
Autor: Álex Ayala Ugarte
Cada surco del rostro de don Manuel es como un río de piedras, su boca tiene un acento húmedo y la expresión de sus ojos no puede ocultar un largo rosario de sufrimientos encadenados. Su andar es pesado y delata las pocas fuerzas de un cuerpo que las ha ido perdiendo. Pero, pese a los esfuerzos de la vida de campo, Manuel Barra se resiste a abandonar Tocaña, un pueblito alegre de la zona tropical de Yungas, un paraíso boliviano donde el hombre únicamente ha sido capaz de arañarle unas pocas hectáreas a un bosque que lo engulle casi todo, donde apenas hay caminos y donde la vida fluye.
Manuel es negro. Es dueño de un color que le ha marcado toda su existencia, aunque ha logrado burlar la muerte durante más de 84 años. Los callos empapan sus manos de tonos lúgubres, símbolo de su juventud esclava en las haciendas, pues como ya pocos Manuel es un testimonio vivo de unos tiempos no tan lejanos, en los que unos hombres eran dueños de otros, donde a golpe de látigo se hacía trabajar sin compasión la tierra.
La abolición de la esclavitud, en teoría, llegó a Bolivia hace 153 años, pero el anciano aún mantiene intacta en su memoria la marca humillante al rojo vivo con la que el cuerpo de su abuelo fue sellado para siempre. “A las mujeres les fusilaban con la carimba en el seno o en el muslo; a los hombres, en el brazo, en el pecho o en el glúteo”, me explica. A él, no le tocó vivir la esclavitud en sí misma, pero estuvo sometido al sistema de pongueaje de las haciendas, por un pañuelo minúsculo de tierra y un plato escaso de comida debía trabajar para el patrón bajo los zarpazos de un sol inmisericorde y el castigo y las indiferencias de capataces con mucho hígado pero sin alma. “Se trabajaba tres días para el patrón y, si había suerte, uno para la familia”, dice.
Hoy, el rostro de Manuel es conciso, abrumado de una tristeza inmemorial y solemne. En su casa, una casa de ventanas tristes, fuma a los 84 años lo que no ha fumado en los 48 anteriores y tiñe su garganta de aguardiente cuando su corazón se nubla de nostalgia.
Un pasado lleno de sudor y lágrimas
Manuel conoce bien su historia, la historia de su pueblo, de los negros bolivianos, una historia que se cinceló entre las entrañas de las minas y los maderos viejos de las haciendas, una historia que todavía les pinta la piel y los margina, que los despinta.
“El tiempo transcurrido desde la partida hasta la llegada duraba un año y medio. Alojadas en estrechas sentinas de los buques pequeños, malolientes y mugrientas, las recuas humanas, llevadas como nubes sin agua por los vientos de unos mares eternos, navegaban los océanos en total hacinamiento y en condiciones infrahumanas sin ninguna protección sanitaria". Manuel me repite las palabras, bañadas en sangre, de los más avezados cronistas españoles, quienes recogieron en cientos de páginas la tortuosa travesía de los esclavos africanos hasta los países colonizados de América Latina.
Así, puertos como Cartagena de Indias en Colombia, Callao en Perú o Río de la Plata en Argentina daban cobijo impunemente a los barcos de esclavos que llegaban desde las aguas del llamado continente negro. La mayor parte, venía desde el Congo, Angola, Benguela y Biafra. Si sobrevivían a la navegación, a los negros les esperaba un intenso maquillaje con betún para ser llevados a los mercados o las ferias, donde eran expuestos a la venta y, a menudo, marcados con fierro como vulgares cabezas de ganado. Tal era su condición de mera mercancía que los españoles les decían despectivamente “piezas”.
A unos kilómetros de la casa de Manuel, se encuentra Dorado Chico. Uno arriba allá tras emprender un viaje en el que tiene la sensación de que puede llegar a todas y a ninguna parte al mismo tiempo. Anclado a mitad de la que llaman la carretera más peligrosa del mundo –la que une los departamentos de La Paz y el Beni-, mecido por las nubes y como descolgado de un cielo de alabastro, el pueblo se esconde trepando el cerro, rodeado de una luz difusa de verdes desgastados y azules filtrados por los árboles.
Parece ausente, incluso tímido, y sus casas de adobe y calamina resbalan a través de un viento eléctrico y cortante que en la noche abierta se clava en la piel como un tupido escupitajo de alfileres. Tiene el honor de ser una de las comunidades con más raíces, donde casi no ha habido mezcla con lo quechua y lo aymará, al menos en lo que a sangre se refiere, pues con el tiempo sí se han fundido inevitablemente las costumbres.
“El General”, Natalio Flores, es conocido así por sus buenos tiempos como jugador de fútbol, siendo una de las antiguas glorias de la selección nacional absoluta de Bolivia. Su mirada es lúgubre y tremenda. Recorre a sus interlocutores vivaracha como una anguila en celo. Sus enormes manos negras a ratos tiemblan, se le escapan. Y su cuerpo huele como la ropa húmeda, a medio secar. A sus 62 años, Natalio mantiene el hilo de las conversaciones gracias a una voz como un cordón metálico y espeso, atrapada en una garganta donde ya de por sí se esculpen venas como madera. La casa de “El General” alberga un par de muebles, una mesa y una mecedora donde balancea su cuerpo de un bailarín inquieto. Y entre sus manos duras sujeta unos auténticos grilletes.
“Con unos como éstos –reclama mi atención- llegaron mis antepasados a esta zona de los Yungas”. Antes, miles murieron en las minas de Potosí. En 1608, la Villa Imperial solicitó al Reino de Madrid 1.500 esclavos al año para ocuparse en el Cerro Rico. Pero los negros no duraban mucho en aquellas condiciones tan extremas, a altitudes que superaban los 4.200 metros y con las plantas de sus pies, anchas y desnudas, a la intemperie, tropezando a menudo con temperaturas bajo cero. Habituados a climas de por sí cálidos, caían como moscas. “Lograban a lo más vivir seis meses”, dice Natalio.
Los que no morían en la mina, lo hacían en la mítica Casa de la Moneda, donde se trabajaba el metal que salía de las entrañas de los socavones, donde se ocupaban desde la fundición hasta el laminado. Para el trabajo se empleaba a más de diez obreros y los gases que emanaban del mercurio y del azogue mataron a muchos en muy pocos años.
Dormían en las buhardillas, donde todavía pueden verse las marcas de las cadenas y grilletes. Y los esclavos también hacían el trabajo de las bestias: empujaban los grandes engranajes de ruedas de madera, en ese momento tan necesarios para acuñar la plata. Mientras, los gélidos bloques de piedra de la Casa de la Moneda, con puertas y ventanas flanqueadas por sólidos barrotes, se convirtieron al unísono en una prisión y una tumba.
Desechados pronto para el duro trabajo de las minas, los españoles no tardaron en enviar a los esclavos a las plantaciones de hoja de coca de los grandes terratenientes afincados en los Yungas. Así, desde el siglo XIX el negro forma parte de tan singular espacio geográfico, muy apropiado para el cultivo de café y cítricos. Hoy, los pueblos tienen el antiguo nombre de las estancias, y su color es ahora el de los olvidados.
Un pueblo suspendido en el tiempo
Los habitantes de Dorado Chico amanecen cada día sin importarles fecha, hora ni aguacero. Allá a veces están de más y otras de menos. Pero el pueblo siempre ha sabido salir para adelante. Es sábado, 22 de mayo, y se festeja con suma devoción en honor a su patrón, San Benito, un santo negro. En días como éste, en el pueblo están de más.
Todos los años, los más jóvenes emigran de Dorado Chico en busca de trabajo. Suelen ir a ciudades grandes como La Paz o Santa Cruz. Y es por eso que en la comunidad no quedan más que 25 personas divididas en ocho familias. Igual pasa en las poblaciones negras adyacentes: San Félix, San Isidro, San Agustín, Dorado Grande y las Ciénagas.
Los días de fiesta, sin embargo, casi todos vuelven. Cuando San Benito sale de su altar, una multitud de dientes azucarados y concisos y pelos crespos, enredados, le ofrendan al ritmo frenético de los tambores. Una algarabía de voces le canta desde el cerro: suaves, roncas, nasales, sonoras, de todos los volúmenes y todos los metales. Las mujeres, de polleras pastel y sombrero hongo, agitan al aire sus trenzas, finísimas como un suspiro. Los hombres beben cerveza. Y los más mayores acullican coca y apuran el humo de los cigarros, hechos a mano por ellos mismos con hoja de plátano, hasta envolverse en un vaho que juega por un momento con las raíces de sus rostros y termina por consumirse. Son momentos en que la juventud regresa al pueblo, en que todo parece ser más alegre.
Cada joven es la viva estampa de sus padres, de sus abuelos. El pasado no se olvida y para recordárselo están sus apellidos: Pinedo, Zabala, Flores, Medina... Son los de los antiguos grandes hacendados, quienes teniendo a los esclavos con documentos en propiedad borraron de esta forma cualquier rastro de su cultura, de su África originaria.
Mientras, los que se quedan permanentemente en Dorado Chico saben a lo que deben atenerse. Para salir adelante, se sigue trabajando en los cocales de sol a sol hasta que la piel escuece. La jornada comienza con las primeras luces aterciopeladas del alba y termina unas catorce horas más tarde. En ese aspecto no se ha mejorado. La diferencia estriba en que no se trabaja para ningún patrón y la tierra le pertenece ya a uno mismo.
Pedro Flores, de 61 años, lleva más de 40 trabajando varias hectáreas. Tiene una sonrisa que le arde en los labios y apoya su tremenda humanidad en un bastón de pino bien labrado. Su carácter sanguíneo le ha permitido sobrevivir hasta el momento, pero su espalda curva ya no aguanta el trajinar del campo. Sin hijos y sin nietos su destino es el de otros muchos, deambular en el olvido fumando tabaco negro, esperando la muerte.
Pedro es un amante de los primeros compases de la noche, instantes en que sombras enmohecidas y difusas, de lo que parecen hombres, retornan sigilosas a sus hogares. Las casas a las que ingresan son dispersas, casi nómadas, como naciendo por sorpresa en medio de la nada. Y un solo sendero, enroscándose como una víbora, llega hasta la soledad del pueblo. Unos lo suben, otros lo bajan. Es el inevitable camino de regreso.
Un exilio obligado a las ciudades
Edgar Vázquez, de 22 años, es uno de los que tardará mucho en volver al lugar que lo vio nacer de manos de una partera. Vive en La Paz, donde llegó en busca de mejores perspectivas. Su rostro es espeso, de rasgos bien marcados, su nariz es ancha y carnosa y su camisa huele a flores frescas. Lleva en La Paz tres años y ya siente el desarraigo.
Como Edgar, decenas de jóvenes aterrizan cada año casi perdidos en las grandes urbes. Es un éxodo que comenzó durante la década de los 70. Sus miradas vacilan y algunos parecen sentirse ofendidos de ser negros. Otros niegan su descendencia africana, pero la mayor parte trata de reivindicarse, de hacerse hueco en una sociedad que les margina.
“Para los ojos de mucha gente todavía somos invisibles”, se queja Edgar. Caminando el entramado de calles de La Paz junto a él uno se da cuenta. “Suerte negrito”, le dicen al pasar algunos transeúntes. Y es que según las creencias populares, tocar a un negro trae buena fortuna. Para ellos, sin embargo, es una actitud más que demuestra que el racismo sobrevive aún latente. “No somos amuletos –reivindica Edgar-. ¿Por qué se burlan?”.
Entre el coro de trajes grises de una ciudad que pareciera hecha de humo y agua, las espaldas de Edgar se pierden en un gabán de un gris todavía más desangelado. Sus brazos se descuelgan como fideos duros y su paso es el de aquellos que casi nunca tienen prisa. Edgar es abogado. Otros son doctores, profesores, economistas o ingenieros, pero casi todos tienen problemas a la hora de conseguir un trabajo. “Presentas el currículum y en muchos sitios no te toman en cuenta por ser negro. Y para las mujeres es peor. Piensan que sólo valen para trabajar como empleadas del hogar”.
En el último censo, hace cuatro años, se les excluyó de la catalogación de etnias elaborada por el Instituto Nacional de Estadística con tal motivo. Así, 30.000 personas –la población aproximada de afro-bolivianos– quedaron relegadas al ostracismo, como si lugares como Tocaña, Chijchipa, Santa Ana, Chicaloma, Chulumani o Dorado Chico realmente no pertenecieran a ninguna parte. Se les negó la existencia en los papeles, la existencia como pueblo, pues ni se consideran quechuas ni tienen el corazón aymará como pretendieron las autoridades respectivas inscribirlos a su pesar en su momento.
Jorge Medina, al igual que Edgar, pelea hoy por hacerse un hueco. Sus ojos café son penetrantes como una aguja, su pulso es tibio, más bien escaso, y tiene la manía de bordear con el dedo índice la cima de la taza de un café tintado cuando conversa. A Jorge le apasiona teñir de otros colores los libros de historia, con los colores negros.
“En la conquista –opina- no se produjo el encuentro de dos mundos, sino de tres. El tercero es el africano. Y es que entre 13 y 20 millones de esclavos fueron arrancados de sus países de origen para ser llevados como perros sarnosos hasta el nuevo continente. Mucho más que al europeo, al negro se le debería ver como el colonizador de América”.
Y cuenta la historia que en Bolivia los negros proclamaron hasta un rey. “Fue en la época de los patrones, cuando uno de los peones empezó a ahorrar dinero –recuerda Jorge recuperando el acervo que le transmitieron a modo de herencia sus abuelos-. Este peón logro construirse una casa muy similar a la de su terrateniente y éste, entonces, lo relegó empapado en odio lejos de la comunidad, a un lugar que fue bautizado como ‘Soledad’. Al hacendado, sin embargo, la tranquilidad le duró bien poco, pues los constantes rumores de revuelta le obligaron a conceder privilegios a Bonifacio Pinedo, el peón enriquecido. Se compró corona, capa y cetro y fue coronado como el rey negro.
Julio Pinedo, su descendiente, es hoy igual considerado rey, pero un rey sin vasallos, un rey sin privilegios ni bufones, un monarca que vive como todos, de los cocales y los cítricos, y a quien la pobreza le brilla deslucida como una insignia en su traje de faena.
En su aspecto, Julio recuerda mucho a un ermitaño. Y su casa, en la comunidad de Mururata, también en Yungas, está, como es común, desperdigada sin orden alguno a un lado de la senda, siguiendo la estela irregular de sus cultivos, ayudando a hacer camino.
En busca de conservar la identidad
En Mururata, como en la mayor parte de las poblaciones que antes eran negras, hoy las sangres y los colores se han mezclado. Como las quechua y las aymará, las mujeres afro-bolivianas recogen su pelo en trenzas infinitas, usan pollera, sombrero hongo y cargan las frutas y los productos del campo en los aguayos; los hombres ya no trabajan con el pecho al descubierto y visten sus pies de ébano con unas sandalias de buen cuero.
Rómulo Araque, de 69 años, ha sentido este proceso irreversible en sus propias carnes. Y en las comunidades aledañas a la suya, Dorado Chico, pocos son los rastros de un pasado que hace mucho tiempo le perteneció a África. Con la mirada gacha y enlutada en unos finos lentes de alambre a punto de romperse, Rómulo hace recuento. “Ya no practicamos una cultura propia, sino adquirida. Se perdieron lenguas ancestrales –swahili, lingala, zulú, vende...-. También, el arte y muchas de las tradiciones”, lamenta.
Antes, al menos en contadas ocasiones, las familias se reunían torno a la abuela para recuperar los cuentos, las anécdotas y, sobre todo, las creencias populares. En sus narraciones estaban presentes personajes muy siniestros, como la “mecala”, una hechicera que al amparo de las sombras de la noche se sacaba los ojos, los depositaba en una olla de barro y se apostaba en los caminos para sembrar una maldad profunda en los corazones. Igualmente, las abuelas interpretaban los sueños de sus hijas o de las nietas mayores. Y ninguno de los hijos menores, sometidos a una rígida educación en base a los castigos físicos hasta la edad adulta, podía tomar parte en la tertulia de los mayores.
Eran otros tiempos. “Era la época de Petronila Medina, una mujer visceral que cuentan que realizaba trabajos de varón en los cocales y no dependía de ningún hombre. Por la noche servía bebidas espirituosas y luego contaba y cantaba a viva voz, a modo de pregón, las virtudes y miserias de los vecinos –recuerda Rómulo-. Eran momentos en los que se hacía todo de otra manera. Para impartir disciplina, por ejemplo, se usaba el látigo o el palo. Era la costumbre asumida sin vuelta atrás del patrón en las haciendas”.
Actualmente, las cosas han cambiado mucho. Rómulo es una mala caricatura de quien era antes. Su físico privilegiado de antaño es ahora un amasijo de pellejos mal dispuestos y ordenados. Su bigote, antes derecho, parece una raya mal pintada. Y su pelo, al menos, todavía desprende un cierto aroma a café molido, recuerdo de décadas de trabajo en un pequeño cafetal de su propiedad, con los mejores granos de la zona.
Lamentablemente, su cafetal desde hace varios años está perdido, como también están perdidas otras plantaciones de la región de Yungas. Por eso, muchos se han decidido por cultivar la ancestral hoja de coca, una apuesta segura y económica a la hora de buscar mercados. Además, la falta de manos y de ánimos y la emigración a las ciudades, han hecho que la mayor parte de las comunidades se hayan convertido en pueblos vacíos, moribundos, que sólo vuelven a llenarse de juventud por unas pocas horas en los días de fiesta. En los últimos años, a pesar de todo, parece que la condición de negro, el latido de África, los recuerdos de esclavo... se han unido para rescatar juntos olvidos.
“¿Qué es lo que queda?”, se pregunta Rómulo. “Queda la música”, él mismo se contesta. Efectivamente, queda la saya, una singular expresión de queja y de alabanza al ritmo de látigos, chasqueando vertiginosamente el suelo, y de tambores que no perdonan. Es un baile en el que se viste de blanco, sinónimo de pureza, que consiste en una canción con dos partes: una copla a cargo de la voz profunda de un solista seguida de la intervención de un coro de voces arrancadas de cuerpos que se mueven como si estuvieran poseídos, de caderas como desencajadas, arrancadas de un retorno a África.
En los últimos años viene siendo una costumbre que un grupo de jóvenes recorra las poblaciones negras más importantes de los Yungas llevando en esa música un alma que se creía ya perdida. Juan Carlos Ballivián, es uno de ellos. Su mirada es como un viento cálido, que permanece, tiene las manos finas, de pianista, y es contador de profesión.
“El tambor mayor da el sonido. El menor, cambia los ritmos –me explica. El tambor en nuestro medio, al margen de la expresión folklórica, tenía mucha significación en la cultura de nuestros ancestros. Servía para comunicar mensajes en las diferentes tribus. Por la forma de tocar, los oyentes captaban el propósito de las convocatorias, los avisos de peligro y los anuncios de tragedia. Hoy, es nuestro símbolo africano por excelencia”.
“La saya no emula un color, es conciencia”, dice Juan Carlos. Entre los afro-bolivianos hay también niños casi blancos con ojos de tonalidades claras y hay mestizos del color del café con leche dotados de una belleza única Todos son descendientes de los esclavos, descendientes de la mezcla. Teñidos o no del mismo color, todos son negros.
Otras costumbres, igualmente, todavía permanecen. El “mauche” es un ritual de corte fúnebre para honrar a los ancianos difuntos. La “rutucha”, entretanto, es de bienvenida: al año de nacido, se le corta el pelo en agradecimiento al más pequeño de la casa. Por cada mechón cortado se recibe algo de dinero por parte de familiares y amigos cercanos.
Con todo, en estas otras tradiciones el componente andino es ya muy grande. Y se repiten, con variaciones, sin la presencia de los tambores, a lo largo y ancho del país.
Los afro-bolivianos en su entorno
Juan Carlos desciende por el único camino de Dorado Chico con sumo sigilo. Se podría decir que no hay más calle que la senda donde sus pasos marcan unas leves huellas. A lo lejos, su perfil es una sombra que se achica, se agranda y se deforma según el sol se antoja. Es media tarde. El calor es una brasa permanente azuzada por un viento aún suave, bucólico. Y un grupo de árboles frutales arman un pasillo en la entrada de su casa, un hogar donde se mezclan y compiten a la par en humedad y frío adobe y piedra.
Dorado Chico es un punto insignificante. Es un limbo entre la cordillera y la Amazonía; entre dos mundos bien distintos, el altiplano y el oriente. Es un lugar donde la gente suele viajar como si nada a lomos de la carga en camiones repletos encontrados al azar.
Es simple. Se paga un pasaje, casi como si fuera un autobús, y se sube. Aunque no es muy cómodo y a veces los guineos o las naranjas se clavan en las costillas, no importa. En las autobuses no es muy distinto, cerdos, cabras y gallinas se mezclan entre los pasajeros impregnándolo todo de un olor fétido al que uno finalmente se acostumbra. Como igualmente se acostumbra al amasijo de codos, paquetes, bolsas de nylon, manos y brazos que terminan por desvelarle a uno el sueño cruzándose de izquierda a derecha de asientos con su tapicería maltratada por el uso. El punto lo pone la música, casi de feria, con ritmos cansinos que repican sin cesar durante unas dieciséis horas de trayecto.
Ese es el tiempo que uno tarda en recorrer los Yungas, un paraje mágico donde picudas montañas de nieves eternas dan primero paso al trópico y luego al Amazonas, donde mariposas de cientos de colores –que en los mercados ilegales de vida silvestre de los países occidentales alcanzan precios de hasta 70.000 dólares por ejemplar- revolotean formando pequeñas nubes, donde aves de plumajes de ensueño surcan cielos verdes y donde los ríos, a menudo, devoran el camino, una fina línea perfilada por un precipicio.
Y Dorado Chico es parte de ese embrujo, y parte de ese África que como dice el periodista polaco Ryzard Kapuscinski, “no existe en los mapas, porque ya de por sí es todo un inmenso océano, un planeta aparte, un cosmos heterogéneo de una riqueza extraordinaria”. “Sólo por una convención reduccionista –opina- le decimos África”.
En Bolivia, entretanto, poco más del uno por ciento de la población es de raza negra. Los que antes eran esclavos, hoy son aguerridos campesinos y profesionales. Muchos han emigrado a las ciudades, pero jamás han dejado de pertenecer a su tierra, a ese trozo de Bolivia donde encontraron un pedacito del África de sus antepasados. Y tanto Dorado Chico como Tocaña o Mururata repiten los ritmos de cuero y metal de los tambores, tejen el alma de sus ancestros, se pintan de un solo color: el de los olvidados.