
Texto: Álex Ayala Ugarte (Victoria Galán) / Fotos: K. Patón y D. Galdieri
La noche de mi transformación comienza una fría tarde, una tarde de invierno, la tarde del 28 de junio de 2008. Son las 16:00 horas. Me encuentro en la calle Junín (La Paz), frente a una puerta metálica verde. Carlos Parra, cuyo nombre artístico es París Galán, aún no ha llegado. Su impuntualidad es muy femenina. Le gusta hacerse esperar siempre unos minutos. Pero casi nunca falta a una cita.
Carlos aparece en un taxi blanco. En su pelo, teñido de rubio, asoman ya algunas canas. Dos imperdibles hacen de aretes en sus orejas. Sus lentes son menudos. Sus ojos, oscuros. Sus gestos, de diva. Usa una pañoleta de colores y pantalones que se ajustan levemente a su figura. Cuando me ve, se peina con un rápido movimiento de su mano derecha y me invita a pasar. “No te has rasurado”, observa. “Traje unas cuchillas”, digo. Y tras atravesar los pasillos del conventillo donde radica, me introduce en el cuarto que tantas veces le ha servido de guarida.
Su habitáculo parece un santuario. Dividido en dos ambientes, resalta una colección de sombreros en el primero. También, una foto en blanco y negro, de medio cuerpo, de su madre, una señora de pollera que murió hace ya 10 años y a la que Carlos pone una vela todos los lunes.
En el espacio contiguo, una secuencia de imágenes de París con tocados de flores, vestidos y una lluvia intensa de tonalidades ameniza las paredes. Carlos sintoniza su televisor en Ritmo Son Latino. Luego, busca conjuntos de ropa para que me pruebe. Es la hora. Me rasuro, me lavo la cara y se inicia mi metamorfosis.

En el cuerpo de otra
16:30 horas. Un vestido color manzana, otro elaborado con amarillos y naranjas, plataformas, pestañas postizas, colorete, lápiz labial, esponjas... Los sillones de la casa de París se llenan poco a poco con vestuarios extravagantes, pelucas rebosantes de clase y botas de tacos interminables. Alisha llama al timbre.
Alisha es el “nombre de guerra” de Andrés Mallo, arquitecto y artista de 27 años que se encargará en un rato más de mi maquillaje. Andrés tiene unos intensos ojos verdes, el pelo casi al cero y un cuerpo que responde a la estética gay más tradicional, bien cuidado y atractivo. Sin embargo, no está de acuerdo con las etiquetas que hasta hoy siguen vigentes. “Si no te vistes bien, si no eres una persona pudiente, si no te comportas de una determinada manera, eres el excluido”. Por eso, siempre que puede recurre a la provocación. Es entonces que Andrés se vuelve pura seducción. Muere su otro yo y Alisha es la encargada de recoger el guante.
Para que aparezca Alisha, Andrés y el espejo se hacen uno. Pueden estar 45 minutos frente a frente y dar la sensación de que apenas han transcurrido unos segundos. Andrés conoce casi de memoria la casa de París, y no duda en robarle un poco de base sobre la que se afianzará el resto del maquillaje. “Gasto mucho en cosméticos, pero es nomás satisfactorio”.
Primero, delinea. Después, se concentra en los detalles, en lugares como labios y pestañas. Y más tarde, bajo la luz de un tubo blanco de neón, da paso al rubor, que regala un poco de calor a su tez clara.
18:00 horas. Es mi turno. En un rato más seré una persona en el cuerpo de otra. Me convertiré en Victoria. “Es cuestión de crear un personaje –me explica Alisha–, que tu rostro masculino se vuelva femenino, andrógeno, animalesco... que llegue a resaltar el momento personal que estás viviendo”. Mis cejas enseguida se pierden en un profundo blanco. Alisha dibuja espirales sobre mi piel. En menos de media hora estoy completamente transformado. París, para terminar, me pone las pestañas, que alargan varios centímetros mi mirada. Luego, me acomoda el panty, me ayuda a introducirme en un vestido resultón y termina por colocarme un tocado blanco y rosado. “Estás divina”, me dice.
Mientras yo me cambiaba, Alisha ha resuelto su transformación. Sus plataformas de 30 centímetros han elevado elegantemente su estatura. Con la peluca, de un rubio perfecto, parece estrella de cine.
Una mueca de satisfacción recorre sus mejillas. Ama su cuerpo, ama su personaje, pero no siempre fue así. “Mi destape ocurrió cuando tenía 21 años. Hasta ese momento, estaba atrapada por las estructuras. Yo pertenecía a una congregación religiosa y fue algo difícil. Mi madre aún piensa que únicamente estoy mal influenciado por mis amigos, que me voy a casar para tener hijos”.
A las 19:30 salimos a la calle. Se nos acaba de unir hace unos minutos K-os Galán (Susanna Rance), una británica de 56 años, de pelo blanquísimo, que ha llegado vestida de diablo. Irreconocible.
Si fuéramos fieles a las definiciones convencionales, se podría decir que somos transformistas, pero la unión de esta familia, la Familia Galán, va más allá de las clasificaciones más habituales.
Acá nadie pregunta si uno es gay, lesbiana, bisexual, “trans”, travesti o heterosexual. El espíritu presente es la libertad plena, y los cuerpos trascienden el simple hecho de ser hombre o mujer, la masculinidad y la femineidad, los roles asignados. Los cuerpos son “políticos”, cuestionan, transgreden, se apropian de los espacios urbanos con su discurso.

En familia
Mis primeras sensaciones dentro de mi otro yo, Victoria, son torpes. Mis pestañas postizas chocan con mis lentes y me los quito, me siento en la movilidad abriendo las piernas vulgarmente y camino torpe con mis tacos, a pesar de que no superan los 10 centímetros. Pero mi incomodidad entra dentro de la lógica. “Nosotras –me confiesa París– cuando comenzamos los performances no sabíamos ni pintarnos”.
La Familia Galán tiene su origen en cuatro chicos –Los Galán– que en 1997 comenzaron a hacer shows de transformismo cada dos semanas en una discoteca. “Se llamaba Bronx, estaba en Sopocachi, escondida detrás de una iglesia. Abría de noche, cuando ya estaba todo oscuro. Tú tocabas la puerta y te atendían desde una pequeña ventanita. Decías la palabra clave y entrabas”, recuerda París.
París nunca tuvo que “salir del closet”. “Yo nací en Oruro y a las 12 años ya estaba como pareja de hecho con un muchacho de 17. Teníamos relaciones y nunca me sentí obligado a dar explicaciones a nadie”.
Por su parte, David Aruquipa (Danna Galán), de 36 años y Director General de Patrimonio del Viceministerio de Cultura , quien en 2001 se unió a París para armar un proyecto conjunto que desembocó en la creación de la Familia Galán, vivió un camino más largo. “Mi madre sufría por mi condición de gay y falleció cuando yo contaba con 16 años. Durante una larga temporada, me sentí culpable. Pensé que había acelerado su enfermedad. Quería subsanar la situación, tratar de cambiar, y conocí a una mujer. Tuvimos un hijo que ahora tiene 17 y vive conmigo y mi pareja hombre. Los tres hemos construido una nueva forma familiar”.
A la Familia Galán, uno entra y sale cuando le parece. Ni todos se transforman, ni todos comparten las mismas opiniones ni existen obligaciones. No hay un plan fijo. Sus acciones, a veces, se deciden en farras de fin de semana. Su objetivo: ganar espacios dentro de la sociedad; perturbar; provocar; dar una visión crítica, pero desde una mirada multidisciplinar.
Para Susanna Rance (K-os), la Familia Galán es hermandad, cariño, diversión, joda y locura. “No tenemos estructura, no somos una institución. Somos anárquicas, frívolas, caprichosas, vanidosas, absurdas... Somos parte de un fenómeno postmoderno de corporalidades, de representación de la sexualidad diversa. Y como movimiento con una acción política somos no-lineales, nada racionales”.
Su presencia desde 2001 es permanente. La Familia Galán baila en el Carnaval de Oruro, se hace fotos constantemente, se apropia de las calles, presenta obras de teatro, organiza encuentros... y ha participado en importantes foros sociales como el de Porto Alegre (Brasil, 2005) o el de Caracas (Venezuela, 2006).
20:00 horas. Mis latidos –todavía soy un inexperto como Galán– son violentos, nerviosos. Al entrar al paseo de El Prado una multitud nos rodea. La gente aplaude, nos acecha, y comienza a hacer preguntas: ¿Cómo se puede andar con esas botas? ¿Quién les ha enseñado a maquillarse? ¿A qué hora comienza el desfile?

El desfile
Hoy es una fecha especial. Una ordenanza municipal de La Paz acaba de declarar el 28 de junio como “día de la no discriminación a las diversidades sexuales y genéricas”. Se ha armado una gran tarima para la ocasión y un desfile lleno de vistosidad se apropiará en un rato más de toda la avenida. Organizada este año por la Dirección de Derechos Ciudadanos de la Alcaldía y la institución Adesproc-Libertad –que defiende los intereses de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales– y organizaciones afines, la marcha supone un gran triunfo.
Hasta hace algún tiempo no era extraño que cualquier drag queen que pusiera un pie en El Prado fuera abucheada. La Policía reprimía. El 3 de junio de 1996 se produjo la primera gran redada en un bar de “ambiente”, en el Cherrys, que estaba ubicado en la calle Sucre. Según los testigos, se detuvo a más de 200 gays, lesbianas y travestis en una supuesta acción antinarcóticos. Este tipo de operaciones especiales se volvió frecuente. Y la discriminación nacía incluso desde el interior del colectivo homosexual. “Visten como payasos y hacen quedar mal al resto, nos decían otros compañeros a los transformistas”, relata ahora David Aruquipa (Danna).
Atrás quedaron ya muchos de esos episodios. En el Prado, viejitos, niños, adolescentes y hasta borrachos se acercan constantemente para tomarse fotos a nuestro lado. Son las 20:30. No hay aún atisbo del desfile y, como Familia Galán, comenzamos la conquista del suelo que pisamos.
A la gente se entra primero por los ojos, generando curiosidad en ella. Luego, por la palabra. “Somos seres biológicos, como cualquiera de ustedes”, explica Alisha contorneando magníficamente sus caderas mientras camina. Y París, a mi lado, con trazas de morenaza espectacular, se desvive por dar explicaciones similares.
“En Europa, el transformismo es objeto únicamente de farándula. Tiene que ver sólo con la vida nocturna, con ciertos boliches muy específicos. Allá no se ha llegado a armar una propuesta, no se emplea los cuerpos para transmitir una idea”, me hace notar Aruquipa.
Instantes después, París me increpa en tono de broma: “Mucho has besado ya, loca”. Mi labial ha perdido intensidad fruto de los pedidos de beso de muchachas a las que apenas les han comenzado a crecer los senos. Y los comentarios, que se suceden uno detrás de otro, me hacen sonrojar: ¡Qué lindos ojos! ¿Me puedo ir contigo?
Mi ego aumenta y, con más seguridad, comienzo a despachar mis mejores sonrisas. Estamos generando más expectación que un equipo de fútbol. “¡Aberración!, insulta un señor al pasar frente a mi estilizada figura. Muchos de los presentes le silban, y tiene que acabar huyendo bajo una lluvia de gritos que piden que se vaya.
Salir a la calle transformados, sin lugar a dudas, es una actitud valiente. Las amenazas son frecuentes. David Aruquipa (Danna) y Carlos Parra (París) las reciben habitualmente vía e-mail. Algunos correos son avisos de muerte; otros, textos más o menos ofensivos; y algunos miembros de la Familia Galán han sido golpeados en espacios públicos.
“Lo que es triste para mí es que son otros gays y lesbianas los que nos mandan anónimamente los mensajes. ¿Por qué? Debe ser envidia”, dice Aruquipa.
21:00 horas. El desfile se aproxima. La Familia Galán decidió no participar porque sostiene que la convocatoria se ha “institucionalizado”. “No basta con bailar y verse bonita. Para nosotras es importante hablar con la gente”, comenta París.
Travestis con siluetas de infarto y senos de fantasía se hacen dueños de la calzada. Gays y lesbianas secundan sus bailes con proclamas y pancartas. Otros transformistas hacen su entrada sin reparar ni en París, ni en K-os, ni en Alisha ni en mí, como si fuéramos entes invisibles.
Entre ellos, Sasete La Diva, perteneciente al grupo Las Divas. Sasete es el personaje que oculta el verdadero rostro de Rodolfo Vargas, de 32 años, ex profesor y actualmente miembro de una ONG que trabaja con temas de activismo y la problemática del sida. Exhibe un vestido de un rojo provocativo. Es un auténtico espectáculo, puro glamour.

Las Divas
En una entrevista, hace ya algún tiempo, París Galán enumeraba los problemas de su grupo: el acoso, la envidia, el hurto de maquillaje, el robo de maridos, los correos electrónicos hostigadores, los mensajes patéticos a celulares de otros gays o “trans” que no aceptan nuestra fama... Y como solución planteaba “la divina indiferencia”.
Pues eso mismo, divina indiferencia, es lo que muestran hoy Las Divas hacia la Familia Galán. Las Divas nacieron en 2006 como una escisión de la Familia. “Hubo roces. París y Danna eran muy políticas y otras componentes y yo preferíamos cultivar más lo artístico –explica Sasete–. Por otro lado, la Familia Galán se automargina. No está con el pensamiento del resto de colectivos, y éso es dejar en un costado al resto de la gente que está trabajando en favor de nuestra causa”.
“Cuando nos encontramos –añade–, se produce a veces un enfrentamiento verbal. Ellas empezaron a echarnos mala fama. Y es por eso que no hablamos mucho, ni siquiera nos saludamos”.
Pese al distanciamiento, sin embargo, Las Divas mantienen buena parte de la propuesta estética de la Familia Galán: elaboran performances, obras de teatro y actividades similares donde el cuerpo es una excusa para posicionar diferentes posturas. “También tenemos un programa de radio en la Wayna Tambo, una emisora de El Alto”.
En el desfile, Sasete (Diva) y yo (Galán), como se podía preveer, no intercambiamos ni una palabra. En la intimidad de su casa, en la avenida Arce, Rodolfo Vargas es petiso, una persona de ésas que si te las encuentras por la calle causan indiferencia. Pero transformado es un ser hermoso, exagerado, que observa a los demás desde las alturas.
“En Colombia comencé a descubrirme y a aceptarme –me relataría su historia tres días después de la marcha de El Prado–. Fue entre el 97 y el 2002, pues me dieron una beca para estudiar filosofía. Yo nací en Yungas. Antes de viajar me había planteando incluso la entrada al seminario. Mi familia es muy católica. Somos cinco hermanos, y sólo mi mamá sabe a cerca de mi condición sexual”.
Cuando ejercía de profesor, a Rodolfo lo echaron de un colegio porque varios padres de familia le sorprendieron en un acto como el que ahora compartimos y se quejaron. Poco le importó. En su interior, Sasete La Diva acabó por imponerse.
22:00 horas. A estas alturas, siento ya mi cuerpo como una trastienda misteriosa que todavía no había sido descubierta. Comprendo un poco más a París y a Alisha. Transformarse va mucho más allá de la diversidad de género. Es un encuentro con ese otro yo que todos llevamos dentro. Triturar esquemas. Es por eso que entre las drag queen hay homosexuales y heterosexuales.
Puntos de encuentro
La nueva Constitución –que aún está pendiente de aprobarse– prohíbe, entre otras cosas, que las personas sean discriminadas en base a la orientación sexual , pero no reconoce matrimonios fuera del patrón hombre-mujer. Hay pasos hacia atrás y pasos hacia adelante.
Mientras tanto, locales como el Punto G y la cafetería Vox sirven de puntos de encuentro para gays, lesbianas, bisexuales, travestis, transformitas y transexuales. “No sé hasta que punto esto es positivo. Pues movernos como gueto es fomentar la segregación –señala David Aruquipa (Danna Galán)–. Por otro lado, colectivos como el de los travestis, que ya de por sí están discriminados laboralmente, tienen vetada la entrada en muchos de estos lugares”.
Desde Adesproc-Libertad, organización encargada del desfile de este año, se reconoce esta situación. “Hay travestis conflictivas, que buscan pelea, que te pildorean, que portan armas y se vuelven peligrosas, aunque no son todas”, dice Alberto Moscoso, director de la institución. “Pero, como grupo –continúa–, tratamos siempre de tener la iniciativa, de generar espacios de igualdad”.
En el pasillo que conduce a su oficina, varios carteles anuncian convocatorias para talleres sobre género, sida, diversidad sexual y otras materias. Allá, los muchachos andan de la mano, sin miedos ni complejos. Amor libre.
Entre los éxitos de Adesproc, por mencionar alguno, está la viabilización de la ordenanza municipal en contra de la discriminación a las diversidades sexuales y genéricas. “Para nosotros esta medida un logro grandísimo –apunta Moscoso–. Si las políticas a nivel departamental dan un giro, también las estatales pueden hacerlo”.
Epílogo
23:00 horas. Poco a poco, me alejo del desfile. Abandono a la Familia Galán. Mi chica me presta su abrigo de piel y en tan solo dos minutos me llegan alabanzas por usar tan acertada prenda. “Yo llevo dos horas aquí y nadie me ha piropeado por llevarla”, lamenta ella.
De camino a una fiesta privada, ya en un taxi, ajeno a las miradas por unos instantes, algunas calles lucen atestadas de muchachos y muchachas que caminan con sus trajes de gala. La noche ha vomitado ya sus primeros borrachos. Y en cuanto abro la puerta de la movilidad, otra vez con ojos sobre mi figura, me vuelvo a apropiar del espacio urbano. Pienso que si empezara a dar un discurso, todos harían un semicírculo alrededor para escucharme.
Ya en la fiesta, me despojo de mi vestimenta. Si no fuera por la capa de pintura que cubre aún mi rostro, volvería a envolverme en el anonimato de costumbre.
Cuando regreso a casa, trato de eliminar los rastros de maquillaje. Dos días después, todavía quedan algunas marcas. Victoria se resiste a abandonar mi cuerpo...