domingo, noviembre 30, 2008

GAY TALESE, EL HOMBRE DE LA GABARDINA



Autor: Alex Ayala Ugarte

En una ocasión, un crítico colombiano dijo que el periodista “Gay Talese es hoy por hoy un fantasma para nosotros, pero un fantasma prestigioso”. Razón no le falta. Sus libros hace mucho que no se editan en ninguna de las capitales del mundo editorial; y son pocos los que pueden encontrarse en el idioma de Cervantes.
Sin embargo, y pese a este olvido, Talese, un norteamericano con raíces italianas, sigue siendo una de las figuras más emblemáticas del periodismo, gracias sobre todo a que ha sabido estar siempre donde no suelen estar los periodistas, en los lugares donde no existe la noticia.
¿Su secreto? Una capacidad de camuflaje envidiable. Y es que a pesar de utilizar de manera permanente sombrero y gabardina, pasa desapercibido, lo que le ha permitido husmear en las vidas ajenas como nadie. Más que a preguntar, se dedica a observar. Sus historias nacen de la anécdota, de un momento que podría parecer como otro cualquiera; y terminan convirtiéndose en textos de antología.

El método

“El nuevo periodismo, si bien a veces parece ficción, no lo es. Es, o debería ser, tan digno de confianza como el reportaje más directo, aunque busque una verdad más amplia que lo que se logra a través de la sencilla compilación de los hechos verificables, del uso de las citas directas y de la adhesión al rígido estilo organizado de la forma más antigua”. Las palabras de Gay Talese en el prólogo de su libro Fama y oscuridad son un buen resumen de su método; según Talese, cualquier forma de contar historias es respetable; y lo importante, dice, “es no ser un entrometido, seguir a los personajes anotando sus reacciones y aprender a integrar en una escena el diálogo y el talante, la tensión, el drama y el conflicto”.
Hasta aquí todo normal. Para muchos, estas técnicas no son ya novedosas; sino más bien habituales entre los periodistas. Pero uno cambia de impresión en cuanto conoce la peculiar manera de trabajar que tiene Talese.
“Las entrevistas que yo hago no son polvos de una noche. La persona que entrevisto tiene que entender que nos estamos embarcando en una relación de largo plazo, donde nada tiene que ser confidencial. Claro, acepto ciertas condiciones y las cumplo. Pero si me dicen que algo es confidencial, simplemente no hablo con ellos”, explica. En sus coberturas, entre tanto, toma anotaciones discretamente. “Corto en tiras las cartulinas que traen las camisas cuando llegan de la lavandería y escribo encima. En todo momento, cargo un bolígrafo y algunas de ellas”, dice.
Y nada culmina cuando termina la reportería –una labor que en el caso de Talese puede ser de varios meses–. Más bien, es en ese instante cuando todo empieza.
“Lo primero que hago es intentar imprimir una oración –analiza–. Ojo que digo intentar imprimir una oración, e imprimir, no escribir. Uso grandes letras mayúsculas. Y, a veces, me toma un par de días tener cinco o seis oraciones en grandes mayúsculas. Éste es el inicio de una pieza. Cuando tengo por ahí cuatro o cinco páginas en mayúsculas, las paso a máquina de escribir a triple espacio. Luego, edito y reescribo las oraciones una y otra vez hasta que tengo una página a máquina que me satisface. Después, tomo esa página y la pego a la pared con un alfiler y repito todo el proceso otra vez. Es decir, escribo otra página y la pego a la pared al lado de la anterior. Son como piezas de ropa en un tendedero; y puedo poner hasta 35 páginas seguidas en tres filas”.
“Lo hago porque me ayuda a tener una perspectiva diferente: puedo ver cómo se mueven las escenas, cómo funciona el lenguaje, cómo fluyen las oraciones. Me pierdo cuando reescribo y quiero volver a ver el material. Quiero verlo con ojos frescos, como si otra persona lo hubiera escrito”, confiesa. Y ese ritual es la única manera que ha hallado para que los textos no parezcan suyos.

La fórmula perfecta

Semejante labor de hormiga es lo que diferencia a Talese de otros periodistas; y una fórmula perfecta para obtener buenos resultados. Por ejemplo, una nota suya sobre un resfrío de Sinatra dio la vuelta al mundo; y otra extensísima sobre la construcción de un puente en Brooklyn es la prueba más palpable de que un buen relato puede surgir realmente en cualquier sitio.