
Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte
El subteniente Freddy Ortega Vásquez tiene los ojos vidriosos. Los turnos de 48 horas en Radio Patrullas 110 –con vigilancia y tiempos de descanso intercalados– pasan factura, y se le escapa un bostezo repentino cuando sale en compañía de los policías René Quispe y Carlos Hoffmann en la movilidad que les ha sido asignada.
Las historias del 110 son historias casi siempre de perdedores: de borrachos, riñas, delincuentes y golpizas. Cuando la ciudad apaga sus ansias y enciende sus luces, comienza el recorrido nocturno. Son las 19:00 horas del jueves 26 de junio de 2008. Freddy acaba de recoger las armas de la anterior patrulla. El frío es intenso. Y tras una hora de recorrido por zonas como el Cementerio y la Pérez Velasco, aún no ha pasado nada. “A fin de mes, como no hay ya plata y la gente no farrea, no atendemos muchos casos”, explica Freddy.

La centralita
Realmente, hay días aburridos para los policías, y hoy parece ser uno de ellos. Freddy intercambia frases que parecen trabalenguas con la centralita de llamadas del 110. Su voz transmite códigos que a veces significan calma y otras emergencia. Un 203, por ejemplo, es un atraco a mano armada. Pero en este instante de lo único que informa es de su posición en el entramado de calles –a veces, sin nombre– de la hoyada.
En la centralita, entre tanto, 16 computadoras reciben decenas de quejas, denuncias y reclamos de ciudadanos; y llamadas de broma, falsas alarmas que constituyen a veces un auténtico quebradero para los policías. Allá, se registra todo; y el oficial “despachador” es el encargado de transmitir instrucciones a los patrulleros. Muy cerca de él, otro efectivo monitorea las camaras de vigilancia que la institución verde olivo ha colocado en los lugares más conflictivos de la ciudad.
Sin embargo, los 17 vehículos con los que cuenta la unidad– siete para patrullaje diez para apoyo operativo y dos ambulancias– resultan insuficientes, pues, según el coronel José Luis García Estévez, Comandante del 110, los días más complicados –viernes, sábados y domingos– se atienden entre 60 y 70 casos. Para ello, reciben la ayuda del Grupo de Auxilio y Cooperación a la Policía, compuesto por civiles que regalan sus tiempos libres.

La radionovela
Carlos Hoffman es uno de ellos, y ahora descansa en la parte detrás del vehículo, enrejada, reservada para los delincuentes. Lleva gorra, y tiene un de esos aires de indiferencia que aparecen cuando no sucede nada. Son las 20:30. La Paz sigue tranquila. Los negocios cierran. La gente se dirige a pie a tomar buses y minibuses. Y Freddy Ortega no pierde ni un detalle. “En las caras, en las actitudes, solemos detectar a las personas sospechosas”, me dice.
“Ponga la radionovela”, ordena a continuación a René Quispe. Éste, que también es el responsable de amenizar las jornadas con música cumbia, nacional y discotequera, introduce un CD en la ranura del reproductor.
“Esta es la historia de Claudia y Mario de la Villa, de un amor imposible.Claudia es una joven adinerada y descarriada. Mario es un chofer oriundo de Orinoca. A pesar de que pertenecen a mundos diferentes, terminaron cruzándose sus vidas, y ellos tratarán de romper las barreras que los separan”, silabean los áltavoces. Los policías escuchan con atención. Y es que en el relato leído se suceden los desencuentros, los amores febriles, los engaños, las venganzas y las peleas.
Más acción hay en la novela radiada que en el coche patrulla. Pero no siempre es así. “Hay días en que no paramos –confiesa Freddy–. Nos toca lidiar con casos de lo más inverosímiles. En una ocasión, nos llamaron porque habían encontrado a un bebé recién nacido envuelto en una bolsa de basura en unos baños públicos. En otra, nos acercamos a atender una llamada de una mujer que estaba siendo agredida por su pareja y ella terminó por pegarnos a nosotros por reducir a su marido. ‘Él tiene derecho a golpearme’, nos dijo. Y hace poco un conductor nos explicaba que su movilidad había volcado muy cerca de un lugar conocido como la Cara del Diablo tras ser empujado por una fuerza sobrenatural”.
No le pregunté al subcomandante Ortega, pero me imagino que terminaron haciéndole los controles de alcoholemia.

Emergencias
21:00 horas. Primera llamada importante. Nos acercamos como refuerzo a una de las vías que colindan a la Avenida Periférica. Ha habido un atraco. Los maleantes, según los vecinos, se han dado a la fuga en una vagoneta oscura. Bloqueamos las posibles vías de escape hasta que un salchipapero nos indica que son más de las que pensamos. Tras varios minutos de espera, desistimos.
22:00 horas. De nuevo, nada pasa, y aprovechamos para cenar una pequeña parrillada. “Cuando hay trabajo, ni siquiera nos queda tiempo para comer”, susurra Freddy. Mientras engulle, está pendiente de su talkie. Dos o tres veces se levanta nervioso, pero las alertas son para otros patrulleros.
23:30 horas. Un peatón nos avisa de que un grupo de cleferos acaba de cometer un hurto. Les damos alcance. Freddy, alzando su voz de mando, cachea a uno de ellos, al que parece el cabecilla, un adolescente con cara de viejo. “Si uno no se pone un poco rudo, no hacen caso. Hay que hablarles duro”. Luego, le decomisa un bote de thinner, pero no hayamos ningún objeto robado.
23:45 horas. Recogemos a un borracho que está tumbado en medio de la Avenida Montes. Le ayudamos a incorporarse y lo sentamos en la acera. “Nada más podemos hacer –lamenta Freddy–. Ni en los centros hospitalarios ni en los albergues nos los aceptan”.
00:15 horas. Algunos drogadictos caminan como espectros por las calles paceñas; unos hombres pintan una pared en favor de Evo; varios otros mean en las esquinas; y nosotros damos cobertura a un pequeño accidente de tránsito.
Cuando volvemos al coche patrulla, reportan una desaparición. “Tiene jean azul, canguro negro, zapatillas blancas, cabello negro con gel y el último lugar en el que fue visto es la plaza Kennedy”, informan desde el otro lado de la línea. La jaula trasera de la movilidad, a menudo vuelve llena, pero hoy no viaja en ella más que Hoffmann. Él es el único “preso”, pero preso de su propio aburrimiento.
René, nuestro conductor, se salta un semáforo en rojo. Por cada infracción, se le descuentan unos pesos al final de cada mes.
Epílogo
12:45. Varios muchachos caminan agarrando un balón de fútbol.“Qué bueno que hagan deporte a estar horas. Así no se dedican a tomar”, comento. “No te engañes. Son alcohólicos que se han jugado el trago en un partidillo. El que pierde, paga”, me abre los ojos el subcomandante. Parece que son caras conocidas. La noche, sin lugar a dudas, es traicionera.

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