lunes, febrero 25, 2008

TRINIDAD, AGUA SIN FIN


Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

“Tenemos que ser como las hienas, sonreír aún cuando estemos comiendo mierda”. Edwin Meneses, militar de carrera, con el pelo negro y la raya a un lado, ve la tragedia de la ciudad desde el otro lado, desde la Trinidad que no se ha inundado. “Japón se reconstruyó en unos pocos meses después de la Segunda Guerra Mundial. Lo propio, Alemania. ¿Por qué nosotros no podemos hacer lo mismo?”, se pregunta esperanzado. Díficil darle algún tipo de respuesta. Para una ciudad que se llena de agua cada año –a veces más, a veces menos– reinventarse a sí misma es una tarea utópica, quijotesca.
Es 13 de febrero, miércoles. Acabo de llegar. Antes del aterrizaje del vuelo comercial, los terrenos aledaños a Trinidad lucían como un gran espejo de agua, con pequeñas manchas de tierra y barro asomándose apenas. Las casas que se salen del anillo de circunvalación, aparecían casi cubiertas por el improvisado “océano”. No se veían árboles, sólo copas. Tampoco, aves. Y sólo algunos caminos reaparecían en algunos de sus tramos. Los reportes que había leído antes de viajar eran catastróficos: Más de 19.000 familias afectadas en todo Beni, reses ahogadas, cultivos perdidos, 25.000 personas en carpas y albergues temporales en la capital y varios niños enfermos. Desastre.


Dos ciudades

Trinidad es una ciudad de 90.000 habitantes de formas rectangulares, casas de poca altura y protegida únicamente por un solo anillo que se halla a más altura que el resto de los barrios de la urbe. El centro está poblado de arcos y portales, de pequeños negocios con sus puertas de madera abiertas de par en par, de residenciales, de puntos de internet, restaurantes y licorerías. Es un lugar donde los más viejos se sientan a tomar café con los amigos, charlar y fumar puros, donde los jóvenes encandilan a sus cortejas en la plaza dando vueltas con sus flamantes motocicletas, donde los atardeceres visten al pueblo de violetas y donde la noche se entiende muy bien con la bohemia –balada, sentimiento y trago–. Y así sigue. A pesar de la intensa lluvia del pasado 9 de febrero –15 horas seguidas–, que dejó sin hogar a decenas de familias, no ha perdido su particular ritmo.
En cambio, en la periferia, las desgracias se repiten. Allá, en algunos casos, el agua ha sobrepasado el metro y medio de altura. Se han anegado fábricas, hay coches hundidos y el éxodo hacia ese “límite fronterizo” llamado circunvalación se ha hecho constante.
Entretanto, dos ciudades conviven con una sola: La de los que ya fueron golpeados salvajemente por el agua y la de aquellos que cruzan los dedos y la esperan dentro de una o dos semanas.


Los campamentos

Hoy no será el día en que se inunde el centro. Hace un sol que parece una condena, pero es una bendición teniendo en cuenta las actuales circunstancias. Los beatos han ido a misa de seis de la mañana. La ciudad despierta con las primeras luces y las escobas, en manos de señoras y jovencitas, sacuden el polvo de las calles en la entrada de los mercados y negocios particulares. Y el agua no se va. No sube, pero sigue aún cercando Trinidad.
Las conversaciones se repiten. Casi no hay vecino que no tenga familiar, empleado o amigo que no haya sido afectado por la crecida de los ríos Ibare y Mamoré –más del 10 por ciento de Trinidad se ha visto sorprendida–. Todos tienen una historia que contar a otros.
Rubén Villarroel, de 67 años, con dos hijos, taxista, perdió la mayor parte de sus cosas hace ya varias semanas. Logró salvar al menos a sus animales –tres vacas, dos vaquillitas y dos caballos– y duerme en su auto. “No puedo ir a las carpas porque allí no se permiten bestias grandes”. Su bigote es escaso. Suele comenzar a trabajar desde muy temprano.
Otros no han gozado de tanta suerte. Abandonaron a sus animales y no tuvieron más remedio que cargar en barcas las pocas pertenencias que lograron recuperar y trasladarse a uno de los 30 campamentos habilitados. Allá, Prefectura, Gobierno y organismos internacionales reparten básicamente comida, agua y medicamentos. Según las Naciones Unidas, la mayor parte de los afectados por las riadas son niños y niñas. Las carpas le encogen a uno el corazón. Ésto, más que Trinidad, parece África.
Uno de los campos de acogida es el “13 de abril”. A la entrada, se agolpan varios camiones que se dirigen con reses evacuadas de las grandes estancias a Santa Cruz para que sean sacrificadas. Y el interior, a su manera, es como otro matadero. En un solo catre llegan a descansar hasta cinco y seis personas, rodeadas de mosquitos, con la basura mal apilada fuera. El agua para tomar, siempre insuficiente, se recoge en tachos. La ropa se lava en las mismas superficies inundadas, todas contaminadas por el efecto de las aguas servidas. Las cuerdas tendedero tiñen la escena con los colores vivos de las prendas que cuelgan en ellas. Y el hule azul, omnipresente, completa este panorama.
Allá cada uno se busca la vida para llenar la olla familiar. “Recargas de celular: 10, 20 y 30 bolivianos”, reza un cartel. “Se vende Coca-Cola”, dice otro. “Hay empanadas”, anuncia un tipo un poco más allá. Y en el borde del agua, en una calle que ahora es un “río”, Miguel, de 13 años, aguarda con su cayapo. Lo alquila por 15 ó 20 bolivianos.
A su vera, bomberos voluntarios se dirigen a rescatar muebles con Marta Bejarano por el mismo cordón de agua en el que trabaja Miguel. “Dejé mi casa hace 20 días por las inundaciones. Aún no había podido volver a recoger nada”, dice. A Marta, de 37 años, el agua le llega hasta las axilas. Un vecino le ayuda. De su cuartito consigue recuperar dos catres, varias sillas, un cajón con ropa mojada, un espejo, un juego de ollas y un armario. Se metió al agua sin desvestirse, con una blusa y una falda hasta las rodillas. Las casas de alrededor están vacías y, al regresar, una serpiente cruza a tres metros de la barca. “Hay demasiadas”, comenta. Ya en tierra no para de rascarse. Los bomberos repiten esta operación varias veces al día en barrios ahora fantasmas. Paradójicamente, muchas de las casas se hallan con el candado puesto y la verja cerrada.
En otro campamento, en la zona conocida como El Pantanal, las carpas se levantan en torno al asfalto de la carretera. Las cocinas, de batalla, humean en algunos de los precarios refugios. Varias camas están casi a la intemperie. A pocos metros, el agua, aprovechada por las familias damnificadas para bañarse y lavar ropa, huele a cloaca. Es caldo de cultivo para diarreas, dengue, enfermedades de la piel y otros males similares.


El ciclo del agua

“Si esto sube más, tendremos que trasladarnos de nuevo”, me dice una señora ya anciana. Ella sobrevive con 11 miembros más de su familia. Su miedo no es gratuito. Según explica el ingeniero José Carlos Velarde, de la dirección departamental de desarrollo de la Prefectura, en Beni hay 26 ríos navegables, 2.000 lagos y cerca de 3.000 arroyos. “Además, el agua de las lluvias vertidas en La Paz, Santa Cruz y Cochabamba viene a parar finalmente aquí”, acota. “El nivel va a subir todavía más”.
El ciclo de inundación por poblaciones es el siguiente: Loreto, San Andrés, Trinidad, San Javier, Santa Ana, Exaltación, Puerto Siles, Guayamerín, Riberalta. Es decir, de las zonas altas a las zonas más bajas. “El ancho del Mamoré suele ser de tres a cinco kilómetros. Ahora, hay tramos de su curso con 75 kilómetros –como si fuera un mar–”.
Aunque este año la fuerza del Mamoré se ha visto intensificada por el fenómeno de La Niña, las inundaciones en Trinidad son moneda común todos los años. La ciudad, fundada como misión jesuítica en 1687 por el padre Cipriano Barace, ya fue trasladada a otro lugar en el año 1769. Pero no se recordaba un desastre con las dimensiones del actual.
Alrededor de Trinidad, los postes de luz asoman únicamente su cabeza. El cableado aún no ha tocado el agua, pero poco falta ya. Y por el camino a San Javier, ésta cubre hasta las rodillas. Sólo cruzan los camiones y los todo terrenos, dejando una estela de pequeñas olas a su paso. Allá, la plaza es la única que sobrevive. El resto de las casas no muestra nada más que sus tejados. Los cultivos se hallan completamente anegados.


Pérdidas-ayudas

En torno a Trinidad, durante kilómetros y kilómetros, el agua es la única dueña, como si avanzara a golpes. Ya me lo había avisado horas antes el taxista, Rubén Villarroel. “Las mujeres y los ríos se entran, en su capricho, donde quieren”. La inundación en Beni afecta ya a una superficie superior a 80.000 kilómetros cuadrados –dos veces Suiza– de los 213.564 kilómetros cuadrados de la extensión de todo el departamento. Los techos han quedado como macabra columna vertebral de la tragedia. No hay rastro de vida animal en varias leguas a la redonda. Las comunidades, como tal, han dejado de existir.
Pero las pérdidas no están siendo sólo materiales. “Las vacas rescatadas –se han ahogado ya cerca de 23.000 reses–, por el estrés, van a ver interrumpidos su ciclo reproductivo y su producción de leche”, analiza Velarde. En el mercado de Trinidad, por consecuencia directa, los precios de la carne y de la leche han subido. También, del plátano, yuca, arroz y maiz, base alimentaria de los campesinos. “Además, han muerto peces por la falta de oxígeno en el agua de los turbiones y, por esta misma razón, se va a pudrir el pasto. ¿Que comerá los próximos meses el ganado que ha quedado vivo?”
Un proyecto elaborado por la Prefectura e implementado hace varios meses con la colaboración del Programa Mundial de Alimentos garantiza, al menos, la seguridad alimentaria de los comunarios. A Trinidad, entre tanto, también están llegando las ayudas. El país ha recibido donaciones de vituallas y alimentos, que está canalizando, de naciones como España, Chile, Cuba, Venezuela, Japón, Argentina, Estados Unidos y Francia; y organismos como la agencia de ayuda estadounidense USAID, Naciones Unidas y ONGs trabajan directamente con los afectados, atendiendo sus necesidades.
En los campamentos, precisamente, las carpas con el logo de estas organizaciones se alternan con precarias construcciones de guerrilla hechas a base de plástico, madera y calamina, mientras que militares y funcionarios de la Prefectura coordinan los apoyos.


Rescates

Jueves, 14 de febrero. El movimiento en las instalaciones de la base aérea del Ejército en Trinidad es intenso. Helicópteros se cargan constantemente de insumos para llevar a pueblitos y estancias. Aunque parezca insólito, algunas permanecen en pie, como una gota de tierra en medio del agua. Acompaño a militares brasileños –que colaboran en las misiones de rescate– en uno de sus vuelos. Un señor de bigote, la camisa sudada y los ojos fuera de sus órbitas viene con nosotros. “Voy por una mujer enferma”, me explica. A vuelo de pájaro, se puede observar que los alrededores de la ciudad están completamente desolados. Brazos de agua se lo comen todo. Si sigue lloviendo así, ni diques ni muros de contención evitarán lo inevitable: La inundación de toda Trinidad.
A 20 minutos de distancia está la estancia. Campesinos en cayapo navegan en torno a ella, y varios hombres descargan el helicóptero, que no apaga ni siquiera las hélices, en unos segundos. No hay ganado a la vista. Los grandes estancieros, al contrario que los pequeños propietarios, lograron evacuar sus reses a tiempo. Los militares alistan una camilla para la mujer, que se seca la cara, con dolor, sentada en una silla. La cargan, la tumban y la meten en la nave. De vuelta, en Trinidad espera una ambulancia. El traslado se hizo en tiempo récord, y el helicóptero despega enseguida rumbo a otros destinos.


Suicidas

En la ciudad, en el barrio Nueva Trinidad, la mayor parte de los vecinos se niega a abandonar sus hogares. Algunos están semi cubiertas por el agua. Otros son completos lodazales llenos de restos arrastrados por el agua. Para entrar en varios de ellos hay que mojarse casi hasta la altura de los muslos. Hay grietas, y el riesgo de derrumbes.
“Si me marcho, se van a entrar a robar mis cosas”, confiesa su miedo Nilson Jiménez, que mira al cielo tumbado en una hamaca, con un manto de agua por debajo de su cuerpo, que mece con desgana. A su lado, una mesita y varias sillas hincan sus patas en el agua fuera del cuartito de Jiménez. Sus paredes están ya completamente rajadas.
Unos metros más allá, la familia Chávez también ha colocado sus enseres fuera de los cuartos. Un catre se levanta sobre ladrillos para evitar el lodo. Ángel Chávez, de 55 años, tose con el torso al descubierto. “Aquí nadie ha venido a vernos”, lamenta. El refrigerador, a la intemperie, está apagado. “Compramos a diario en la pulpería”, dice la esposa de Chávez. No quieren dormir en sus habitaciones. Un muro se cayó hace días.
Donde la familia Hurtado García han improvisado pasarelas con tablones de madera para evitar el agua. Ximena, de 15 años, vive allá con seis personas más. Su padre es albañil. La preocupación ahora es llenar la olla, que descansa encima de una mesa. Justo en la puerta de la casa se ha formado como una pequeña laguna. Las previsiones han anunciado lluvias para los próximos días. Hay mosquitos. ¿Cuánto podrán resisitir así?
Alejandro Yarena, jubilado, limpia sus botas al frente de su casa aprovechando precisamente la inundación. “Si me fuera, me sacarían hasta las tejas”, dice. Pero quedarse es un suicidio.


Epílogo

Viernes, 15 de febrero. Huyendo del agua, las ratas, como un ladrón silencioso, se están entrando poco a poco en la ciudad. Ya se ha confirmado el primer caso de fiebre hemorrágica, que puede ser letal. Sin un control de la población de roedores, podría generarse una pandemia. Pero lo peor está aún por llegar. Cuando bajen las aguas es cuando aflorarán realmente las enfermedades.
Hay quien desea también que haya tormenta, y toda Trinidad se inunde. “Ojalá llueva. No tengo buenas imágenes”, comenta un colega periodista en busca de un poco de carroña. Mientras, en los campamentos, la gente vive derrotada, pero se comporta como héroe. “Trabajamos para el día”, dice una señora. Cocina, lava y se asea como si estuviera en casa. Las rutinas no cambian, sólo el paisaje por el asfalto.
Cuando dejo Trinidad, aún no ha caído ni una gota más. Bolsitas de tierra buscan elevar los diques. En la ciudad húmeda, no hay futuro. Los cayapos son el medio de transporte. El infierno, en este caso, es azul. A los que les cubrió el agua, les falta paradójicamente el agua para subsistir. Sobreviven con las dosis justas. En la ciudad seca, entre tanto, las muchachas se contornean con las ropas ceñidas a los cuerpos. Las motos se pasean de esquina a esquina. Pintadas en contra del gobierno de Evo Morales pueblan las paredes. Reina la calma. Pero el agua, como la muerte, no hace distinciones entre pobres y ricos. Cuando llueve, entra nomás, y no llama a la puerta...

LOS DOMINGOS


Autor: Álex Ayala Ugarte

LOS AMO
Amo los domingos porque son días en los que nunca pasa nada –y no está nada mal un poquito de relax en nuestras ajetreadas vidas–. Porque representan el momento perfecto para amortizar la plata que me costaron los sillones de casa. Porque me despierto a la hora que me da la gana. Porque son un buen momento para hacer un recuento parcial de la semana: los tragos olvidados, los cafés degustados, los bifes engullidos, las puteadas pasajeras, las libretas usadas, los cigarros consumidos… y hacer un mea culpa de los errores y excesos cometidos. Los amo desde que dejé de ir a misa y empecé a emplear ese tiempo para leer libros. Los amo porque tengo chica –porque para quien no la tiene reconozco que los domingos suelen ser una huevada–. Porque no hay muchos carros ni minibuses por las calles. Porque los domingos es cuando veo la basura que dan por la televisión y me doy cuenta de que no tiene razón de ser volver a encender la “caja tonta” durante el resto de la semana. Porque son la tregua después de la resaca de los sábados antes de acudir a trabajar los jodidos lunes.

Amo los domingos porque es el día en que mejor me sale el café –será porque lo preparo sin ningún agobio–. Porque ordeno mis papeles para volver a desordenarlos con premeditación y alevosía de lunes a sábado–. Porque uno puede hacer el amor sin prisas –y sin pausas– y, después de hacerlo, “rehacerlo”. Porque no llama nadie por teléfono para atosigarte con trabajo. Porque los periódicos parecen preñados esos días –y, a primera vista, tienen un sinfín de temas para disfrutar–. Porque los domingos se hace borrón y cuenta nueva –son una especie de confesionario para dejar atrás las penalidades y pecados de la semana, y para arrepentirse–. Porque son días para comer en demasía, dormir hasta las tantas y sacar a dar larguísimos paseos a los niños y a los perros –y cuando faltan ambos, para ir al cine–. Porque a todos nos gustaría que cada día del calendario fuera domingo –para no pegar ni golpe–. Porque las elecciones por la presidencia son siempre en domingo –y, al menos, nos pillan bien descansados–.

Amo los domingos porque hasta los ladrones se los toman como jornadas de asueto, lo cual es un alivio para el bolsillo de la gente de a pie. Porque para los borrachos son la isla desierta para escapar de su océano de intoxicaciones etílicas –pues no hay muchos lugares donde ir y se suelen quedar en casa–. Porque para los escritores son ideales para encontrar el final de su novela. Porque los domingos los cementerios están llenos. Porque son los días más esperados por los aficionados de fútbol. Porque los helados parece que saben mucho mejor –será porque uno se toma más tiempo para saborearlos–. Porque uno de los tenores más famosos de la historia, se apellida Domingo. Porque no me ducho –puesto a tomarme licencias aprovecho para ser guarro por unas horas–. Porque el Señor decidió declararlos días de descanso, y no seré quien le desautorice, no sea que acabe ardiendo en el infierno.

LOS ODIO
Odio los domingos porque no son un buen día para comenzar una dieta, pues siempre se le ocurre a alguien la fantástica idea de salir a la calle a comer un choripan o una buena salteña. Porque no falta el camión que me despierta con su bocina a primeras horas de la mañana ni el camionero que la hace sonar como un hijo puta tres o cuatro veces –me imagino que como le jode trabajar trata de joder también al resto–. Porque siempre hay algún desubicado que te llama por teléfono cuando aún estás durmiendo para decirte a continuación: “perdone, me he equivocado de número”. Porque cierran la mayor parte de los museos, y me parece un absurdo hacerlo justo el día en que la gente tiene más tiempo libre para apreciar el arte. Odio los domingos porque no hay quien los aguante después de una intensa borrachera nocturna –pues uno está todo el rato yendo al baño a echar un pis detrás de otro, emulando a Jesucristo pero a la inversa, convirtiendo el vino en orín en lugar del agua en vino–. Porque los días siguientes son lunes y retornan la rutina, el trabajo y los agobios propios de la semana.

Odio los domingos porque en esos días los predicadores de turno aporrean de vez en cuando mi puerta tratando de salvar mi alma –además, con uniformes que parecen de sepulturero–. Porque dan unas películas pésimas en la televisión –de esas de tiros, muertos por doquier y cero trama–. Porque uno está tan dormido que se olvida de las cosas –bueno, a veces es porque sigue borracho por los excesos del día anterior–. Porque hay familiares que insisten en fastidiarte la jornada invitándote a bodas, bautizos, comuniones y otra serie de eventos sociales a los que hay que ir con la sonrisa postiza y corbata. Porque siempre pierdo a los juegos de mesa –compañeros de fátigas por excelencia en esos días–. Porque aunque suelo apagar el celular a veces me rayo y me da la sensación de que suena. Porque sufro de “dominguitis aguda”. Es decir, los domingos me duele todo: la espalda, la cabeza, los brazos y hasta las orejas.

Odio los domingos porque las calles están infestadas de cacas de perro, y hay que ir esquivándolas como en una carrera de obstáculos. Porque mi casera, esa que atiende todas mis emergencias –dulces, tabaco y demás sonseras– cierra su puestito. Porque a la noche en todos los canales me hinchan con el puto fútbol –alguien les debería decir que no sólo de pegarle patadas a la dichosa pelotita vive el hombre–. Porque cuando me quiero concentrar en la lectura de un libro se pone el vecino de abajo a escuchar cumbia a todo volumen. Porque precisamente los domingos es cuando se me suele terminar el papel higiénico –justo cuando, por eso de ocupar mi tiempo, me siento más veces a cagar que los demás días de la semana–. Porque a una viejita que tengo como vecina le da por salir a pasear y, a su ritmo, tardo casi media hora en bajar las escaleras. Porque me parece el colmo de la exquisitez eso de llamarse Plácido y apellidarse Domingo –y que me perdone el tenor español a quien hago referencia–.

domingo, febrero 10, 2008

LA PAZ, DESHIDRATADA


Autor: Álex Ayala Ugarte

Don Jorge, un tendero de mediana edad que tiene su pequeña tiendita de abarrotes entre la avenida Tejada Sorzano y la calle Costa Rica, jamás había vendido tantas botellas de agua mineral como en estos días. Ha despachado grandes y pequeñas. No le pedían cerveza. No le pedían dulces. Le pedían agua, agua y agua. Es dos de febrero, y esta zona del barrio de Miraflores no dispone del líquido vital desde hace más de una semana. Como hace varios meses, cuando el gas se convirtió en un producto casi de lujo por su escasez en la ciudad, los vecinos sufren por la falta de un bien de uso común. En este caso, el agua. No hay agua para asearse. Tampoco, para lavar ropa. Ni para cocinar.
La rotura de un ducto conectado con la represa de Hampaturi –que alimenta al 40 por ciento de la ciudad de La Paz– dejó el 25 de enero a 25 sectores sin sustento. Y pese a que se han establecido horarios para restablecer el servicio durante algunas horas al día en las zonas hasta el momento afectadas, éstos no se cumplen. Camiones cisterna de EPSAS, la empresa pública encargada de distribuir el agua en nuestra urbe, recorren las zonas afectadas. No son suficientes. Son como una gota en el desierto.
En La Paz, las intensas lluvias del último mes han provocado derrumbes y desbordamientos de ríos, como siempre, pero dentro de las casas el agua se ha convertido casi en una ilusión óptica. Se abren los grifos de las tinas en espera al menos de un pequeño chorro. “¿Tiene usted agua?”, pregunta una vecina a la de al lado, ventana con ventana, en la Tejada Sorzano. La respuesta, sólo unos hombros encogidos.

La Paz sin agua

Es tres de febrero. En la zona este, en el hogar de Maritza Navarro, de 46 años, la ropa se acumula en la lavadora. No ha logrado funcionar en días debido a la falta de agua. Su hija, Karim, apenas ha podido bañarse gracias a la hora escasa de agua que tuvieron de servicio a la mañana. “Ya ves, a lo francés tenemos que hacerlo, puro perfume”, bromea. Las ollas y las sartenes se acumulan sucias en la pila de la cocina. Los pocos minutos de agua, que son como maná caído del cielo, se aprovechan para llenar baldes y tachos para intentar sobrevivir durante el día. El tanque del baño está vacío. Ya empieza a haber olores y no hay siquiera ni cómo limpiar la casa.
Días antes, un abogado de 56 años vio cómo postergaban su operación de cadera en el hospital Obrero. “Por falta de agua”, escuchó decir. Y es que un centro como como ése necesita por lo menos de 50.000 litros de agua diarios para funcionar correctamente. Días después, Carlos, el hermano de Karim, tuvo que rasurarse la barba a la rápida por miedo a que el poco tiempo de agua que disfrutaron no alcanzase. Mientras, se anunciaba que se postergaba el inicio de las clases en los colegios hasta el 18 de febrero. ¿La razón? Otra vez la falta de agua.

La Paz con agua

Cuatro de febrero. Carnaval. Señoras con baldes llenos de globos de agua venden su producto en el centro de la ciudad –que no sufre por los cortes que se están produciendo en otras zonas–, para que la gente de paso a la mojazón tan habitual por estas fiestas. El agua va y el agua viene. El asfalto está mojado y las caras son sonrientes, brillantes. Acá no se aplica la “cartilla de racionamiento”.
En barrios como Villa Copacabana, Villa San Antonio, Villa Armonía y Pampahasi, sin embargo, los labios de los vecinos están secos. Se hacen largas filas, de varias cuadras, para esperar a las cisternas de EPSAS con el líquido elemento. Hasta ancianos que viven solos se ven forzados a cargar un balde. No hay agua y, además, la poca que hay pesa.

Sin toallas

Siete de febrero. Roxana León escucha por la radio la denuncia de una vecina que asegura que a Mallasilla apenas han llegado dos cisternas. “Estamos desesperados”, dice que gritaba la señora.
En su casa, en Alto Obrajes, nadie estaba preparado para una situación como ésta. Los primeros días, cuenta, pudo recoger apenas agua en unas ollas y calderas. Le vendieron un bidón de agua casi al doble de su precio. A sus hijos los mandó a bañar donde una amiga. Como no podía cocinar, pasó toda una semana comiendo afuera. Ahora, el poco agua que sale de sus grifos está con tierra. “Le pongo un trapo al grifo para el filtrado y luego hago hervir el agua. No queda otra”.
Hoy, Daniela Espinoza dice que ha tenido agua todo el día. “Un día nos dan el agua y al siguiente nos la cortan”, se resigna. Su amiga cruceña, cuando comenzó la restricción, con el mismo agua recolectada en un barreño lavaba los platos del desayuno, se aseaba y se duchaba. Paradójicamente, el 25 de enero, cuando se dañó el ducto, en La Paz llovía a cántaros.
Entre tanto, todos los días, de seis a nueve de la mañana, los clubes más selectos de la zona Sur reciben a muchos de sus socios que hacen uso de las instalaciones únicamente para ducharse. Y éstas se suelen quedar sin toallas.

Epílogo

EPSAS ha anunciado que está semana se reestrablecerá el servicio en las zonas afectadas. Si eso ocurre, acabará el calvario. Y el negocio de la venta de botellas de agua mineral para don Jorge. ¿Pero llegará realmente el agua? A estas alturas, quién sabe. La única certeza es que la factura del agua, como siempre, estará puntual en los buzones de las casas a fin de mes.

LABIOS SECOS, DIENTES SUCIOS, PELO GRASO Y OTROS DAÑOS COLATERALES

Autor: Álex Ayala Ugarte

Primera escena: Sábado, dos de febrero. Me levanto con los dientes sucios. Apenas puedo enjuagar el cepillo con el agua de una pequeña jarra. A continuación, quiero hacer un pis y me doy cuenta de que el tanque no tiene agua. Subo a la terraza, lleno un balde con el agua de un tacho y, aún con lagañas en los ojos, logro evacuar a gusto. ¿Pero qué tal si se me llega a ocurrir acometer una operación más complicada? Me aguanto dos días para intentar demorar lo más posible esa respuesta. Y cuando al fin no puedo más –ya reviento– tengo que pelearme con la taza para que lo trague todo.
Segunda escena: Tres de febrero. Mi pelo está graso. Si sigo el cronograma de EPSAS para entrarme a la ducha estoy jodido. Solución: Dejar todos los grifos abiertos hasta que en algún momento –¡oh, sorpresa! comience a caer algo de agua. Cuando escucho un chorro, corro rápido para abandonar mis malos olores. Cruzo los dedos para no quedar a medias. Conozco a más de uno que se ha quedado con el champú en la cabeza.
Tercera escena: Cuatro de febrero. Ropa sucia. Mi cuerpo está limpiecito, pero mi ropa huele a rayos. Confío más en Nuestra Señora de La Paz para que haga llover y se mojen un poquito mis prendas que en la empresa de aguas. Pienso en comprarme una estampita. Para colmo, hace sol. No hay ni una nube traviesa.
Cuarta escena: Cinco de febrero. Mis labios están secos. Tengo sed, pero no hay agua potable suficiente en casa. La alternativa es tomar soda. ¿No será esto del ducto alguna nueva campaña de alguna empresa de refrescos para hacer que consumamos sus productos?
Quinta escena: Seis de febrero. Si esto sigue así, como relata en una crónica periodística Gabriel García Márquez, tendré que afeitarme con jugo de duraznos. Afuera están jugando con globos de agua. Otra alternativa para el rasurado podría ser explotármelos de a poco, uno a uno, en plena cara. Creo es no es muy buena idea. Pero es que la falta de agua termina realmente por volverle a uno un poco idiota.
Sexta escena: La cocina. A ver quién es el valiente que se atreve a fregar ollas, sartenes y demás utensilios culinarios. No veo la forma, a no ser que sea a escupitajos.
Séptima escena: Ocho de febrero. En una calle de La Paz la gente ya protesta a cacerolazos. No llega la cisterna y la fila es ya muy larga. Abarca varias cuadras.
Daños colaterales: Temo cada momento en que me dan ganas de ir al baño. Compro jugo de duraznos.

LOS BORRACHOS


Autor: Álex Ayala Ugarte

LOS AMO
Amo a los borrachos porque son un poco como la radiografía de Bolivia, se tambalean a uno y otro lado pero nunca se caen. Porque casi siempre bailan solos. Es decir, son un ejemplo de independencia. Porque dan trabajo a las cerveceras y otras industrias. Porque han ayudado a comerciales y publicistas a dar con frases geniales como ésta: “ayudando a las personas feas a tener sexo desde 1862” (mensaje que aparece en una bebida europea). Porque aunque bien es cierto que el alcohol destruye las neuronas, si nos basamos en el principio de selección natural, podemos deducir que las que se mueren son las más débiles –entonces la pérdida es un daño colateral nomás–. Porque siempre dicen la verdad –no hay confesión de amor más sincera que la que se realiza en estado de ebriedad–. Porque se meten al agua –fuentes, mares, piscinas y otras superficies– sin sacarse la ropa, pues son expertos en ahorrarse esfuerzos. Porque ofrecen conversaciones surrealistas, y en las noches aburridas es algo que se agradece.

Amo a los borrachos que beben de la botella, porque así se ahorran el tener que fregar el vaso. A los que son tan profesionales que llevan tarjetitas con divertidas leyendas. Por ejemplo: “estoy de juerga. Ruego no golpear la puerta, sino llamar al timbre y esperar a que me reciban. Hago constar a todos mis vecinos que sólo es una jaqueca pasajera”. A los que son tan generosos que pagan un sinfín de rondas de trago a los demás –aunque luego no tienen plata para volver a casa y eso me da pena–. A los que son como cobayas y experimentan consigo mismos obteniendo interesantes resultados (primera copa: risas; segunda copa: euforia; tercera copa: exaltación de la amistad y el parentesco; cuarta copa: acoso sexual en contra de quien se tenga al lado; quinta copa: autosficiencia –yo pago, yo conduzco, estoy bien, entiendo todo bien–; sexta copa: lloriqueos –soy un desgraciado, no sirvo para nada…–; séptima copa: amnesia). A los que toman con moderación, sólo dos veces al año: cuando llueve y cuando no llueve.

Amo a los borrachos porque lo ven todo el “doble” de bonito que el resto de los mortales –aunque a veces con consecuencias inesperadas, pues no falta quien se despierta a la mañana siguiente y descubre que no conoce al “engendro” que dormita al lado de su cama–. Porque son seres entrañables, que no hacen ningún mal a nadie, simplemente porque no tienen los reflejos suficientes para ello. Porque creen conocer a todo el mundo –son bien sociables–. Por su relación de amor-odio con la botella –la historia de cualquier borracho serviría para un excelente guión de telenovela–. Porque gracias a nuestros borrachos –y a las fiestas de Bolivia, que se suceden casi una detrás de otra– las tensiones en nuestro país se rebajan considerablemente sin que nunca se llegue realmente a la hecatombe. Porque enfocan mejor con un ojo cerrado que con los dos abiertos. Porque saben escoger la mejor marca de bebida para cada momento de su vida. Porque, a la hora de morir, más reconfortable que la última bendición resulta siempre el último trago.

LOS ODIO
Odio a los borrachos porque casi nunca dan propina –bastante tienen con que les alcance para la bebida–. Porque son los últimos en darse cuenta que tienen el pantalón vomitado. Porque algunos suelen buscar pelea cuando se toman –aunque sea nomás consigo mismos–. Porque a menudo creen ser personajes irreales como Superman, Kung Fu o Harry Potter –en este caso, al estilo de “te echo un polvo” y desaparezco–. Porque tienen la manía de hablar con el espejo de los cuartos de baño de los antros y cantinas –y a veces, también con las mesas, las sillas o la barra del bar–. Porque piensan que todo el mundo se ríe con ellos –cuando realmente se ríe de ellos–. Porque su aliento normalmente huele a huevos podridos y los rastros de orín se camuflan entre sus manos. Porque confunden el mobiliario urbano con los baños públicos. Porque no les importa comenzar a cantar a grito tendido a las dos de la mañana. Porque son la principal causa de accidente en las carreteras –y aún más en Bolivia, donde la mayor parte de los caminos son estrechos, con barrancos y llenos de curvas–.

Odio el consumo abusivo de alcohol porque es uno de los protagonistas centrales en los embarazos indeseados –¿cuántos niños producto del alcoholismo habrá en el mundo?–. Porque es el origen de que muchos lleguen a su casa con marcas de golpes por todo el cuerpo sin que sepan de dónde carajos han salido. Porque para algunos es la excusa perfecta para pegar a sus mujeres. Porque hace crecer la falta de lógica en las personas. Porque hace que uno piense que es el más fuerte, el más listo y el más apuesto del universo –y luego pasa lo que pasa, que le cruzan a uno la cara fácilmente de un puñete por decir cualquier tontería a la novia del tipo que está al lado, el que tiene la misma pinta que Mike Tyson–. Porque vuelve a la gente más grosera. Porque puede llegar a destapar males mayores, como la esquizofrenia. Porque hace que uno se olvide hasta de quién es –y conozco a bastantes que han roto por eso con su pareja, pues no sirvieron pretextos del tipo “vestía como tú” o “usaba la misma colonia”–.

Odio a los borrachos porque tienen la insoportable costumbre de llamar por teléfono a las cuatro de la mañana. Porque bailan creyendo ser John Travolta cuando en realidad se mueven como auténticos imbéciles. Porque agarran el vaso en el ángulo incorrecto y te mojan con suma facilidad la ropa limpia –haciendo parecer que eres tú el beodo–. Porque lo único que suelen leer son las etiquetas de las botellas. Porque son amigos de la cirrosis y la sobredosis –pues un vicio cuando resulta exagerado termina por desembocar en otros peores–. Odio a los borrachos que se te arriman y no se marchan, como si te hubieras bañado con pegamento por la mañana. A los que se duermen en tu hombro en los autobuses. A los que piensan que una caja de cervezas es un grupo de terapia, de apoyo. A los que piden un “combo” en la hamburguesería pensando que les van a dar trago mezclado. A los que venderían a su abuela por una botella. Odio tanto a los que se embriagan que únicamente tomo alcohol cuando estoy borracho.