domingo, marzo 02, 2008

PIERNAS SOBRE RUEDAS...


La Paz, desde una silla para discapacitados

Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

A Isidoro Villanueva, de 54 años, le gustaría estar sentado, pero en el asiento de chofer de un minibús y no en una silla de ruedas. Se cayó hace 11 años de las gradas al patio en su casa de Vino Tinto. Se fracturó la columna en dos. Aquel día pensó en morir. De repente, en un suspiro hizo clac para quedar sentado para siempre. Desde entonces, en vez de piernas tiene ruedas. Tarda una hora en vestirse, otra en limpiarse las heridas y asearse, dos o tres minutos en acostarse y 20 en llegar hasta la plaza Murillo, donde trabaja ofreciendo llamadas con un celular negro. Cambia su sonda –en la que acumula los orines– cada 15 días. Tiene el pelo cano, oculto debajo de una gorra, y los dientes desgastados. Viste dos chompas, un pantalón Adidas viejo y unas botas con las suelas completamente nuevas. “¿Mujer?, cuando me toque la lotería”.

La silla
La silla es la pareja de baile de Isidoro. Es metálica, fría, con llantas de bicicleta. Pesa 30 kilos, y ella e Isidoro están condenados a entenderse. Comenzar a trasladarse en una silla es como volver a caminar de nuevo. “Para subir un escalón pequeño, hay que hacer fuerza y echarse para atrás. En las cuestas, hay que inclinarse un poco hacia adelante”. La silla es como el buen vino, hay que conocer todos sus secretos para dominarla. “Hay que saber cómo frenar también. Yo ya me ha caído algunas veces”.

De la cama a la silla, y de la silla a la cama. Ése es el trayecto más directo de Isidoro cada jornada. Su cuerpo, de cintura para abajo, es una mole, un amasijo de músculos dormidos y huesos que debe trasladar con la ayuda de sus brazos, dos brazos que son a la vez brazos y piernas, pues sus piernas son anclas, pesadas anclas sobre la silla.

La casa
La casa de Isidoro es un cuartito o, lo que es lo mismo, su cuartito es una casa. La mesita de noche es una pequeña enfermería: mercurio, gasas, alcohol yodado, papel higiénico, tela adhesiva y toallitas. “Yo mismo me curo las heridas. De no moverme, me salen escaras en las nalgas”. Dios forma parte de su particular kit de emergencia. Una biblia es su compañera cada noche. “Soy cristiano”, dice. Un peine, un espejo, frazadas, una pequeña montaña de ropa y una televisión a color de pocas pulgadas completan la lista de pertenencias. La decoración, vistosos calendarios de propaganda.

En la esquina: una hornilla, unas tazas, azúcar, una botella de Coca-Cola por la mitad, unos cubiertos, fósforos y un tacho de basura. “Por lo menos, tengo para prepararme un té caliente, pero, dígame, ¿podría usted vivir así?” Me mira como buscando una respuesta. Según el censo realizado el 2001, hay 749.372 personas con algún tipo de discapacidad en Bolivia. El 39 por ciento es indigente. Isidoro roza la pobreza. “Si no fuera porque mi hermana me consiguió este espacio en anticrético, ya me contaría”.

En el patio del edificio hay un baño común. Si Isidoro se quiere duchar tiene que hacerlo sobre su silla, inseparable compañera de fatigas. “Es complicado. A veces, me paso nada más jabón y un trapo húmedo”. La pila de la lavandería está a la altura de su cabeza. “¿Pero qué voy a hacer? Me cuesta bastante, pero tengo que lavar la ropa”.

La calle
Es 19 de febrero. Isidoro se levanta, como cada día, a las cinco y media de la mañana. A las siete sale de casa, en una callejuela estrecha que colinda con la plaza Alonso de Mendoza. Le acompaño en su travesía. Él, en su silla de ruedas. Yo, en otra prestada. Antes de vivir en esta zona, Isidoro pasó un año en Sopocachi, tres en El Alto, cuatro en Vino Tinto, dos en una ortopedia de la calle Sucre –donde para llegar a la habitación tenía que pedir ayuda, pues estaba después de unas largas escaleras– y otro más en Villa San Antonio; siempre con la mentada silla, su particular cruz, a cuestas.

Enseguida, Isidoro me saca varias ruedas de ventaja. El primer obstáculo es el portón. Para salir, necesariamente, hay que hacer fuerza sobre la madera con los brazos. Unos metros más allá, un escalón, sin rampas. “Acá tengo nomás que pedir colaboración”, dice Isidoro. Un muchacho nos ayuda a superar el primer obstáculo. La Paz es un suicidio.

Sólo el Parque Urbano Central, el paseo de El Prado –renovado a finales de los 90–, la calle Camacho y algunas avenidas de la zona Sur cuentan en parte de su trazado con accesos especiales para sillas de ruedas. Según las normativas, cualquier proyecto urbanístico nuevo tiene que contemplar rampas de acceso. Pero en barrios periféricos y villas, con gradas laberínticas y cuestas empinadas, el acceso es casi un imposible.

Entre la plaza Alonso de Mendoza y la Pérez Velasco hay un descenso estrecho. La silla se embala. Hay que esquivar a los peatones –nosotros, en silla de ruedas; ellos, ciegos, caminando como a control remoto, sin reparar siquiera en los “vehículos” de dos llantas que tratan de abrirse paso–. Isidoro, cuando lo hay, busca el terreno plano. Yo me bamboleo. “Cuando no hay buenas aceras –dice Isidoro– hay que ir con los autos por la vía”. Sin intermitentes, sin retrovisores, sin bocina, sin el seguro puesto.

La flamante rampa de la Pérez se alza frente a nosotros como un risco. Los brazos hacen fuerza, se agarrotan y, en la bajada, las manos se queman con la frenada. En la calle Comercio, volvemos a ser seres “invisibles”, como tantos otros –músicos ciegos, mendigos, lisiados, campesinos ancianos–, como si existiera una suerte de universo paralelo por debajo de la cintura de los viandantes. Llegamos a la plaza Murillo en 25 minutos. Saldo personal: cuatro ampollas en la mano izquierda, dos amagos de caída.

“Peor es cuando tenemos que tomar un taxi –me consuela Isidoro–. La mayor parte no quiere ni pararse, por no ayudarnos a entrar y a doblar la silla. Y, cuando lo hacen, quieren cobrar el doble”. A lomos de una silla, se es realmente ciudadano de segunda.

El trabajo
En la plaza Murillo la tarea de Isidoro consiste en estar sentado. Al fin y al cabo, es lo que ha venido haciendo durante los últimos 11 años. Allá, trata de ganar unos pesitos ofreciendo llamadas por celular. “Pero no alcanza. Un almuerzo son ocho, nueve bolivianos. A menudo, el día sale a pérdida”. De vez en cuando, con la esperanza de conseguir algo mejor, Isidoro se da una vuelta por las oficinas del Senado. “Algo habrá. Yo puedo hacer de telefonista o de recepcionista, porque no soy ningún inútil”.

En el Gobierno del presidente Carlos Mesa, por decreto, se estableció que el cuatro por ciento del personal de las entidades públicas debía ser cubierto por discapacitados. A día de hoy, sin embargo, según la Defensoría del Pueblo, se cumple sólo a medias. “Ojalá, Evo Morales nos diera un bono. A veces, no alcanza ni para la luz y el agua”.

La soledad
A las cuatro de la tarde, Isidoro hace el camino de vuelta hacia su casa: edificios, aceras, adoquines maltrechos, subidas y bajadas. Cierra la puerta. Soledad. “Yo tenía mujer. Mi hijo, de 19 años, se aparece y desaparece. Puedo llegar a estar hasta dos meses sin verlo”. Isidoro se distrae viendo los noticieros. El foco de una lamparita ilumina su cuarto. El silencio es como un muro infranqueable, hasta que se duerme.

Enrique Zeballos, de 43 años, es vecino de Isidoro. También está en silla de ruedas. Luce un par de tatuajes. Trabajaba en la mina, en Yungas, cerca de Guanay. Una roca, en un derrumbe, le aplastó la columna hace casi ocho años. “Después de eso, mi esposa dos años me acompañó. Se cansó de cuidarme. Yo era como un bebé”, relata.

En un pequeño estante, en el único estante de una especie de madriguera más pequeña que la de Isidoro, las fotos de los hijos de Enrique, de 13 y 11 años, descansan en una repisa. “Extraño”, dice. Enrique está sin trabajo. Alterna apenas un par de mudas para cambiarse y suele cocinarse “algo de arroz, asadito, sopa o fideo”. Él e Isidoro se hacen compañía mutuamente. “Isidoro me gana siempre al póker”, bromea. A las tardes, ve algo en la tele. “Una de acción”, dice. “A veces, leo, pero casi no entiendo”.

Para Isidoro y para Enrique, la noche llega siempre más temprano, en el momento en que desploman sus cuerpos en sus catres a media tarde. Mientras, durante el día, la vida en una silla de ruedas es como una barca a la deriva, en una eterna cuesta arriba.