
Entradilla: Un anarquista español que sobrevivió a un campo de exterminio nazi radica desde hace más de 50 años en la Amazonía boliviana.
Autor: Álex Ayala Ugarte / Fotos: Jesús Blanco
Cuando invité a Antonio García Barón a mi matrimonio en Rurrenabaque, el 28 de febrero de 2004, ya sabía de antemano cual iba a ser su respuesta. “Muchas gracias, joven, por su gesto, pero ya imagina que no voy a ir. Si lo hago, me encontraré con mucha gente que no me quiere, que me mira mal. Además, de sobra conoce que soy anarquista, que todo eso me parece teatro”, me dijo amablemente desde su retiro de San Buenaventura, un pueblo diminuto separado de Rurrenabaque tan solo por un río.
Antonio García Barón siempre estuvo con los perdedores –con los republicanos en la Guerra Civil española, junto a los franceses en la Segunda Guerra Mundial y con los judíos, maricones, intelectuales y prisioneros de guerra en el campo de exterminio de Mauthausen– hasta que llegó a Rurrenabaque hace más de 50 años. El Gobierno boliviano le contrató para evaluar periódicamente las condiciones del río y controlar las variaciones atmosféricas. “Me convertí en un contador de relámpagos”, bromea él.
Poco tiempo se ocupó de tan extravagante tarea. Se juntó con Irma Cortez, una joven originaria de San Buenaventura 15 años menor que él –Antonio tiene ahora 86– y se fue a las entrañas de la selva para fundar simbólicamente la república independiente del Quiquibey, en honor a un río generoso que significó para él,según palabras de otro periodista, “madre, tienda, almacén y vida”. Allí crió a sus cinco hijos y a Cristina, una pequeña de una comunidad indígena que fue abandonada por sus padres. Trabajó la tierra con la única ayuda de su familia hasta que la edad pasó factura.Y retornó otra vez a las trincheras, a San Buenaventura, donde el valor del dinero no es anecdótico como era en la selva, los animales no campan a sus anchas y el tradicionalismo pugna constantemente con sus ideales anarquistas, único timón que ha guiado su existencia.
Rurrenabaque no ha cambiado mucho desde que Antonio puso pie allí en el año 51. Ya no es un paraíso para el narcotráfico.“Noventa por ciento hijo de la cocaína”, suele decir. Ahora es uno de los destinos turísticos por excelencia de Bolivia gracias al Parque Nacional Madidi, uno de los de mayor biodiversidad del planeta. Pero, salvo por este hecho, puntual quizá, el pueblo todavía no ha perdido sus esencias. Las muchachas lo pasean todo al caminar con sus andares de rumba y los cuerpos ceñidos a las ropas. Sus calles tienen un olor intenso a humedad, a Habana Vieja. Sus casas, de madera pintada con tonalidades blancas y azules, ladrillo y calamina, mantienen las puertas abiertas de par en par regalando sus conversaciones. Los habitantes del lugar aseguran que cuando hay tormenta llueven sapos. Y el zumbido de las motos es un rumor permanente que contrasta con las zarpazos violentos del caudaloso río Beni.
En él me encuentro. El brazo fluvial es el último escollo antes de llegar a la casa de Antonio y la catraya avanza en zig-zag, para esquivar los troncos. No es fácil llegar hasta acá. La carretera que parte desde La Paz no es apta para cardiacos. En 15 horas de viaje se desciende desde los 4.725 metros del Altiplano hasta los 200 del alto Amazonas. Pequeñas cascadas caen por encima de la vía. Hasta el polvo parece vivo.
Antes de pisar tierra en Sanbuenaventura, los interrogantes se agolpan en mi cabeza: ¿Con quién me toparé, con el viejo loco del que hablan algunos en Rurrenabaque o con un testigo privilegiado de los hechos más fatídicos del pasado siglo? ¿Con un maestro o un hombre perdido? Aún no tengo respuestas. Cuando conocí a Antonio en el 2002 nuestra conversación fue muy corta. Siete chozas componían la diminuta Republica del Quiquibey. Allá Antonio halló su tierra prometida. Cultivaba, pescaba y podía estar meses enteros sin poner pie en Rurrenabaque, distante tres días a remo.

El campo de Mauthausen
Mis primeras noticias sobre Antonio García datan del año 1999, cuando llegó a mis manos un libro del periodista vasco Manuel Leguineche con la travesía del anarquista: El precio del paraíso (1995). Y lo que más llama la atención es que 12 años después de la publicación de ese texto, Antonio repite conversaciones, fechas y cifras con una exactitud de un matemático, como si su encuentro con Leguineche hubiera sido ayer. ¿Alguien que mintiera sería capaz de recitarlo todo de memoria, casi con sus mismos puntos y con sus comas, como si su reloj se hubiera parado de repente?, me pregunto.
Antonio, testigo directo de dos guerras, siempre en primera línea, ejerce cada vez que puede su derecho a ser escuchado. No por casualidad el 2001 fue invitado a dar varias conferencias en España. Estuvo en Zaragoza, Baleares y Barcelona, cumpliendo la promesa hecha a sus compañeros de relatar todo lo ocurrido dentro de Mauthausen.
Hoy el hogar de Antonio es una puerta abierta a ese pasado. La primera sala de la casa está dedicada al campo nazi y al resto de puntales del exterminio. Un gran mural dice: “Los predilectos para la muerte fueron intelectuales de Europa y otras partes. Fuimos tratados como delincuentes. 5.750.000 muertos son un ejemplo para que nadie dude”.
García Barón recibe a las visitas en la habitación contigua, un semipatio con una mesa circular repleto de sillas de todo tamaño, un lugar con olor a pasto y donde el calor se incrusta en la piel como una diminuta sanguijuela. Una fotografía vieja, en blanco y negro, recuerda el pasado del anarquista. Es una ampliación de la del carnet que les dio Francia a los refugiados tras la liberación de Mauthausen. En ella Antonio luce todavía el uniforme a rayas de prisionero. Se ve joven, fornido, con abundante pelo y la vista fija en alguna parte. Un triángulo de tonos azules y el número 3.422, que están igualmente en la fotografía, fueron durante cinco años el único signo de identificación que portaba en el campo. El azul era el color asignado a los apátridas. El número, el de los candidatos a las duchas, donde se les rociaba con el mortífero gas Zyklon B.
La mirada de Antonio es la de un francotirador, como una bofetada que intimida a su interlocutor desde el primer momento. Varios equipos de televisión internacional que iban tras su rastro han tenido que volverse a sus países de origen con las manos vacías
porque a El Rubio, sobrenombre por el que le conocían en Mauthausen, no terminaron por convencerle sus intenciones. A mí, a pesar de que conocerme, me observa aún con cierto detenimiento. A causa de un glaucoma, oculta sus ojos claros de marinero tras unas gafas de sol negras. Mueve sus brazos como si fuera un brujo –por un accidente de caza en vez de mano derecha luce un muñón– y comienza un improvisado monólogo. Antonio habla del pasado como si solamente se alimentara de recuerdos.
“Con 14 años termina mi infancia: mi escuela, mi pueblo (Monzón), el violín de orquesta. Tuve que coger las armas para defender mi casa. El frente estaba a tan solo 50 kilómetros. Sufrimos lo indecible para lograr cruzar la frontera: piojos, miseria, hambre… hasta juntarnos con el ejército francés para salvar la piel”. Como miliciano de la Columna Durruti –el más legendario combatiente antifrasquista–, Antonio aguantó en combate hasta sentirse completamente acorralado. Eso fue a la edad de 17 años, cuando en retirada para alcanzar Francia junto a otros compañeros agotó toda su munición disparando en contra los aviones fascistas que les ametrallaban sin pausa. Llegaron al país galo en febrero del 39, donde esperaba la Segunda Guerra Mundial.
“Fuimos una gota de agua en el aguacero”, reconoce. Destinado a cavar trincheras en la línea Maginot, punto de contención ante el avance de las tropas hitlerianas, fue apresado en junio de 1940 durante su huída hacia Alta Saboya y enviado primero a Nuremberg y después a la aldea austriaca de Mauthausen, “a las puertas del infierno”.
Ningún objeto en el hogar de García Barón da fe de aquel sufrimiento. “La dictadura franquista me quemó tres metros de libros y de discos de vinilo”, dice. Pero las listas oficiales de los prisioneros liberados, en manos de la CNT, no dejan lugar a dudas. El Rubio estuvo allí. Y unas radiografías de galenos franceses tras la derrota de los nazis corroboran que los guardianes del campo le fracturaron la columna entre la quinta y la sexta vértebra. Antonio guía lentamente mi mano hacia un punto de su espalda en el que se puede introducir el dedo pulgar hacia adentro. Parece un milagro, pero camina.
Lo hace con la ayuda de un bastón tallado. Su otro bastón es Irma, su pareja. Ella le cocina, le lee, le compra viandas… Es la responsable de que en casa nunca falte nada. Suele caminar descalza. Sus ojos son del color de la tierra y los combina con soltura con holgados trajes ocres y cremas. “Si pudiéramos, volveríamos otra vez a la selva sin pensarlo”, interrumpe la conversación. Se acerca a Antonio y le dice algo al oído.

Antonio y los curas
Despierto con el sonido oxidado de una sierra eléctrica. Son las 9:00. Antonio ya debe estar levantado hace mucho tiempo. Según Irma, muchas veces se espabila a las dos de la mañana para escuchar sus emisoras. Enfundando en sus sandalias, una camiseta de tirantes y un pantalón corto sintoniza a esa hora en una radio de onda media diales de los rincones más recónditos del planeta. “Cuando la radio llegó a la selva, al Quiquibey, junto con los buscadores de petróleo, las gallinas se asustaron, se metieron a dormir”, reía Antonio ayer al confesarme su afición por el aparato, su particular cordón umbilical con el mundo. Gracias a él, disfruta de canto gregoriano y música de la estepa rusa, pero sobre todo se mantiene informado. No es extraño oírle hablar de los más recientes atentados suicidas en Irak, las nuevas medidas del gobierno de Evo Morales o las polémicas palabras de Benedicto XVI, a quien detesta.“Los Papas besan siempre la tierra para enseñarnos el culo”, le he escuchado ironizar más de una vez.
El anarquista y los curas y pastores de diferentes doctrinas religiosas de Rurrenabaque nunca se han llevado bien. Y dando un paseo por el pueblo, donde viven dos de sus hijas, me doy cuenta de por qué no cruza ya muy a menudo al lugar que lo acogió por varios meses en los 50. Durante la última década, las iglesias evangélicas y las sectas se han extendido como gangrena, sacando partido a la pobreza de familias numerosas que en ocasiones se hacinan en una sola pieza. De camino al hotel Berlín, uno de los primeros en acoger turistas –que acostumbraba a derivar a los dominios de Antonio e Irma–, alcanzo a contar dos. Para muchos en la población, fruto de los sermones de un sacerdote suizo-alemán que murió hace varios años, El Rubio es un “quema iglesias”.
El hotel Berlín se encuentra entre un sinfín de agencias de turismo que aventura que ofrecen experiencias en pampa o selva con anacondas, monos y tucanes y rituales en comunidades que utilizan la ayahuasca, una raíz con un potente efecto alucinógeno. Nelo Haensel, cuya casa está casi pegada a las maderas celestes del alojamiento, es parco en palabras. Luce un bigote recortado y habla casi susurrando. Él fue uno de los primeros en conocer a Antonio. “Solíamos pescar en el Quiquibey. Él era bueno, sin caña, sólo usaba un anzuelo e hilo. Después, conversábamos casi hasta la madrugada. Uno a veces se dormía y él seguía charlando. Algunos creían que estaba medio loco”.
Otros no son tan drásticos. Piensan nada más que El Rubio ha llevado sus intensos ideales anarquistas hasta el extremo, tanto para lo positivo como para lo negativo. Son numérosos los testimonios en páginas web y blogs de la Internet que agradecen su hospitalidad cuando vivía en ese espectro que es la selva. Allá ofrecía cobijo y comida sin cobrar un peso. Cuando necesitaba algo, recurría al trueque. Jugaba al ajedrez y leía libros, periódicos y revistas con ayuda de una lupa. También educaba a sus hijos.
Tras conversar con Nelo Haensel, unas cuadrás más lejos, en la calle Comercio, visito a Iris e Irma, las dos hijas de Antonio que permanecen aún en Rurrenabaque. Un enjambre de niños sube y baja las escaleras. Irma García juega con sus mechones rubios y sujeta una muñeca. No la suelta. Tiene síndrome de down y ha pasado ya de la treintena.Su hermana Iris se sienta cerca. A su vera está su esposo, Adolfo Diéguez.
“¿Cómo era la vida en la selva, doña Iris?”, pregunto. “Acá todo cuesta. Allí era muy distinto. Contábamos con miel, caña… y hasta tabaco –Antonio antes fumaba negro–, sólo nos faltaba el jabón. Solían parar aquí los madereros a comer algo. Siempre se les invitaba, a ellos y a los turistas”, contesta. El Rubio, que fue rebautizado en la zona como el Rey del Quiquibey, regalaba semillas a las etnias amazónicas que rodeaban su terreno y en su escaso tiempo libre inclinaba su oreja hacia el altavoz de su vieja radio Hitachi para escuchar música o noticias. “La playa la tengo a unos metros. La tierra y la selva me regalan el mejor banquete. El teatro, que me gusta, lo sintonizo en alguna emisora. El coche no hace falta. Y las juergas las corro con mi familia”, le dijo al periodista Manuel Leguineche hace más de una década. Hoy todavía piensa lo mismo.
Adolfo Diéguez, sin embargo, le critica. “Con su esposa es como un dictador. Todo el rato está peleando. El año pasado han estado más de tres meses apartados. Desconfía incluso hasta de su sombra. Cree que le controlan, que le vigilan. Además, no enseñó bien a sus hijos. Por su genio no aprendían nada y no dejó a ninguno ir a la escuela”.
Para Antonio, la respuesta a su forma de actuar es la memoria. Es un hombre anclado en el pasado. La cabeza va por delante. El corazón, detrás. “España os ha arrebatado la razón de ser. Es la primera que os ha condenado. Nadie saldrá vivo”.El Rubio relata a menudo esas palabras del primer discurso a los anarquistas en Mauthausen. En su cabeza,España no existe.En su corazón, tampoco. Sólo existe en su destartalada radio.

La supervivencia
Amanece. En el mercado, el choque metálico de los cuchillos sustituye al canto de los gallos. En la calle, se ofrecen remedios inverosímiles: aceite de tuyu-tuyu, uña de gato, sangre de rada… El empedrado se clava en las sandalias y el cielo se ha secado.
Irma me abre la puerta sin dejar de pelar un puñado de mangos. Ella es una devota de Antonio. Hasta en las épocas de escasez se las ha ingeniado para conseguir azúcar, pan, mermelada, atún y las galletitas que tanto le gusta a El Rubio remojar con leche.
Antonio está tocado con una visera. Espera llamada. Al no estar acostumbrado a las tecnologías, cuando suena el celular se confunde y lo apaga. Poco le importa. Prefiere conversar conmigo de su tema preferido: Mauthausen. Su voz es ronca, pero enérgica.
“Yo sabía que iba a salir de allí”. Se lo predijo Francisca Burriel, una amiga adivina de su madre, en una carta enviada a través de la Cruz Roja suiza. Él también conoce lo que son las visiones premonitorias. “Antes del accidente que le cercenó la mano me confesó que algo le angustiaba, presentía lo que iba a sucederle”, me confirma Irma.
Pero en el campo de exterminio los sueños no servían para nada. “Dormíamos en un suelo de tablas, en una barraca sin ventanas, a veces con una sola manta para todos y a varios grados bajo cero. Muchos amanecían tiesos. Algunos días de lluvia nos hacían formar la noche entera. En la cantera cargábamos piedras de hasta 60 kilos y nosotros éramos unos esqueletos de 30. Hubo quien aseguró que comimos carne humana y nos tenían dicho que hacían experimentos médicos con algunos presos: inoculaban virus, les hacían tomar agua salada, les quitaban los órganos… Pero la depresión era la peor opción. Los que se ponían a recordar momentos felices, aunque estuvieran sanos, eran los que menos aguantaban, los que antes caían. Yo trataba de dormir como un bebé”.
“¿Y los hornos crematorios, don Antonio?”. Según cifras oficiales, 200.000 personas perecieron en Mauthausen. 10.000 eran españoles. El Rubio va más allá. “Mienten”, sentencia. “Españoles cayeron 120.000. Pude ver las duchas con mis propios ojos y tarritos de cristal con las cenizas apiladas en 16 metros cuadrados. Había 100 duchas y el gas actuaba en menos de un minuto. Asesinaron realmente a cientos de miles”.
El español es una auténtica caja de sorpresas. A pesar de haber estado durante cinco décadas contanto tan solo cinco años de su vida, siempre tiene un as bajo la manga. Agarra las yemas de mis dedos de la mano izquierda y las conduce hacia su sien, un par de centímetros por encima de su cuello. Palpo un diminuto bulto sobre una piel cicatrizada. “Consecuencia de una bala”, explica, parte de la herencia de Mauthausen.
¿Un héroe o un loco? No lo sé. Sus estigmas me dicen que es un héroe. Ramón Raluy, amigo de la infancia que fue luego alcalde del pueblo que les vio nacer, sostiene que según el testimonios de compañeros suyos en el campo nadie le oyó jamás el mínimo quejido, hasta el extremo que sus mismos torturadores terminaron por felicitarlo. En Rurrenabaque, entre tanto, no hay término medio: le quieren o le ignoran. Quizá por eso decidió instalarse en Sanbuenaventura, para estar tranquilo. Él todavía cree que le vigilan, secuela del pasado, pero no ha perdido ni por un segundo el pulso al mundo. “¿Cuándo dejaremos de ser bárbaros? La siguiente guerra será con piedras y palos”.
“El hombre es un pájaro de alas cortas. Yo en el Quiquibey he sido uno de alas largas, sin jaula”. Me repite, como si fuera una grabadora, lo mismo que le dijo años atrás a Manuel Leguineche. Le doy la mano. Sus dedos están tibios. Se sienta. “A esperar”, dice. “¿A quién?”, pregunto. “A la muerte”. Prende la radio. En la lejanía saboreo su melodía. Al fin y al cabo –pienso– si ha de morir, es siempre mejor morir con música.