
Autor: Álex Ayala Ugarte
LA AMO
Amo la inspira-.ción porque me la imagino de una infinidad de formas: me imagino, por ejemplo, a un hada con su varita mágica y sexy minifalda que me toca tiernamente en la cabeza mientras yo me deleito con sus piernas; cuando me pongo místico, me imagino un soplo de claridad que me ilumina –como si fuera un mesías–; y a veces me imagino también a un señor un poco hijo de puta porque no aparece cuando más lo necesito. Amo la inspiración por inconclusa, porque en ocasiones se queda a medias, y es entonces cuando tenemos que confiar en su otra cara: en el trabajo. La amo porque es un tanto anárquica, y se hace presente cuando uno menos se lo espera: en la taza del baño, en la cama o en la ducha –aunque en este último caso es jodido, porque uno sale de ella y a menudo no se acuerda de lo que una ráfaga divina puso minutos antes en su cabeza–. La amo por invisible, porque su carácter intangible nos hace dudar –¿existe o no existe? –. Y porque es un poco como la “querida” de mi vecino: todos la conocen pero nadie la ha visto.
Amo la inspiración porque actúa en todas las facetas de la vida: un amante inspirado es capaz de hacer maravillas con los “bajos fondos” de una grácil señorita; un inventor inspirado puede llegar a dar con la respuesta a teoremas irresueltos con sólo tropezarse con sus propias ideas en el lugar adecuado y en el instante preciso; y un poeta tocado por las musas mantiene siempre a cinco o seis mujeres a sus pies –es decir, tiene donde elegir–. Amo la inspiración porque, si no llega, uno puede salir a su encuentro –y hay una infinidad de herramientas para ello: el tabaco, el alcohol, la droga, el sexo (sí, ya lo sé, todos son vicios)–. La amo porque es un don pasajero que, de una o otra forma, llega a todo el mundo en algún momento –o sea, no hace distinción entre clases sociales–. Porque, en buena parte, se basa en la experiencia –en lo que uno tiene almacenado en el inconsciente–, y eso quiere decir que no es gratuita, que hay que cultivarla. Y porque es siempre un buen motor hacia el éxito, siempre que se pase del dicho al hecho, claro está.
Amo a las personas que son visitadas por la inspiración constantemente –e intento estar a su lado cada vez que puedo para ver si tengo suerte y es que algo se me pega–. Amo el proceso que sigue a la inspiración en sí misma: el hecho de anotar cada una de las reflexiones en un bloc o de grabarlas inmediatamente en la memoria del celular para que no pasen a engrosar las listas del olvido –ya lo decía el pensador David Allen: “la cabeza es para tener ideas, no para mantenerlas ahí”–. Y amo a los privilegiados –escritores, cantantes, científicos o filósofos– que se alimentan permanentemente de las musas, pues son muchas cosas las que nos regalan.
Amo la inspiración por pasajera, porque se deja querer y porque es coqueta –primero se insinúa y luego desaparece–. La amo por agresiva, por creativa y por impulsiva –en definitiva, porque es lo más parecido a una buena amante–. Y la amo por ser cómplice de esa otra entrañable compañera cuyo nombre es soledad.
LA ODIO
Odio la inspiración porque no sirve para casi nada si es que no se cruza contigo cuando trabajas –y la jodida suele aparecer en los momentos más inoportunos: cuando te estás cepillando los dientes, cuando estás comiendo o cuando no tienes absolutamente nada en donde plasmar los resultados del “aliento mágico”–. Odio la inspiración cuando se pone escurridiza y no consigo hallarla ni siquiera en la sección de “objetos perdidos” de mi cerebro. La odio porque, por lo general, su influencia es mínima a la hora de afrontar cualquier tarea –y es que la fórmula más habitual suele ser la siguiente: 90 por ciento de transpiración y 10 por ciento de inspiración–. La odio, además, porque casi nunca termina lo que empieza –es decir, por ineficiente–. Porque es traicionera, ya que nos arrastra siempre hacia un falso estado de euforia, hacia una especie de espejismo –en este sentido, se comporta un poco como nuestra selección de fútbol–. Y la odio porque muchos la confunden con el talento; y son dos términos diametralmente distintos.
Odio la inspiración porque semejante palabra ha sido utilizada a lo largo de la historia como coartada de una infinidad de plagios –sobre todo, en lo relativo a la escritura–. Porque es la hija bastarda de la genialidad. Porque es tan culpable de los éxitos (por sus apariciones) como de los fracasos (por sus ausencias). Porque necesita normalmente de presencias adicionales –de la constancia, de la perseverancia, etcétera–, ya que por sí misma suele ser incapaz de conducir al éxito. Y es que, según Frank Tibolt, “la acción siempre genera inspiración, pero la inspiración rara vez genera acción”. La odio también porque dicen que es “como un apretón intestinal que hay que atender rápido –o sea, siguiendo con la metáfora, se puede afirmar que “cagas” si es que no tienes un pedazo de papel higiénico a mano–. Porque no es corporativa –es bien difícil que beneficie a un grupo entero en el mismo instante–. Y porque cuando se vuelve repetitiva y rutinaria deja ya de ser inspiración para convertirse en una simple sucesión de buenas ideas.
Odio la inspiración cuando llega a otros antes que a mí –y me tengo que poner a la cola a ver si es que, por casualidad, algo me toca–. Odio que me inspiren cosas un tanto extrañas –como las mujeres desnudas, los besos frescos o el sexo en la playa–. Odio a los genocidas, psicópatas y demás escoria que piensan que sus actos son producto de una especie de inspiración divina o algo así. Odio igualmente a los que dependen sólo de la inspiración para hacer buenas cosas, pues son normalmente los que nunca terminan haciendo nada bueno, y a los que usan la inspiración para joder a otros –es decir, a los banqueros despiadados, a los prestamistas sin escrúpulos y a otra gente de dudosa moral–. Odio la inspiración porque no estoy muy seguro si es que me sale de la cabeza o me sale de los huevos –y nunca me ha gustado dudar–. Y la odio porque ya se me acabó la dosis diaria y no sé si me alcanzará para terminar bien esta columna. Aviso para navegantes: necesito unas vacaciones para recuperarla.

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