
Autor: Álex Ayala Ugarte
LOS AMO
Amo a los perso.najes infantiles porque dan trabajo, pues siempre hay alguien dispuesto a disfrazarse de Barney o de teletubbie para amenizar las fiestas de los niños. Porque aprendí a contar con el Drácula con monóculo de Plaza Sésamo. Porque historias como las de Heidi y Marco me emocionaron hartísimo en su momento –parecían telenovelas–. Porque nunca mueren. Porque además los jodidos no envejecen –y algunos con más de 50 años se comportan casi como recién nacidos–. Porque se dividen nada más en dos categorías: los que siempre ganan (Piolín o el Correcaminos) y los que siempre pierden (Silvestre o el Coyote) –es decir, no hay pérdida a la hora de clasificarlos–. Porque son como las herencias: sus historias se transmiten de generación en generación –sí, los preadolescentes de hoy en día siguen viendo todavía Dragon Ball Z o Los Caballeros del Zodiaco–. Y porque, cuando nos hacemos mayores, los recordamos con nostalgia, suspirando y pensando, como hacen los abuelos, que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Amo a los personajes de las series infantiles porque le toman el pulso a la realidad. Es decir, funcionan como el mundo, a base de hegemonías. Me explico: antaño, el espectro de los dibujos animados estaba dominado por Estados Unidos; actualmente, en cambio, nadie puede competir con la avalancha asiática –ni siquiera Disney–; y está muy bien que de vez en cuando haya transformaciones y se le dé la vuelta a la tortilla. Los amo porque su influencia es tal que son capaces de imponer modas en cuanto al diseño de las tortas de cumpleaños, en cuanto a la manera de vestir –remeras, calcetines, etcétera– y en cuanto a la forma de hablar y comportarse, entre otras cosas. Los amo porque, por lo general, tratan de enseñar lecciones a nuestros hijos. Porque buena parte de ellos han sido capaces de adaptarse a los tiempos modernos sin morir en el intento –ejemplo: Los Simpson, que van a la par de las nuevas tendencias–. Y porque los hay con fuerte espíritu de grupo, como Los Pitufos y los Power Rangers.
Amo a los personajes de las series infantiles porque saben bien cómo hacer reír a la gente –tanto a los niños como a los adultos–. Porque no arman sindicatos, ni preparan marchas ni exigen beneficios sociales. Porque son felices sin necesidad de satisfacer los impulsos más vitales –casi nunca se les ve ni meando, ni comiendo ni cogiendo–. Porque son de todos los colores –sobre todo, cuando me encuentro bajo los efectos de alguna extraña sustancia psicotrópica–. Porque son políglotas –aunque, a pesar de ello, ninguno trabaja como traductor–. Porque son capaces incluso de cambiar para dar un mensaje positivo. Sin ir más lejos, el famoso Monstruo de las Galletas, después de 30 años de glotón consumiendo este alimento, se ha pasado hace poco a la vida sana, y ahora engulle verdura por montones y filetes a la plancha. Y porque, al contrario que los bolivianos, son puntuales y siempre están a la misma hora en la pantalla de la televisión.
LOS ODIO
Odio a los personajes infantiles porque, más allá de las primeras impresiones, detrás suyo creo que se esconden realidades un tanto macabras. Los ojos saltones de algunos de ellos y sus pupilas dilatadas podrían indicar una clara adicción a la cocaína; según el doctor Rubio Larrosa, la Caperucita Roja es el prototipo de mujer fatal que incita a los hombres y acostumbra a pasearse por donde merodea el lobo feroz; algunos psiquiatras sostienen que Harry Potter, el joven aprendiz de mago, muestra delirios de grandeza y esa energía inagotable para emprender aventuras de riesgo que suele caracterizar a los que sufren de desorden bipolar –y, como corresponde a este mal, a sus momentos de euforia le siguen otros de notable apatía y un considerable sentimiento de culpabilidad–; y la pediatra canadiense Sharah E. Shea dice que Winnie Pooh padece habitualmente por un déficit de atención con hiperactividad y por un trastorno obsesivo compulsivo, como lo demuestran su fijación por la miel y su manía incontrolable de contar sin cesar.
Odio a los personajes infantiles porque los hay que hablan a los niños como si fueran subnormales y porque a otros ni siquiera se les entiende –¿Comprenden ustedes algo de lo que dicen los teletubbies?–. Los odio porque, en torno a ellos, uno puede plantearse un sinfín de preguntas que quedan finalmente sin respuesta; y al respecto les dejo algunas muy interesantes que hallé por la Internet: ¿Qué especie de engendro genético es Goofie?, ¿Cómo puede mantener el equilibrio Piolín con semejante cabeza?, ¿Qué clase de dudosa sustancia suelen consumir los enanitos de Blancanieves para, después de 20 horas seguidas de trabajo, salir de la mina cantando y silbando?, ¿Por qué van Hansel y Gretel tirando migas de pan por el bosque cuando su padre les iba a abandonar por no tener nada para darles de comer?, ¿Por qué nadie sabe quién es Superman si tiene la misma cara que Clark Kent? Los odio además porque suelen ser protagonistas de los complicados puzzles para niños que terminan quebrantando mi cabeza. Y los odio por ingenuos. ¿Por qué el Correcaminos gana al Coyote empleando siempre los mismos trucos?
Odio a los personajes infantiles por triunfadores –envidioso que es uno, ¿verdad?–, pues no les basta con su victoria en cines y pantallas de televisión y se han apropiado también de los videojuegos. Los odio porque algunas de sus canciones contienen inquietantes mensajes subliminales –y no es broma; si quieren comprobarlo, dense una vueltecilla por youtube–. Porque, según el lugar en el que estemos, tienen uno u otro nombre –por ejemplo, Enrique y Beto, de Plaza Sésamo, en España son Epi y Blas–. Porque cada vez me repugnan más las películas de Disney, con las canciones de Phil Collins (todas iguales), las colecciones de figuritas para McDonald's y, sobre todo, porque se plagian una y otra vez a sí mismas –más que nada, en lo referente a los personajes y los argumentos–. Y los odio porque van a perseguirme hasta la muerte, ya que seguirán acompañando a mis hijos y a los hijos de mis hijos... Amén.

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