
Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte
“Tenemos que ser como las hienas, sonreír aún cuando estemos comiendo mierda”. Edwin Meneses, militar de carrera, con el pelo negro y la raya a un lado, ve la tragedia de la ciudad desde el otro lado, desde la Trinidad que no se ha inundado. “Japón se reconstruyó en unos pocos meses después de la Segunda Guerra Mundial. Lo propio, Alemania. ¿Por qué nosotros no podemos hacer lo mismo?”, se pregunta esperanzado. Díficil darle algún tipo de respuesta. Para una ciudad que se llena de agua cada año –a veces más, a veces menos– reinventarse a sí misma es una tarea utópica, quijotesca.
Es 13 de febrero, miércoles. Acabo de llegar. Antes del aterrizaje del vuelo comercial, los terrenos aledaños a Trinidad lucían como un gran espejo de agua, con pequeñas manchas de tierra y barro asomándose apenas. Las casas que se salen del anillo de circunvalación, aparecían casi cubiertas por el improvisado “océano”. No se veían árboles, sólo copas. Tampoco, aves. Y sólo algunos caminos reaparecían en algunos de sus tramos. Los reportes que había leído antes de viajar eran catastróficos: Más de 19.000 familias afectadas en todo Beni, reses ahogadas, cultivos perdidos, 25.000 personas en carpas y albergues temporales en la capital y varios niños enfermos. Desastre.

Dos ciudades
Trinidad es una ciudad de 90.000 habitantes de formas rectangulares, casas de poca altura y protegida únicamente por un solo anillo que se halla a más altura que el resto de los barrios de la urbe. El centro está poblado de arcos y portales, de pequeños negocios con sus puertas de madera abiertas de par en par, de residenciales, de puntos de internet, restaurantes y licorerías. Es un lugar donde los más viejos se sientan a tomar café con los amigos, charlar y fumar puros, donde los jóvenes encandilan a sus cortejas en la plaza dando vueltas con sus flamantes motocicletas, donde los atardeceres visten al pueblo de violetas y donde la noche se entiende muy bien con la bohemia –balada, sentimiento y trago–. Y así sigue. A pesar de la intensa lluvia del pasado 9 de febrero –15 horas seguidas–, que dejó sin hogar a decenas de familias, no ha perdido su particular ritmo.
En cambio, en la periferia, las desgracias se repiten. Allá, en algunos casos, el agua ha sobrepasado el metro y medio de altura. Se han anegado fábricas, hay coches hundidos y el éxodo hacia ese “límite fronterizo” llamado circunvalación se ha hecho constante.
Entretanto, dos ciudades conviven con una sola: La de los que ya fueron golpeados salvajemente por el agua y la de aquellos que cruzan los dedos y la esperan dentro de una o dos semanas.

Los campamentos
Hoy no será el día en que se inunde el centro. Hace un sol que parece una condena, pero es una bendición teniendo en cuenta las actuales circunstancias. Los beatos han ido a misa de seis de la mañana. La ciudad despierta con las primeras luces y las escobas, en manos de señoras y jovencitas, sacuden el polvo de las calles en la entrada de los mercados y negocios particulares. Y el agua no se va. No sube, pero sigue aún cercando Trinidad.
Las conversaciones se repiten. Casi no hay vecino que no tenga familiar, empleado o amigo que no haya sido afectado por la crecida de los ríos Ibare y Mamoré –más del 10 por ciento de Trinidad se ha visto sorprendida–. Todos tienen una historia que contar a otros.
Rubén Villarroel, de 67 años, con dos hijos, taxista, perdió la mayor parte de sus cosas hace ya varias semanas. Logró salvar al menos a sus animales –tres vacas, dos vaquillitas y dos caballos– y duerme en su auto. “No puedo ir a las carpas porque allí no se permiten bestias grandes”. Su bigote es escaso. Suele comenzar a trabajar desde muy temprano.
Otros no han gozado de tanta suerte. Abandonaron a sus animales y no tuvieron más remedio que cargar en barcas las pocas pertenencias que lograron recuperar y trasladarse a uno de los 30 campamentos habilitados. Allá, Prefectura, Gobierno y organismos internacionales reparten básicamente comida, agua y medicamentos. Según las Naciones Unidas, la mayor parte de los afectados por las riadas son niños y niñas. Las carpas le encogen a uno el corazón. Ésto, más que Trinidad, parece África.
Uno de los campos de acogida es el “13 de abril”. A la entrada, se agolpan varios camiones que se dirigen con reses evacuadas de las grandes estancias a Santa Cruz para que sean sacrificadas. Y el interior, a su manera, es como otro matadero. En un solo catre llegan a descansar hasta cinco y seis personas, rodeadas de mosquitos, con la basura mal apilada fuera. El agua para tomar, siempre insuficiente, se recoge en tachos. La ropa se lava en las mismas superficies inundadas, todas contaminadas por el efecto de las aguas servidas. Las cuerdas tendedero tiñen la escena con los colores vivos de las prendas que cuelgan en ellas. Y el hule azul, omnipresente, completa este panorama.
Allá cada uno se busca la vida para llenar la olla familiar. “Recargas de celular: 10, 20 y 30 bolivianos”, reza un cartel. “Se vende Coca-Cola”, dice otro. “Hay empanadas”, anuncia un tipo un poco más allá. Y en el borde del agua, en una calle que ahora es un “río”, Miguel, de 13 años, aguarda con su cayapo. Lo alquila por 15 ó 20 bolivianos.
A su vera, bomberos voluntarios se dirigen a rescatar muebles con Marta Bejarano por el mismo cordón de agua en el que trabaja Miguel. “Dejé mi casa hace 20 días por las inundaciones. Aún no había podido volver a recoger nada”, dice. A Marta, de 37 años, el agua le llega hasta las axilas. Un vecino le ayuda. De su cuartito consigue recuperar dos catres, varias sillas, un cajón con ropa mojada, un espejo, un juego de ollas y un armario. Se metió al agua sin desvestirse, con una blusa y una falda hasta las rodillas. Las casas de alrededor están vacías y, al regresar, una serpiente cruza a tres metros de la barca. “Hay demasiadas”, comenta. Ya en tierra no para de rascarse. Los bomberos repiten esta operación varias veces al día en barrios ahora fantasmas. Paradójicamente, muchas de las casas se hallan con el candado puesto y la verja cerrada.
En otro campamento, en la zona conocida como El Pantanal, las carpas se levantan en torno al asfalto de la carretera. Las cocinas, de batalla, humean en algunos de los precarios refugios. Varias camas están casi a la intemperie. A pocos metros, el agua, aprovechada por las familias damnificadas para bañarse y lavar ropa, huele a cloaca. Es caldo de cultivo para diarreas, dengue, enfermedades de la piel y otros males similares.

El ciclo del agua
“Si esto sube más, tendremos que trasladarnos de nuevo”, me dice una señora ya anciana. Ella sobrevive con 11 miembros más de su familia. Su miedo no es gratuito. Según explica el ingeniero José Carlos Velarde, de la dirección departamental de desarrollo de la Prefectura, en Beni hay 26 ríos navegables, 2.000 lagos y cerca de 3.000 arroyos. “Además, el agua de las lluvias vertidas en La Paz, Santa Cruz y Cochabamba viene a parar finalmente aquí”, acota. “El nivel va a subir todavía más”.
El ciclo de inundación por poblaciones es el siguiente: Loreto, San Andrés, Trinidad, San Javier, Santa Ana, Exaltación, Puerto Siles, Guayamerín, Riberalta. Es decir, de las zonas altas a las zonas más bajas. “El ancho del Mamoré suele ser de tres a cinco kilómetros. Ahora, hay tramos de su curso con 75 kilómetros –como si fuera un mar–”.
Aunque este año la fuerza del Mamoré se ha visto intensificada por el fenómeno de La Niña, las inundaciones en Trinidad son moneda común todos los años. La ciudad, fundada como misión jesuítica en 1687 por el padre Cipriano Barace, ya fue trasladada a otro lugar en el año 1769. Pero no se recordaba un desastre con las dimensiones del actual.
Alrededor de Trinidad, los postes de luz asoman únicamente su cabeza. El cableado aún no ha tocado el agua, pero poco falta ya. Y por el camino a San Javier, ésta cubre hasta las rodillas. Sólo cruzan los camiones y los todo terrenos, dejando una estela de pequeñas olas a su paso. Allá, la plaza es la única que sobrevive. El resto de las casas no muestra nada más que sus tejados. Los cultivos se hallan completamente anegados.

Pérdidas-ayudas
En torno a Trinidad, durante kilómetros y kilómetros, el agua es la única dueña, como si avanzara a golpes. Ya me lo había avisado horas antes el taxista, Rubén Villarroel. “Las mujeres y los ríos se entran, en su capricho, donde quieren”. La inundación en Beni afecta ya a una superficie superior a 80.000 kilómetros cuadrados –dos veces Suiza– de los 213.564 kilómetros cuadrados de la extensión de todo el departamento. Los techos han quedado como macabra columna vertebral de la tragedia. No hay rastro de vida animal en varias leguas a la redonda. Las comunidades, como tal, han dejado de existir.
Pero las pérdidas no están siendo sólo materiales. “Las vacas rescatadas –se han ahogado ya cerca de 23.000 reses–, por el estrés, van a ver interrumpidos su ciclo reproductivo y su producción de leche”, analiza Velarde. En el mercado de Trinidad, por consecuencia directa, los precios de la carne y de la leche han subido. También, del plátano, yuca, arroz y maiz, base alimentaria de los campesinos. “Además, han muerto peces por la falta de oxígeno en el agua de los turbiones y, por esta misma razón, se va a pudrir el pasto. ¿Que comerá los próximos meses el ganado que ha quedado vivo?”
Un proyecto elaborado por la Prefectura e implementado hace varios meses con la colaboración del Programa Mundial de Alimentos garantiza, al menos, la seguridad alimentaria de los comunarios. A Trinidad, entre tanto, también están llegando las ayudas. El país ha recibido donaciones de vituallas y alimentos, que está canalizando, de naciones como España, Chile, Cuba, Venezuela, Japón, Argentina, Estados Unidos y Francia; y organismos como la agencia de ayuda estadounidense USAID, Naciones Unidas y ONGs trabajan directamente con los afectados, atendiendo sus necesidades.
En los campamentos, precisamente, las carpas con el logo de estas organizaciones se alternan con precarias construcciones de guerrilla hechas a base de plástico, madera y calamina, mientras que militares y funcionarios de la Prefectura coordinan los apoyos.

Rescates
Jueves, 14 de febrero. El movimiento en las instalaciones de la base aérea del Ejército en Trinidad es intenso. Helicópteros se cargan constantemente de insumos para llevar a pueblitos y estancias. Aunque parezca insólito, algunas permanecen en pie, como una gota de tierra en medio del agua. Acompaño a militares brasileños –que colaboran en las misiones de rescate– en uno de sus vuelos. Un señor de bigote, la camisa sudada y los ojos fuera de sus órbitas viene con nosotros. “Voy por una mujer enferma”, me explica. A vuelo de pájaro, se puede observar que los alrededores de la ciudad están completamente desolados. Brazos de agua se lo comen todo. Si sigue lloviendo así, ni diques ni muros de contención evitarán lo inevitable: La inundación de toda Trinidad.
A 20 minutos de distancia está la estancia. Campesinos en cayapo navegan en torno a ella, y varios hombres descargan el helicóptero, que no apaga ni siquiera las hélices, en unos segundos. No hay ganado a la vista. Los grandes estancieros, al contrario que los pequeños propietarios, lograron evacuar sus reses a tiempo. Los militares alistan una camilla para la mujer, que se seca la cara, con dolor, sentada en una silla. La cargan, la tumban y la meten en la nave. De vuelta, en Trinidad espera una ambulancia. El traslado se hizo en tiempo récord, y el helicóptero despega enseguida rumbo a otros destinos.

Suicidas
En la ciudad, en el barrio Nueva Trinidad, la mayor parte de los vecinos se niega a abandonar sus hogares. Algunos están semi cubiertas por el agua. Otros son completos lodazales llenos de restos arrastrados por el agua. Para entrar en varios de ellos hay que mojarse casi hasta la altura de los muslos. Hay grietas, y el riesgo de derrumbes.
“Si me marcho, se van a entrar a robar mis cosas”, confiesa su miedo Nilson Jiménez, que mira al cielo tumbado en una hamaca, con un manto de agua por debajo de su cuerpo, que mece con desgana. A su lado, una mesita y varias sillas hincan sus patas en el agua fuera del cuartito de Jiménez. Sus paredes están ya completamente rajadas.
Unos metros más allá, la familia Chávez también ha colocado sus enseres fuera de los cuartos. Un catre se levanta sobre ladrillos para evitar el lodo. Ángel Chávez, de 55 años, tose con el torso al descubierto. “Aquí nadie ha venido a vernos”, lamenta. El refrigerador, a la intemperie, está apagado. “Compramos a diario en la pulpería”, dice la esposa de Chávez. No quieren dormir en sus habitaciones. Un muro se cayó hace días.
Donde la familia Hurtado García han improvisado pasarelas con tablones de madera para evitar el agua. Ximena, de 15 años, vive allá con seis personas más. Su padre es albañil. La preocupación ahora es llenar la olla, que descansa encima de una mesa. Justo en la puerta de la casa se ha formado como una pequeña laguna. Las previsiones han anunciado lluvias para los próximos días. Hay mosquitos. ¿Cuánto podrán resisitir así?
Alejandro Yarena, jubilado, limpia sus botas al frente de su casa aprovechando precisamente la inundación. “Si me fuera, me sacarían hasta las tejas”, dice. Pero quedarse es un suicidio.

Epílogo
Viernes, 15 de febrero. Huyendo del agua, las ratas, como un ladrón silencioso, se están entrando poco a poco en la ciudad. Ya se ha confirmado el primer caso de fiebre hemorrágica, que puede ser letal. Sin un control de la población de roedores, podría generarse una pandemia. Pero lo peor está aún por llegar. Cuando bajen las aguas es cuando aflorarán realmente las enfermedades.
Hay quien desea también que haya tormenta, y toda Trinidad se inunde. “Ojalá llueva. No tengo buenas imágenes”, comenta un colega periodista en busca de un poco de carroña. Mientras, en los campamentos, la gente vive derrotada, pero se comporta como héroe. “Trabajamos para el día”, dice una señora. Cocina, lava y se asea como si estuviera en casa. Las rutinas no cambian, sólo el paisaje por el asfalto.
Cuando dejo Trinidad, aún no ha caído ni una gota más. Bolsitas de tierra buscan elevar los diques. En la ciudad húmeda, no hay futuro. Los cayapos son el medio de transporte. El infierno, en este caso, es azul. A los que les cubrió el agua, les falta paradójicamente el agua para subsistir. Sobreviven con las dosis justas. En la ciudad seca, entre tanto, las muchachas se contornean con las ropas ceñidas a los cuerpos. Las motos se pasean de esquina a esquina. Pintadas en contra del gobierno de Evo Morales pueblan las paredes. Reina la calma. Pero el agua, como la muerte, no hace distinciones entre pobres y ricos. Cuando llueve, entra nomás, y no llama a la puerta...



