domingo, noviembre 30, 2008

MÁS ALLÁ DEL RING


Texto y fotos: Alex Ayala Ugarte

Las peleas en el Coliseo Multifuncional de El Alto son una droga dura. Generalmente, se meten por vena y arrasan con el cuerpo hasta la conquista del cerebro. En una ocasión, a mí casi se me cae una mujerzota encima –la botaron encima de mi silla, para ser más precisos–. En otra, nos rociaron con agua mezclada con algún tipo de alcohol –ron me pareció– antes de un combate. Y, mientras las polleras vuelan en el ring y los rudos sacan la mugre a los técnicos o viceversa, el público hace su propio show para poner aderezo al espectáculo. Los luchadores regalan la sangre; y la gente, la adrenalina.

La zona de los gritos

Lo dice el mexicano Carlos Monsiváis: “el más profundo de los escenarios de la lucha libre está en la zona de los gritos, ese juego diabólico que describe el evento, apuntala al ídolo y desfoga al espectador”. En el Multifuncional de El Alto, un recinto que cada domingo revive con los duelos, la gente hace cola desde muy temprano. Son las 15:00 horas. Muchachitos ansiosos cubren su rostro con las máscaras de sus héroes; y hombres y señoras –muchas de pollera– les acompañan comiendo maní mientras esperan su momento de gloria, cuando tengan frente a frente a los peleadores más malvados para cagarse en su madre y recordarles que han pagado por insultarles. “Maraco” es quizá la palabra más suave de las que se escuchan entre las agónicas caídas y los saltos eternos.
Dentro del Coliseo, la atmósfera es pesada. Hay sillas en las primeras filas y asientos de hormigón en las demás. La distancia al cuadrilátero no es demasiada; y uno se hace oír con facilidad.
No es complicado distinguir a los buenos y a los malos en una lona donde no existen las medias tintas. O se es rudo o se es técnico. No hay dónde perderse. Hasta el árbitro tiene que posicionarse entre el bien y el mal, entre ganar el cielo o sumergirse en los infiernos.
16:00 horas. La señora de atrás, nerviosa desde hace ya un rato, muestra un enojo visible. El Cobarde, que vigila la pelea y hace de juez y verdugo al mismo tiempo, no deja de ayudar al rudo, El Picudo; y juntos están haciendo mierda a base de técnicas ilegales al técnico, El Dragón Rojo si mal no recuerdo. Piquete de ojos, golpes en las partes bajas, pisotones en las manos… La señora se levanta y grita indignada: “¡Animal, vete ya a tu casa!”. Otras voces le hacen coro: “¡Muérete!”, “¡Hijo de puta!”… Entonces, El Picudo, después de haber dejado al técnico malherido se da la vuelta, se sube a las cuerdas y extiende el dedo medio obscenamente como forma de certificar su frágil victoria.
Hay caos, admiración, desorden. Pero también reglas dentro y fuera de ese ring que en cierta forma es teatro al mismo tiempo.


Stop: huesos voladores

Lo dice la periodista Alma Guillermoprieto: “La parte larga de las gradas es la mejor zona para lanzar huesos de pollo”. Son las 17:00 horas y el público devora chicharrones, pipocas y pechugas con papa y arrocito. El show se anima por momentos. Suena la música de Rocky intensamente y sale otra pareja dispareja. Por un lado, Claudina la Maldita. Por el otro, Yolanda la Amorosa. Ambas, con polleras. La mayoría adquirió entrada para verlas.
Yolanda vuela. Éxtasis. Pero cae mal y Ramirito, el árbitro, la remata cuando está en el suelo. Revuelo entre los espectadores. Comienza la lluvia de comida y distintos objetos contundentes: huesos de pollo, arroz, otros extraños restos envueltos en bolsas, botellas de agua vacías o medio llenas... Todo vale. Y así lo interpretan igualmente las luchadoras, pues Claudina saca una silla de metal de debajo de la lona y se la incrusta en la cara a Yolanda, que se tambalea. En este instante, se pierde la noción de lo que es real y lo que es pura pose. Escucho además que las más veteranas tienen la costumbre de ensañarse con las más jovencitas.
Sigue la lucha y, coreografía quizá –o quizás no–, Claudina levanta con fuerza a Yolanda y la lanza contra las primeras filas de espectadores. Casi le cae a un japonés encima, que salta sorprendido. La Amorosa sangra. El asiático luce una sonrisa histérica.

Acento extranjero

Lo dice el reportero Richard Sánchez: “La Cholita Marina posa para los flashes y las cámaras de reporteros nacionales y extranjeros con gallardía e ínfulas de una model star wrestling”.
18:00 horas. Sin duda, ellas son las verdaderas estrellas del espectáculo. Es por eso que, cada domingo, el Multifuncional se llena con curiosos de otros países: rubios, barbudos y chicas con pantalones ajustados y mediecitas de colores.
Ellos son los que más disfrutan. Algunos incluso se emborrachan y suben al cuadrilátero buscando su momento de fama. Y éste suele llegar pero a la inversa: cuando el público los llena de desperdicios por semejante atrevimiento. Son, además, los que más pagan –con derecho a un sandwich, un refresco y un souvenir–, y los más ridiculizados. “Gringo, ándate a tu país. Esto es Bolivia”, se enfrenta una de las rudas después de que un tipo con cara de europeo le gritara en plena cara. El desahogo es mutuo, certero, fugaz y calculado.


Epílogo

19:30 horas. El recinto parece un basural. La música y los ánimos de pelea se han extinguido. Algunos niños intentan durante algunos minutos conseguir los autógrafos de héroes y villanos tras su salida de vestuarios.
Más allá del ring, entre tanto, las vidas se acomodan a sus propios ritmos. Y las señoras de pollera que durante algunas horas fueron luchadoras se vuelven a transformar en amas de casa o vendedoras. Es como el cuento de La Cenicienta, pero al revés.