martes, agosto 26, 2008

LOS DESAPARECIDOS DE PAMPAHASI



Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

El rostro más famoso de Pampahasi es el de Rubén Díaz Mamani. Su foto se apropia de los postes que circundan la represa de agua; está presente también en la subida al barrio por la vía que recorre Villa Copacabana y Alto San Antonio; y una gigantografía a colores se impone en medio de la calzada para recordar a los vecinos que sigue desaparecido. En una zona que mira a La Paz desde las nubes, pisar tierra firme es todo un desafío.
El pasado sábado 26 de abril, antes del mediodía, Rubén Díaz salió en flota camino a La Paz desde la mina San Lorenzo, donde trabajaba como ingeniero. Esa mismo día, por la noche, acudió a un matrimonio invitado por la familia de su pareja, Nancy Quispe, con quien compartía la crianza de dos hijos, de una niña de tres años y un bebé de pocos meses. Desapareció a unas pocas cuadras de su casa. Vestía traje claro, camisa café y zapatos negros. Llevaba el celular y no se sabe cuánta plata guardaba en el bolsillo. Eran las cuatro de la mañana del día 27. Cuando tenía la intención de tomar un taxi, en la calle H, se perdió su rastro totalmente. Hoy, tres meses después, su caso sigue siendo un misterio sin resolver.
Julio de 2008. Sastrería de la familia Ticona, en Alto Pampahasi. Abraham Díaz, de 46 años, hermano de Rubén, ha viajado a La Paz para investigar sobre su paradero. Para él, estos viajes son casi como un ritual. Abraham es profesor en Oruro y aprovecha la mayor parte de los fines de semana para indagar. Sus cejas son pobladas y su mirada escueta. Viste chaqueta negra, un pantalón con finas rayas blancas y tiene las uñas cortadas al ras de sus dedos. Porta una agenda donde lo apunta todo, cualquier indicio. En la sastrería de los Ticona intenta hallar alguna respuesta. Sin éxito, como de costumbre.
Son las 14:30. Mientras conversa con Abraham, Donato Ticona, de 58 años, ajusta el pliegue de una camisa con paciencia de relojero. Su bigote es pequeño, pero salvaje. Su mirada es plana, ausente, como si el vacío más profundo se hubiera instalado en ella. Saca de un cajón de madera un afiche doblado muy parecido a los de Rubén Díaz. Es de Sidar Ticona, su hijo, de 32 años. Sidar salió a tomar unos tragos con sus amigos el 15 de marzo. Retornó a su casa con normalidad, pero volvió a ausentarse el 16 como a las cuatro de la mañana. En ese momento, llevaba una polera amarilla y negra, buzo beige y tenis blancos. No tenía nada de valor. Ni siquiera celular. Desapareció en la calle C.
“Aquí se escuchan muchos comentarios. Una señora nos dijo que habían encontrado el cuerpo de su hermano sin órganos. Pero al final parece que era mentira”, le dice Donato a Abraham dándole esperanzas. “A mi hijo dicen haberlo visto en Santa Cruz, Tarija, Guayamerín y El Alto –prosigue su relato–. Tampoco creo que sea cierto. Y nos han dicho además que un taxi blanco, sin placa, ronda por las noches, que secuestra gente”. El gesto de Donato es una mezcla de cansancio e incredulidad. Si tuviera que ponerle música, sería un réquiem.


Las estadísticas

Oficinas de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC), en la calle Sucre. División de Trata y Tráfico de Seres Humanos. La subteniente Gaby Teresa Coca rescata los expedientes de Rubén Díaz y Sidar Ticona del archivo. En ambos casos, se adjuntan varios datos de referencia: peso, estatura, marcas visibles en el cuerpo, color de ojos, de cabello… Otros dos informes dan cuenta de más desapariciones este año en Pampahasi.
El primero corresponde a Rocío Mallque Ríos, de 22 años. Rocío salió de su domicilio en la calle 3 el pasado 24 de marzo a las siete de la mañana para asistir a la universidad, y no regresó. El otro, a Martín Quintana Beque, de 33 años, quien desapareció el 10 de mayo a las 11 de la noche. Según la Policía, ninguna de las investigaciones en curso se ha concluido con resultados.
“El procedimiento es el siguiente. En primer lugar, se recepciona la denuncia. Luego, se realiza una entrevista con los familiares, pues es distinto que la desaparición sea voluntaria a que alguien se pierda. Finalmente, se realiza un afiche para su distribución. Se considera que una persona está desaparecida cuando no da señales de vida en 24 horas –explica la subteniente Coca–. Cuando se trata de niños, sin embargo, la reacción tiene que ser inmediata”.
Hasta mediados del pasado mes de julio se registraron 350 denuncias en La Paz: 200 de mujeres desaparecidas y 150 de hombres. Según Coca, se resolvieron 115. “Muchas veces, las desapariciones son voluntarias. Los adolescentes discuten con sus familias y se fugan de sus casas. Las chicas, a menudo, suelen escaparse con sus enamorados o sus amigas”.
Cuando las desapariciones son involuntarias, la información se registra en una página web (www.bolivianosdesaparecidos.org), creada con financiamiento de Save the Children. Según la misma, entre enero y junio de 2008 hubo 197 casos de este tipo –se resolvieron 16 (el ocho por ciento)–; en 2007 se produjeron 533 denuncias y se resolvieron 91 (el 17 por ciento); en 2006 hubo 278 y 67 resueltas (el 24 por ciento); y en el poco tiempo en el que funcionó el portal en 2005 hubo 26 y cinco resueltas (el 14 por ciento).
Las cifras marean, preocupan, y eso que hacen sólo referencia sólo a la ciudad de La Paz. En promedio, hay más de un denuncia al día de desapariciones. “Además –recalca la subteniente Coca– muchas ni siquiera se reportan. Entre los casos resueltos este año, la policía recuerda dos significativos. “Uno fue un secuestro express a una japonesa a la que los delincuentes dieron encuentro a la salida de un banco. La encontramos dopada; el otro fue una cuestión de trata de blancas con dos menores, de 14 y 16 años, que fueron captadas por una mafia y obligadas a prostituirse en diferentes clubs nocturnos”.
“¿Y qué hay de Pampahasi?”, le interrogo. “Es extraño. Allí han desaparecido demasiadas personas. No es normal. Se escuchan muchas historias. Se habla de una movilidad de color blanco que aparece por las noches; de tráfico de órganos; de que son los obreros de la construcción los que matan personas para colocar sus cuerpos en los cimientos de las nuevas casas. Pero son hipótesis muy poco probables. No hay prueba alguna al respecto”.


La madeja sin fin

Hotel Torino. Cerca de la plaza Murillo. Abraham Díaz pide un café con leche. Sus manos tiemblan. Es un amasijo de nervios. Revisa su cuaderno de apuntes antes de hablarme nuevamente de su hermano. “Rubén era apacible. No solía tomar. No se drogaba y era muy querendón de su familia. Venía todos los fines de semana a La Paz desde la mina y, justo cuando desapareció, estaba viajando con un dinero para comprar una casa. Yo no lo entiendo. Él no solía tomar. No tenía enemigos. Era fuerte. No sé cómo se lo pueden haber llevado sin que nadie se enterara. Me parece imposible”. Los ojos de Abraham se llenan de lágrimas como si de un acto reflejo se tratara. Su mirada expresa desesperación. A él le gustaría estar en su casa, en Oruro, como si nada hubiera sucedido.
No es para menos. Desde los tiempos de El Fantasma, un pandillero que atemorizó a medio Pampahasi hace más de una década, no se sentía tanta angustia en el barrio. Danilo Vargas, El Fantasma, estuvo la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Allí fue integrante de pandillas de latinos y negros; fue arrestado por asalto a mano armada y lo deportaron. En Bolivia, comenzó a hacer nuevamente de las suyas. Responsable de un sinfín de atracos, en marzo de 1996 lo detuvieron por asesinar en Alto Pampahasi a Wilson Gutiérrez, uno de sus compinches, utilizando una escopeta. Le cayeron 30 años y murió ajusticiado en Chonchocoro por los propios presos.
Desde entonces, más allá de hurtos menores, en Pampahasi no pasaba casi nada. Pero desde hace varios meses, la gente desaparece extrañamente sin dejar rastro. Septiembre de 2007 marcó quizá el punto de inflexión. El día 28 de ese mes, a las tres de la tarde, Daniel Ajalla Huanca, de 11 años, fue temprano a una tiendita al lado de su casa, en la calle 11, y nunca regresó. Delgado, sin lentes, de cara ovalada y orejas medianas, vestía un deportivo azul en el instante de la desaparición. “Es como si la tierra se los tragara”, me susurra una vecina.
Después de esta desaparición, vinieron otras, y la confusión se extendió como reguero de pólvora. Amén de los casos ya mencionados de Sidar Ticona, Rubén Díaz, Rocío Mallque y Martín Quintana Beque –archivados todos ellos en la Policía–, existen otros. En un recorrido por Alto Pampahasi, la lista aumenta con las desapariciones de Patricia Corina Cárdenas Quisberth, Violeta Mariela Corea, Isaac González y Marisela Alarcón.
Mientras para unos las desapariciones son como una madeja sin fin, para otros terminan al tirar del hilo. Pero lo que es relevante, en todo caso, es que en tan solo un puñado de meses, en apenas unas pocas cuadras de Pampahasi, haya desaparecido tanta gente. Es como si pisar su suelo, simplemente, resultara peligroso.


Luces y sombras

Casa de Daniel Mallque y Remedios Ríos. Acompaño a Abraham Díaz en otra de sus visitas. Remedios Ríos, de 40 años, abre la puerta metálica de su terreno, de color negro y con un número pintado a mano con tiza. Los perros ladran y Remedios la cierra para que no se escapen. Luce cansada, como si los días de espera hubiesen perforado sus ojos. Nos hace sentar en un par de graditas. Habla. Su voz se resquebraja.
Para Remedios Ríos, cuando su hija Rocío llamó hace unas semanas a su celular, fue como si se le hubiera aparecido el Espíritu Santo. “Estaba en el mercado y grité como una loca de alegría. No me importó nada”. Rocío llevaba cerca de tres meses con el cartel de desaparecida. “Había sacado malas notas en la universidad y había huido a Potosí, donde unas primas”, me confiesa. Antes, la habían buscado en la morgue, en los hospitales y hasta en los prostíbulos de El Alto. “¿Sabe usted la desesperación que es eso?”.
En Pampahasi hay otros casos similares, cortados todos con el mismo patrón.
Violeta Mariela Corea (12 años), desaparecida el 19 de abril cuando retornaba de su colegio, en el barrio de Villa Fátima, había ido a una pijamada a casa de una amiga sin el consetimiento de sus padres.
Martín Quintana Beque, desaparecido el 10 de mayo a las 11 de la noche y aparecido días más tarde, había tomado y ebrio emprendió viaje a Cochabamba sin avisar para conversar con unos parientes con los que no se hablaba desde hacía ya tiempo.
Y Marisela Alarcón, otra niña de 11 cuyos afiches acompañaron a Rubén Díaz durante varios días, había ido sin decir nada a visitar a uno de sus familiares.
Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte. Frente a la sastrería de los Ticona, en la calle Z, casi puerta con puerta, vive Betty González, de 26 años. Su padre Isaac, un ex policía jubilado de 77, desapareció el 26 de abril a las ocho y media de la mañana, hora en la que solía tomar un api en el puesto de la esquina. “Él era una de los fundadores del barrio y lo buscamos sin éxito con varios vecinos por toda la zona”, recuerda Betty.
“Nos han llamado con el cuento del tío, diciendo que si les recargábamos con una tarjeta el celular nos iban a decir su paradero. Pero nada”. Isaac apareció muerto, sin su reloj, el pasado 15 de mayo en una cumbre cercana, pero un tanto alejada de su casa. “El cuerpo ya estaba en descomposición y no se pudo realizar la autopsia. Yo estoy atemorizada. Antes no había crimen ni esas cosas. Y ahora dicen que están secuestrando a niños de los colegios; también que se han hallado cuerpos de chicas violadas en el río, donde hay más arena”.
Días después de mi encuentro con Betty, intenté hacer contacto con las familias de Patricia Corina Cárdenas, de 23 años, desaparecida el 20 de enero, y Daniel Ajalla. No respondieron a mis llamadas. Sus vecinos no quisieron hablar. Desconfianza. Y en sus domicilios tampoco conseguí hallar a nadie. ¿Seguirán aún en paradero desconocido?
En la Policía, entre tanto, no tienen constancia de varias de las denuncias investigadas por PULSO. Casos como el de Quintana Beque y el de Rocío Mallque continúan abiertos, a pesar de que los desaparecidos ya están desde hace tiempo en compañía de sus familias. “El problema –justifica la subteniente Coca– es que luego de que aparecen no lo reportan”.


Trata y tráfico

Unidad Educativa 24 de junio. Pampahasi. Encuentro con Víctor Silvestre, de 46 años, Presidente de la Junta de Vecinos. Con cara de preocupación, Víctor me recibe en un aula vacía. Sentado en una asiento de escolar, su estatura, ya de por sí escasa, se ve mermada considerablemente. Tiene cara de póquer. “La situación es ya preocupante –reconoce-–. Ni siquiera el nuevo retén policial ha conseguido evitar las desapariciones”.
Al menos tres pandillas, Delincuint, Recta Final y Punto Men, actúan en la zona; los robos en las casas son moneda corriente; hace unas semanas hubo un atraco a mano armada en el que se robaron cerca de Bs. 80.000; y en el retén no tienen constancia más que de dos casos de desaparecidos. Uno de sus afiches ni siquiera hace referencia a Pampahasi. En el barrio reina el miedo. Cerca de la represa, un muñeco avisa a los delincuentes de que no son bienvenidos. Los linchamientos podrían ser el siguiente paso.
Para Raquel Zurita, de la organización Pro Adolescentes Bolivia, responsable en el país de la página web de desaparecidos, la situación allá es preocupante. Se habla de tráfico de órganos; de secuestros en un taxi blanco... Pero para Raquel el peligro real está en una posible trata de personas. “Las desapariciones se dan en una mayor proporción en adolescentes y mujeres –recalca–. Por ejemplo, hay mafias que captan a chicas para fines de explotación sexual. Algunos tratantes, por otro lado, obligan a sus víctimas a cometer delitos y a traficar con drogas; otros los llevan a la mendicidad o al matrimonio servil”.
“Para reclutar gente, las mafias o las redes ofrecen trabajo, un salario alto, una buena vida. Es decir, escenifican una mentira. Trasladan a sus presas a otra región o a otro país y finalmente explotan a las personas. Como mecanismo de control, les quitan los documentos, les amenazan o les encierran”, prosigue Raquel.
Un repaso por la hemeroteca da constancia de sus afirmaciones. Y es que la trata, según un informe del Departamento de Estado de Estados Unidos, se ha convertido en una de las principales actividades del crimen mundial organizado.
En nuestro país, uno de los casos más graves se registró en 2001, cuando fue desmantelada una banda que gestionaba adopciones ilegales con niños de centros de acogida tutelados de la ciudad de Santa Cruz que eran enviados con documentos falsificados a España; en 2006, , se destapó un escándalo por transplante ilegal de órganos que vinculaba a Bolivia y Argentina. Los “donantes” eran todos jóvenes de entre 21 y 28 años vecinos de los barrios más pobres de Santa Cruz; en 2007 dos empresas de trabajo temporal fueron denunciadas en El Alto por captar a jóvenes adolescentes a las que llevaban a Perú con engaños para prostituirse; y la lista suma y sigue.
Las penas por trata de blancas y tráfico de seres humanos son casi una novedad en nuestra legislación. Por estos delitos, oscilan entre los ocho y los doce años de cárcel. Pero ni con esas se ha conseguido poner un freno a las mafias.
Se siguen ofreciendo órganos de dudosa procedencia en anuncios de prensa. Se sigue vendiendo la virginidad de niñas jovencísimas en locales de alterne por menos de 25 dólares. Y los kilómetros y kilómetros de frontera con los países vecinos son sinónimo de impunidad. Según datos de la Comisión de Política Social del Congreso, más de 24.000 niños, principalmente provenientes de áreas rurales, han viajado con dudosos permisos a Argentina, Chile, Perú y España desde el año 2000.

La banda de Milán

Alto Pampahasi, en plena búsqueda con Abraham Díaz por sus vías principales. Abraham se seca el sudor. En su periplo por hallar a su hermano, ha tocado puertas, ha recorrido la ciudad empapelándola de afiches y se ha comunicado con un sinfín de canales televisivos. “Incluso he llegado a contratar los servicios de un yatiri, que me aseguró que estaba muerto; también, los de un investigador privado”.
Este último, que me pide mantener el anonimato, maneja tres hipótesis sobre la fulminante desaparición de Rubén Díaz.
“La primera apunta a los familiares de su mujer, Nancy Quispe. Cuando les tomé declaración cayeron en contradicciones. Y no hay que olvidar que Rubén había viajado con plata; la segunda nos lleva a la mina San Lorenzo, pues Rubén había denunciado un robo de minerales y fue objeto de amenazas; y la tercera, a la banda de Milán, encabezada por Ramiro Milán Fernández, que antes operaba por la zona y que fue responsable del secuestro y la muerte de dos austriacos y un español en 2006”.
Ramiro Milán está recluido actualmente en la cárcel de San Pedro, pero varios miembros de su organización siguen prófugos y se sospecha que Milán todavía maneja los hilos de la misma tras las rejas.
“Entonces, no serían tan descabellado pensar que los huesos de Rubén Díaz hallan podido terminar en un cementerio clandestino de la avenida Periférica, como ocurrió con las personas violentadas hace ya dos años”, señala el investigador.
En aquella ocasión, los crímenes se pudieron resolver gracias a la actuación de un israelí experto en secuestros y a la confesión de unos borrachos que habían enterrado los cuerpos a cambio de botellas de licor, comida y una propina equivalente a 20 dólares. Para Abraham, hay mucho lugar aún donde buscar. En total, se calcula que son cerca de 16 los cementerios clandestinos que existen en La Paz.

La prevención

División de Trata y Tráfico de Seres Humanos. La subteniente Coca trabaja en un informe. En la oficina, un cuarto pequeño y húmedo, se agolpan decenas de casos aún pendientes. Son sólo cinco investigadores y un jefe de sección. A veces, no dan a basto. Se trabaja en coordinación con la Brigada de Protección a la Familia, con Radio Patrullas 110, con la terminal de buses, con Tránsito, con la División de Homicidios, la morgue, los hospitales y otro tipo de instituciones similares. Y los resultados no siempre son los esperados.
“El problema, además, es mayor de lo que parece, pues muchos casos ni siquiera son denunciados”, lamenta Coca.
“De cualquier forma –continúa–, para mí la prevención es la mejor manera de enfrentarnos a las desapariciones. No hay que dejar nunca a los niños pequeños solos. Muchas veces, los padres se ponen a chupar y se olvidan de sus obligaciones. Uno tiene también que conocer a los enamorados, a los amigos y el entorno de sus hijos. Hay que desconfiar de trabajos con sueldos demasiado gratificantes. En defintiva, fijarse en todo”.
Para Raquel Zurita, de Pro Adolescentes Bolivia, el ambiente familiar es clave. “A menudo, las fugas se producen por violencia física, psicológica o sexual; porque los jóvenes sienten que pertenecen a una familia expulsora; porque no se les acepta como son. Esas personas que se van de sus hogares son más vulnerables. Y con más facilidad caen en redes ilegales, cuyos tentáculos van más allá de lo que podemos imaginar”.

Epílogo

Sastrería de la familia Ticona. Donato Ticona interrumpe su actividad para salir a la calle por un instante. Después de la desaparición de su hijo pareciera que le han caído algunos años de más encima. Se mueve lentamente, como incómodo con los espacios, con las esperas. “Mi hijo no se merecía esto –me comenta–. Era muy tranquilo en su trabajo, en una encuestadora de la plaza Abaroa. Era deportista. Y no frecuentaba malas compañias”.
Abandonando Alto Pampahasi, en el descenso por la avenida, los afiches de Rubén Díaz me acompañan como si fueran un desfile de rostros que no termina. El barrio, con sus construcciones de adobe, ladrillo al descubierto y calamina, con sus calles con nombres de letras del abecedario, se vuelve un laberinto.
Siento como si Rubén me observara desde cada poste de luz, desde cada minibus, desde cada esquina. Pero su presencia toma forma únicamente en las fotografías. Si ahora tuviera que escuchar una canción, preferiría que fuera silenciosa.

4 comentarios:

Alberto Medrano dijo...

Hola amigo

la verdad tus articulos son muy buenos, te comento que siempre los leo, y éste de los "desaparecidos" la verdad me impresionó,

te comento que en El Alto abundan los afiches en las calles, buscando a personas secuestradas, incluso en la puerta de la FELCC de El Alto se exponen la "busqueda de personas" y sus familiares se hallan llorando con desconsuelo fatal

te comento que tengo un blog de noticias de la ciudad de El Alto, donde escribo sobre la cotidianidad, artículos y notas informativas, te invito a visitarlo y que tambien comentes: http://elaltonoticias.blogspot.com/, saludos

Atte.: Alberto Medrano
correo: medranoprensa@gmail.com

ytc. dijo...

hola:

El artículo que realizó fue crucial para mi familia y la mia, sidar t.c. es mi hermano pequeño a quien amo con toda mi alma y por tanto te agaradesco por tu colaboración, así mismo, creo que mereces saber que aparecio hace 10 dias,y con el corazón en la mano, te digo que fue lo peor que nos podia pasar, a veces pienso que hubiera sido mejor que no apareciera por que, el dolor que estamos viviendo es tan grande que no cabe en nuestros pechos,
nuevamente gracias por reflejar la realidad y dolor que vivimos familias enteras que pasamos este gran trago amargo de perder a un ser querido.Bueno contradictoriamente a mis sentimientos debo agradecer a Dios nuestro creador por permitirnos recuperarlo y darle un a santa sepultura.
Sigue adelante, gracias.

yahsyra t.c.
yahsyra25@hotmail.com

Anónimo dijo...

hola:
mi nombre es SILVIA SARA DIAZ MAMANI hermana de RUBEN (DESAPARECIDO)suena muy feo esa palabra desaparecido decea seria que no exsistiera es muy duro sobre llevar este dolor duele mucho perder a un hermano y lo peor de todo es no saber nada de el que es lo que paso y por que ? es la palabra que siempre me pregunto y no encontrar la respuesta, duele mucho perder a un ser amando, muchas gracias por difundir el dolor que muchas personas sientes la desesperacion de no saber nada de un ser amado como lo es mi hermano es muy terrible vivir con este dolor, por una parte me alegro mucho por esa familia que encontro a su ser amado

Anónimo dijo...

Por que cuando se trata de millones el delicuente aparece al dia siguiente?en cambio nosotros tenemos q esperar a que mas y mas personas desaparescan,acaso la policia no defiende a pobres y ricos?? es dificl vivir en una ciudad tan insegura!!!!