viernes, noviembre 23, 2007

EL DIA QUE DONE MI PIEL AL PERIODISMO...


Dedicado a mis padres, a mi hermano y a mi ola que nunca rompe...

Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

Aclaración: Mi tatuaje es el de la primera foto.

Cuando nací, después de que el pinche doctor destruyera toda mi paz y tranquilidad cortando el cordón umbilical, quedó el ombligo como marca indeleble que me dejó mi madre. Después fui descubriendo otros sellos permanentes en mi cuerpo: una especie de latigazos en la parte baja de mi espalda, un colmillo chueco, medio vampiresco, lunares, manchas… ya desde que llegué al mundo parecía todo un experimento. Pero la guinda la he puesto yo, no me la ha puesto nadie de antemano –lo cual es un signo por lo menos de que tengo ya cierta independencia–. Decidí “incrustarme” un tatuaje.

Hoy es el día: 19 de noviembre de 2007. Ya me he cansado de escuchar sermones: “que si ten cuidado con quién te lo haces”, “que si es para toda la vida” –¿hay alguien que pueda ser tan boludo que antes de hacerse un tatuaje no sepa eso?–, “que si hay gente que parece que esteriliza las herramientas y no las esteriliza”, “que si no te van a dar trabajo luego”. Da más estrés el entorno que el hecho en sí de hacerse dibujar el cuerpo. Pero ya estoy curado de espanto. Y cuando me decido por algo, me decido…

Son las 18:00 horas. Me dirijo a la Galería Luz, en la calle Comercio. En el segundo piso funciona Pepe´s Tattoo: tatuajes profesionales. Lo reconozco al tiro: un dragón iluminado con luces azules y amarillas flanquea la entrada; un poster con una calavera amenazada por una navaja de afeitar decora la puerta; vitrinas con decenas de tipos de piercings son acompañadas por brillos de neón; y varias figuras fantásticas amenizan la escena. Acaban de intentarme robar. ¡Ojalá no acabe de joderse la tarde!

Un tatuaje flaco
No parece que se vaya a joder nada. Marcelo Lara, alias Chichenio, de 28 años, con el 40 por ciento de su cuerpo tatuado, con perforaciones en las orejas, el pelo largo recogido en un moño y la barba recorriendo su cara formando una fina linea, es el asignado a la tarea de pintar mi hombro, con agujas, para siempre. Tiene aspecto de killer sentimental, pulso de cirujano, pantalones caídos y camiseta negra. ¡Perfecto! Luego de ver sus trabajos, no me cabe duda: es un artista. “Un servidor”, me corrige.

Hay dolores que matan y dolores que nunca mueren. Un tatuaje es de los que nunca mueren. Pasé varios días antes de escoger mi diseño. Y es que tatuajes los hay de todo tipo: japoneses –del estilo de los que usaban los Yakuza, conocidos mafiosos de ese país–, biomecánicos –simulando desgarros y similares como en las películas de ciencia ficción–, célticos, tradicionales –marineros, religiosos, etc–, con y sin color, tribales, retratos y un sinfín más de categorías. Me decido por uno tribal: una especie de olas del mar, con los bordes negros y simbología de los seres de las profundidades.

Un tattoo debe tener algún significado para el que lo lleva. Para mí éste tiene varios: las cenizas de mis padres las echamos al mar, mi hermano es capitán de barco, yo soy piscis y hay una persona muy especial para mí que es como una ola que nunca rompe… Jamás me tatuaría el nombre de alguien. Dice Chichenio que hacerlo trae mala suerte. Además, por ejemplo, imagínense que uno se tatua “Claudia” en el brazo. Después, si uno deja la relación con esa tal “Claudia” tiene que andar toda su vida buscando a otras “Claudias” como pareja para evitarse problemas. Mejor un tatuaje temperamental, de esos a los que puedes decir sin arrepentirte “no puedo vivir sin ti”.

¿Dónde hacérmelo? Escojo el brazo –así maquillo mi falta de musculatura–. Va a tener que ser un tatuaje como yo, medio flaquito. Los lugares donde más suele doler son la jaula de las costillas, el estómago y el abdomen. Particularmente, prefiero no pensar en aquellos que se hacen uno en el pene. ¿Lo tendrán que mantener erecto con viagra durante una o un par de horas para que el trabajo sea realizado correctamente?¬


Paso a paso
19:00 horas. Ir al tatuador impresiona tanto o más que ir al dentista: sillones de cuero, herramientas que parecen las de un asesino sanguinario, un frigorífico para guardar el material, dos papeleras metálicas, espejos por doquier y un extraño muñeco diabólico con traje, una rosa en la solapa y lleno de piercings. Cuando escucho el motorcito de ese engendro con aspecto de taladro que se emplea para tatuar se me hiela el cuerpo.

Conmigo, Chichenio va a utilizar cinco agujas para delinear y siete para pintar. Son mínimas. Te atraviesan el cuerpo. Son decenas de pinchazos por segundo que dejan la tinta bajo la piel. Si se pudiera, estos maestros del tatuaje tatuarían hasta el alma. De momento, se tienen que conformar con “donaciones de piel” como la mía. Chichenio ha tatuado hasta una vagina –es decir, que el muchacho no se aburre con lo que hace–.

Primer paso: la esterilización. Chichenio se prepara. La “pistola” con la que disparará sobre mi piel ha sido esterilizada pieza por pieza en una máquina denominada la autoclave. Las agujas son nuevas. Abre el paquete delante mío. Se coloca guantes de látex, prepara las tintas especiales y pide que me relaje. Estoy tieso como sus agujas.

Segundo paso: los nervios. Mi trabajo ahora es sentarme como una roca. Chichenio limpia el área para el tatuaje con alcohol; me aplica el papel de transferencia con el diseño en el hombro; quedo marcado con un contorno púrpura; y escucho el zumbido de la máquina de tatuar –zumbido que me recuerda a la sala de torturas de La naranja mecánica, zumbido con el que me entran las ganas de pegar a alguien–. Pongo mi sonrisa de circunstancias, que siempre funciona. Al fin y al cabo, el killer es él, no yo. Y también es como un psicólogo. Me cuenta, le cuento; me habla, le hablo. Es como un padre confesor que como penitencia me impone un “baile” alrededor de sus agujas.

Tercer paso: ¡Al ataque! Los primeros pinchazos son incluso agradables –masoquista que es uno a veces–. Pero, según las agujas se acercan a las áreas sensibles, el dolor va en aumento –me quiero cagar en los muertos de alguno; no lo hago–. El tatuaje toma forma. Error de primerizo: pido una pausa para un cigarrillo. Cuando Chichenio vuelve a la tarea, la piel, que está más sensible, siente doblemente el filo de las agujas.

A las 21.30 horas, tras una sesión de dos horas y media, ya está el tatuaje listo. El azul se ve espectacular. Me siento como un lienzo con patas. El contorno del tatuaje está un poco rojo. Dos burbujitas de sangre amenazan con reventar. Chichenio limpia la figura y la cubre. Por algo es un auténtico killer: mata la piel, pero después la resucita. Para los cuidados, hasta que todo cicatrice, jabón neutro, crema hidratante y vaselina.


Epílogo
De Pepe´s Tattoo no deja de entrar y salir gente. A veces, detrás de un traje y una corbata se esconde toda una espalda tatuada; otras, son mujeres las que entran para tatuar un delineamiento de cejas permanente; y también hay clientes conversos como yo, que de hacer apología en contra el tatuaje he pasado a defenderlo a capa y espada.

En la época de Marco Polo, en la Polinesia, el respeto a una persona se medía por la cantidad de tatuajes que tuviera, y en las Islas Marquesas un cuerpo sin tatuar se consideraba estúpido. En contraste, en la Segunda Guerra Mundial se marcaba con tatuajes, como a bestias, a los judíos. Yo no soy judío, acaso “jodío” nomás y un poco delincuente, y con mi tatuaje, ya se sabe, hasta que la muerte nos separe. Como buen “marinero”,además, marinerito de agua dulce, prometo en unos meses ser reincidente.

MEMORIAS DEL REY DEL QUIQUIBEY


Entradilla: Un anarquista español que sobrevivió a un campo de exterminio nazi radica desde hace más de 50 años en la Amazonía boliviana.

Autor: Álex Ayala Ugarte / Fotos: Jesús Blanco

Cuando invité a Antonio García Barón a mi matrimonio en Rurrenabaque, el 28 de febrero de 2004, ya sabía de antemano cual iba a ser su respuesta. “Muchas gracias, joven, por su gesto, pero ya imagina que no voy a ir. Si lo hago, me encontraré con mucha gente que no me quiere, que me mira mal. Además, de sobra conoce que soy anarquista, que todo eso me parece teatro”, me dijo amablemente desde su retiro de San Buenaventura, un pueblo diminuto separado de Rurrenabaque tan solo por un río.

Antonio García Barón siempre estuvo con los perdedores –con los republicanos en la Guerra Civil española, junto a los franceses en la Segunda Guerra Mundial y con los judíos, maricones, intelectuales y prisioneros de guerra en el campo de exterminio de Mauthausen– hasta que llegó a Rurrenabaque hace más de 50 años. El Gobierno boliviano le contrató para evaluar periódicamente las condiciones del río y controlar las variaciones atmosféricas. “Me convertí en un contador de relámpagos”, bromea él.

Poco tiempo se ocupó de tan extravagante tarea. Se juntó con Irma Cortez, una joven originaria de San Buenaventura 15 años menor que él –Antonio tiene ahora 86– y se fue a las entrañas de la selva para fundar simbólicamente la república independiente del Quiquibey, en honor a un río generoso que significó para él,según palabras de otro periodista, “madre, tienda, almacén y vida”. Allí crió a sus cinco hijos y a Cristina, una pequeña de una comunidad indígena que fue abandonada por sus padres. Trabajó la tierra con la única ayuda de su familia hasta que la edad pasó factura.Y retornó otra vez a las trincheras, a San Buenaventura, donde el valor del dinero no es anecdótico como era en la selva, los animales no campan a sus anchas y el tradicionalismo pugna constantemente con sus ideales anarquistas, único timón que ha guiado su existencia.

Rurrenabaque no ha cambiado mucho desde que Antonio puso pie allí en el año 51. Ya no es un paraíso para el narcotráfico.“Noventa por ciento hijo de la cocaína”, suele decir. Ahora es uno de los destinos turísticos por excelencia de Bolivia gracias al Parque Nacional Madidi, uno de los de mayor biodiversidad del planeta. Pero, salvo por este hecho, puntual quizá, el pueblo todavía no ha perdido sus esencias. Las muchachas lo pasean todo al caminar con sus andares de rumba y los cuerpos ceñidos a las ropas. Sus calles tienen un olor intenso a humedad, a Habana Vieja. Sus casas, de madera pintada con tonalidades blancas y azules, ladrillo y calamina, mantienen las puertas abiertas de par en par regalando sus conversaciones. Los habitantes del lugar aseguran que cuando hay tormenta llueven sapos. Y el zumbido de las motos es un rumor permanente que contrasta con las zarpazos violentos del caudaloso río Beni.

En él me encuentro. El brazo fluvial es el último escollo antes de llegar a la casa de Antonio y la catraya avanza en zig-zag, para esquivar los troncos. No es fácil llegar hasta acá. La carretera que parte desde La Paz no es apta para cardiacos. En 15 horas de viaje se desciende desde los 4.725 metros del Altiplano hasta los 200 del alto Amazonas. Pequeñas cascadas caen por encima de la vía. Hasta el polvo parece vivo.

Antes de pisar tierra en Sanbuenaventura, los interrogantes se agolpan en mi cabeza: ¿Con quién me toparé, con el viejo loco del que hablan algunos en Rurrenabaque o con un testigo privilegiado de los hechos más fatídicos del pasado siglo? ¿Con un maestro o un hombre perdido? Aún no tengo respuestas. Cuando conocí a Antonio en el 2002 nuestra conversación fue muy corta. Siete chozas componían la diminuta Republica del Quiquibey. Allá Antonio halló su tierra prometida. Cultivaba, pescaba y podía estar meses enteros sin poner pie en Rurrenabaque, distante tres días a remo.


El campo de Mauthausen
Mis primeras noticias sobre Antonio García datan del año 1999, cuando llegó a mis manos un libro del periodista vasco Manuel Leguineche con la travesía del anarquista: El precio del paraíso (1995). Y lo que más llama la atención es que 12 años después de la publicación de ese texto, Antonio repite conversaciones, fechas y cifras con una exactitud de un matemático, como si su encuentro con Leguineche hubiera sido ayer. ¿Alguien que mintiera sería capaz de recitarlo todo de memoria, casi con sus mismos puntos y con sus comas, como si su reloj se hubiera parado de repente?, me pregunto.

Antonio, testigo directo de dos guerras, siempre en primera línea, ejerce cada vez que puede su derecho a ser escuchado. No por casualidad el 2001 fue invitado a dar varias conferencias en España. Estuvo en Zaragoza, Baleares y Barcelona, cumpliendo la promesa hecha a sus compañeros de relatar todo lo ocurrido dentro de Mauthausen.

Hoy el hogar de Antonio es una puerta abierta a ese pasado. La primera sala de la casa está dedicada al campo nazi y al resto de puntales del exterminio. Un gran mural dice: “Los predilectos para la muerte fueron intelectuales de Europa y otras partes. Fuimos tratados como delincuentes. 5.750.000 muertos son un ejemplo para que nadie dude”.

García Barón recibe a las visitas en la habitación contigua, un semipatio con una mesa circular repleto de sillas de todo tamaño, un lugar con olor a pasto y donde el calor se incrusta en la piel como una diminuta sanguijuela. Una fotografía vieja, en blanco y negro, recuerda el pasado del anarquista. Es una ampliación de la del carnet que les dio Francia a los refugiados tras la liberación de Mauthausen. En ella Antonio luce todavía el uniforme a rayas de prisionero. Se ve joven, fornido, con abundante pelo y la vista fija en alguna parte. Un triángulo de tonos azules y el número 3.422, que están igualmente en la fotografía, fueron durante cinco años el único signo de identificación que portaba en el campo. El azul era el color asignado a los apátridas. El número, el de los candidatos a las duchas, donde se les rociaba con el mortífero gas Zyklon B.

La mirada de Antonio es la de un francotirador, como una bofetada que intimida a su interlocutor desde el primer momento. Varios equipos de televisión internacional que iban tras su rastro han tenido que volverse a sus países de origen con las manos vacías
porque a El Rubio, sobrenombre por el que le conocían en Mauthausen, no terminaron por convencerle sus intenciones. A mí, a pesar de que conocerme, me observa aún con cierto detenimiento. A causa de un glaucoma, oculta sus ojos claros de marinero tras unas gafas de sol negras. Mueve sus brazos como si fuera un brujo –por un accidente de caza en vez de mano derecha luce un muñón– y comienza un improvisado monólogo. Antonio habla del pasado como si solamente se alimentara de recuerdos.

“Con 14 años termina mi infancia: mi escuela, mi pueblo (Monzón), el violín de orquesta. Tuve que coger las armas para defender mi casa. El frente estaba a tan solo 50 kilómetros. Sufrimos lo indecible para lograr cruzar la frontera: piojos, miseria, hambre… hasta juntarnos con el ejército francés para salvar la piel”. Como miliciano de la Columna Durruti –el más legendario combatiente antifrasquista–, Antonio aguantó en combate hasta sentirse completamente acorralado. Eso fue a la edad de 17 años, cuando en retirada para alcanzar Francia junto a otros compañeros agotó toda su munición disparando en contra los aviones fascistas que les ametrallaban sin pausa. Llegaron al país galo en febrero del 39, donde esperaba la Segunda Guerra Mundial.

“Fuimos una gota de agua en el aguacero”, reconoce. Destinado a cavar trincheras en la línea Maginot, punto de contención ante el avance de las tropas hitlerianas, fue apresado en junio de 1940 durante su huída hacia Alta Saboya y enviado primero a Nuremberg y después a la aldea austriaca de Mauthausen, “a las puertas del infierno”.

Ningún objeto en el hogar de García Barón da fe de aquel sufrimiento. “La dictadura franquista me quemó tres metros de libros y de discos de vinilo”, dice. Pero las listas oficiales de los prisioneros liberados, en manos de la CNT, no dejan lugar a dudas. El Rubio estuvo allí. Y unas radiografías de galenos franceses tras la derrota de los nazis corroboran que los guardianes del campo le fracturaron la columna entre la quinta y la sexta vértebra. Antonio guía lentamente mi mano hacia un punto de su espalda en el que se puede introducir el dedo pulgar hacia adentro. Parece un milagro, pero camina.

Lo hace con la ayuda de un bastón tallado. Su otro bastón es Irma, su pareja. Ella le cocina, le lee, le compra viandas… Es la responsable de que en casa nunca falte nada. Suele caminar descalza. Sus ojos son del color de la tierra y los combina con soltura con holgados trajes ocres y cremas. “Si pudiéramos, volveríamos otra vez a la selva sin pensarlo”, interrumpe la conversación. Se acerca a Antonio y le dice algo al oído.


Antonio y los curas
Despierto con el sonido oxidado de una sierra eléctrica. Son las 9:00. Antonio ya debe estar levantado hace mucho tiempo. Según Irma, muchas veces se espabila a las dos de la mañana para escuchar sus emisoras. Enfundando en sus sandalias, una camiseta de tirantes y un pantalón corto sintoniza a esa hora en una radio de onda media diales de los rincones más recónditos del planeta. “Cuando la radio llegó a la selva, al Quiquibey, junto con los buscadores de petróleo, las gallinas se asustaron, se metieron a dormir”, reía Antonio ayer al confesarme su afición por el aparato, su particular cordón umbilical con el mundo. Gracias a él, disfruta de canto gregoriano y música de la estepa rusa, pero sobre todo se mantiene informado. No es extraño oírle hablar de los más recientes atentados suicidas en Irak, las nuevas medidas del gobierno de Evo Morales o las polémicas palabras de Benedicto XVI, a quien detesta.“Los Papas besan siempre la tierra para enseñarnos el culo”, le he escuchado ironizar más de una vez.

El anarquista y los curas y pastores de diferentes doctrinas religiosas de Rurrenabaque nunca se han llevado bien. Y dando un paseo por el pueblo, donde viven dos de sus hijas, me doy cuenta de por qué no cruza ya muy a menudo al lugar que lo acogió por varios meses en los 50. Durante la última década, las iglesias evangélicas y las sectas se han extendido como gangrena, sacando partido a la pobreza de familias numerosas que en ocasiones se hacinan en una sola pieza. De camino al hotel Berlín, uno de los primeros en acoger turistas –que acostumbraba a derivar a los dominios de Antonio e Irma–, alcanzo a contar dos. Para muchos en la población, fruto de los sermones de un sacerdote suizo-alemán que murió hace varios años, El Rubio es un “quema iglesias”.

El hotel Berlín se encuentra entre un sinfín de agencias de turismo que aventura que ofrecen experiencias en pampa o selva con anacondas, monos y tucanes y rituales en comunidades que utilizan la ayahuasca, una raíz con un potente efecto alucinógeno. Nelo Haensel, cuya casa está casi pegada a las maderas celestes del alojamiento, es parco en palabras. Luce un bigote recortado y habla casi susurrando. Él fue uno de los primeros en conocer a Antonio. “Solíamos pescar en el Quiquibey. Él era bueno, sin caña, sólo usaba un anzuelo e hilo. Después, conversábamos casi hasta la madrugada. Uno a veces se dormía y él seguía charlando. Algunos creían que estaba medio loco”.

Otros no son tan drásticos. Piensan nada más que El Rubio ha llevado sus intensos ideales anarquistas hasta el extremo, tanto para lo positivo como para lo negativo. Son numérosos los testimonios en páginas web y blogs de la Internet que agradecen su hospitalidad cuando vivía en ese espectro que es la selva. Allá ofrecía cobijo y comida sin cobrar un peso. Cuando necesitaba algo, recurría al trueque. Jugaba al ajedrez y leía libros, periódicos y revistas con ayuda de una lupa. También educaba a sus hijos.

Tras conversar con Nelo Haensel, unas cuadrás más lejos, en la calle Comercio, visito a Iris e Irma, las dos hijas de Antonio que permanecen aún en Rurrenabaque. Un enjambre de niños sube y baja las escaleras. Irma García juega con sus mechones rubios y sujeta una muñeca. No la suelta. Tiene síndrome de down y ha pasado ya de la treintena.Su hermana Iris se sienta cerca. A su vera está su esposo, Adolfo Diéguez.

“¿Cómo era la vida en la selva, doña Iris?”, pregunto. “Acá todo cuesta. Allí era muy distinto. Contábamos con miel, caña… y hasta tabaco –Antonio antes fumaba negro–, sólo nos faltaba el jabón. Solían parar aquí los madereros a comer algo. Siempre se les invitaba, a ellos y a los turistas”, contesta. El Rubio, que fue rebautizado en la zona como el Rey del Quiquibey, regalaba semillas a las etnias amazónicas que rodeaban su terreno y en su escaso tiempo libre inclinaba su oreja hacia el altavoz de su vieja radio Hitachi para escuchar música o noticias. “La playa la tengo a unos metros. La tierra y la selva me regalan el mejor banquete. El teatro, que me gusta, lo sintonizo en alguna emisora. El coche no hace falta. Y las juergas las corro con mi familia”, le dijo al periodista Manuel Leguineche hace más de una década. Hoy todavía piensa lo mismo.

Adolfo Diéguez, sin embargo, le critica. “Con su esposa es como un dictador. Todo el rato está peleando. El año pasado han estado más de tres meses apartados. Desconfía incluso hasta de su sombra. Cree que le controlan, que le vigilan. Además, no enseñó bien a sus hijos. Por su genio no aprendían nada y no dejó a ninguno ir a la escuela”.

Para Antonio, la respuesta a su forma de actuar es la memoria. Es un hombre anclado en el pasado. La cabeza va por delante. El corazón, detrás. “España os ha arrebatado la razón de ser. Es la primera que os ha condenado. Nadie saldrá vivo”.El Rubio relata a menudo esas palabras del primer discurso a los anarquistas en Mauthausen. En su cabeza,España no existe.En su corazón, tampoco. Sólo existe en su destartalada radio.


La supervivencia
Amanece. En el mercado, el choque metálico de los cuchillos sustituye al canto de los gallos. En la calle, se ofrecen remedios inverosímiles: aceite de tuyu-tuyu, uña de gato, sangre de rada… El empedrado se clava en las sandalias y el cielo se ha secado.

Irma me abre la puerta sin dejar de pelar un puñado de mangos. Ella es una devota de Antonio. Hasta en las épocas de escasez se las ha ingeniado para conseguir azúcar, pan, mermelada, atún y las galletitas que tanto le gusta a El Rubio remojar con leche.

Antonio está tocado con una visera. Espera llamada. Al no estar acostumbrado a las tecnologías, cuando suena el celular se confunde y lo apaga. Poco le importa. Prefiere conversar conmigo de su tema preferido: Mauthausen. Su voz es ronca, pero enérgica.

“Yo sabía que iba a salir de allí”. Se lo predijo Francisca Burriel, una amiga adivina de su madre, en una carta enviada a través de la Cruz Roja suiza. Él también conoce lo que son las visiones premonitorias. “Antes del accidente que le cercenó la mano me confesó que algo le angustiaba, presentía lo que iba a sucederle”, me confirma Irma.

Pero en el campo de exterminio los sueños no servían para nada. “Dormíamos en un suelo de tablas, en una barraca sin ventanas, a veces con una sola manta para todos y a varios grados bajo cero. Muchos amanecían tiesos. Algunos días de lluvia nos hacían formar la noche entera. En la cantera cargábamos piedras de hasta 60 kilos y nosotros éramos unos esqueletos de 30. Hubo quien aseguró que comimos carne humana y nos tenían dicho que hacían experimentos médicos con algunos presos: inoculaban virus, les hacían tomar agua salada, les quitaban los órganos… Pero la depresión era la peor opción. Los que se ponían a recordar momentos felices, aunque estuvieran sanos, eran los que menos aguantaban, los que antes caían. Yo trataba de dormir como un bebé”.

“¿Y los hornos crematorios, don Antonio?”. Según cifras oficiales, 200.000 personas perecieron en Mauthausen. 10.000 eran españoles. El Rubio va más allá. “Mienten”, sentencia. “Españoles cayeron 120.000. Pude ver las duchas con mis propios ojos y tarritos de cristal con las cenizas apiladas en 16 metros cuadrados. Había 100 duchas y el gas actuaba en menos de un minuto. Asesinaron realmente a cientos de miles”.

El español es una auténtica caja de sorpresas. A pesar de haber estado durante cinco décadas contanto tan solo cinco años de su vida, siempre tiene un as bajo la manga. Agarra las yemas de mis dedos de la mano izquierda y las conduce hacia su sien, un par de centímetros por encima de su cuello. Palpo un diminuto bulto sobre una piel cicatrizada. “Consecuencia de una bala”, explica, parte de la herencia de Mauthausen.

¿Un héroe o un loco? No lo sé. Sus estigmas me dicen que es un héroe. Ramón Raluy, amigo de la infancia que fue luego alcalde del pueblo que les vio nacer, sostiene que según el testimonios de compañeros suyos en el campo nadie le oyó jamás el mínimo quejido, hasta el extremo que sus mismos torturadores terminaron por felicitarlo. En Rurrenabaque, entre tanto, no hay término medio: le quieren o le ignoran. Quizá por eso decidió instalarse en Sanbuenaventura, para estar tranquilo. Él todavía cree que le vigilan, secuela del pasado, pero no ha perdido ni por un segundo el pulso al mundo. “¿Cuándo dejaremos de ser bárbaros? La siguiente guerra será con piedras y palos”.

“El hombre es un pájaro de alas cortas. Yo en el Quiquibey he sido uno de alas largas, sin jaula”. Me repite, como si fuera una grabadora, lo mismo que le dijo años atrás a Manuel Leguineche. Le doy la mano. Sus dedos están tibios. Se sienta. “A esperar”, dice. “¿A quién?”, pregunto. “A la muerte”. Prende la radio. En la lejanía saboreo su melodía. Al fin y al cabo –pienso– si ha de morir, es siempre mejor morir con música.

LAS CITAS


Autor: Álex Ayala Ugarte

FRASES QUE AMO
Dicen que las palabras se las lleva el viento. No estoy de acuerdo. Hay genios que nos han dejado citas que siguen todavía teniendo sentido a pesar de que han pasado ya generaciones y generaciones tras su paso por el mundo; hay muchos despistados que con sus pensamientos ofrendaron unas gotas de genialidad a la existencia; y hay también narradores de sobremesa que junto a un café interpretan la vida como nadie. Les dejo con parte de mis frases favoritas, ácidas y livianas, simplemente exquisitas.

- Para idealistas: La locura es la sal que impide que la razón se pudra. Seamos razonables, pidamos lo imposible.

- Una burda: Al monte fui a cagar y cagué un montón de mierda. No como esos cagones de mierda que dicen que van a cagar y no cagan una mierda.

- Para pesimistas: Si tiene remedio, ¿por qué te quejas? Si no tiene remedio, ¿por qué te quejas?

- Para los políticos: Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos, por hacer lo posible imposible.

- Para los controladores: Un hombre con un reloj sabe la hora que es; uno con dos no está tan seguro.

- Sobre la muerte: No es que tenga miedo a morir, es tan solo que no quiero estar allí cuando suceda.

- Sobre la experiencia: El joven conoce las reglas, pero el viejo las excepciones.

- Para pensadores: Una conclusión es el lugar a donde llegaste cansado de pensar.

- Una bélica: No hay nada más silencioso que un cañón cargado.

- De Pitágoras: No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma.

- Sobre la confianza: La puerta mejor cerrada es aquella que puede dejarse abierta.

- Sobre la desigualdad: Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son.

- Sobre el optimismo: Un pesimista es un optimista con experiencia.

- Sobre las flores: La botánica no es una ciencia, es el arte de insultar a las flores en griego o en latín.

- Para los fumadores: Dejar de fumar es muy fácil. Yo lo he dejado ya unas 100 veces.

- Sobre la guerra: Una era construye las ciudades. Una hora las destruye.

- Para despistados: Un hombre desordenado pierde siempre un solo guante.

- Sobre la televisión: Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende me retiro a mi habitación y leo un libro.

- Sobre las palabras: Las palabras sinceras no son elegantes. Las palabras elegantes no son sinceras.

- Sobre el amor: Al principio, todos los pensamientos pertenecen al amor. Después, todo el amor pertenece a los pensamientos.

- Para los charlatanes: Los altavoces refuerzan la voz, pero no los argumentos.

- De Antonio Machado: La muerte es algo que no debemos temer, porque mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte no es, nosotros no somos.

- Sobre el camino: Está muy bien seguir adelante, siempre que puedas regresar.

-Para los prácticos: Los grandes pensamientos necesitan no sólo alas, sino también un vehículo para aterrizar.

- Sobre el genocidio: Un solo crimen convierte en asesino, millares en héroe.

- Sobre el futuro: Puede suceder lo que sea, siempre hay alguien que lo veía venir.

FRASES QUE ODIO
Hablando de citas, les regalo una: El que sabe hablar sabe también cuándo. Para nuestra desgracia, muchos no se callan la boca ni siquiera dormidos. Acá las presento las frases que odio. Son por sí mismas un resumen de la estupidez humana. Algunas de ellas me hacen gracia, pero me río por no llorar, pues son como para darse un tiro.

- Brooke Shields (actriz): El fumar mata y, si te mueres, has perdido una parte muy importante de tu vida.

- Elvis Presley (cantante): No sé nada de musica. En el tipo de mercado en el que estoy no es necesario.
- Valeria Mazza (modelo): Yo nunca he fumado marihuana porque eso da celulitis.

- Shaquille O´Neal (baloncestista): No recuerdo los nombres de los clubs nocturnos a los que fuimos (cuando le preguntaron si visito el Partenon durante su visita a Grecia).
- Mariah Carey (cantante): Siempre que veo la tele y veo a esos pobres niños hambrientos en todo el mundo no puedo evitar llorar. Quiero decir, me encantaría ser así de flaquita, pero no con todas esas moscas y muerte y esas cosas…
- Clint Eastwood (actor): No hay nada malo por disparar armas de fuego siempre que se dispare a la gente indicada.
- Claudia Shiffer (ex modelo): Esa rastrera sinvergüenza (refiriéndose a Naomi Campbell) merece ser matada a patadas por un asno, y yo soy justo la indicada para hacerlo…
- Bob Dole (político estadounidense): La vida es muy importante para los norteamericanos.
- Carolina Zúñiga (candidata a Miss Chile 2000): Si hubiese un holocausto nuclear, ¿qué pareja elegiría usted en todo el mundo (hombre y mujer) para preservar y multiplicar la especie humana?
Al Papa y a la Madre Teresa de Calcuta.

- George W. Bush (presidente de Estados Unidos): He hablado con Vicente Fox, el presidente de México, para que envíe petróleo a Estados Unidos. Así no dependeremos del petróleo extranjero.
- París Hilton (empresaria): ¿Usted cree que todas las bonitas son brutas?
No, también hay feas que son brutas.
- Luis Echeverría (ex presidente mexicano): Ni nos beneficia ni nos perjudica, sino todo lo contrario.
- Pamela Anderson (actriz): No es la contaminación la que esta dañando el ambiente. Son las impurezas en nuestro aire y en nuestra agua las que lo están haciendo.
- Vicente fox (ex presidente de México): No hay duda de que los mexicanos están haciendo trabajos que ni siquiera los negros quieren hacer.
- Natalia París (modelo): ¿A usted qué musica le gusta?
La de los CDs.
- Carlos Ménem (ex presidente de Argentina): Pende sobre nuestras cabezas la espada de Penélope.
- Augusto Pinochet (ex dictador de Chile): No me acuerdo, pero no es cierto. No es cierto y, si fuera cierto, no me acuerdo (en respuesta sobre si él, como Presidente de la República, era jefe directo de la DINA).
- Felipe González (ex presidente de España): Yo pienso que yo no pienso, digo yo.
- Carmen Calvo (política española): Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie.
- José María Aznar (ex presidente de España): Tengo una oreja frente a la otra.

ENTREVISTA A DANIEL VIGLIETTI


Titular: “Al río de la revolución le pusieron una represa muy dura”

Autor: Álex Ayala Ugarte

Su pelo blanco, sus gorras y su sonrisa templada son casi tan inconfundibles como su voz. Se trata de Daniel Viglietti (Montevideo, 1939), cantautor uruguayo conocido por varias composiciones que han hecho vibrar a más de una generación, temas tales como A desalambrar, Canción para mi América, Milonga de andar lejos y Gurisito.

Su obra tiene un contenido social y de izquierda muy vinculado a las luchas populares en Latinoamérica; y sus letras también están asociadas con el exilio, ese viaje a todas y ninguna parte que Viglietti vivió y sufrió en carne propia –volvió a su país en 1984-.

PULSO estuvo con él en los actos de homenaje al Che Guevara de La Higuera y Vallegrande, donde cantó con el pueblo y sobre el pueblo, lo que siempre ha hecho.

¿Por qué está aquí? ¿Tanto significa para usted la figura del Che Guevara?
Estoy aquí porque pertenezco a toda una parte de la especie humana que de alguna manera se siente compañera, hermana y, si hablamos de la juventud, hija del Che.

El Che reubicó los caminos para avanzar hacia una revolucion. Los humanizó, los identificó con nuestra cultura. En términos generales, trajo la revolución a nuestros códigos. Cuando estaba vivo, sentimos que se podía hacer una revolución sin la necesidad de vivir dependiendo de las ideas que venían de las mecas revolucionarias.

Por otro lado, toda su exigencia consigo mismo, su austeridad, su lucha por buscar el hombre nuevo, fuera y dentro, fueron un gran ejemplo. Resulta muy difícil estar a la altura de su mensaje. Yo estoy seguro de que el Che jamás se imaginó que iba a llegar a construir la idea de un ser humano nuevo. Esa era su hipótesis de trabajo, pero al hombre nuevo lo buscamos y esa búsqueda es interminable. Eso el Che lo sabía.

Él fue un hombre con una necesidad imperiosa de seguir actuando desde el punto de vista revolucionario. No se hubiera sentido bien quedándose en una estructura de tipo organizativa, gubernamental. Necesitaba seguir liberando porque tenía conciencia. Veía la multiplicacion de Cuba y de Vietnam como proyecto personal. Pero a veces hay fracasos. Con todo, a 40 años de su muerte, se sigue levantando. Como alguna vez dijo Eduardo Galeano: “Hay seres que cuando mueren siempre están naciendo”.

¿No cree que en cierta forma hoy se está manipulando la figura de Guevara?
Es cierto. Los enemigos del mensaje del Che han cogido su imagen para convertirla en marca. Hay muchos Che ahora en el mundo, también el que ha sido manipulado por el reformismo –que no era su manera de pensar– y el que ha sido arrebatado por el sistema. El sistema es un gran antropófago y traga y traga y traga y deglute… Pero yo creo que en todos nosotros, en los que representamos a la izquierda con sentimientos muy profundos, se trata siempre de reivindicar al verdadero Che.

No van a conseguir transformar al Che en usted por más esfuerzos económicos que se hagan en ese sentido, por más usurpaciones de su imagen que se intenten. Se imponen su ejemplo y su condición. Y en los momentos límites de la historia actual, de lo que ahora vivimos, yo creo que el Che Guevara sigue siendo tremendamente molesto para el sistema, que por algunos conductos está generando continuamente productos con su imagen, que trata de transformarlo en otra cosa cuando lo cierto es que sus ideas circulan y resultan aún presentes y muy humanas. Como contrapeso al sistema, yo rescato lo que el Che decía: “En una revolución, si es verdadera, debe darse todo”.

Yo muchas veces hablo de la muerte aparente del Che, porque su pensamiento está aquí y allá, haciendo de las suyas. Él pertenece a esa especie de ser humano que en muchos casos muere para vivir, para seguir viviendo.

¿Sigue vigente hoy en día la canción protesta? ¿Cuál es ahora su importancia?
Quizá lo de la canción protesta sea un sello, una clasificación que arrancó después de un festival que se hizo en Cuba en 1967. En ese momento, el Che estaba vivo, ya no en Cuba, y al encuentro se le llamó de “canción protesta”. Fue una clasificación que quería abarcar una serie de valores, con canciones comprometidas con la realidad, con canciones de denuncia. Pero a mí me hubiera gustado hablar de “canción propuesta”.

Aparecieron en esa época también otras deficiones, como una que denominaba “nueva canción” a los estilos en vigencia. Sin embargo, ésta no fructificó porque la “nueva canción”, al poco tiempo, podía haberse convertido, como genéro, en vieja, porque el tiempo pasa por encima de todo.

Para mí todas las deficiones son muy relativas. Personalmente, yo siento hoy por hoy que estoy haciendo canciones humanas. Parafresando a ese gran poeta colombiano llamado César Vallejo, que escribió sus poemas humanos, podría decir que yo hago canciones humanas en un mundo lleno de inhumanidad, en un mundo en el que hay guerras como la de Irak, en un mundo en el que se usan siniestramente pedazos de tierra como el de Guantánamo como laboratorio de torturas.

Las etiquetas no tienen sentido. Yo, a parte de canciones de protesta, también canto sentimientos humanos, hago canciones de amor, de cuna, de paisajes… y cronico muchas cosas que están pasando en la lucha por la liberación de América Latina.

Lo que pasa es que las canciones de protesta son más percutantes, al tocar el nervio de ciertos problemas, y se fija la atención en ellas al ser canciones que molestan al sistema en el grado en el que puede molestar una canción, que es ínfimo. Con todo, yo creo que una canción, a pesar de ser algo muy frágil, es como un pajarito que se te para en el hombro y te dice cosas al oído. Por tanto, es necesaria y sirve. No creo que una canción revolucione nada, aunque la emoción y la belleza sí pueden conmover y tocar alguna fibra del oyente.

¿La nostalgia es uno de los basamentos de la canción de autor?
Sí y no es importante. Hay aspectos de nostalgia y de búsqueda. La nostalgia es el basamento de un arco que se estira, que va hacia al fondo de los recuerdos, del pasado, pero que tiene una flecha que se dirige hacia el futuro. Yo, en todo caso, no tengo miedo a la nostalgia, ni al cariño, ni al llanto, ni a la pena, ni a la alegría, ni a la pasión ni al miedo. Todos los sentimientos se mezclan, se abrazan… Son también clasificaciones que tuvo que hacer la especie humana para entenderse.

Alguna vez he escuchado preguntar: ¿Cuál es el límite entre la tristeza y la alegría?; ¿Cuántas veces lloramos frente a algo y es una conmocion que no se puede clasificar sólo como penosa, como negativa, sino que implica otras sensaciones?; ¿Cuántas veces estamos alegres y es una alegría que en el fondo puede tener algo de pena? No hay fronteras. Las fronteras son tan tenues como las de nuestros países, que fueron invenciones de otras potencias.

¿Cómo analizaría el momento que vive la izquierda latinoamericana?
Yo creo que nada fue inútil y el ejemplo del Che mucho menos. Al suyo le sumo el de Camilo Torres, el del pueblo de Vietnam y el de tantos revolucionarios como Zapata o Artigas.

Hay una cantidad de historias que han tenido desenlaces trágicos, como la muerte, pero también victorias, como fue el caso de Vietnam. De modo que, como dije, nada fue inútil. Quedaron unas briznas de pensamiento en la gente, una sensación de que hay algo que fue interrumpido y que ahora hay que continuar.

Naturalmente, no se va a seguir como una fotocopia de lo anterior. Las situaciones cambian, pero los gobiernos de izquierda actuales, con todas sus contradicciones, sus aciertos y sus errores, están siguiendo el camino que se abandonó.

Aunque a veces los procesos parecen poco incipientes y dudosos, se va avanzando un poquito, y está en la gente de la base el poder remar en los ríos revueltos. Lo que hay ahora son afluentes de la revolución. Al río de la revolución le pusieron una represa muy dura, pero corre el agua, se sale por el costado. Salen afluentes que algún día podrán volver a formar una corriente fuerte. Algún día, en ese proceso estamos, se darán nuevas situaciones, nuevos gobiernos y nuevas revoluciones que seguirán luchando para que la silla del poder y su corona no se oxiden, para que no se pacte, para que no se trampeeen las cosas. Lo importante es seguir revolucionando dentro de la misma revolución.

Sobre Bolivia, puedo decir que hay un Gobierno muy interesante, aunque la izquierda de América Latina lo está dejando un poco abandonado. Lamentablemente, nuestras izquierdas tienen todavía algo de preujuicio y algo de racismo y no le apoyan a Evo Morales lo suficiente.

SUFRIMIENTOS DE UN VEGETARIANO CIRCUNSTANCIAL


De cómo me alejé de la carne durante casi una semana.

Autor: Álex Ayala Ugarte / Foto: Karim Patón

Lunes. Mi primer paso como vegetariano es ir a una farmacia. Me mido y me peso. Altura: 1,88 metros. Peso: 68 kilos. Mi objetivo lejos de la carne es, al menos, no adelgazar un sólo kilo. Primer error: me compro un pastelito de chocolate. Después de haberlo degustado me pongo a ver sus ingredientes. ¡Horror! Primera metedura de pata, dice que tiene grasas pero no aclara si son animales o vegetales. Un vegetariano es un gourmet. No sólo es un auténtico conocedor de lo que come, tiene el sentido del gusto tan desarrollado que puede reconocer el olor de la carne a metros a la redonda.

Los vegetarianos son unos sufridores natos. No es fácil encontrar un restaurante que ofrezca sólo alimentos naturales en La Paz –y en Santa Cruz es todavía más difícil–. Nadie te comprende. La sempiterna pregunta es: ¿Por qué no comes carne? Y da lo mismo lo que respondas. Igual te van a mirar como un bicho raro, como a un señor con una vaca en brazos. Mi primer día de dieta es un desastre. La hora de la comida me sorprende cerca del cementerio. Busco comida vegetariana pero no hallo más que pollo, pollo, silpancho, pollo, chicharrón y fritangas. Compro unas papas fritas nomás. ¡Grasa! ¡Grasa! ¡Grasa! No es lo más adecuado. Me quedo con hambre. Tengo más hambre que un condenado a muerte. ¿Quién dijo que ser vegetariano iba a ser fácil?

Martes de Mafalda
Tengo una cita con el doctor Samuel Laines Molina, además de vegetariano lector de iris. Aseguran que te mira a los ojos y te lee las enfermedades –al final resulta que además del espejo del alma son también el reflejo de los males del cuerpo–. Su sala de espera parece el dormitorio de Mafalda. Un gran panel, lleno de sopas de sobre, deja una cosa clara. Odia las sopas, como Mafalda. Por lo menos, las de sobre. Las anotaciones lo dejan claro: “El glutamato monosódico –uno de sus componentes– causa daños cerebrales”; “el glutamato monosódico causa defectos de nacimiento en el bebé”; “el glutamato monosódico causa cáncer, artritis y diabetes”; “el glutamato monosódico causa un efecto venenoso en el sistema nervioso…” ¡Adiós a las sopas de sobre!¡Al carajo con el glutamato monosódico! Mis posibilidades de dieta se reducen.

Dicen que los vegetarianos son pacientes, tranquilos, menos agresivos. Pero yo, con un solo día aún como vegetariano no he tenido tiempo para cultivar estas virtudes. Así que tras dos horas de “paciente” espera sin que el doctor haga acto de presencia decido irme. Me da tiempo a tomar una última anotación: “El glutamato monosódico es uno de los posibles causantes del síndrome del restaurante chino” (¿será porque los amarillos son tantos que hasta ponen su nombre a las enfermedades): hormigueo, quemazón de la piel, cefalea y dolor torácico. Ya le tengo casi pánico a ese glutamato.

Miércoles: ¿qué cómo?
Hasta el momento, mis comidas han sido de urgencia: pizza vegetariana –aunque más natural, comida chatarra al fin y al cabo–, tofú con verduras en el chifa, quesadilla de puro queso y poca cosa más. Soy un desordenado alimenticio, y mi estómago una bomba de relojería por el cambio de metabolismo. Me siento hinchado, pero con la sensación de hambre acompañándome como un ladrillo todo el día; voy al baño cada dos por tres –¡Adiós a la carne, adiós al estreñimiento–. Ya me estoy desintoxicando.

Sin embargo, tengo que empezar ya a buscar una dieta más balanceada. Según un informe del doctor Moisés Behar, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo ideal es fusionar cereales en un 70 por ciento y legumbres en un 30. ¿Y las proteínas, de dónde se sacan las proteínas?, es el eterno reproche de los carnívoros a los vegetarianos. Pues mira lo que aprende uno. Según la OMS, maíz, frijol, arroz, trigo, arvejas y lentejas son excelentes sustitutivos proteicos sin que haya necesidad de comer carne. Además, otra vez según la OMS, una ingesta elevada de alimentos de origen vegetal ayuda a prevenir la cardiopatía coronaria, ciertos tipos de cáncer y la hipertensión. Ahora únicamente queda que sea yo mismo quien me aplique el cuento.

Jueves: la compra
El consejo de una buena amiga es que combine alimentos rojos, verdes y amarillos (¿hay acaso dieta más nacionalista que ésta?). Es la dieta tricolor. Son colores vivos –deduzco que en base a esta paleta alimenticia Goya no era vegetariano–. “No son como el de la sangre, tan aburrido”, apunta Claudia. Por primera vez tomo conciencia. Hoy decido comer bien, al menos mejor que los pasados días, y escojo para ello el restaurante Armonía, donde hay ensaladas, soja, jugos naturales… y todo aquello que hace las delicias de los enemigos de la carne. Ya hasta me incomoda el olor de los vacíos, choripanes y demás familia de los puestos y locales para comer en 10 minutos.

La tarde la quiero dedicar a comprar un arsenal de comida para casa. Pero al final se queda todo en munición ligera. Hacer mercado es una locura. Si hay un paraíso para los vegetarianos, no son los supermercados. Allí, las frutas y hortalizas viven casi condenadas al ostracismo en alguna de las esquinas mientras que la carne se despacha en unas barras interminables, con matarifes cuchillo en mano que parecen doctores en plena operación quirúrgica. Los vegetarianos expertos saben escoger. Yo estoy en un grave problema. Alzo un paquete de galletas –de las que más me gustan–, miro la composición y tiene grasas animales. Las gaseosas contienen colorantes y productos cuando menos sospechosos. Las sopas quedaron descartadas desde el martes y no hay casi producto que se me antonje que no sea nocivo, de alguna manera, para la salud.

¿Qué hago? Recurro nuevamente al vegetarianismo de emergencia. Voy al mercadito de Sopocachi y compro pan de laja, tomante, lechuga, queso, manzanas y plátanos, que según mi amiga ponen de muy buen humor (si no hay más que ver lo bien que se lo pasan los monos en los árboles). ¡Listos! Tengo por lo menos para matar el hambre.

Viernes de video
Día que pasa me tomo el vegetarianismo más en serio. Play, sesión de video. Título del documental (de autoría brasileña): La carne es débil. Al ver las imágenes, me asusto realmente: vacas con ojos de cordero degollado camino al matadero; pollos vivos que los agarran como sea y los lanzan a las cajas, donde se hallan hacinados, como si fueran pelotas de goma; gallinas a las que les cortan el pico y les obligan a poner huevos como si fueran máquina de hacer salchichas; cerdos a los que castran sin compasión ni anestesia; terneros a los que separan de su madre nada más nacer…

Los comentarios tampoco tienen desperdicio: en siete años se dobló la producción de carne en el mundo, se producen 250 millones de toneladas anuales; en 50 años el rebaño bovino se multiplicó por cinco, hay más bueyes que gente en el planeta; según la UNESCO, se necesitan 15.000 litros de agua para producir un kilo de carne, para uno de cereal únicamente 1.300; según un informe de Naciones Unidas, si todos compráramos como en Europa, Estados Unidos y Japón necesitaríamos dos o tres planetas para abastecernos; elementos químicos para dar aroma, color y durabilidad en los alimentos son testados antes en animales; y la lista sigue. Es como para pensar dos veces antes de dar bocado a un bife. Los animales no son animales. Son producto.

Después de ver el video, me siento un poco más vegetariano. Ya hasta me empieza a dar cierto asco la carne. Sólo hay una declaración con la que no estoy de acuerdo del documental. “El buey, con sus eructos y flatulencias, genera metano, más nocivo que el dióxido de carbo”. Es cierto, pero el dato me parece exagerado, un tanto alarmista.

Sábado: reflexiones
Para un joven declararse vegetariano en casa es como para un gay salir del armario. Cuesta que los padres acepten –que dejen de ponerle el plato con su pedazo de carne encima de la mesa–. Ser un carnívoro en potencia es como matarse a cigarrillos o a todas horas estar dándole a la botella. En La Paz se come pollo en cantidades industriales –eso lo descubrí en mis incontables rutas tratando de hallar un restaurante vegetariano. Y un apunte más para las clínicas de adelgazamiento: el mejor remedio para perder peso es no comer grasa saturada.¿Alguien conoce a un vegetariano obeso?

No todos los vegetarianos son iguales. Están los frugívoros, los que solo comen fruta, aunque hallar uno es casi como encontrar aguja en un pajar; los hay veganos, que no comen ni tienen contacto con nada que tiene que ver con los animales. Es decir, no toman leche, ni queso, ni grasas, ni se pone ropa de cuero ni se pinta la boca porque sabe que se hace sufrir a otros seres vivos para la elaboración de cosméticos. Están los ovolácteos, que consumen huevo, leche y sus derivados. Están los falsos vegetarianos, que comen carne blanca. Y los hay quienes son un experimento alimenticio, como yo.

Domingo: Epílogo
Vuelvo a la farmacia: 67 kilos. Sólo baje uno. Se acabaron mis días de vegetariano. Hoy, de nuevo, como carne. Escojo un vacío y casi me indigesto. Me da pesadez de estómago. También, acidez. El hombre es un animal de costumbres, y no voy a dejar de ser carnívoro de la noche a la mañana. Pero ya estoy decidido a mejorar mi dieta.

En el consultorio del doctor Samuel Laines, en el famoso panel de las sopas de sobre, un papel relaciona el vegetarianismo con la Biblia. Pero bueno, tampoco exageremos. Mejor no mezclar religión con digestión, que Hitler, un anticristo en potencia, era vegetariano.

PERO SIGO SIENDO EL REY...


Autor: Álex Ayala Ugarte

La broma que circula hoy en la Internet, como en su día causó furor el cabezazo del futbolista Zinedine Zidane a su contrincante italiano Marco Materazzi, viene a cuenta del encontronazo en la clausura de la XVII Cumbre Iberoamericana, celebrada en Chile, entre Hugo Chávez y el Rey Juan Carlos de España. “¿Por qué no te callas?”, le espetó el Rey al mandatario venezolano después de que éste hubiera tildado de “fascista” al ex jefe del Gobierno español, José María Aznar, en repetidas ocasiones.

La cosa no se quedó ahí. Chávez, ahondando más en la polémica, afirmó al de unas horas lo siguiente, hablando del intento de derrocamiento que sufrió hace unos años: “Es muy difícil pensar que el embajador español estaba en palacio apoyando a los golpistas sin autorización de su majestad, pues él es quien dirige la política exterior”.

El debate está que arde. Pero más allá de estos hechos, que en un tiempo pasarán a formar parte del anecdotario, hay dos cosas que parecen claras: la monarquía española ya no vive en una balsa de aceite como antes –y cada vez protagoniza más noticias en los medios– y Hugo Chávez siembra tempestades con sus palabras allá por donde va.

La mala hora
Tras los cruces de palabras de la Cumbre Iberoamericana a la monarquía española le aguardaba una desagradable noticia: la infanta Elena y su esposo Jaime de Marichalar quieren darse un tiempo para meditar sobre su futuro matrimonial y sobre sus hijos.

Si todo fuera eso, la familia real no tendría razones por qué preocuparse, pero en los últimos meses varios incidentes han puesto en boca de todos al Rey y a su círculo.

Uno de los más sonados se produjo después de que el juez español Juan del Olmo ordenara hace unos meses el secuestro de uno de los números de la revista satírica El Jueves porque en su portada aparecía una caricatura de los Príncipes de Asturias en una situación que la Fiscalía denunció como constitutiva de un delito de injurias a la Corona. El dibujo mostraba a la pareja haciendo el amor y al príncipe Felipe diciendo algo así como que eso era lo más parecido a trabajar que iban a hacercen toda su vida.

En este contexto, han vuelto a cobrar eco las voces que desaprueban la monarquía. Aunque tampoco falta quienes la defienden, y cada uno con buenas justificaciones.

Contra la monarquía
Según varios autores, existen hoy en día un sinfín de paradojas torno a la Corona. PULSO presenta a continuación algunas a modo de preguntas referidas a este tema.

¿Quién nombró al actual Rey de España? Juan Carlos participó activamente de la política y el gobierno dictatorial, llegando a presidir las celebraciones del ilegítimo Consejo de Ministros, formando parte de los órganos de poder instituidos por quienes iniciaron la Guerra Civil contra el gobierno de Azaña, Largo Caballero y Negrín, quienes accedieron a sus cargos mediante elecciones libres y democráticas. Al Rey de España le nombró el militar golpista Franco en julio de 1969. Y no se limitó a suplantar simbólicamente al golpista. Llegó a asumir la Jefatura del Estado del 19 de julio al 2 de septiembre de 1974 y del 30 de octubre hasta el 20 de noviembre del 75.

¿Es español el Rey de España? Además de pertenecer a una familia francesa, el que es representante de todos los españoles no nació en España. Nació en Roma (Italia) el día cinco de enero de 1938. Cuando el italiano tenía diez años se lo trajeron a España.
Por lo tanto, la cuestión está clara: el Rey de España es un italiano de origen francés.

¿Qué poderes tiene el Rey de España? Los poderes están descritos en los artículos 62 y 63 de la Constitución Española: darle el visto bueno a las leyes que le manden; convocar elecciones y referéndum cuando toque; nombrar al presidente del gobierno y a los ministros cuando le manden; estar informado de los asuntos de Estado; dar indultos; enviar y recibir a los embajadores; firmar acuerdos internacionales a nombre de España; y el mando supremo de las Fuerzas Armadas. Es decir, el mando supremo de un país occidental está en manos de una estructura familiar vitalicia y hereditaria.

¿Es justa la monarquía? Según el artículo 14 de la actual Constitución Española “los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación por razón de nacimiento”. Si la Constitución Española prohíbe la discriminación por razón de nacimiento, y el rey es rey únicamente por su nacimiento, por ser el hijo primogénito de otro persona con los privilegios reales, entonces, la monarquía es inconstitucional.

¿Cuánto cuesta la monarquía? Como muestra un botón. Según constaba en el texto de la Ley Orgánica de los Presupuestos Generales del Estado para 2005, en ese año se destinaron dos partidas: una genérica para la Jefatura del Estado por un importe total de 7.776.340 euros; y otra de apoyo a la gestión administrativa de la Jefatura del Estado cuyo importe ascendía a 5.282.130 euros. Ahore las cifras deben ser mayores.

A favor del Rey
Pese a los apuntes anteriores de rechazo a la Corona, no todos en España piensan que sobra. Uno de los que respalda a la institución monárquica es el columnista Pío Moa.

“Actualmente la monarquía no resta nada a la democracia y, en cambio, le añade un elemento de cierta moderación y un entronque psicológico con el pasado, tanto más conveniente en una sociedad como la nuestra, tan dada a los bandazos y a excusar sus inepcias renegando de sus antepasados. Las monarquías escandinavas, la británica, la holandesa y, por supuesto, la española son democracias”, escribe en Libertad Digital el periodista. “No sólo eso –continúa–. Las libertades que ahora disfrutamos en España vienen asociadas a la monarquía y, de ninguna manera, a los republicanos”.

Por su parte, Lucio Decumio, un ciudadano común y corriente de España, opina que “una nación es una historia común de vivencias, personas, conflictos, acuerdos y aventuras, pero también de mitos, leyendas y, sobre todo, de símbolos. La monarquía encarna esto último. Es el símbolo de la unidad y la permanencia en el tiempo de la patria española, más allá de las personas que la integran en un momento concreto”.

“Además –señala Decumio–, si alguien quiere entender este proceso de tres decenios de ininterrumpido avance económico, político y social de los españoles, tendrá que recurrir invariablemente a la figura de Juan Carlos. Fue él quien tras la muerte de Franco capitaneó con inteligencia, tacto y diplomacia un proceso que bullía en su cerebro desde 1969 y que desembocó en el referéndum para la reforma política de 1976, las elecciones generales de 1977 y el verdadero punto de inflexión de todo el proceso de transición: la aprobación de la Constitución de 1978. Tampoco hay que olvidar que fue decisiva su intervención para abortar el Golpe de Estado del año 81”.

Otras argumentaciones en defensa del Rey apuntan que su imagen campechana, vivaz, dinámica, moderna y comprometida con su pueblo ha abierto tantas puertas políticas y económicas que únicamente por este hecho se podría justificar el que cobre su sueldo.

El huracán Chávez
Con todo, no sólo el Rey de España está siendo objeto de debate en estos días. Hugo Chávez, como si fuera un huracán, siembra polémica con sus palabras allá por donde pasa. Lo ocurrido en la XVII Cumbre Iberoamericana es nada más que un punto negro más en un currículum plagado de ellos, pues las salidas de tiesto del mandatario venezolano en los últimos años han sido moneda común que ha alimentado noticieros.

El año pasado, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, se despachó contra George W. Bush en un escenario en el que nadie se había atrevido a hacer nada parecido. Lo llamó Lucifer, terrorista y tirano. “El diablo vino aquí ayer. En este lugar huele a azufre todavía”, dijo cuando se encontraba en la palestra leyendo su discurso.

Otros líderes mundiales también han sido víctimas de su afilada lengua. Uno de ellos ha sido el peruano Alan García, a quien Chávez aconsejó que aproveche su tiempo de manera más provechosa en lugar de meterse con Venezuela y le acusó de ser el “perro faldero del presidente de los Estados Unidos”. Las relaciones, por eso, aún son tensas.

Por otro lado, el ex presidente mexicano Vicente Fox también recibió lo suyo en su momento, precisamente en otra cumbre, y todo por los desacuerdos que había torno al tema del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). “Fox es un cachorro del imperio estadounidense, un entreguista. Verdaderamente da tristeza. Qué triste que un presidente de un pueblo como el mexicano se preste a servir así al imperio”, declaró.

Finalmente, sobre Bolivia dijo recientemente que no se iba a quedar de brazos cruzados si la oligarquía asesinaba o derrocaba a Evo Morales. Afirmó que en ese caso Bolivia se podría convertir en “el Vietnam de las ametralladoras, de la guerra”.

Sus palabras están ahí. También las del Rey Juan Carlos mandándole callar. Ambas parecen desafortunadas. Pero el debate sigue ahí para que cada uno opine al respecto.

Fuentes: El Mundo, Libertad Digital, blogs y agencias.

EL DIVORCIO


Autor: Álex Ayala Ugarte

LO AMO
Amo el divorcio porque es como una competencia de ajedrez en la que juegan blancas y negras. Porque es un escape dentro de un callejón sin salida. Porque es la mejor solución para hogares rotos. Porque para muchas mujeres significa el fin a maltratos, vejaciones y violaciones. Porque es como una muerte pero también una resurrección. Porque gracias a uno algunas señoras conocieron después, por fin, lo que es tener un orgasmo. Porque un separado sin divorcio en mano es como un inmigrante sin papeles en un país europeo –está jodido se mire por donde se mire–. Porque da trabajo a los jueces, abogados y fiscales –qué aburrido sería si todos los casos fueran de asesinato o robo–. Porque es una prueba palpable de que el matrimonio no tiene que ser para toda la vida –a ver si se entera de una vez la Iglesia–. Porque los divorcios de los famosos son más sonados que sus bodas –y alimentan los chismes, ese pasatiempo nacional de muchos países de América Latina–. Porque a río revuelto, ganancia de pescadores, y con cada divorcio nuevo que se presenta, por lo menos, se le hace feliz a un abogado.

Amo el divorcio porque en estas cosas dos más dos nunca son cuatro –y hace que salga a flote el estratega que uno lleva adentro–. Porque es más práctico que esperar a que se muera uno de los cónyugues. Porque si no existiera y nos viéramos obligados a aguantarnos las cárceles estarían llenas de asesinos conyugales. Porque hay gente que parece que se dedica a coleccionarlos –y me parece sumamente chistoso esa afición por estrellarse con masoquismo contra una pared una vez detrás de otra–. Porque muchos matrimonios terminan siendo de tres personas y eso no hay Cristo que lo resista –excepto la tercera presencia–. Porque es parte de un ciclo: la gente se casa por sentido común, se divorcia por falta de paciencia y se vuelve a casar por escasez de memoria. Porque los divorciados suelen tener mucho mundo y éste, a su vez, está repleto de ellos. Porque es buen parche cuando se pincha la llanta de la convivencia.

Amo el divorcio porque, a la larga, es la mejor manera de “salvar” un matrimonio. Porque con tanto papeleo que implica uno se le acaba cogiendo cariño. Porque es la espada de Damocles que pende sobre cualquier matrimonio –y eso le da un cierto halo de misterio a la relación y no la hace tan aburrida–. Porque ayuda a que uno escoja mejor en sus siguientes relaciones. Porque después de uno cualquiera se lo piensa dos veces antes de casarse. Es decir, es un seguro contra nuevos incendios. Porque un divorciado está lleno de historias, de relatos que nunca contaría si estuviera casado. Porque es sinónimo de libertad. Porque cuando llega el divorcio por fin mejora la relación entre algunas parejas. Por su vínculo casi conyugal con el matrimonio –estadísticamente, el 100 por ciento de los divorcios comenzó con una boda–. Porque soy un amante de los dramas, aunque eso sí, en sus dosis justas. Porque un divorcio, en resumen, es un matrimonio con una nueva vida, sin insultos, mentiras ni reproches.

LO ODIO
Odio el divorcio porque casarse demora minutos y divorciarse meses. Porque es un terreno abonado a los chantajes –sentimentales y económicos fundamentalmente–. Porque los únicos que ganan con él son los abogados –quienes si pueden lo demoran para sacar más plata–. Porque los hijos son usados en el proceso como moneda de cambio. Porque es en lo que menos piensas cuando te casas. Porque no te das cuenta de lo jodida que era tu pareja hasta que te divorcias –pues cuando llega el divorcio es cuando se pone en una actitud realmente jodida–. Porque es una constatación de que vivimos en un mundo lleno de contradicciones: el joven quisiera ser viejo; el viejo quisiera ser joven; el soltero quisiera estar casado; y el casado quisiera estar muerto. Porque el divorcio es como una disección y, si puede, el abogado “enemigo” intenta sacarte hasta los ojos. Porque no debería existir, así como tampoco debería existir el matrimonio. Porque a veces en lugar de cerrar heridas las deja todavía más abiertas.

Odio el divorcio porque mientras el matrimonio es cosa de dos el divorcio suele serlo de uno solo. Porque es como una amante mal follada –no trae más que quebraderos de cabeza–. Odio el divorcio porque cuando parece que todos están de acuerdo lo que resulta es que nadie está de acuerdo. Porque intentas no encontrar en ningún lado a tu ex pareja y al final la ves hasta en la sopa. Porque los niños sufren y hasta que no se hacen mayores no entienden el porqué de tantos sin sentidos. Porque después del mismo las discusiones siguen: por las pensiones, por la educación de los hijos, por el régimen de visitas. Porque cuando parece que en el proceso se va a llegar a un acuerdo a uno de los dos le da por fastidiar al otro. Porque es un recurso de listos –vivir sufriendo es un absurdo–, pero también un consuelo de tontos. Porque ahora que estoy inmerso en uno veo papeles, abogados y jueces hasta en sueños, y cuando no los veo, por puro masoquismo, los imagino. Porque, contrariamente a lo que debiera ser, los divorciados tienen cara de felices mientras que el casado la muestra de amargado.

Odio el divorcio porque al final se convierte en una novela de misterio, sin nada claro, aunque el “asesino” en este caso nunca es el mayordomo –qué fácil sería todo si hubiera siempre un tercero a quien echar la culpa–. Porque los niños no se dan cuenta de nada hasta que son mayores. Porque es una excusa para darse a las bebidas o a las drogas. Porque mientras estás buceando en el proceso se te queda cara de boludo. Porque cuando aparece salen a la luz odios y rencores. Porque cuando la relación era feliz veías a tu ex pareja como un angelito con alas y tras un proceso como éste la ves como un extraño ser con cuernos y con rabo. Porque hace que algunos dejen de creer definitivamente en el amor –y éste existe, aunque como dice una canción el amor es eterno sólo mientras dura–. Porque no he podido dejar de fumar con la tensión que rodea a todo mi divorcio. Es decir, el divorcio, de una u otra forma, me está matando.

jueves, noviembre 01, 2007

CEMENTERIO GENERAL, LA ORQUESTA SILENCIOSA


Antetítulo: Este rincón paceño va más allá de la fiesta de todos Santos. ¿Qué ocurre allí por el Día? ¿Y por la noche?

Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte

Entradilla- Todos los días algo se mueve en el Cementerio General, no sólo por Todos Santos. Trovadores, rezadoras y limpia tumbas son los habitantes diurnos de este rincón que parece un ciudad accidental. Las noches son de los serenos.

Viejísima, arrugada, con un sinfín de bolsas rodeando su figura. La señora parece que está ahí desde tiempos inmemoriales, que alguien la llevó hasta ese lugar y, desde entonces, nunca se ha movido. Usa polleras desgastadas, un sombrero de cholita y sus ojos apenas se distinguen entre el amasijo de surcos de su cara. Permanece sentada siempre frente a los mismos nichos. No se mueve. Apenas balbucea. Es su manera de pedir limosna. Ella es parte de esa orquesta silenciosa que es el Cementerio General.

Pese a que en fechas como la de hoy el camposanto se llena, se rebasa, este espacio paceño no es un flor de un solo día –al contrario que las rosas y claveles que tardan en marchitarse un puñado de horas en los floreros–. Es un rincón con vida propia, una ciudad aparte rodeada por casas que se descuelgan, por tumbas que brotan sin raíces desde el suelo, por nichos que forman un mosaico interminable –se calcula que hay como 90.000–. Es, en sí mismo, un ambiente que va más allá de la fiesta de Todos Santos, que se siente, se percibe, los 365 días del año.


De día, los "buscavidas"
29 de octubre. Son las 10:00 de la mañana. "Una vez, me contrató una persona, me dejó la dirección para un velorio y un dinero de adelanto. Cuando acudí a la cita, me di cuenta de que el muerto era él. Había resultado ser un suicida". Ramiro Cahuana, de 30 años, trovador ocasional del cementerio, entona canciones a pedido así como recopila historias como ésta. Viste de oscuro, luce barba de dos días y su rostro, a pesar de que canta el "Happy Birthay" para un doliente, es una montaña de nostalgias. Su repertorio: valses. morenadas y boleros. 15 bolivianos dan derecho a tres o cuatro composiciones.

Como Ramiro, otros "buscavidas" son protagonistas del devenir del cementerio. En la puerta, un señor en silla de ruedas, tapado con una manta de andar por casa y cubierto por un sombrero, ofrece llamadas enfundado en un chaleco verde fosforito; un muchacho muy joven vende abrillantador para los marcos de las tumbas; y una señora comercia con sus rezos.
Dentro, varias señoras de pollera alquilan escaleras. Las hay grandes y pequeñas así como en el cementerio hay cuarteles –nichos pequeños–, pabellones y mausoleos. Pero, sobre todo, una legión de albañiles está lista para adecentar las tumbas.

Luis Chuima, de 25 años, es uno de ellos. Envuelto en un oberol azul y con un casco de batalla trabaja en una de las vías de este laberinto que es el camposanto paceño. Se arregla nada más que con un poco de estuco, cemento, azulejo; y con su plancha y su espátula como herramientas. Una refacción complicada puede costar 60 bolivianos. Una sencilla, unos 30.
Unos cuidan los nichos, otros las almas. El hermano Raúl Valle es el encargado de realizar responsos y vigilias. Con traje de calle, una cuaderno en mano para registrar oficios y su vestimenta blanca, casi de quita y pon, en una bolsa negra recorre los nichos para repetir oraciones que se sabe de memoria. "Yo ayudo a los pobres, a la gente humilde, a los cleferos, a los aguateritos... en su formación, en su educación, y les damos desayuno y ropa".

En un panel en las paredes exteriores de la iglesia se alerta sobre unos visitantes que no son bienvenidos en el camposanto. "Si observa a las siguientes personas, por favor, comuníquese al personal de seguridad", solicitan los avisos. Foto uno: detenido por hurto de flores. Foto dos: detenido por hurto de florero. Foto tres: detenida por robo de marcos de bronce.
Afuera del cementerio, entre tanto, otro mundo se abre paso, pero torno a él.

"Tienda de nichos Los Amigos", reza un cartel; los empleados de las funerarias, por su parte, están a "la caza del muerto" como aves de rapiña; las floristas llenan sus puestos con colores vivos, colores "vivos" para los muertos; varios restaurantes y pensiones anuncian que hay atención para las familias dolientes. Y las imprentas alistan tarjetas para avisar sobre recientes defunciones. La muerte es un negocio, un negocio con forma de lápida.

Los niños, suelen decir, nacen con un pan debajo del brazo. Los difuntos, sin embargo, lo abandonan. Dejan el pan a aquellos que viven de ellos, a esos "buscavidas" que, al fin y al cabo, son los únicos que jamás se olvidan de los muertos.


De noche, los serenos
¿Cuándo es más cementerio el cementerio? A las 18:30 de la tarde, cuando se cierran sus puertas, cuando se apagan los celulares, cuando se agotan los murmullos, se extinguen los grifos de agua de las pilas, las vías se vacían y los nichos quedan con sus ofrendas –vasitos de agua y flores, fundamentalmente–. A esas horas es cuando realmente podemos hablar de descanso, de cementerio.

30 de octubre. 20:00 horas. Eric Mamani, de 25 años, uno de los cuatro serenos del camposanto, realiza su ronda, puntual, atento, con la compañía de un perro –a veces, Muñeco; otras, Baloo, Kaiser o Toñito– y de una linterna que es casi como un tercer ojo. Está lloviendo. Se cae el cielo. Los rayos se reflejan en los vidrios de algunos de los nichos como si fueran figuras espectrales. "¿Y usted tiene miedo a las almas?", le preguntó a Eric. "¡No!", responde mientras camina de memoria.
A mí, un palito que cruje o una piedrita que suena al resbalar entre mis zapatos ya me produce escalofríos. Eric, sin embargo, teme más a los vivos que a los muertos.

"Acá se entran estudiantes de medicina para profanar tumbas y conseguir huesos y cráneos para sus prácticas. También, borrachos (sin sur ni norte) en busca de cobijo, ladrones de marcos y cleferos que se esconden en nichos vacíos para dormir".

Hace unos meses, apuñalaron a uno de los serenos. Y hace otro tanto se entraron y profanaron más de 20 tumbas para robarse lo poco de valor que había en ellas, sobre todo materiales de construcción.

Todo está negro, los mármoles y los aluminios, el estuco y los azulejos. Sólo los puntos de luz de las laderas hacen de improvisados focos. Insisto: ¿Y has visto siquiera en una ocasión a algún fantasma?

"Siempre escuchamos ruidos, crujidos, y a las 00:00 de la noche, a veces, a gente hablando, caminando, llorando. Pero es normal son las almitas que están saliendo a rondar como nosotros. Al principio nos espantaba. Después, uno se acostumbra".

"Otro sereno –prosigue– cuenta que a medianoche baja del cielo un ángel, tipo ave, y se posa sobre la iglesia". Y dentro del imaginario popular se habla de duendes, enanos, almas sin cabeza, sin rostro y famosos espíritus, como el del compadre Palenque, al que califican de "protector".

Cuando me retiro, le dejo a Eric un poco de coca para matar el hambre y cigarros para ahuyentar el frío. "Más que los difuntos, ellos son mis enemigos", dice.


Mis rincones favoritos
Otro día. Tengo una cita con Alejandro Barrientos, antropólogo y todo un experto en camposantos. Tiene rastas en el pelo y cejas como de hombre lobo. ¿Quién mejor que él para hacer como guía circunstancial durante unas pocas horas? En el Cementerio General el cielo está de un gris cenizo. Prima el color de los aguayos y de las mantillas, negras en su mayoría. Las tumbas son de tonos blancos, cremas o pastel. Los cerros, en el horizonte, vigilan.

Primera parada: El horno crematorio. "Cuando alguien fallece, se lo trae y el primer lugar donde reside el cadáver son los nichos. Allí pueden tener una permanencia de unos seis años. Luego deber ser reducidos a sarcófagos, espacios más pequeños donde, a veces, se comparten cuerpos. Ahí pueden estar entre seis y ocho años. Finalmente, es obligatorio o sacarlos del cementerio o la cremación. Es interesante que los lunes, día de las almas, cuando se hace la cremación, varias personas andan fumando. La creencia es que así uno da su apoyo al alma quemada".

Segunda parada: Los nichos. "En cuanto a decoración, la tendencia de los últimos es incorporar ciertos elementos. Por lo general, se acompañan con una fotografía que está enmarcada con algún material que signifique perdurabilidad. Llama la atención la selección de la foto. Se suele escoger el momento de la persona que se considera de mayor espledor, normalmente de la época en la que era joven. En la mayoría de los casos hay epitafios o frases breves. Asimismo, en otros nichos hay detalles como decoraciones y emblemas o escudos de logias, de algún partido político, de equipos de fútbol... En cuanto a las flores, hay también toda una simbología: el color blanco para gente joven, para mujeres y hombres se diferencia entre rosas y claveles principalmente y para los ancianos se usan tonalidades oscuras".

Tercera parada: Las capillitas. "En algunas de las esquinas son como el límite de lo que era el cementerio original, que se fundó en 1828. El camposanto tenía una conformación cercada, como la de las ciudades, pero con estas capillas que se han convertido en mausoleos. Todo esto, además, está muy vinculado con lo que fue la refacción de la Catedral de La Paz, que se produjo paralelamente a la construcción del cementerio. Lo que pasa es que antes los lugares para las exhumaciones de cristianos eran las iglesias, sus patios y demás, y en aquellos años se tuvieron que trasladar muchas tumbas".

Las almas y las enfermedades
A Alejandro Barrientos una vendedora de linaza le dio hace tiempo ya la clave para comprender el cementerio."Este es un lugar especial, de cierta manera peligroso, por lo cual uno debe tener mucho cuidado cuando lo visita. No es un sitio sólo para pasar o permanecer así nomás. Es un territorio extraño, lleno de sensaciones y sentimientos perturbadores", analiza él.
En este sentido, mitos, supersticiones y creencias son parte de la carga moral y espiritual que arrastra este camposanto.

Uno de ellos se refiere a las enfermedades. "Algunas son conocidas como el orejo, que es cuando se dice popularmente que a alguien le ha agarrado el muerto. Un ejemplo de esto lo tenemos en las mujeres embarazadas. Se cuenta que cuando un alma del cementerio atrapa al ser que lleva dentro, éste nace con un olor a podrido, débil, anquilosado y con una serie de síntomas que pueden terminar con su vida. Por otro lado, cuando uno toca tumbas, entra en en ellas o rompe el equilibrio de estos sitios sagrados puede tener dolor de huesos y acabar muriendo. Y esto está acompañado con falta de ánimo y sueños pesados".

Sin embargo, este tipo de amenazas no han resultado un impedimento para que el hampa mantenga vínculos muy particulares con el Cementerio General.

Según Barrientos, los diferentes tipos de ladrones –lanceros, descuidistas, auteros, cuenteros, etc.–, para no hacerse atrapar por los policías y realizar sus actividades sin ser descubiertos, guardan un poco de la tierra del camposanto en sus bolsillos. "De esta forma, creen pasar desapercibidos a la hora de delinquir".

Otra técnica utilizada es la de ingresar en un domicilio ajeno y soplar allí levemente polvo de hueso de un difunto, pero éste tiene que haber sido robado en alguna tumba. "Así piensan que sumergen en el sueño a los habitantes de una casa".
Y también están las ñatitas, cráneos humanos empleados como protección, tanto por los amantes de lo ajeno como por los que quieren blindarse ante ellos.

Son las 12:00 horas. En uno de los nichos descansan unos juguetitos. Se trata de la tumba de un niño. Al lado de una lápida, con pintura negra, se anuncia lo siguiente: "En venta, referencia en el teléfono 2414059". No deja de entrar y salir gente. Algunos llevan pintura para arreglar ellos mismos sus nichos. Otros van con prisa; y los más, con inquietante calma. La sinfonía no cesa, con sus propios ritmos pero increíblemente silenciosa. No hay palabras, solamente ecos.

La señora arrugada sigue ahí, impávida. Acomoda su cuerpo de huesos cortos a la sombra de uno de los muchos árboles del cementerio. Hay quien vierte en su regazo una o dos monedas, pero casi toda la gente ni le mira. Se impone la indiferencia. A ella le da igual. Apenas cambia de posición, quizás más viva que un muerto, pero más muerta que viva.

ENTREVISTA A ALFREDO MOLANO


Antetítulo: El narrador Alfredo Molano analiza el oficio del periodismo en su país.

Titular: “Hay un arma muy eficaz en Colombia: bajar el volumen a los periodistas”

Autor: Álex Ayala Ugarte / Foto: Álex Ayala Ugarte

En Vallegrande, donde estaba Alfredo Molano para cubrir los actos del aniversario de la muerte de Ernesto Che Guevera para el semanario El Espectador de Colombia, pasaba desapercibido, como a él le gusta. Si no llega a ser por su bigote canoso, inconfundible, que apunta hacia el suelo como si tuviera en vez de pelos raíces, no le hubiera reconocido. Pero allá se hallaba, con una libreta de batalla, que es su más fiel compañera, y los ojos bien abiertos, para captar aquello que para otros pasa por alto.

Alfredo Molano nació en Bogotá en 1944. Cursó estudios de sociología, pero se ha destacado, sobre todo, por su actividad como periodista. Es colaborador de medios muy reconocidos como Cromos, Alternativa, Semana y Soho, y es autor de numerosos trabajos de investigación. Ha recorrido su país hasta sus rincones más remotos, fruto de lo cual han nacido la mayor parte de sus libros, entre los que destacan Aguas arriba, Desterrados, Los años del tropel, Selva adentro y Siguiendo el Corte. También ha recibido el Premio de Periodismo Simón Bolívar, entre otros galardones.

PULSO conversó con él sobre lo difícil que es hacer periodismo en Colombia, un país donde los asesinatos a periodistas están a la orden del día. Éstas son sus respuestas.

¿Por qué es tan difícil ser periodista en Colombia?
En Colombia hay una guerra civil irregular desde hace mucho tiempo, 50 años. Eso, de alguna manera, ha impedido que una oposición civil de izquierda se fotralezca. Tampoco hay tradición de una oposición civil de carácter político. Y, al no existir esa condición política, la libertad de expresión no tiene defensores. Entonces, eso siempre ha hecho muy difícil el periodismo de opisición, un periodismo más crítico. Porque generalmente una persona que critica al gobierno es asimilada con la violencia o con el comunismo o con el narcotráfico. Y una vez que te identifican o con el comunismo o con la guerrilla o con el narcotráfico parece que hay una cierta licencia para matarte.

Colombia, si no me equivoco, es el segundo país en el mundo que más periodistas asesina. Eso es una historia muy dolorosa. Creo que en los últimos cinco años han asesinado a unos 15 periodistas. ¿Eso qué significa? Que los periodistas siempre se autocensuran. Ellos saben que no pueden llegar lejos, que tienen que callarse muchas cosas, que no pueden denunciar. Además está la impunidad ante todas estas muertes.

¿Los medios de comunicación no reaccionan ante esa situación?
Los grandes medios de comunicación están todos monopolizados. Hay dos canales de televisión nacionales manejados por grandes empresas comerciales y, por lo tanto, hay una limitación en cuanto a que los periodistas no pueden expresarse libremente, porque tienen que atender otros intereses y sus notas pasan por una multitud de filtros.

Por otro lado, hay un solo diarion nacional, El Tiempo. Al otro que había antes, El Espectador –ahora semanario–, lo arruinaron por la pauta comercial, porque en cierto momento el periódico hizo críticas muy fuertes a un grupo económico. Luego, le mataron a un director, a don Gabriel Cano, porque había declarado una lucha frontal e intensa en contra el narcotráfico y de toda la corrupción en el Estado vinculada a éste.

Entonces, en este panorama, la situación es muy difícil para los periodistas. De todas maneras, hay todavía unos pocos espacios donde hay posibilidades de moverse, donde hay facilidad para expresarse, en el ámbito local fundamentalmente. Sin embargo, es justo en los periódicos pequeños, en los locales, donde más asesinatos se presentan.

Además hay una emisora del Ejército por cada departamento. Hay 32. En ellas los militares opinan de todo y, naturalmente, presentan un panorama muy particular de mi país. Y como en algunas zonas sólo se oyen esas emisoras, la gente no escucha más que el discurso militar. Eso una de reprimir la libre opinión sin emplear la violencia.

En Colombia no existe la mordaza como tal. A un periodista no lo amordazan, el censor no le tacha. Pero hay otras formas de mordaza: El miedo a que lo maten, a que lo boten del puesto y la falta de espacios para expresarse. Entonces, las posibilidades de libre opinión, del periodismo libre, del periodismo de investigación, son reducidas.

Pese a todo, ¿quedán todavía periodistas comprometidos?
Hay una tradición de valor periodístico desde los años 20. Siempre ha habido algunos periodistas que se han enfrentado a lo establecido y que pagan o con su vida o con una exclusión de los medios de más importancia. Hay un arma muy eficaz en Colombia: Bajar el volumen a ciertos periodistas. Es decir, silenciarlos, no tomarlos en cuenta.

Aún así, hay personas valientes como Holman Morris o William Parra que siguen haciendo un periodismo de denuncia a pesar de todo, pero que tienen un espacio muy pequeño. Gozan de una simpatía amplia, pero de un espacio de expresión limitado.

¿El Gobierno qué papel juega en todo esto?
Bueno, el Gobierno tiene sus propias oficinas de prensa. El Ejército, también, así como las empresas. Hay entonces muchos periodistas trabajando con medios oficiales o con los empresariales. Ellos hacen las interpretaciones que más les conviene, y esa interpretación la contrabandean a modo de noticia. Eso es algo ya muy generalizado.

Usted ha estado exiliado, ¿es complicado hacer periodismo desde el exilio?
Yo estuve exiliado como cinco años, por amenazas de paramilitares, sobre todo por un grupo paramilitar encubierto, fantasma, que se denominaba a sí mismo Ejército Rebelde Colombianmo. Sus amenazas eran groseras, muy frecuentes y me hacían seguimientos. Con todo, durante el tiempo de exilio no dejé de escribir mis columnas.

Pero lo cierto es que a mí me faltaba el clima directo, las relaciones con la gente que quiero, que frecuento, con el mismo país. Los viajes que hacía eran siempre fuente de inspiración. Yo no soy periodista noticioso, sino más bien que interpreta. Y ese periodismo de opinión no es un periodismo que se alimenta sólo del hecho, sino que se apoya en una interpretación basada sobre todo en las sensaciones. Eso me faltaba.

¿Qué piensa usted que aporta el periodismo colombiano al latinoamericano?
En Colombia la política siempre ha estado vinculada a la literatura, porque muchos de los presidentes colombianos han sido buenos lectores, muy sesudos y muy brillantes.

Por otro lado, existe una cierta inspiración en García Márquez, periodista ambulante con mucha sensibilidad literaria que creo una corriente, casi una escuela. Lo malo es que la gente vive tratando de imitarlo porque le atrae la manera en la que se expresa.

Por todo esto y otras razones creo que el periodismo colombiano está influenciado por la literatura, por cierta fantasía que no se despega de la realidad, que es lo que le falta al periodismo norteamericano, muy frío, demasiado objetivo. Con esto no quiero decir que me guste el periodismo lleno de adjetivos. Poner muchos no es un sinónimo de buen periodismo. Pero veo positiva la sensibilidad, la búsqueda de otros ángulos.

¿Esa corriente literaria apunta a que en Colombia se lee más que en otros lados?
Yo tengo la sensación de que en Colombia se lee menos que antes. Los jóvenes leen menos, la misma educación ha limitado la importancia de la lectura. Prácticamente, la enseñanza de lo literario, de la historia, de la geografía es demasiado superficial.

Comparando Colombia con Barcelona, donde viví un tiempo, es grande la diferencia. Yo siempre digo que en las ciudades que tienen metro se lee más. En Colombia la gente divide su tiempo entre dormir, transportarse en bus, ver la televisión y trabajar. No se dedica tiempo a la lectura. Por eso, la opinión que se da por televisión es más importante para la opinión pública que la del periódico. La gente sólo lee los titulares.

¿Ve usted posible la resolución del conflicto de su país o cree que Colombia, como diría García Márquez, se encuentra condenada a 100 años de soledad?
Yo tengo esperanzas. Pienso que el conflicto está en su última fase. La guerra le ha costado mucho al país, al pueblo, tanto en vidas como económicamente. Existe una gran fatiga de esto. Pero en la medida en que se abran otras posibilidades políticas, como la liderada ahora por el Polo Democrático, un partido de izquierdas, la balanza se va a inclinar más a soluciones políticas, quedando arrinconada la solución armada.

Por último, ¿no piensa usted que con todos los escándalos que arrastra el presidente Álvaro Uribe en otro país quizá ya no estaría gobernando?
Sí. Sin duda, en otros estados, en los estados democráticos corrientes, si fusilaran o ejecutaran a 2.500 personas al año, el presidente caería. Sin embargo, en Colombia han surgido el escándalo de la parapolítica y los vínculos de la Policía y el Ejército con narcotraficantes y paramilitares, y es como si no pasara nada. Uribe sigue aún ahí.