
Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte
En la urbanización Copacabana, casi en las afueras de la ciudad de El Alto, el muerto que fue hallado en una zanja hace tres meses –un taxista acogotado, se supone– preocupó muy poco a los vecinos. A ellos lo único que les importa desde hace mucho tiempo es el agua. “Aquí, de vez en cuando, botan a algún tipo tras haberlo degollado”, comenta Rubén Gutiérrez como si fuera lo más normal del mundo, señalándome el lugar donde apareció el finado. Sin embargo, cuando habla de la escasez del líquido elemento parece el hombre más indignado de la tierra. “Con lo que nos traen, no alcanza. Vivimos como animales”, me dice.

Día uno: toma de contacto
No había casi nadie en las calles. Y yo sentía la boca seca como nunca. Los pasos eran lentos. Las distancias, enormes.
“En algunos ríos es un crimen sacar peces; en otros, es un milagro” (Richardson).
El camino a la urbanización Copacabana es complicado. La primera parada es La Ceja, un magma en constante ebullición repleto de kamikazes con las manos al volante, vendedores ambulantes, iglesias cristianas, salteñerías y prostíbulos. Hasta nuestro destino, en el camino antiguo hacia Viacha, hay al menos media hora de camino: ex tranca de Senkata, curva a la derecha, curva a la izquierda y los barrios Cristal I y Cristal II. Cuando estamos ya cerca, las pintadas en las fachadas de algunas casas dan cuenta de que estamos en tierra de nadie: “Los autos sospechosos serán quemados”; “personas sospechosas (también) serán quemadas”.
En la zona –creada hace ya más de 10 años–, vistas las amenazas, parece que fuego no es precisamente lo que falta. Pero no hay con qué apagarlo. Los vecinos más afortunados reciben agua para dos turriles –unos 400 litros– una o dos veces por semana. Los menos, se tienen que conformar con uno nada más para cubrir sus necesidades más primarias: consumo personal, higiene y cocina. Si el infierno tuviera nombre, se llamaría Copacabana: remolinos de polvo, basura acumulada, calles sin ruido… Acá, la sensación de sed se multiplica; y el sol cuartea la piel.
En el corazón del barrio, una cortina hace las veces de puerta en la tiendita de Rosmary Nina, de 40 años, que se protege con una gorra y una chompa de color rosado. "Hello, welcome", dice una voz metálica conectada a un dispositivo cada vez que alguien se acerca. Su comercio es de los pocos que hay en la zona; apenas vende algo de cemento, refrescos, dulces, azúcar y rollos de papel higiénico. Es en el patio donde se acumula el agua: apenas dos turriles –uno casi lleno y el otro a medias–. “¿Usted cree que con esto se puede vivir?”, me pregunta Rosmary. Y ella misma se contesta. “En la casa somos ocho: mi esposo, yo y seis hijos. Lo que nos traen los camiones cisterna es insuficiente. Cuando nos queremos lavar, tenemos que ir a duchas públicas, donde nos cobran Bs 5 por 15 minutos. Eso no es justo”.
Según las estadísticas, el consumo de agua por persona en los países más desarrollados se acerca a los 300 litros diarios, ante los 25 que se consumen de media en las regiones subdesarrolladas y los 80 que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS). En casa de Rosmary, cuando hay suerte, toca a 14 litros al día por persona; y con ellos deben hacer alcanzar para todo. Desesperanza.
No lejos de allí, la tragedia continúa. Bajo un techo de calamina, entre paredes de adobe más húmedas que sus propias gargantas, se alojan Luisa Margarita Sonco, de 64 años, sus dos nietos huérfanos de 5 y 15 años, su padre, de 78, y su madre, de 86; esta última, víctima de una tos ya casi crónica. “Bien desesperados estamos – me confiesa Luisa–. Mi mamá, con el agua que tomamos, se pone peor”. Y resume el drama con apenas un puñado de palabras: “ser pobre acá es bien difícil, joven”.
Día dos: enfermedades
Nunca antes había visto ojos tan tristes como los de esos niños. Sujetaban sus tazas vacías y detenían la mirada en cada uno de mis pasos. No decían nada. Querían agua.
“Agua que no has de beber
déjala correr“ (refrán).
En la unidad educativa Copacabana I, un enjambre de niños pasa clase desde las nueve de la mañana. Las dos aulas habilitadas acogen a niños de toda edad. Muchos tienen verrugas en las manos. Otros, sarna. Las caras son un compendio de cicatrices, de marcas causadas por falta de higiene; por escasez de agua, en definitiva.
Rubén Gutiérrez, de 45 años, vicepresidente de la unidad educativa, tiene el rostro ajado y una mirada de quinceañero que oculta bajo la sombra de una gorra militar. Todos los días, sin faltar uno, se da una vuelta por el colegio, donde está el único pozo habilitado por los vecinos de la urbanización.
“¿Ves que está sucio? Pues antes, cuando la Alcaldía no mandaba sus cisternas para aquí, al Distrito 8, teníamos que consumir esta agua. Muchos niños se han enfermado por esto”, reclama. Varios aún siguen con problemas estomacales. Y es que cuando el agua de la Alcaldía no logra abastecer a todos, hay familias que se ven obligadas a comprar agua a vehículos particulares, con un costo de Bs 7 el turril.
“Y fíjese en el agua que venden los privados: está turbia y huele raro –señala Rubén mostrándome el balde de un vecino–. Yo no creo que sea apta para beber, pero es la que tenemos que utilizar sí o sí cuando no nos queda otra. Hay rumores de que la recogen de Viacha, pero no sabemos bien de qué parte”.
PULSO, que hizo un recorrido días atrás por esta población cercana, pudo dar fe de la insalubridad de ese agua. Allá, cerca de un conocido restaurante llamado “El Rancho”, sorprendimos bien temprano, a primeras horas de la mañana, a varios camiones recogiendo el líquido elemento – el oro azul que dicen algunos– de una vertiente contaminada al lado de la carretera. Uno de los choferes, mientras llenaba su cisterna, estaba lavando ropa en el lugar; y ninguno se dejó fotografiar.
“Cuando un niño se pone mal –relata Rubén–, tratamos de curarlo con matecitos. Lamentablemente, ningún hospital nos queda cerca; o no podemos costearlo”.
Actualmente, se calcula que son más de 100 las familias que habitan la urbanización Copacabana. La luz llegó hace poco tiempo –antes se alumbraba sólo con velas–, no hay alcantarillado y las casas no tienen ni siquiera pozos ciegos. Las necesidades se hacen en las pampas. Y los cimientos de nuevas edificaciones crecen con cada día que pasa. Sobre todo, por la amenaza de Los Sin Techo, que han intentado ocupar varias veces lotes vacíos.
Mientras tanto, a lo lejos, como si fuera un espejismo, el nevado Illimani, uno de los mayores repositorios de agua del país, se alza imponente, dominando el paisaje. Algunas personas elaboran ladrillos de adobe en plena vía pública. Mil se venden por Bs 600. En ocasiones, son el único recurso económico para las familias.

Día tres: derecho al agua
Unos están adentro: cocinan, se bañan y beben cuando quieren. Otros están afuera: no tienen ni para lavarse. ¿En qué parte del círculo estás tú?, me preguntaban.
“Tiene que beber arena el que no
bebe agua nunca” (Groucho Marx).
Oficinas de la Empresa Pública Social del Agua y Saneamiento (EPSAS) en El Alto, plaza La Paz. El ambiente es frío. Un cartel dice que el agua es un derecho. Sin embargo, otro a su lado hace recuerdo de los requisitos imprescindibles para tener acceso a ella: fotocopia del título de propiedad; fotocopia de la cédula de identidad; croquis de identidad; y plano sanitario si el inmueble tiene dos o más pisos.
El ingeniero Gary Rodríguez, de 44 años, gerente regional de El Alto, me espera en su despacho. Los dirigentes de la urbanización Copacabana le visitaron antes que yo, hace algunos días. Me siento y me explica las razones por las que todavía no hay agua en ese asentamiento. “El problema es que los papeles no los tienen al día; y tampoco existe una planimetría aprobada. Pero se les ha propuesto distribuirles agua mediante piletas o bien a través de cisternas, como hace la Alcaldía”.
Los reclamos se intensifican sobre todo durante la época seca –entre abril y septiembre aproximadamente–. Los tres camiones cisternas de EPSAS, con 10.000 litros de capacidad cada uno, atienden sobre todo emergencias –cuando hay fugas–; muchas partes del Distrito 7, provisionalmente, están abasteciéndose de agua gracias a más de 170 piletas; y zonas como Villa Ingenio, Julián Apaza, 20 de Mayo y otros 20 puntos periféricos están sufriendo de forma similar que los habitantes de la urbanización Copacabana. “Pero no podemos aprobar la instalación de conexiones domiciliarias mientras la situación de la gente sea irregular”, justifica Rodríguez. Según el gerente regional, cerca del 90 por ciento de la población de la ciudad de El Alto recibe agua.
Una señora de pollera que tiene su refugio cerca de la unidad educativa Copacabana I no entiende, sin embargo, ni de documentaciones ni de porcentajes. “Yo ni cédula de identidad tengo. A mí no me da la plata para sacarla. ¿Qué espera usted que haga? Lo que yo quiero es agua, no más explicaciones”, dice.
Paradójicamente, a unos metros de su casa, en una caseta rodeada por alambradas, funciona un pozo de EPSAS que bombea agua de algún río subterráneo. Es uno de los más de 30 que se encuentran en posiciones estratégicas. Y llama la atención, en este caso, el hecho de que se halle en el epicentro de un barrio sin agua.
La lucha por los servicios básicos comenzó en Bolivia en 2000, cuando los habitantes del departamento de Cochabamba paralizaron la región en protesta por una subida de tarifas; el conflicto –que fue bautizado como “La Guerra del Agua”– concluyó con la expulsión de la transnacional Bechtel, que gestionaba la distribución de este recurso.
La segunda parte de esta historia transcurrió en El Alto en 2005; y culminó cuando la presión de las juntas de vecinos obligó a la rescisión de los contratos con la multinacional Suez.
Y, finalmente, con la llegada de Evo Morales hasta la presidencia, se creó el Ministerio del Agua, que tuvo como primer titular a Abel Mamani, un reconocido dirigente vecinal de El Alto.
Sin embargo, en lugares como la urbanización Copacabana, la batalla continúa. Y es que allí se vive la “otra guerra del agua”, la de la supervivencia. Parece mentira que en la que ha sido denominada por muchos como la ciudad del siglo XXI haya enclaves donde se vive como si se estuviera en pleno siglo XIX.
Día cuatro: la distribución
Con la cisterna, Jorge parecía el amo del mundo. Con sus 10.000 litros de agua estaba arriba, en la cabina de su camión, a varios metros del suelo. El resto, con gesto desesperado, abajo, esperando el líquido elemento.
“La sed que se sacia con agua volverá
a atormentarte; sólo siendo agua se
dejará de tener sed” (Julio Cortázar).
Cuando el camión de Jorge Gutiérrez, de 45 años, llega a la urbanización Copacabana –miércoles y viernes generalmente–, su bocina hace espantar a las ovejas, levanta un polvo que se adhiere al paladar y consigue abrir una por una las puertas de las casas. Desde hace tres años, Jorge distribuye agua en El Alto por orden de la Alcaldía. Máximo, dos turriles por familia. Algunos de ellos son de plástico. Otros lucen oxidados. Y hay quien se aprovisiona únicamente con pequeños baldes.
“Son más de 500 ó 600 vecinos. Una cisterna sola no alcanza”, confiesa Jorge. Con cada una, se llenan nada más 50 turriles. Pese a todo, la vieja manguera del camión –hecha a base de remiendos– hace las veces de cordón umbilical para los vecinos.
No es para menos. En la urbanización, literalmente, el agua es sinónimo de vida. Y para Rosa Velarde Alejo, de 63 años, cada vez que recibe el agua de la cisterna de Jorge es como si hubiera caído maná del cielo. “Siempre estamos sucios aquí, ¿no ve? –me comenta–. Luego, me invita a pasar a su patio, una pequeña explanada donde uno no encuentra ni el atisbo de una sombra.
“Así vivimos pues, joven. No podemos ni siquiera criar unas gallinas. De sed se morirían. Tampoco hemos podido levantar una casita –dice, y me señala hacia un diminuto cuartito–. Hasta para hacer adobe es que se necesita el agua”.
De un par de cuerdas, cuelgan algunas ropas. “La ventaja, al menos, es que con tanto sol todo seca rápido”, ironiza.

Día cinco: las expectativas
Me enseñaron fotos de los nevados: de Chacaltaya, del Condoriri; muy pronto, los veremos ya sin sus aureolas blancas.
“Agua de pozo y mujer desnuda echan
al hombre a la sepultura” (refrán).
Instituto de Hidraúlica e Hidrología. Calle 30 de Cota Cota. Edson Ramírez, subdirector del mismo, maneja algunos gráficos en la computadora. Los protagonistas de los mismos: los glaciares que dan de beber a las ciudades de La Paz y El Alto.
Según las investigaciones realizadas, el sistema de glaciares Tuni Condoriri, que abastece con su deshielo a la ciudad de El Alto y a las laderas de La Paz, perdió un 35 por ciento de su masa helada entre 1987 y 2004. “Todo, por culpa de la variación de diversos parámetros como la cantidad de lluvia, la temperatura, la humedad, la nubosidad, la intensidad de la radiación solar y la aparición de El Niño”, apunta Ramírez.
“Asimismo –prosigue–, de acuerdo a las tendencias actuales, podríamos adelantar que las superficies heladas de la zona de Condoriri desaparecerían en el año 2045; y las de la cuenca de Tuni, hacia el 2025”.
Las consecuencias del deshielo, entre tanto, están ya a la vuelta de la esquina.
Según Ramírez, el próximo año la demanda de agua comenzará a superar a la oferta. “Lo que no significa –dice– que se vaya a producir un desabastecimiento inmediato, pues todavía quedan suficientes reservorios naturales”.
Por otro lado, se calcula que para que llegue al consumidor un litro de agua se deben extraer entre 1,4 y 1,6 litros, por lo que siempre hay una inevitable pérdida.
Son fugas involuntarias difíciles de controlar. Hasta Jorge, todo un experto en el manejo del agua, derrama algunos chorros cada vez que carga o descarga su cisterna. Y, con cada gota, un pedazo de vida se queda en el camino.
Día 6: el camino de regreso
En este lugar sin agua, el que más turriles llenos tiene es el rey, pensé en un primer momento. Pero cuando estaba ya de regreso hacia La Paz me di cuenta de que había muchos reyes y ningún reino.
“Se puede vivir sin petróleo y hasta sin amor, pero no sin agua” (Cervantes).
La basura se agolpa en las esquinas que conforman la calle principal de la urbanización Copacabana. No se ve ni un minibús. Apenas, alguna que otra destartalada bicicleta. En la escuela, los muchachos hacen algunos dibujitos. Algunos de ellos se ven obligados a estar en sus casas hasta dos y tres días solos porque sus padres fueron a trabajar al campo; otros no asisten a clases por vergüenza. Según una profesora, “porque no pueden asearse por la escasez de agua”.
De regreso a La Paz, dos vendedoras de la avenida 6 de Marzo botan el contenido de dos baldes en la acera –calculo que entre cinco y diez litros de agua–; un policía escupe al suelo; una pareja intercambia saliva en una esquina; de una azotea, una mujer derrama parte del agua que iba destinada a sus plantas; y un señor de lentes toma un cuarto de litro de Coca Cola embotellada.
Mientras, en la urbanización Copacabana, de vez en cuando, Rosmary mata el tiempo atendiendo a algún cliente en su tiendita. Hasta el próximo miércoles Jorge no volverá con su cisterna.

Cuadro/ los deshielos en la region
No es casualidad lo que está pasando: ni que los hielos del nevado Chacaltaya estén por desaparecer, ni que cada vez llueva menos ni que se estén agotando las reservas del líquido elemento en Bolivia.
Este fenómeno es global, influenciado en buena parte por el problema del calentamiento del Planeta.
Según la declaración de Manizales (Colombia), firmada el pasado mes de agosto por el Grupo de Trabajo de Nieves y Hielos del Programa Hidrológico Internacional de la UNESCO, hay claras evidencias de que por el aumento de las temperaturas en las últimas tres décadas se ha producido un fuerte retroceso glaciar en los países andinos y en México, lo que ha llevado a la desaparición de numerosos remanentes de agua.
Según los expertos, numerosos glaciares tropicales andinos de pequeña magnitud ya han dejado de existir; y las actuales tendencias señalan que el problema va a seguir creciendo sin remedio.
Sólo en la Cordillera Blanca de Perú han sido registrados 145 casos de desaparición de glaciares entre 1970 y 2003; y los que todavía quedan han sufrido una reducción total del 26 por ciento de su superficie. En Ecuador, los inventarios de 1997 y 2006 indican una reducción del 27 por ciento. En Colombia, en los últimos diez años, la reducción ha sido del 2 al 5 por ciento anual. En Venezuela, luego de la pérdida del 87 por ciento de la superficie glaciar en los últimos 50 años, sólo quedan los glaciares de la Cordillera de Mérida, . Y, en la Cordillera Norte y Central de Chile y Argentina, los glaciares Echaurren y Piloto, monitoreados desde la década de los 70, incrementaron sus pérdidas de masa desde 1980.
En este contexto, se puede decir que las perspectivas no son nada buenas. Y se calcula, además, que hasta fin de siglo aumentarían en cinco grados las temperaturas.

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