
Autor: Álex Ayala Ugarte
LOS AMO
Amo ardientemente .los reality shows porque son como la vida misma. Es decir, porque conforman pequeños mundos regidos por el amor, los celos, las envidias, el compañerismo y el resto de las pasiones humanas, de las buenas y de las malas. Los amo porque son como telenovelas –una historia en sí mismos–. Porque rockeros como Bret Michaels y raperos como Flavor Flav se han convertido en mis ídolos gracias a ellos, y a casas llenas de mujeres que están a su disposición las 24 horas del día y que se derriten por sus huesos –o por sus cuentas bancarias quizá, aunque eso, ante semejante panorama de increíbles bellezas, para mí resulta un mal menor–. Los amo también porque nos muestran las desgracias ajenas y nos hacen olvidar las propias –son como una especie de terapia, pero gratuita–. Porque no cuestan mucho –son una apuesta segura para las televisiones; y más en estos tiempos de crisis–. Y porque los hay para todo gusto: desde los que muestran a seminaristas los meses antes de afrontar al sacerdocio hasta los que intentan descubrir a una modelo inteligente en medio de una marabunta de modelos con muy pocas neuronas.
Amo los reality shows porque crean fuertes vínculos de lealtad con las audiencias, ya que exigen una constante atención del espectador. Los amo porque son capaces de poner en un primer plano la vida de personas que eran anónimas hasta su aparición en la bien llamada “caja tonta”. Porque son zafios, bizarros y dan cobijo a freaks a quienes no los quieren ni en sus propios barrios –es decir, son programas solidarios–. Porque también dan empleo, ya que los que se lo montan relativamente bien dentro de los realitys se garantizan un futuro en el mundillo de la farándula: como cantantes, como modelos, como bailarines, etcétera. En España, sin ir más lejos, muchos de los ex integrantes de Operación Triunfo –un espacio que buscaba nuevas voces– se han convertido en presentadores; y los ex de Gran Hermano, que se hicieron conocidos nada más que por convivir entre las cuatro paredes de un lugar lleno de cámaras, pululan por los programas del corazón como si fueran miembros del jet set de toda la vida. Y amo los reality shows porque hipnotizan.
Amo además los reality shows porque, según varios analistas de televisión, son una suerte de “cerdo mediático”. Es decir, no tienen desperdicio alguno, pues generan beneficios por todo lado –por lo menos, para quienes los hacen y los comercializan–. Los amo porque tocan un amplio abanico de temas –de hecho, podemos decir que ya cualquier tipo de acción humana puede ser objeto de un reality–. Porque sus jurados, cuando los tienen, son de película, siguiendo un patrón muy cinematográfico –el bueno, el feo, el malo–; y son los que ponen unas dosis de picante a algunos de los programas-concurso. Porque han logrado terminar con la hegemonía de los talk show –ya se sabe, no hay imperio que dure 1.000 años–. Porque saben cómo meter en una coctelera todos los ingredientes para el éxito: el escándalo, el sentimiento y el chisme. Y porque manejan con maestría el suspenso ante sus seguidores: no les dicen quién se tiró a quién hasta el final del “espectáculo”.
LOS ODIO
Odio intensamente los reality shows por su instinto primitivo, porque mandan un mensaje destructivo a la sociedad: “si deseas sobrevivir, debes eliminar al prójimo, debes humillarlo y pisotearlo”. Porque se enorgullecen de simular la realidad cuando lo que hacen en verdad es crear una especie de pseudo realidad alternativa –donde nada es lo que parece–. Los odio porque de tantos que hay confundo a los protagonistas de unos y de otros –y termino inventando tramas diferentes en mi cabeza, por lo que me vuelvo loco–. Porque regalan efímeras “famas de 15 minutos” a los que participan. Porque lo que hacen finalmente es comprar conciencias con los 3.000 ó 5.000 ó 50.000 dólares de premio. Porque fomentan la pelea, el disenso y las faltas de respeto con el único objetivo de conseguir más audiencia. Porque intentan hacernos creer que todo es espontáneo; y eso es mentira, ya que, desde el momento en el que se coloca una cámara, se modifica la forma de actuar del sujeto que se observa. Y porque son todos la misma chola pero con distinta pollera.
Odio los reality shows porque además de invadir las pantallas de televisión llenan la Internet de tonterías inservibles. Porque hoy por hoy son una constancia de que lo que vende es el morbo y la “tele basura”, lo cual habla muy mal de la condición humana. Porque dicen mostrar personajes auténticos en la pequeña pantalla y a la vez hacen un casting para seleccionar a los concursantes – para mí, esto es una contrariedad–. Porque se reproducen como gusanos y también aparecen las secuelas –y ya se sabe: segundas partes nunca fueron buenas–. Porque llegan a transformar al más santurrón en el más hijo de perra de la tierra –es decir, son un engendro del diablo–. Porque hay presidentes como Álvaro Uribe (Colombis) que han utilizado la popularidad de estos programas visitándolos para arañar unos puntitos en las encuestas. Porque sus presentadores tratan de hacerse los graciosos con malísimos resultados –por lo general, no se ríe con ellos ni Dios–. Y porque dan millones y millones a muchos famosos que ya son multimillonarios (ejemplo: David y Victoria Beckham).
Odio los reality shows porque muchos buscan escarbar en lo peor de las miserias humanas; incluso hay programas que consisten en encontrar a un donante de riñón para un enfermo necesitado. Los odio porque están hechos para una audiencia no pensante –que se conforma con mirar y listo–. Porque se han convertido en tema de conversación en las cafeterías en detrimento de la política y de la economía. Porque mi mujer no me hace ni puñetero caso cuando tiene uno en sintonía –por lo que las dosis de mimos y abrazos se reducen cada vez que la televisión está encendida–. Y porque te los meten en uno u otro canal a todas horas: los repiten, dan resúmenes y buscan hacerte pensar que no hay vida más allá de los realitys. Pero lo que más jode es que su permanencia es, en definitiva, culpa nuestra, ya que somos los espectadores los que, con nuestra fidelidad, terminamos por decidir qué continúa o no en antena.

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