto. A las que te dicen una y otra vez que te ates los zapatos, que te anudes bien la corbata y que te acabes toda la sopa, sin terminar nunca con su larga lista de quejas-sugerencias. Odio a las madres que abandonan a sus hijos, a las que traen niños al mundo para hacerlos trabajar, a las que nunca están en casa y confían la crianza de sus retoños permanentemente a una niñera de turno, a las que echan la culpa de todos sus males a sus hijos y a las que quieren ser padre y madre al mismo tiempo –de verdad, ya está bien de ser pluriempleadas–. Y odio igualmente a las madres que se convierten en terribles suegras que tratan de hacer huir constantemente a la pareja de sus hijos. Para terminar, haré una simple y breve reflexión. Siempre que se habla de desastres la expresión suele ser: “Ésta es la madre de todas las desgracias”. Nunca he escuchado a nadie hablar del “padre de todas las desgracias” –aunque sí de padres desg raciados–. Por algo será...

UN DIA EN EL UNIVERSO DE LA BASURA



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

Comienzo mi experiencia como recogedor de basura oliendo a champú –lo que en vistas a lo que me espera a lo largo de toda la mañana es casi un insulto–. Son las seis de la madrugada de un día cualquiera. Otros compañeros llevan ya levantados hace un rato. En llegar de sus casas en El Alto hasta los predios de Sabenpe –la empresa de aseo urbano que se encarga de la limpieza de la ciudad de La Paz–, ubicada en Bajo Llojeta, demoran al menos una hora. Y allí no da tiempo casi para nada.
Oberoles naranjas, barbijos, guantes, escobas y mantas para recoger residuos –palabra bendita en este caso, pues los desperdicios de muchos dan de comer a los trabajadores– pueblan la escena. Tan temprano, un café es lo único que acepta el cuerpo. Y una flota compuesta por cerca de 50 vehículos se alista desde las 6:45 para recorrer las principales zonas de la urbe, de norte a sur y de este a oeste. Su presencia verde contrasta con los tonos oscuros y apagados de los desechos. En una sola jornada se pueden llegar a recolectar hasta 400 toneladas –una auténtica locura–.


Cuerpos menguantes

El primer turno se inicia a las 7:00 en punto. El chofer que me han asignado es Ángel Rodríguez, de 42 años, quien maneja el camión como si fuese una prolongación de su mano. Somos tres ayudantes: Isidro Zabaleta, Juan Vargas y yo. La tónica son los cuerpos menguantes, menudos, con una falta de musculatura casi crónica, pero capaces de meterse dentro de contenedores, de hurgar donde se ocultan las miserias del hombre, en bolsas, en pequeñas montañas de olores nauseabundos y en tachos que se reutilizan una y otra vez para botar lo que, aparentemente, ya no sirve para nadie.
Sin los recolectores de inmundicias se volverían locos los grandes restaurantes, las pequeñas tiendas de barrio y las licorerías, pero también los ciudadanos de a pie, tanto los privilegiados como las parias, pues, cuando de desperdicios se trata, todos somos iguales: Los pobres generan tanta basura como los ricos.
Cuando se hace rastrillaje, entre tanto, uno puede hallar de todo, como en botica. “Desde un ombligo hasta bebés”, reconoce Isidro. Sin embargo, los sueldos de estas personas al servicio de todos, no están acordes a la dureza de la tarea. También son menguantes, y más ahora, cuando la inflación amenaza con volverse galopante.“Apenas nos alcanza. Además, nosotros pagamos los almuerzos de nuestro bolsillo”, lamenta Ángel desde el volante de la movilidad.



Pata de palo

A las 7:30 llegamos a la ruta que nos ha sido asignada: Villa Copacabana. En las laderas, microempresas contratadas por la Alcaldía ayudan con la limpieza. Pero el trabajo duro corre a cargo de Sabenpe.
Lo primero que alcanzo a recoger es un peine –un objeto bastante agradable, sobre todo teniendo en cuenta el magma de fragancias asquerosas y colores muertos que puebla muchos de los rincones del barrio–. Pronto la panza del camión se llena con toda clase de desechos: Cáscaras de huevo, cartones, peladuras de naranja, vidrios rotos y un larguísimo etcétera. Y mis compañeros, poco a poco, me van enseñando, con su buen hacer, las técnicas de este oficio.
Primera lección: los perros son nuestros enemigos –y dan ganas de quitarse de en medio a unos cuantos de un palazo (espero que me perdonen por semejante afirmación las asociaciones protectoras de animales)–. Me explico. Una de las labores más ingratas es el acopio. Es decir, el barrido de las basuras que andan desperdigadas por uno u otro lado. Y los canes son los principales responsables de que los diferentes restos no se encuentren donde debieran, dentro de bolsas o en los contenedores.
Segunda lección: vista de lince. En esta profesión, uno no puede distraerse ni un minuto. La basura es el objetivo, y puede estar colgada de un árbol –los hay originales–, detrás de un movilidad o en cualquier recoveco inimaginable; y no se puede dejar nada por el camino.
Tercera lección: tener cuidado. Al vehículo, a menudo, hay que subir en marcha. Y cuando se desciende hay que hacerlo con una leve inclinación hacia adelante para no caerse de un traspiés. No hay que bajar la guardia, sobre todo en lo referente a la prensa hidraúlica –esa parte del camión que se encarga de transformar los residuos en una mole–, pues son muchos los accidentes por un descuido. En las instalaciones de Sabenpe, sin ir más lejos, un hombre de mediana edad recorre el terreno con una pata de palo. Otros como él perdieron en su momento dedos y manos.
10:30 horas. Mi primera sorpresa desagradable se halla escondida dentro de un bote de pintura. Cuando lo alzo, una sustancia viscosa se bambolea en su interior. Son heces fecales. Pese al barbijo, una profunda arcada pide paso desde lo más profundo de mis entrañas. Así es la vida; y más en este oficio, en el que toca aguantar realmente de todo: polvo, barro, lluvia y hasta los bloqueos de vecinos ya cansados por la falta de gas o el aumento de la delicuencia.

La campana

Son las 12:00. Ángel recorre las laberínticas subidas y bajadas de Villa Copacabana de memoria. Se orienta mejor que los taxistas. Y reduce la velocidad cada vez que uno de los ayudantes toca la campana, cuyo sonido interminable, estridente a veces, resulta casi más emputante que los bocinazos de los minibuses, ansiosos por adelantar a nuestro carro. Pero su función es indispensable. Su sonido es la señal para que la gente saque la basura frente a sus puertas. Algunos lo hacen deambulando como almas en pena; otros reclaman de vuelta sus bolsas después de haberlas descargado; y los que no se apuran y tienen que correr después tras el camión para darle alcance. Más les vale: Abandonar los residuos a horas indebidas en lugares inapropiados acarrea una sanción que oscila entre Bs 200 y Bs 1.000.
13:30 horas. Es tiempo para un almuerzo rápido, violento: entrada, sopa, segundo y refresco por Bs 5. Después, tras una hora más de intensas labores de limpieza, mientras el carro se dirige hasta el vertedero de Alpacoma, empiezan a sentirse los primeros daños colaterales: macurca, picores en el cuerpo y un ligero dolor de cabeza por el sol implacabale de la jornada.

Epílogo

16:00 horas. Isidro, Juan y Ángel se dirigen a las duchas. “Sólo dos funcionan”, reclama Ángel. Paradójicamente, los hombres “más limpios” de La Paz deben hacer fila para eliminar de uno en uno los olores de la basura. “Luego, nos retiramos a descansar”, dice. Y otra vez comienza el ciclo: ellos duermen mientras la ciudad se ensucia.

CAMBIO DE IDENTIDAD: EL DIA EN EL QUE ME TRANSFORME EN VICTORIA



Texto: Álex Ayala Ugarte (Victoria Galán) / Fotos: K. Patón y D. Galdieri

La noche de mi transformación comienza una fría tarde, una tarde de invierno, la tarde del 28 de junio de 2008. Son las 16:00 horas. Me encuentro en la calle Junín (La Paz), frente a una puerta metálica verde. Carlos Parra, cuyo nombre artístico es París Galán, aún no ha llegado. Su impuntualidad es muy femenina. Le gusta hacerse esperar siempre unos minutos. Pero casi nunca falta a una cita.
Carlos aparece en un taxi blanco. En su pelo, teñido de rubio, asoman ya algunas canas. Dos imperdibles hacen de aretes en sus orejas. Sus lentes son menudos. Sus ojos, oscuros. Sus gestos, de diva. Usa una pañoleta de colores y pantalones que se ajustan levemente a su figura. Cuando me ve, se peina con un rápido movimiento de su mano derecha y me invita a pasar. “No te has rasurado”, observa. “Traje unas cuchillas”, digo. Y tras atravesar los pasillos del conventillo donde radica, me introduce en el cuarto que tantas veces le ha servido de guarida.
Su habitáculo parece un santuario. Dividido en dos ambientes, resalta una colección de sombreros en el primero. También, una foto en blanco y negro, de medio cuerpo, de su madre, una señora de pollera que murió hace ya 10 años y a la que Carlos pone una vela todos los lunes.
En el espacio contiguo, una secuencia de imágenes de París con tocados de flores, vestidos y una lluvia intensa de tonalidades ameniza las paredes. Carlos sintoniza su televisor en Ritmo Son Latino. Luego, busca conjuntos de ropa para que me pruebe. Es la hora. Me rasuro, me lavo la cara y se inicia mi metamorfosis.


En el cuerpo de otra

16:30 horas. Un vestido color manzana, otro elaborado con amarillos y naranjas, plataformas, pestañas postizas, colorete, lápiz labial, esponjas... Los sillones de la casa de París se llenan poco a poco con vestuarios extravagantes, pelucas rebosantes de clase y botas de tacos interminables. Alisha llama al timbre.
Alisha es el “nombre de guerra” de Andrés Mallo, arquitecto y artista de 27 años que se encargará en un rato más de mi maquillaje. Andrés tiene unos intensos ojos verdes, el pelo casi al cero y un cuerpo que responde a la estética gay más tradicional, bien cuidado y atractivo. Sin embargo, no está de acuerdo con las etiquetas que hasta hoy siguen vigentes. “Si no te vistes bien, si no eres una persona pudiente, si no te comportas de una determinada manera, eres el excluido”. Por eso, siempre que puede recurre a la provocación. Es entonces que Andrés se vuelve pura seducción. Muere su otro yo y Alisha es la encargada de recoger el guante.
Para que aparezca Alisha, Andrés y el espejo se hacen uno. Pueden estar 45 minutos frente a frente y dar la sensación de que apenas han transcurrido unos segundos. Andrés conoce casi de memoria la casa de París, y no duda en robarle un poco de base sobre la que se afianzará el resto del maquillaje. “Gasto mucho en cosméticos, pero es nomás satisfactorio”.
Primero, delinea. Después, se concentra en los detalles, en lugares como labios y pestañas. Y más tarde, bajo la luz de un tubo blanco de neón, da paso al rubor, que regala un poco de calor a su tez clara.
18:00 horas. Es mi turno. En un rato más seré una persona en el cuerpo de otra. Me convertiré en Victoria. “Es cuestión de crear un personaje –me explica Alisha–, que tu rostro masculino se vuelva femenino, andrógeno, animalesco... que llegue a resaltar el momento personal que estás viviendo”. Mis cejas enseguida se pierden en un profundo blanco. Alisha dibuja espirales sobre mi piel. En menos de media hora estoy completamente transformado. París, para terminar, me pone las pestañas, que alargan varios centímetros mi mirada. Luego, me acomoda el panty, me ayuda a introducirme en un vestido resultón y termina por colocarme un tocado blanco y rosado. “Estás divina”, me dice.
Mientras yo me cambiaba, Alisha ha resuelto su transformación. Sus plataformas de 30 centímetros han elevado elegantemente su estatura. Con la peluca, de un rubio perfecto, parece estrella de cine.
Una mueca de satisfacción recorre sus mejillas. Ama su cuerpo, ama su personaje, pero no siempre fue así. “Mi destape ocurrió cuando tenía 21 años. Hasta ese momento, estaba atrapada por las estructuras. Yo pertenecía a una congregación religiosa y fue algo difícil. Mi madre aún piensa que únicamente estoy mal influenciado por mis amigos, que me voy a casar para tener hijos”.
A las 19:30 salimos a la calle. Se nos acaba de unir hace unos minutos K-os Galán (Susanna Rance), una británica de 56 años, de pelo blanquísimo, que ha llegado vestida de diablo. Irreconocible.
Si fuéramos fieles a las definiciones convencionales, se podría decir que somos transformistas, pero la unión de esta familia, la Familia Galán, va más allá de las clasificaciones más habituales.
Acá nadie pregunta si uno es gay, lesbiana, bisexual, “trans”, travesti o heterosexual. El espíritu presente es la libertad plena, y los cuerpos trascienden el simple hecho de ser hombre o mujer, la masculinidad y la femineidad, los roles asignados. Los cuerpos son “políticos”, cuestionan, transgreden, se apropian de los espacios urbanos con su discurso.


En familia

Mis primeras sensaciones dentro de mi otro yo, Victoria, son torpes. Mis pestañas postizas chocan con mis lentes y me los quito, me siento en la movilidad abriendo las piernas vulgarmente y camino torpe con mis tacos, a pesar de que no superan los 10 centímetros. Pero mi incomodidad entra dentro de la lógica. “Nosotras –me confiesa París– cuando comenzamos los performances no sabíamos ni pintarnos”.
La Familia Galán tiene su origen en cuatro chicos –Los Galán– que en 1997 comenzaron a hacer shows de transformismo cada dos semanas en una discoteca. “Se llamaba Bronx, estaba en Sopocachi, escondida detrás de una iglesia. Abría de noche, cuando ya estaba todo oscuro. Tú tocabas la puerta y te atendían desde una pequeña ventanita. Decías la palabra clave y entrabas”, recuerda París.
París nunca tuvo que “salir del closet”. “Yo nací en Oruro y a las 12 años ya estaba como pareja de hecho con un muchacho de 17. Teníamos relaciones y nunca me sentí obligado a dar explicaciones a nadie”.
Por su parte, David Aruquipa (Danna Galán), de 36 años y Director General de Patrimonio del Viceministerio de Cultura , quien en 2001 se unió a París para armar un proyecto conjunto que desembocó en la creación de la Familia Galán, vivió un camino más largo. “Mi madre sufría por mi condición de gay y falleció cuando yo contaba con 16 años. Durante una larga temporada, me sentí culpable. Pensé que había acelerado su enfermedad. Quería subsanar la situación, tratar de cambiar, y conocí a una mujer. Tuvimos un hijo que ahora tiene 17 y vive conmigo y mi pareja hombre. Los tres hemos construido una nueva forma familiar”.
A la Familia Galán, uno entra y sale cuando le parece. Ni todos se transforman, ni todos comparten las mismas opiniones ni existen obligaciones. No hay un plan fijo. Sus acciones, a veces, se deciden en farras de fin de semana. Su objetivo: ganar espacios dentro de la sociedad; perturbar; provocar; dar una visión crítica, pero desde una mirada multidisciplinar.
Para Susanna Rance (K-os), la Familia Galán es hermandad, cariño, diversión, joda y locura. “No tenemos estructura, no somos una institución. Somos anárquicas, frívolas, caprichosas, vanidosas, absurdas... Somos parte de un fenómeno postmoderno de corporalidades, de representación de la sexualidad diversa. Y como movimiento con una acción política somos no-lineales, nada racionales”.
Su presencia desde 2001 es permanente. La Familia Galán baila en el Carnaval de Oruro, se hace fotos constantemente, se apropia de las calles, presenta obras de teatro, organiza encuentros... y ha participado en importantes foros sociales como el de Porto Alegre (Brasil, 2005) o el de Caracas (Venezuela, 2006).
20:00 horas. Mis latidos –todavía soy un inexperto como Galán– son violentos, nerviosos. Al entrar al paseo de El Prado una multitud nos rodea. La gente aplaude, nos acecha, y comienza a hacer preguntas: ¿Cómo se puede andar con esas botas? ¿Quién les ha enseñado a maquillarse? ¿A qué hora comienza el desfile?


El desfile

Hoy es una fecha especial. Una ordenanza municipal de La Paz acaba de declarar el 28 de junio como “día de la no discriminación a las diversidades sexuales y genéricas”. Se ha armado una gran tarima para la ocasión y un desfile lleno de vistosidad se apropiará en un rato más de toda la avenida. Organizada este año por la Dirección de Derechos Ciudadanos de la Alcaldía y la institución Adesproc-Libertad –que defiende los intereses de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales– y organizaciones afines, la marcha supone un gran triunfo.
Hasta hace algún tiempo no era extraño que cualquier drag queen que pusiera un pie en El Prado fuera abucheada. La Policía reprimía. El 3 de junio de 1996 se produjo la primera gran redada en un bar de “ambiente”, en el Cherrys, que estaba ubicado en la calle Sucre. Según los testigos, se detuvo a más de 200 gays, lesbianas y travestis en una supuesta acción antinarcóticos. Este tipo de operaciones especiales se volvió frecuente. Y la discriminación nacía incluso desde el interior del colectivo homosexual. “Visten como payasos y hacen quedar mal al resto, nos decían otros compañeros a los transformistas”, relata ahora David Aruquipa (Danna).
Atrás quedaron ya muchos de esos episodios. En el Prado, viejitos, niños, adolescentes y hasta borrachos se acercan constantemente para tomarse fotos a nuestro lado. Son las 20:30. No hay aún atisbo del desfile y, como Familia Galán, comenzamos la conquista del suelo que pisamos.
A la gente se entra primero por los ojos, generando curiosidad en ella. Luego, por la palabra. “Somos seres biológicos, como cualquiera de ustedes”, explica Alisha contorneando magníficamente sus caderas mientras camina. Y París, a mi lado, con trazas de morenaza espectacular, se desvive por dar explicaciones similares.
“En Europa, el transformismo es objeto únicamente de farándula. Tiene que ver sólo con la vida nocturna, con ciertos boliches muy específicos. Allá no se ha llegado a armar una propuesta, no se emplea los cuerpos para transmitir una idea”, me hace notar Aruquipa.
Instantes después, París me increpa en tono de broma: “Mucho has besado ya, loca”. Mi labial ha perdido intensidad fruto de los pedidos de beso de muchachas a las que apenas les han comenzado a crecer los senos. Y los comentarios, que se suceden uno detrás de otro, me hacen sonrojar: ¡Qué lindos ojos! ¿Me puedo ir contigo?
Mi ego aumenta y, con más seguridad, comienzo a despachar mis mejores sonrisas. Estamos generando más expectación que un equipo de fútbol. “¡Aberración!, insulta un señor al pasar frente a mi estilizada figura. Muchos de los presentes le silban, y tiene que acabar huyendo bajo una lluvia de gritos que piden que se vaya.
Salir a la calle transformados, sin lugar a dudas, es una actitud valiente. Las amenazas son frecuentes. David Aruquipa (Danna) y Carlos Parra (París) las reciben habitualmente vía e-mail. Algunos correos son avisos de muerte; otros, textos más o menos ofensivos; y algunos miembros de la Familia Galán han sido golpeados en espacios públicos.
“Lo que es triste para mí es que son otros gays y lesbianas los que nos mandan anónimamente los mensajes. ¿Por qué? Debe ser envidia”, dice Aruquipa.
21:00 horas. El desfile se aproxima. La Familia Galán decidió no participar porque sostiene que la convocatoria se ha “institucionalizado”. “No basta con bailar y verse bonita. Para nosotras es importante hablar con la gente”, comenta París.
Travestis con siluetas de infarto y senos de fantasía se hacen dueños de la calzada. Gays y lesbianas secundan sus bailes con proclamas y pancartas. Otros transformistas hacen su entrada sin reparar ni en París, ni en K-os, ni en Alisha ni en mí, como si fuéramos entes invisibles.
Entre ellos, Sasete La Diva, perteneciente al grupo Las Divas. Sasete es el personaje que oculta el verdadero rostro de Rodolfo Vargas, de 32 años, ex profesor y actualmente miembro de una ONG que trabaja con temas de activismo y la problemática del sida. Exhibe un vestido de un rojo provocativo. Es un auténtico espectáculo, puro glamour.


Las Divas

En una entrevista, hace ya algún tiempo, París Galán enumeraba los problemas de su grupo: el acoso, la envidia, el hurto de maquillaje, el robo de maridos, los correos electrónicos hostigadores, los mensajes patéticos a celulares de otros gays o “trans” que no aceptan nuestra fama... Y como solución planteaba “la divina indiferencia”.
Pues eso mismo, divina indiferencia, es lo que muestran hoy Las Divas hacia la Familia Galán. Las Divas nacieron en 2006 como una escisión de la Familia. “Hubo roces. París y Danna eran muy políticas y otras componentes y yo preferíamos cultivar más lo artístico –explica Sasete–. Por otro lado, la Familia Galán se automargina. No está con el pensamiento del resto de colectivos, y éso es dejar en un costado al resto de la gente que está trabajando en favor de nuestra causa”.
“Cuando nos encontramos –añade–, se produce a veces un enfrentamiento verbal. Ellas empezaron a echarnos mala fama. Y es por eso que no hablamos mucho, ni siquiera nos saludamos”.
Pese al distanciamiento, sin embargo, Las Divas mantienen buena parte de la propuesta estética de la Familia Galán: elaboran performances, obras de teatro y actividades similares donde el cuerpo es una excusa para posicionar diferentes posturas. “También tenemos un programa de radio en la Wayna Tambo, una emisora de El Alto”.
En el desfile, Sasete (Diva) y yo (Galán), como se podía preveer, no intercambiamos ni una palabra. En la intimidad de su casa, en la avenida Arce, Rodolfo Vargas es petiso, una persona de ésas que si te las encuentras por la calle causan indiferencia. Pero transformado es un ser hermoso, exagerado, que observa a los demás desde las alturas.
“En Colombia comencé a descubrirme y a aceptarme –me relataría su historia tres días después de la marcha de El Prado–. Fue entre el 97 y el 2002, pues me dieron una beca para estudiar filosofía. Yo nací en Yungas. Antes de viajar me había planteando incluso la entrada al seminario. Mi familia es muy católica. Somos cinco hermanos, y sólo mi mamá sabe a cerca de mi condición sexual”.
Cuando ejercía de profesor, a Rodolfo lo echaron de un colegio porque varios padres de familia le sorprendieron en un acto como el que ahora compartimos y se quejaron. Poco le importó. En su interior, Sasete La Diva acabó por imponerse.
22:00 horas. A estas alturas, siento ya mi cuerpo como una trastienda misteriosa que todavía no había sido descubierta. Comprendo un poco más a París y a Alisha. Transformarse va mucho más allá de la diversidad de género. Es un encuentro con ese otro yo que todos llevamos dentro. Triturar esquemas. Es por eso que entre las drag queen hay homosexuales y heterosexuales.

Puntos de encuentro

La nueva Constitución –que aún está pendiente de aprobarse– prohíbe, entre otras cosas, que las personas sean discriminadas en base a la orientación sexual , pero no reconoce matrimonios fuera del patrón hombre-mujer. Hay pasos hacia atrás y pasos hacia adelante.
Mientras tanto, locales como el Punto G y la cafetería Vox sirven de puntos de encuentro para gays, lesbianas, bisexuales, travestis, transformitas y transexuales. “No sé hasta que punto esto es positivo. Pues movernos como gueto es fomentar la segregación –señala David Aruquipa (Danna Galán)–. Por otro lado, colectivos como el de los travestis, que ya de por sí están discriminados laboralmente, tienen vetada la entrada en muchos de estos lugares”.
Desde Adesproc-Libertad, organización encargada del desfile de este año, se reconoce esta situación. “Hay travestis conflictivas, que buscan pelea, que te pildorean, que portan armas y se vuelven peligrosas, aunque no son todas”, dice Alberto Moscoso, director de la institución. “Pero, como grupo –continúa–, tratamos siempre de tener la iniciativa, de generar espacios de igualdad”.
En el pasillo que conduce a su oficina, varios carteles anuncian convocatorias para talleres sobre género, sida, diversidad sexual y otras materias. Allá, los muchachos andan de la mano, sin miedos ni complejos. Amor libre.
Entre los éxitos de Adesproc, por mencionar alguno, está la viabilización de la ordenanza municipal en contra de la discriminación a las diversidades sexuales y genéricas. “Para nosotros esta medida un logro grandísimo –apunta Moscoso–. Si las políticas a nivel departamental dan un giro, también las estatales pueden hacerlo”.

Epílogo

23:00 horas. Poco a poco, me alejo del desfile. Abandono a la Familia Galán. Mi chica me presta su abrigo de piel y en tan solo dos minutos me llegan alabanzas por usar tan acertada prenda. “Yo llevo dos horas aquí y nadie me ha piropeado por llevarla”, lamenta ella.
De camino a una fiesta privada, ya en un taxi, ajeno a las miradas por unos instantes, algunas calles lucen atestadas de muchachos y muchachas que caminan con sus trajes de gala. La noche ha vomitado ya sus primeros borrachos. Y en cuanto abro la puerta de la movilidad, otra vez con ojos sobre mi figura, me vuelvo a apropiar del espacio urbano. Pienso que si empezara a dar un discurso, todos harían un semicírculo alrededor para escucharme.
Ya en la fiesta, me despojo de mi vestimenta. Si no fuera por la capa de pintura que cubre aún mi rostro, volvería a envolverme en el anonimato de costumbre.
Cuando regreso a casa, trato de eliminar los rastros de maquillaje. Dos días después, todavía quedan algunas marcas. Victoria se resiste a abandonar mi cuerpo...

LOS NIÑOS



Autor: Álex Ayala Ugarte

LOS AMO

Amo a los niños por ingenuos, porque son capaces de creerse que llegaron al mundo gracias a una cigüeña que los trajo de París –en los tiempos de globalización que corren, además, esta teoría se ha vuelto bastante consistente–. Porque tienen en el lloriqueo un arma infalible, con la que dan a entender que sufren por hambre o sed, que están enfermos o que simplemente tienen ganas de joder. Porque son como un maniquí para los adultos: les vestimos, les hacemos peinados ridículos, les exhibimos a amigos y vecinos... y nunca se quejan. Los amo porque son la excusa perfecta para no asistir a citas y reuniones aburridas. Basta con decir que están enfermos y uno se puede escaquear. Los amo porque son unos estrategas natos, capaces de convertirse con una sola sonrisa en el centro del universo –aunque esta habilidad va perdiéndose paulatinamente con los años–. Los amo porque no tienen que hacer ningún esfuerzo para satisfacer sus necesidades –comer, vestirse, asearse, beber–, por lo que son la envidia de todos los solteros que ya no viven con sus madres. Porque cuando les preguntas sobre cosas profundas, como acerca del amor, te responden ocurrencias como éstas: “Amor es cuando alguien te incomoda y tú, aunque estás muy enojado, no gritas, porque sabes que puedes herir sus sentimientos (Mateo, seis años)”; “amor es cuando una niña se coloca perfume y el niño se coloca loción para después afeitarse, ellos salen juntos y se huelen” (Carlos, cinco años); “amor es cuando la mamá ve al papá hediondo y le dice luego que es más bonito que Robert Redford” (Cristina, ocho años).
Amo a los niños porque hay estudios científicos que aseguran que, gracias al amor, los niños engordan con más facilidad –y no quiero ser la causa de que se vean famélicos o enfermos–. Los amo porque no son racistas ni intolerantes, y se acercan por igual a altos, bajos, gordos, horribles y guapos. Porque atraen las carantoñas de las mujeres más despampanantes –ésas que lucen escotes infinitos–, siendo la envidia de los seductores más experimentados. Los amo porque uno no debería abandonar este mundo sin escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo.
Amo a los niños porque dicen lo que piensan, normalmente con premeditación y alevosía, y porque para una madre jamás hay niño feo. Los amo porque países como Japón, donde las mujeres esperan incluso hasta los 40 años para procrear, los necesitan con urgencia. Porque cuando son pequeños no pagan ni en los autobuses, ni en los aviones ni enlos museos –son insolventes pero hábiles–. Porque son buenos negociadores. Ejemplo: “me baño, pero me vas a comprar el último juego de la Play Station” (un niño cualquiera). Los amo porque son indefensos, porque no son nada por sí solos y necesitan de la ayuda de un adulto para salir adelante –nos elevan el ego–. Porque lo preguntan todo y nos hacen sentir importantes. Porque, como son uno aprendices, uno les mama sin problema. Amo a los niños, sí, pero no soy un pederasta ni nada por el estilo, pues ni me llamo Michael Jackson, ni me creo Peter Pan ni tengo un rancho denominado Nunca Jamás.

LOS ODIO

Odio a los niños porque son los más conservadores de la tierra –a las mamás no les dejan ir en minifalda y a los papás les dicen que la cerveza es pis de mula–. Porque no se callan ni aunque se lo pida el rey Juan Carlos de España. Porque a veces resultan tremendamente cansinos y no tienen ningún botón incorporado que permita “apagarlos” un ratito. Porque son pequeños diablitos con piel de cordero, capaces de dar de fumar a un murciélago y de romper y destrozar todo lo que encuentran por su camino para después poner cara de angelitos. Los odio porque es un sufrimiento atroz parirlos –y éso los hombres no lo toman en cuenta a la hora de concebirlos–. Porque van de un lado para otro como poseídos hinchando las bolas y haciendo miles de ruidos. Porque cuando son recién nacidos parecen discapacitados, y son incapaces de hacer nada por sí mismos. Porque en la primera etapa de su vida cagan más que un caballo con diarrea y porque, cuando les estás cambiando, te mean en plena cara.
Odio a los niños porque cuando crecen un poco más se vuelven malcriados. Porque lo preguntan todo como si uno tuviera cara de diccionario de bolsillo. Porque por la sociedad en que nos encontramos se han transformado en devoradores de comida basura. Porque no se alimentan con productos saludables sólo por una cuestión de formas y colores –les repugnan, por ejemplo, las ensaladas únicamente porque son verdes–. Los odio porque no se separan de la falda de sus madres. Porque cuando se lavan la cabeza se la dejan con jabón y hay que meterles a la ducha de nuevo. Porque se han convertido en adictos a la televisión y las consolas de videojuegos y ya no disfrutan de la convivencia de barrio. Porque son expertos en ensuciarse –y en hacer que otros laven su ropa–. Porque parece que nunca tienen la culpa de nada –ni siquiera cuando se convierten en delincuentes juveniles, violadores u homicidas potenciales–.
Odio a los niños porque más que con un pan bajo el brazo llegan a este mundo a llenar de deudas a la familia. Porque para ellos el dinero es como un juguete. Por eso, no hay nada peor que llevarlos de compras. Lo quieren todo, hasta el dichoso muñequito que repite nada más dos o tres frases como si fuera tartamudo. Los odio por sus actitudes dominantes, porque quieren llamar la atención a toda costa, porque hoy en día son como pequeños dictadores hasta con derecho a veto a la hora de la toma de decisiones dentro del hogar. Porque son envidiosos por naturaleza, porque tienen celos hasta de su propia sombra y porque, pese a ser bajitos, no soportan que nadie esté por encima de ellos. Los odio porque confunden la sal con el azúcar y porque terminan encontrando siempre las tabletas de chocolate escondidas. Porque no pagan impuestos. Y porque cuando se caen comienzan a llorar sólo cuando les mira alguien –afán de protagonismo–. Los odio, sí, pero espero que con los nuevos avances de la ciencia se consiga, de una vez por todas, que nazcan más responsables y grandecitos.

EL SOLITARIO, EL CAZADOR CAZADO


Los procesos contra Jaime Giménez Arbe, quien era hasta hace un año el atracador más buscado de España, acaban de terminar. Sólo falta ya una sentencia. Ésta es la historia de uno de los delincuentes más astutos de la última década.
Asalariado de la mafia marsellesa, fan de Curro Jiménez –conocido bandolero ibérico–, “coleccionista” de mujeres extranjeras y atracador, “pero no asesino”. El perfil de Jaime Giménez Arbe (alias El Solitario) trazado por su abogado, el letrado José Mariano Trillo, agranda el esperpento en el que se está convirtiendo el caso del que era hasta hace muy poco el asaltante de bancos más buscado de España. Según Trillo, Arbe no ha matado (aunque está acusado de tres muertes); ha robado, pero para la “liberación del pueblo español”; está arrepentido; y culpa de su vida de truhán al sistema que lo encarceló a los 16 años por el hurto de cuatro guitarras y un equipo musical.
Arbe, pese a su instinto de cazador, pese a su habilidad para sorprender a sus presas, las entidades bancarias, fue detenido el 23 de julio de 2007 en Portugal. Estuvo encarcelado en la prisión lisboeta de máxima seguridad de Monsanto –que su abogado no dudo en calificar como “más dura que el centro de reclusión de Guantánamo”– hasta hace poco; y hace un par de semanas fue trasladado a España para enfrentarse a los jueces por un sinfín de causas pendientes. Sólo queda ya el último paso: que se emita una sentencia.

Modus operandi

A este delincuente, frío y calculador, se le atribuyen tres homicidios y más de 30 atracos en cinco años de actividad. Asesinó a dos guardias civiles en Castejón (Navarra, España) en junio de 2004. Presuntamente los mató porque iba sin peluca y podían identificarle. Además, se le atribuye también un muerto más en Vall d'Uixó (Castellón, España), donde se presume que asesinó a un agente de la Policía Local.
Arbe tiene ahora 52 años. Cometió sus atracos por toda España. Sólo robaba lo que había en caja. Su botín más alto fue de 108.000 euros y llevaba acumulados unos 700.000 en robos a entidades bancarias hasta que finalmente fue atrapado.
Su principal característica era que actuaba solo. No tenía ayuda de nadie. Utilizaba diferentes pelucas y barbas postizas. En contra de lo que se creía, es flaco, calvo, de estatura media y un hombre de buena presencia. Pero cuando entraba a robar en los bancos aparentaba ser grueso, melenudo y no dudaba en escarmentar con saña a los cajeros que trataban de impedirle su objetivo.
Según la Policía, él mismo se encargaba de estudiar las entidades bancarias que pretendía asaltar. Su trabajo era minucioso y concienzudo. Actuaba normalmente los jueves y los viernes, a última hora de la mañana, cuando las cajas de los bancos acaparan más dinero en efectivo. Sus presas preferidas eran las sucursales bancarias más desprotegidas, las situadas en pequeñas poblaciones rurales.
El Solitario, por otro lado, conocía a la perfección los fallos en los sistemas de seguridad bancaria, sobre todo en lo referente a la identificación de las cámaras y a las instrucciones de seguridad que reciben los empleados. Medía siempre muy bien el tiempo que debía permanecer en las entidades y la capacidad de respuesta policial.
Entre tanto,otra de las peculiaridades de este asesino eran las armas que le gustaba manejar. Además de pistolas, su preferida era un subfusil, su “guitarra”.

Una persona, 60 sospechosos

No fue fácil atraparle. En los últimos 14 años la Policía había investigado hasta a 60 sospechosos. Los frecuentes cambios de aspecto de Arbe y el hecho de que sólo actuara cuando necesitaba dinero, habían hecho difícil su detención.
Durante años, el trabajo de las fuerzas de seguridad fue intenso y los resultados, escasos. Se analizaron los días que atraca y a qué horas; y se llegó a pensar que se trababa de un preso que actuaba en los permisos penitenciarios. También, debido a su diestro manejo con las armas, que se trataba de un ex militar.
Pero nada de nada. Hasta que la investigación finalmente se encauzó gracias a la denuncia de uno de sus vecinos de un condominio situado en una zona privilegiada de Madrid, donde se le conocía como “homo brutus” debido a su mal carácter y a sus constantes groserías.
Este vecino vio un día por televisión las imágenes de uno de sus últimos robos. El golpe había tenido lugar el 18 de mayo de 2007 en Toro (España), y el vecino en cuestión se dio cuenta de que, pese al disfraz, los ojos y la mandíbula, el delincuente se parecía mucho Jaime Giménez Arbe, el “homo brutus”.
Se lo dijo a un policía amigo suyo y, tras ser identificado, Giménez Arbe fue sometido a vigilancia. En un momento, aprovechando que el sospechoso llevó su furgoneta al taller, se le colocó en el vehículo un moderno localizador.
En julio de 2007 el sospechoso viajó a Portugal. Se le siguió y enseguida se advirtió que el objeto del viaje no era otro que investigar distintas sucursales bancarias. Inmediatamente, La Policía española avisó a la portuguesa y se montó una operación conjunta a la espera de que Giménez Arbe actuara.
La oportunidad llegó el lunes 23 de julio, cuando el sospechoso se disponía a atracar fuertemente armado una sucursal bancaria de Caja Agrícola en la localidad portuguesa de Figueira da Foz . Unos 30 agentes participaron en el arresto, pero fueron seis los que se abalanzaron sobre él para impedir que sacara la pistola que llevaba en la sobaquera.

Una vida de película

Según testimonios de la Policía, Giménez Arbe, mal estudiante en el Liceo Italiano de Madrid, fue uno de los primeros “pastilleros” (consumidores y traficantes de droga) que hubo en España. Y por ese motivo, tiene prohibida a perpetuidad su entrada en Suecia.
De joven, le gustaban las motos y la música, y fue integrante de Los Rocker, una banda de música. En esa época –en torno a 1972 o 1973– trabó amistad con José Antonio Martín Gardoqui, baterista de la agrupación Burning; y Ambos tuvieron problemas con la justicia, acusados de asaltar con navajas a viandantes.
Quien con el paso del tiempo llegaría a ser El Solitario se casó muy joven con una finlandesa, a la que conoció en uno de sus muchos viajes al extranjero. Pero aquello duró poco. Más tarde contrajo nupcias con Anne, una británica de Manchester con la que en 1988 se asentó en un chalé adosado de la calle del Galeno, en una urbanización de Las Rozas (Madrid).
La madre de él, la maestra María Soledad, ayudó económicamente a la pareja, que pronto tuvo dos hijos. “Entonces parecían una familia normal”, recuerda una vecina, ignorante entonces de que Jaime tenía ya ficha policial en España, Reino Unido y Suecia. Anne, que ocasionalmente daba clases de inglés a algunos niños de la urbanización, se divorció hace tres años de Jaime y se fue a vivir a otro chalé con sus dos hijos (hoy ya unos jovencitos).
Jaime Giménez Arbe empezó a proveerse de las herramientas necesarias: pistolas, revólveres y metralletas, posiblemente inutilizadas, que él mismo se encargaba de restaurar en un taller montado a tal fin en los bajos de su chalé. Todo lo hizo de forma autodidacta, mediante libros, revistas y vídeos de armamento. En Estados Unidos compró un tubo apto para fabricar silenciadores y cañones de pistola. También consiguió chalecos antibalas y blindó con unas planchas de acero el respaldo y el cabezal del automóvil que empleaba en sus golpes por si tenía algún encontronazo a tiros con la Policía.
Durante años no llamó la atención de nadie. La barba postiza hacía que fuera irreconocible y llevaba siempre las palmas de las manos con esparadrapo para no dejar huellas. Si no llega a ser por el “chivatazo” de su vecino, ahora estaría con su amante brasileña disfrutando de la plata. Lo cazaron durante su último golpe, tras el asalto con el que pensaba retirarse, como suele ocurrir en las películas.

Con datos de ADN, El Mundo y varias páginas web.

lunes, agosto 25, 2008

"EVO MORALES VA A AGUANTAR HASTA EL FINAL DE SU MANDATO" (MARTÍN SIVAK)



Texto: Álex Ayala Ugarte

El periodista Martín Sivak estuvo en La Paz hace poco más de una semana para presentar su último libro, Jefazo, cuya primera edición se terminó en sólo 10 días en Argentina. La razón de su éxito es muy simple: Ha sido el primer comunicador en tener un acceso completo al presidente Evo Morales y su entorno. Es decir, un testigo privilegiado. En su texto, Sivak hace un recorrido por el pasado del actual mandatario, pero también refleja el día a día del Presidente en el Palacio Quemado. PULSO conversó con él sobre su obra y de la figura de nuestro primer mandatario.

–Usted es argentino, pero una buena parte de su trabajo periodístico se ha desarrollado en nuestro país. ¿Cómo comenzó su relación con Bolivia?
Llegué a Bolivia como mochilero cuando tenía 18 años. Como un amigo se enfermó busqué trabajó como corresponsal de diarios bolivianos en Argentina. En Presencia y El Diario no me aceptaron, pero sí en Hoy. Durante los primeros cinco meses comencé a escribir dos artículos que cambiaron mi relación con el país y mis intereses como periodista. Uno fue sobre el asesinato de Juan José Torres, que luego se transformó en un libro, y el segundo fue una entrevista con Evo Morales en Buenos Aires en agosto de 1995.

–¿Cómo surgió la idea de escribir un libro sobre el presidente Evo Morales?
La primera vez que pensé en escribir este libro fue durante la campaña electoral del año 2002. Yo estaba trabajando en un documental para la BBC y, junto al director del documental, seguí las últimas semanas de la campaña electoral y los días previos a la designación de presidente. Por diversas razones, la idea de un libro sobre él quedó en un limbo hasta el momento en que asumió la presidencia –en 2006–. Entonces, yo le dije que quería escribir un libro distinto, no una biografía clásica. Un libro distinto porque quería retratar su cotidianidad en el ejercicio de la presidencia. Por eso, pedí pasar tiempo con él en Palacio Quemado, asistir a encuentros con empresarios, con organizaciones sociales, a sus reuniones de Gabinete, participar de giras. Así, viajé con Evo Morales a África, a Estados Unidos y a algunos países de América Latina. También hice más de 100 giras por el interior de Bolivia. Quise ser un testigo. Para el primer capítulo de mi libro le hice algunas preguntas, pero después, me concentré en lo que fui viendo a mi alrededor.

–¿Piensa que ha habido cambios en Evo Morales tras su llegada a la presidencia ?
Evo Morales, en muchos sentidos, a aprehendido mucho, con “h” y sin “h”. En el tiempo que lo conozco no sólo se decidió a impulsar un instrumento político y a combinar la lucha sindical, la lucha en las calles, con la vía institucional. El Evo del 95 estaba centrado en un tema –la defensa de la hoja de coca– y en un territorrio: El Chapare. El Morales presidente, en contraste, tiene un proyecto de país que implica una cantidad infinita de responsabilidades que antes no había. De todas maneras, la sencillez, la escuela del sindicalismo campesino, la austeridad, las ideas, su carácter duro, su profundo anti norteamericanismo y su honestidad permanecen inalterables.

–¿Tuvo algún tipo de problema con el presidente a la hora de realizar su trabajo?
En la elaboración del libro no hubo problemas. En una ocasión, Evo se molestó con una pregunta que le hice en un viaje a Chile –lo cuento en uno de los capítulos–, pero nada más. Durante la elaboración de la obra ni el Presidente, ni el Vicepresidente ni ningún miembro del Gobierno me preguntaron qué escribía. Tampoco me pidieron mostrarles el texto. No hubo condicionamientos. La única consulta que hizo el Presidente fue por el título del libro. Yo le dije que se iba a llamar Jefazo, y él me sugirió llamarlo Sub-jefazo. Por otro lado, me gustaría destacar que no se trata ni de un libro oficialista ni de una biografía autorizada.

–Usted ha acompañado a Evo en sus giras por diferentes países. ¿Por qué cree que atrae tanto el interés en el exterior?
Evo Morales, por ser el primer presidente aymara de la historia, por ser el más votado desde la recuperación de la democracia y por la magnitud de las reformas de su gobierno, ha creado un interés muy fuerte por Bolivia. Como se puede leer en el capítulo siete de mi libro su visita a Estados Unidos en septiembre del año pasado generó la atención de muchos medios, del New Yok Times, de Al Jazeera, de CNN news, etcétera. En esa ocasión, Evo Morales atrajo más atención de la prensa que el resto de los presidentes latinoamericanos. Y eso no es excepcional. Con sorna, algunos analistas bolivianos dicen que Morales tiene más apoyo fuera de Bolivia que dentro. Mi respuesta es que la popularidad de Morales está respaldada por el 53.7% de los votos que consiguió en las elecciones. Y eso para mí tiene más trascendencia que el interés de la prensa internacional.

–¿Qué tipo de anécdotas pueden encontrar uno entre las páginas de “Jefazo”?
Dentro de mi libro hay muchísimas anécdotas que humanizan y dan verosimilitud a la cotidianidad del Presidente. Y es que, a partir de este diario de la presidencia, es más facil entender cómo funciona Morales en el ejercicio del poder.

–¿Usted cree que, con la crisis que se vive actualmente en Bolivia, Evo Morales va a poder llegar hasta el fin de su mandato?
Morales va a cumplir su mandato. Antes de que Evo Morales llegara a la presidencia, Bolivia era un país polarizado y extremadamente desigual. Pensar que la polarización y la conflictividad son responsabilidad de Evo es ignorar lo que ha sucedido en las ultimas décadas de la historia. En cada proceso de cambio, las reformas generan oposición, y en este caso es regional. Pero me parece que, en tanto en cuanto se mantengan las desigualdades y la injusticia, los alto niveles de pobreza y la indigencia, va a existir conflictividad en Bolivia.