
Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte
Comienzo mi experiencia como recogedor de basura oliendo a champú –lo que en vistas a lo que me espera a lo largo de toda la mañana es casi un insulto–. Son las seis de la madrugada de un día cualquiera. Otros compañeros llevan ya levantados hace un rato. En llegar de sus casas en El Alto hasta los predios de Sabenpe –la empresa de aseo urbano que se encarga de la limpieza de la ciudad de La Paz–, ubicada en Bajo Llojeta, demoran al menos una hora. Y allí no da tiempo casi para nada.
Oberoles naranjas, barbijos, guantes, escobas y mantas para recoger residuos –palabra bendita en este caso, pues los desperdicios de muchos dan de comer a los trabajadores– pueblan la escena. Tan temprano, un café es lo único que acepta el cuerpo. Y una flota compuesta por cerca de 50 vehículos se alista desde las 6:45 para recorrer las principales zonas de la urbe, de norte a sur y de este a oeste. Su presencia verde contrasta con los tonos oscuros y apagados de los desechos. En una sola jornada se pueden llegar a recolectar hasta 400 toneladas –una auténtica locura–.

Cuerpos menguantes
El primer turno se inicia a las 7:00 en punto. El chofer que me han asignado es Ángel Rodríguez, de 42 años, quien maneja el camión como si fuese una prolongación de su mano. Somos tres ayudantes: Isidro Zabaleta, Juan Vargas y yo. La tónica son los cuerpos menguantes, menudos, con una falta de musculatura casi crónica, pero capaces de meterse dentro de contenedores, de hurgar donde se ocultan las miserias del hombre, en bolsas, en pequeñas montañas de olores nauseabundos y en tachos que se reutilizan una y otra vez para botar lo que, aparentemente, ya no sirve para nadie.
Sin los recolectores de inmundicias se volverían locos los grandes restaurantes, las pequeñas tiendas de barrio y las licorerías, pero también los ciudadanos de a pie, tanto los privilegiados como las parias, pues, cuando de desperdicios se trata, todos somos iguales: Los pobres generan tanta basura como los ricos.
Cuando se hace rastrillaje, entre tanto, uno puede hallar de todo, como en botica. “Desde un ombligo hasta bebés”, reconoce Isidro. Sin embargo, los sueldos de estas personas al servicio de todos, no están acordes a la dureza de la tarea. También son menguantes, y más ahora, cuando la inflación amenaza con volverse galopante.“Apenas nos alcanza. Además, nosotros pagamos los almuerzos de nuestro bolsillo”, lamenta Ángel desde el volante de la movilidad.

Pata de palo
A las 7:30 llegamos a la ruta que nos ha sido asignada: Villa Copacabana. En las laderas, microempresas contratadas por la Alcaldía ayudan con la limpieza. Pero el trabajo duro corre a cargo de Sabenpe.
Lo primero que alcanzo a recoger es un peine –un objeto bastante agradable, sobre todo teniendo en cuenta el magma de fragancias asquerosas y colores muertos que puebla muchos de los rincones del barrio–. Pronto la panza del camión se llena con toda clase de desechos: Cáscaras de huevo, cartones, peladuras de naranja, vidrios rotos y un larguísimo etcétera. Y mis compañeros, poco a poco, me van enseñando, con su buen hacer, las técnicas de este oficio.
Primera lección: los perros son nuestros enemigos –y dan ganas de quitarse de en medio a unos cuantos de un palazo (espero que me perdonen por semejante afirmación las asociaciones protectoras de animales)–. Me explico. Una de las labores más ingratas es el acopio. Es decir, el barrido de las basuras que andan desperdigadas por uno u otro lado. Y los canes son los principales responsables de que los diferentes restos no se encuentren donde debieran, dentro de bolsas o en los contenedores.
Segunda lección: vista de lince. En esta profesión, uno no puede distraerse ni un minuto. La basura es el objetivo, y puede estar colgada de un árbol –los hay originales–, detrás de un movilidad o en cualquier recoveco inimaginable; y no se puede dejar nada por el camino.
Tercera lección: tener cuidado. Al vehículo, a menudo, hay que subir en marcha. Y cuando se desciende hay que hacerlo con una leve inclinación hacia adelante para no caerse de un traspiés. No hay que bajar la guardia, sobre todo en lo referente a la prensa hidraúlica –esa parte del camión que se encarga de transformar los residuos en una mole–, pues son muchos los accidentes por un descuido. En las instalaciones de Sabenpe, sin ir más lejos, un hombre de mediana edad recorre el terreno con una pata de palo. Otros como él perdieron en su momento dedos y manos.
10:30 horas. Mi primera sorpresa desagradable se halla escondida dentro de un bote de pintura. Cuando lo alzo, una sustancia viscosa se bambolea en su interior. Son heces fecales. Pese al barbijo, una profunda arcada pide paso desde lo más profundo de mis entrañas. Así es la vida; y más en este oficio, en el que toca aguantar realmente de todo: polvo, barro, lluvia y hasta los bloqueos de vecinos ya cansados por la falta de gas o el aumento de la delicuencia.
La campana
Son las 12:00. Ángel recorre las laberínticas subidas y bajadas de Villa Copacabana de memoria. Se orienta mejor que los taxistas. Y reduce la velocidad cada vez que uno de los ayudantes toca la campana, cuyo sonido interminable, estridente a veces, resulta casi más emputante que los bocinazos de los minibuses, ansiosos por adelantar a nuestro carro. Pero su función es indispensable. Su sonido es la señal para que la gente saque la basura frente a sus puertas. Algunos lo hacen deambulando como almas en pena; otros reclaman de vuelta sus bolsas después de haberlas descargado; y los que no se apuran y tienen que correr después tras el camión para darle alcance. Más les vale: Abandonar los residuos a horas indebidas en lugares inapropiados acarrea una sanción que oscila entre Bs 200 y Bs 1.000.
13:30 horas. Es tiempo para un almuerzo rápido, violento: entrada, sopa, segundo y refresco por Bs 5. Después, tras una hora más de intensas labores de limpieza, mientras el carro se dirige hasta el vertedero de Alpacoma, empiezan a sentirse los primeros daños colaterales: macurca, picores en el cuerpo y un ligero dolor de cabeza por el sol implacabale de la jornada.
Epílogo
16:00 horas. Isidro, Juan y Ángel se dirigen a las duchas. “Sólo dos funcionan”, reclama Ángel. Paradójicamente, los hombres “más limpios” de La Paz deben hacer fila para eliminar de uno en uno los olores de la basura. “Luego, nos retiramos a descansar”, dice. Y otra vez comienza el ciclo: ellos duermen mientras la ciudad se ensucia.

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