martes, abril 29, 2008

UN DIA CON LOS HOMBRES DE NEGRO


Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

Elegante: gracioso, airoso de movimientos. Bien proporcionado. De buen gusto, agradable y bello sin complicaciones inútiles. Distinguido en el porte y modales. Persona que se ajusta a las modas.
Esta historia comienza dentro de un terno, un 11 de abril, a las cuatro y media de la tarde, en el estadio Hernando Siles de La Paz, unas horas antes del concierto del grupo mexicano Panda. Víctor Mújica, jefe de seguridad de la empresa Zeus, reparte credenciales a sus empleados e imparte las primeras instrucciones. “No sean nada más de lo que son. No dejen entrar ni siquiera a sus padres ni a sus hermanas. Somos los únicos que podemos manejar a la Policía. Aprovechen eso”.
Durante la mañana, su equipo había demostrado ya ser efectivo. Ante una manada de adolescentes con las hormonas desatadas y ansiosos por conseguir una firma o una foto con sus ídolos, con una hábil maniobra de despiste, hizo entrar al grupo de rock en el hotel Europa por el comedor mientras parte de su personal organizaba con voz de mando castrense a unos muchachos todavía sin barba y a jovencitas rozando la histeria.
En ese momento, Víctor me reclutó. “Te espero de traje y con el pelo recogido en una cola”, me dijo con el semblante serio. Cambio de aspecto. Si alguien hay elegante en un concierto no son los chicos con aires informales que se dedican a pegar tumbos con sus guitarras como poseídos encima de los escenarios, sino los hombres de negro: con sus camisas planchadas, el pelo engominado, sus corbatas perfectas y sus pintas de mafioso. Yo me alisté para el caso como para un entierro, con un terno Gucci y zapatos bien lustrados, listos para patear traseros si fuera necesario.


Amor adolescente

Silencio: ausencia de todo ruido y sonido. 17: 30 horas. Las filas en las puertas que dan entrada al recinto crecen a empujones. El equipo de seguridad, compuesto en esta ocasión por más de 25 hombres que se dedican a salvaguardar al grupo de música, los instrumentos y las instalaciones, pasa casi inadvertido.
Apenas se pronuncia una palabra. Las conversaciones son mínimas: “refuerzos en la puerta seis”; “armen los carriles en la ocho”; “reunión más tarde en la cuatro”. Regla del oficio: los ojos son nuestra mejor arma. Matan. Un enternado con mirada de chocolate no funciona. “Yo los amo, déjame pasar”, me suplica una joven de no más de 15 años –amor adolescente–. Haciendo honor a las rutinas del resto de compañeros, contesto monosílabos.
18:00 horas. Amago de revolución. Cierto grupúsculo se desboca. Un muro de ternos se interpone en su camino.


Metida de pata

Estatua: figura de bulto labrada a imitación natural. En este oficio, aparentemente, a uno le pagan nada más por estar de pie, estático, y no mover un pelo –y el sueldo varía en función del caché del artista y de la complejidad del evento–. Pero en realidad cada uno tiene funciones asignadas: unos abren y cierran la puerta del garaje –procurando que no se introduzca ningún intruso ajeno a la organización–; otros vigilan las ánforas donde se guardan los tickets de entrada; los más fornidos son la sombra de los músicos –a quienes acompañan incluso si se van de chupa–; y a mí me han tocado camerinos y escenario. Allí cumplo mi papel: hiératico, hermético, pura presencia.
19:30 horas. Los periodistas de un canal de televisión se quieren hacer los vivos. “¿Por aquí está el baño?”, preguntan mientran intentan introducirse en camerinos –la táctica es tan infantil que con una simple negativa se les ahuyenta–. 19:45 horas. Metida de pata: ha desaparecido una cerveza destinada a los artistas. La culpa es nuestra. Alguien se ha colado entre los técnicos de sonido, los responsables de catering y los muchachos de la Cruz Roja. Ha entrado y se ha tomado la chela sin que nos demos cuenta.
20:00 horas. Se da inicio a la operación relámpago. En menos de dos minutos, se abren las puertas traseras del parking del estadio y salen de una movilidad los chicos de Panda y media docena de enternados que miran para todo lado. Entran sin decir nada; y el oxígeno, tras ellos.


Señales de humo

Cigarrillo: cilindro de papel especial relleno de tabaco finamente picado o en hebra. 20:30 horas. Para localizar al personal de seguridad basta con buscar la nube de humo que los rodea. El cansancio, el dolor de espalda y los calambres en las piernas se combaten con pura nicotina.
21:00 horas. Dos chiquillas parece que me ven cara de boludo. En la entrada, las brigadas escolares –que cachean a la gente– les han decomisado un paquete de puchos. “¿No puedes hacer algo por recuperarlo?”, preguntan.


De frente, de espaldas

Caos: confusión, desorden. 21:30 horas Como personal de seguridad, el concierto se ve o bien de espaldas –tras bambalinas, atendiendo cualquier tipo de pedido de los músicos– o bien de frente, pero con los parlantes retumbando en el tímpano de uno.
Instantáneas. Momento desesperado: avalanchas y desmayos; los policías y los bomberos cargan cada dos o tres minutos con cuerpos casi inertes que se han visto sorprendidos por los apretones y empujones de los fans más desesperados; la muralla conformada por los uniformados puede con ellos a duras penas. Momento tierno: una niña –inocente ella– pregunta a quién es que puede devolver una cartera que ha encontrado en el suelo. Momento maratón: me toca correr por el campo de fútbol detrás de unos changos que han tratado de burlar la seguridad para acercarse a los músicos; un compañero los atrapa con un placaje de rugby. Momento in fraganti: atrapamos a varios jóvenes que saltaron por las puertas de entrada, de más de cuatro metros –hay que estar loco–, para ver el espectáculo; después, en plan investigador privado, revisamos los cuartos de baño de las graderías vacías. Momento asfixia: el vocalista, por tercera o cuarta vez, solicita oxígeno.

Epílogo

Termina el concierto. Carcasas de celulares, y zapatos se esparcen por el suelo como migajas. Misión cumplida. Panda regresa sano y salvo. Yo hasta aquí he llegado. Renuncio al terno y vuelvo a los tenis y el pantalón vaquero. Mis compañeros, en cambio, mañana protegerán a Barney.
Barney: personaje morado, gigantón, al que todos los niños de dos palmos quieren abrazar. ¿Adivinan quiénes harán todo lo que esté en su mano para evitarlo?