domingo, septiembre 09, 2007

MARIACHI DE PRESTADO


Dedicado a Laura y Agustín, y a sus ausencias

Autor: Álex Ayala Ugarte

Sábado, 1 de septiembre de 2007. Hoy voy a ser mariachi, de prestado pero mariachi. En mi vida, rancheras he cantado las justas, casi siempre en karaokes, entre sillones tapizados de rojos chillones, espejos de fantasía y meseros de frac y raya al medio, tan serios que cuando te sirven una copa parece que están viniendo a darte el pésame. Hoy voy a ser un mariachi. ¿Cómo me convierto en un mariachi en 24 horas? No tengo la estampa: la barba me come ya toda la cara, soy largo como una anguila y no tengo ni traje de charro ni sombrero. Al menos, sé bastante de amores contrariados. Es un comienzo. “Llorar y llorar, llorar y llorar”. Pero ya se sabe, como dice la canción, “las amarguras no son amargas si no las canta Chavela Vargas”. Otro problema. No puedo ser amargo entonces. Ser Mariachi y Chavela al mismo tiempo es demasiado.

No pasa nada. Hay una pieza musical para cada situación, también para ésta. Respira, chico, tranquilo. Piensa. Primer paso: conseguir una vestimenta adecuada. Ranchera: Juan Charrasqueado. Letra: “la triste historia de un ranchero enamorado, que fue borracho, parrandero y jugador”. No podía ser más fácil. Parranderos y borrachos son asiduos de la calle Buenos Aires. Y a su vera está Los Andes, hervidero de tiendas de disfraces. Allá voy. ¿Quién dijo que no podía ser mariachi? Puedo, mariachi y loco.


La metamorfosis
Iglesia de San Francisco. 13.00 horas. No es la plaza Garibaldi, pero bueno. Recojo a mi “pareja de baile” en este entuerto, Agustín, alias El Peligroso, veterinario, pelón y chato, perfecto para el papel que se nos ha encomendado esta noche. No le he oído cantar, pero da el pego. Le miras y parece que lo han sacado “allá del rancho grande”.

Calle Los Andes. Tienda de disfraces. 13.30 horas. Me siento como un sepulturero en su primer entierro, vivo, y con ganas de tomar un trago. No hay muchos trajes: negros con los bordados dorados y negros con bordados plateados nomás. Me pruebo el más grande. El pantalón vale. La chaqueta queda corta. No hay botonaduras, ni hebillas enormes y el sombrero no exhibe hilos brillantes. Además, para que me entre lo tengo que atornillar a la cabeza. Pero sirve. Me siento vigoroso, reguero de pólvora. ¿Puede esperarse más por los 15 pesos del alquiler del traje? Casi soy mariachi, mariachi y pobre. No importa, algo ya me robaré, aún cuando sea un corazón triste y lastimado.

Sopocachi. 16.00 horas. Mi casa, en frente del espejo. De fondo suena un disco de rancheras. Voy en busca de mi bigote entre mi barba mal cortada. No sé si retocarlo a lo Jorge Negrete, a lo José Alfredo Jiménez, a lo Cantinflas… Opto por un estilo a lo Pedro Infante, por uno bigote escueto pero irreductible, listo para ser empapado en litros de sal y de tequila y gritar de dolor. Me afeito a pelo, a cuchilla, sin espuma. Por tradición, el mariachi también es “mero macho”. ¡Listos!, bigote que no muere mata.

¡Ándele! ¡Ándele! Es la hora ya de alistar la cantadera. El repertorio preparado es el siguiente: El rey (o lo poco que queda ya de él), Cielito lindo (en noche estrellada), Las mañanitas (las que nos van a dar con la trasnochada) y Volver (lo más sobrio posible a casa). ¿Las cantaré? Quizá, pues ya se sabe: “¿al que tortura Dios le ayuda?”


A buscar a Jalisco
Casa Argentina. Calle 6 de Agosto. 00.15 horas. Domingo, 2 de septiembre de 2007. Visto que soy un músico sin instrumento, vista mi voz de agudos catastróficos, decido echar mano del decálogo del buen mariachi, que dice así: “aprender a tocar guitarra, violín, guitarrón o trompeta y a entonar rancheras. Si no se puede, encontrar a quienes ya sepan tocar y cantar”. Vestido todavía de paisano, voy en busca de Jalisco, una agrupación mariachi que se encuentra en estos momentos finalizando una actuación.

En la Casa Argentina si se nota el alma de charro. Los asientos, vacíos. Todos están en la pista de baile: el abuelito viudo que tararea las rancheras como si en el pasado hubieran sido suyas, la mujer con olor a Chanel que baila igual la ranchera, el bolero y el tango –tanto monta, monta tanto– y la jovencita que lanza una mirada pícara a su diestra, a un muchacho, y otra que se pasa de inocente a su siniestra. Estos mariachis sí que son mariachis: con sombreros verdes auténticos que muestran como colosos sus curvas femeninas, elegante pañuelo, botines brillosos y voces que supuran las heridas.

Jalisco comenzó su andadura el 8 de diciembre del 76, de la mano de Alfredo Claure, quien dirige el conjunto. Mi siguiente lección me la da él: “un mariachi ve de todo”. En pedidas de mano, ve los divorcios dibujados en la cara de antemano; su música es capaz de hacerle levantar a un anciano inválido de su silla de ruedas y, unas semanas después, de asistir su propio entierro; y sabe qué nota es la capaz de producir el llanto.

Salgo con los charros. El vocalista me pregunta: ¿Quieres mi tarjeta? Mi gozo, en un pozo. ¿Acaso no soy también mariachi? ¿Acaso no me he estado un día entero, trago arriba trago abajo, para que me pregunten eso? ¡Pucha! Lo que pasa es que Agustín El Peligroso y yo estamos aún en traje de calle. “A cambiarnos”, digo. Dicho y hecho. Nos vestimos y me encomiendo a la Virgen de Guadalupe, de segunda profesión mariachi. “No ruegues por uno, hazlo por los dos, el aguardiente y el tequila”, le pido.


La serenata
Camino a la Plaza de España, 00.45 horas, en un minibus rojo. Estamos encogidos, como sardinas en lata, pero contentos. Vamos a cantar, una canción de despedida, otra desesperada y alguna de amor y desenfreno. “Con ustedes somos nueve”, comenta el vocalista. Ahora sí somos mariachis: siete de verdad –ellos– y otros dos truchos –El Peligroso y yo–; con dos trompetas, guitarrón, violín y una vihuela. Los músicos nos invitan a un vaso de singani para remojar los nervios. Sólo falta la serenata, que tiene nombre y apelllidos: Laura Cabezas Fernández. Tras cuatro años, retorna a España.

La noche es linda, despejada, con su Illimani y su frío artero. A más de 3.600 metros estamos muy cerca de las estrellas. Nos alistamos como lo hacen los gallos de pelea: sombrero calado, camisas abrochadas y pañuelos rojos y verdes bajo la barbilla. El local: Full House. Descendemos las escaleras. Solos de trompeta. Mesas redondas. Entra el guitarrón. Ambiente de cantina. El violín se templa. La luz tenue. La gente aplaude. ¡Fuera sombreros! La voz del charro se raja. Espejos, caras.¡Va por ti, Laura!

Las miradas se clavan en nosotros como un sopapo. No había sido fácil ser mariachi. ¡Dante, el infierno, si existe, debe ser bastante parecido a éste! Humareda, cigarros. Tengo los tobillos como si los hubieran atado con una soga. El corazón suspendido, como flotando en un frasco de vidrio. “Se me olvidaron las letras”. Carcajada general.
Se fueron los sudores. Toca Jalisco. La vocalista canta como una caricia. Dos de los músicos parecen escribir la vida en sus trompetas –El rey, Volver– y Alfredo Claure agarra el guitarrón como si de una bella dama se tratara. ¡Ándele!, a “tumbar” botellas.


El borracho
Recurro nuevamente a Juan Charrasqueado, “ese borracho, parrandero y jugador”. Siguiente paso: emborracharme. Mariachi y ebrio. El Peligroso y yo salimos poco a poco de la escena. Nos acercamos a Laura, que, tras la sorpresa, tiene la mirada dulce de una cantinera. Por una mirada de esas bien merece la pena ser mariachi por un día. Para digerir el “buen trago” de esta noche se ha metido dos o tres rones seguidos. Agustín y yo hacemos lo propio. El tequila lo olvidé en casa. Opciones: ron y vino.

El corrido del borracho: saco a bailar a Laura; tomo ron; saco a bailar a Amparo; tomo ron; saco a bailar a Agustín –¡glups!, demasiado ron–; cojo el micrófono y canto –ahora sí, ya soy mariachi–; dejo el micrófono; hablo con un chico de pelo largo de la vida; tomo ron; hablo con la columna de la muerte; tomo ron; hablo con el vocalista, del Gobierno; bailo; paro; escucho a Jalisco atusándome el bigote; euforia; les abrazo.

Epílogo: Despido a los mariachis con una botella de vino. Ellos también se despiden, grupo y vino. Sigo vestido de mariachi. Me gusta ser mariachi – bodas, bautizos, entierros, boliches, despedidas–, hasta que recuerdo las palabras de Alfredo Claure: “Llevamos actuando desde las siete de la mañana”. Para mí ya ha sido suficiente. Domingo, 14.00 horas. Me apetecen tres trequilas. ¡Basta! Sigo embigotado, fumando un derby, exhalando alcohol. Me afeito. Muere el mariachi. ¿Pero sigo siendo el rey?

AFROBOLIVIANOS, EL COLOR DE LOS OLVIDADOS


Autor: Álex Ayala Ugarte

Cada surco del rostro de don Manuel es como un río de piedras, su boca tiene un acento húmedo y la expresión de sus ojos no puede ocultar un largo rosario de sufrimientos encadenados. Su andar es pesado y delata las pocas fuerzas de un cuerpo que las ha ido perdiendo. Pero, pese a los esfuerzos de la vida de campo, Manuel Barra se resiste a abandonar Tocaña, un pueblito alegre de la zona tropical de Yungas, un paraíso boliviano donde el hombre únicamente ha sido capaz de arañarle unas pocas hectáreas a un bosque que lo engulle casi todo, donde apenas hay caminos y donde la vida fluye.

Manuel es negro. Es dueño de un color que le ha marcado toda su existencia, aunque ha logrado burlar la muerte durante más de 84 años. Los callos empapan sus manos de tonos lúgubres, símbolo de su juventud esclava en las haciendas, pues como ya pocos Manuel es un testimonio vivo de unos tiempos no tan lejanos, en los que unos hombres eran dueños de otros, donde a golpe de látigo se hacía trabajar sin compasión la tierra.

La abolición de la esclavitud, en teoría, llegó a Bolivia hace 153 años, pero el anciano aún mantiene intacta en su memoria la marca humillante al rojo vivo con la que el cuerpo de su abuelo fue sellado para siempre. “A las mujeres les fusilaban con la carimba en el seno o en el muslo; a los hombres, en el brazo, en el pecho o en el glúteo”, me explica. A él, no le tocó vivir la esclavitud en sí misma, pero estuvo sometido al sistema de pongueaje de las haciendas, por un pañuelo minúsculo de tierra y un plato escaso de comida debía trabajar para el patrón bajo los zarpazos de un sol inmisericorde y el castigo y las indiferencias de capataces con mucho hígado pero sin alma. “Se trabajaba tres días para el patrón y, si había suerte, uno para la familia”, dice.

Hoy, el rostro de Manuel es conciso, abrumado de una tristeza inmemorial y solemne. En su casa, una casa de ventanas tristes, fuma a los 84 años lo que no ha fumado en los 48 anteriores y tiñe su garganta de aguardiente cuando su corazón se nubla de nostalgia.

Un pasado lleno de sudor y lágrimas
Manuel conoce bien su historia, la historia de su pueblo, de los negros bolivianos, una historia que se cinceló entre las entrañas de las minas y los maderos viejos de las haciendas, una historia que todavía les pinta la piel y los margina, que los despinta.

“El tiempo transcurrido desde la partida hasta la llegada duraba un año y medio. Alojadas en estrechas sentinas de los buques pequeños, malolientes y mugrientas, las recuas humanas, llevadas como nubes sin agua por los vientos de unos mares eternos, navegaban los océanos en total hacinamiento y en condiciones infrahumanas sin ninguna protección sanitaria". Manuel me repite las palabras, bañadas en sangre, de los más avezados cronistas españoles, quienes recogieron en cientos de páginas la tortuosa travesía de los esclavos africanos hasta los países colonizados de América Latina.

Así, puertos como Cartagena de Indias en Colombia, Callao en Perú o Río de la Plata en Argentina daban cobijo impunemente a los barcos de esclavos que llegaban desde las aguas del llamado continente negro. La mayor parte, venía desde el Congo, Angola, Benguela y Biafra. Si sobrevivían a la navegación, a los negros les esperaba un intenso maquillaje con betún para ser llevados a los mercados o las ferias, donde eran expuestos a la venta y, a menudo, marcados con fierro como vulgares cabezas de ganado. Tal era su condición de mera mercancía que los españoles les decían despectivamente “piezas”.

A unos kilómetros de la casa de Manuel, se encuentra Dorado Chico. Uno arriba allá tras emprender un viaje en el que tiene la sensación de que puede llegar a todas y a ninguna parte al mismo tiempo. Anclado a mitad de la que llaman la carretera más peligrosa del mundo –la que une los departamentos de La Paz y el Beni-, mecido por las nubes y como descolgado de un cielo de alabastro, el pueblo se esconde trepando el cerro, rodeado de una luz difusa de verdes desgastados y azules filtrados por los árboles.

Parece ausente, incluso tímido, y sus casas de adobe y calamina resbalan a través de un viento eléctrico y cortante que en la noche abierta se clava en la piel como un tupido escupitajo de alfileres. Tiene el honor de ser una de las comunidades con más raíces, donde casi no ha habido mezcla con lo quechua y lo aymará, al menos en lo que a sangre se refiere, pues con el tiempo sí se han fundido inevitablemente las costumbres.

“El General”, Natalio Flores, es conocido así por sus buenos tiempos como jugador de fútbol, siendo una de las antiguas glorias de la selección nacional absoluta de Bolivia. Su mirada es lúgubre y tremenda. Recorre a sus interlocutores vivaracha como una anguila en celo. Sus enormes manos negras a ratos tiemblan, se le escapan. Y su cuerpo huele como la ropa húmeda, a medio secar. A sus 62 años, Natalio mantiene el hilo de las conversaciones gracias a una voz como un cordón metálico y espeso, atrapada en una garganta donde ya de por sí se esculpen venas como madera. La casa de “El General” alberga un par de muebles, una mesa y una mecedora donde balancea su cuerpo de un bailarín inquieto. Y entre sus manos duras sujeta unos auténticos grilletes.

“Con unos como éstos –reclama mi atención- llegaron mis antepasados a esta zona de los Yungas”. Antes, miles murieron en las minas de Potosí. En 1608, la Villa Imperial solicitó al Reino de Madrid 1.500 esclavos al año para ocuparse en el Cerro Rico. Pero los negros no duraban mucho en aquellas condiciones tan extremas, a altitudes que superaban los 4.200 metros y con las plantas de sus pies, anchas y desnudas, a la intemperie, tropezando a menudo con temperaturas bajo cero. Habituados a climas de por sí cálidos, caían como moscas. “Lograban a lo más vivir seis meses”, dice Natalio.

Los que no morían en la mina, lo hacían en la mítica Casa de la Moneda, donde se trabajaba el metal que salía de las entrañas de los socavones, donde se ocupaban desde la fundición hasta el laminado. Para el trabajo se empleaba a más de diez obreros y los gases que emanaban del mercurio y del azogue mataron a muchos en muy pocos años.

Dormían en las buhardillas, donde todavía pueden verse las marcas de las cadenas y grilletes. Y los esclavos también hacían el trabajo de las bestias: empujaban los grandes engranajes de ruedas de madera, en ese momento tan necesarios para acuñar la plata. Mientras, los gélidos bloques de piedra de la Casa de la Moneda, con puertas y ventanas flanqueadas por sólidos barrotes, se convirtieron al unísono en una prisión y una tumba.

Desechados pronto para el duro trabajo de las minas, los españoles no tardaron en enviar a los esclavos a las plantaciones de hoja de coca de los grandes terratenientes afincados en los Yungas. Así, desde el siglo XIX el negro forma parte de tan singular espacio geográfico, muy apropiado para el cultivo de café y cítricos. Hoy, los pueblos tienen el antiguo nombre de las estancias, y su color es ahora el de los olvidados.

Un pueblo suspendido en el tiempo
Los habitantes de Dorado Chico amanecen cada día sin importarles fecha, hora ni aguacero. Allá a veces están de más y otras de menos. Pero el pueblo siempre ha sabido salir para adelante. Es sábado, 22 de mayo, y se festeja con suma devoción en honor a su patrón, San Benito, un santo negro. En días como éste, en el pueblo están de más.

Todos los años, los más jóvenes emigran de Dorado Chico en busca de trabajo. Suelen ir a ciudades grandes como La Paz o Santa Cruz. Y es por eso que en la comunidad no quedan más que 25 personas divididas en ocho familias. Igual pasa en las poblaciones negras adyacentes: San Félix, San Isidro, San Agustín, Dorado Grande y las Ciénagas.

Los días de fiesta, sin embargo, casi todos vuelven. Cuando San Benito sale de su altar, una multitud de dientes azucarados y concisos y pelos crespos, enredados, le ofrendan al ritmo frenético de los tambores. Una algarabía de voces le canta desde el cerro: suaves, roncas, nasales, sonoras, de todos los volúmenes y todos los metales. Las mujeres, de polleras pastel y sombrero hongo, agitan al aire sus trenzas, finísimas como un suspiro. Los hombres beben cerveza. Y los más mayores acullican coca y apuran el humo de los cigarros, hechos a mano por ellos mismos con hoja de plátano, hasta envolverse en un vaho que juega por un momento con las raíces de sus rostros y termina por consumirse. Son momentos en que la juventud regresa al pueblo, en que todo parece ser más alegre.

Cada joven es la viva estampa de sus padres, de sus abuelos. El pasado no se olvida y para recordárselo están sus apellidos: Pinedo, Zabala, Flores, Medina... Son los de los antiguos grandes hacendados, quienes teniendo a los esclavos con documentos en propiedad borraron de esta forma cualquier rastro de su cultura, de su África originaria.

Mientras, los que se quedan permanentemente en Dorado Chico saben a lo que deben atenerse. Para salir adelante, se sigue trabajando en los cocales de sol a sol hasta que la piel escuece. La jornada comienza con las primeras luces aterciopeladas del alba y termina unas catorce horas más tarde. En ese aspecto no se ha mejorado. La diferencia estriba en que no se trabaja para ningún patrón y la tierra le pertenece ya a uno mismo.

Pedro Flores, de 61 años, lleva más de 40 trabajando varias hectáreas. Tiene una sonrisa que le arde en los labios y apoya su tremenda humanidad en un bastón de pino bien labrado. Su carácter sanguíneo le ha permitido sobrevivir hasta el momento, pero su espalda curva ya no aguanta el trajinar del campo. Sin hijos y sin nietos su destino es el de otros muchos, deambular en el olvido fumando tabaco negro, esperando la muerte.

Pedro es un amante de los primeros compases de la noche, instantes en que sombras enmohecidas y difusas, de lo que parecen hombres, retornan sigilosas a sus hogares. Las casas a las que ingresan son dispersas, casi nómadas, como naciendo por sorpresa en medio de la nada. Y un solo sendero, enroscándose como una víbora, llega hasta la soledad del pueblo. Unos lo suben, otros lo bajan. Es el inevitable camino de regreso.

Un exilio obligado a las ciudades
Edgar Vázquez, de 22 años, es uno de los que tardará mucho en volver al lugar que lo vio nacer de manos de una partera. Vive en La Paz, donde llegó en busca de mejores perspectivas. Su rostro es espeso, de rasgos bien marcados, su nariz es ancha y carnosa y su camisa huele a flores frescas. Lleva en La Paz tres años y ya siente el desarraigo.

Como Edgar, decenas de jóvenes aterrizan cada año casi perdidos en las grandes urbes. Es un éxodo que comenzó durante la década de los 70. Sus miradas vacilan y algunos parecen sentirse ofendidos de ser negros. Otros niegan su descendencia africana, pero la mayor parte trata de reivindicarse, de hacerse hueco en una sociedad que les margina.

“Para los ojos de mucha gente todavía somos invisibles”, se queja Edgar. Caminando el entramado de calles de La Paz junto a él uno se da cuenta. “Suerte negrito”, le dicen al pasar algunos transeúntes. Y es que según las creencias populares, tocar a un negro trae buena fortuna. Para ellos, sin embargo, es una actitud más que demuestra que el racismo sobrevive aún latente. “No somos amuletos –reivindica Edgar-. ¿Por qué se burlan?”.

Entre el coro de trajes grises de una ciudad que pareciera hecha de humo y agua, las espaldas de Edgar se pierden en un gabán de un gris todavía más desangelado. Sus brazos se descuelgan como fideos duros y su paso es el de aquellos que casi nunca tienen prisa. Edgar es abogado. Otros son doctores, profesores, economistas o ingenieros, pero casi todos tienen problemas a la hora de conseguir un trabajo. “Presentas el currículum y en muchos sitios no te toman en cuenta por ser negro. Y para las mujeres es peor. Piensan que sólo valen para trabajar como empleadas del hogar”.

En el último censo, hace cuatro años, se les excluyó de la catalogación de etnias elaborada por el Instituto Nacional de Estadística con tal motivo. Así, 30.000 personas –la población aproximada de afro-bolivianos– quedaron relegadas al ostracismo, como si lugares como Tocaña, Chijchipa, Santa Ana, Chicaloma, Chulumani o Dorado Chico realmente no pertenecieran a ninguna parte. Se les negó la existencia en los papeles, la existencia como pueblo, pues ni se consideran quechuas ni tienen el corazón aymará como pretendieron las autoridades respectivas inscribirlos a su pesar en su momento.

Jorge Medina, al igual que Edgar, pelea hoy por hacerse un hueco. Sus ojos café son penetrantes como una aguja, su pulso es tibio, más bien escaso, y tiene la manía de bordear con el dedo índice la cima de la taza de un café tintado cuando conversa. A Jorge le apasiona teñir de otros colores los libros de historia, con los colores negros.

“En la conquista –opina- no se produjo el encuentro de dos mundos, sino de tres. El tercero es el africano. Y es que entre 13 y 20 millones de esclavos fueron arrancados de sus países de origen para ser llevados como perros sarnosos hasta el nuevo continente. Mucho más que al europeo, al negro se le debería ver como el colonizador de América”.

Y cuenta la historia que en Bolivia los negros proclamaron hasta un rey. “Fue en la época de los patrones, cuando uno de los peones empezó a ahorrar dinero –recuerda Jorge recuperando el acervo que le transmitieron a modo de herencia sus abuelos-. Este peón logro construirse una casa muy similar a la de su terrateniente y éste, entonces, lo relegó empapado en odio lejos de la comunidad, a un lugar que fue bautizado como ‘Soledad’. Al hacendado, sin embargo, la tranquilidad le duró bien poco, pues los constantes rumores de revuelta le obligaron a conceder privilegios a Bonifacio Pinedo, el peón enriquecido. Se compró corona, capa y cetro y fue coronado como el rey negro.

Julio Pinedo, su descendiente, es hoy igual considerado rey, pero un rey sin vasallos, un rey sin privilegios ni bufones, un monarca que vive como todos, de los cocales y los cítricos, y a quien la pobreza le brilla deslucida como una insignia en su traje de faena.

En su aspecto, Julio recuerda mucho a un ermitaño. Y su casa, en la comunidad de Mururata, también en Yungas, está, como es común, desperdigada sin orden alguno a un lado de la senda, siguiendo la estela irregular de sus cultivos, ayudando a hacer camino.

En busca de conservar la identidad
En Mururata, como en la mayor parte de las poblaciones que antes eran negras, hoy las sangres y los colores se han mezclado. Como las quechua y las aymará, las mujeres afro-bolivianas recogen su pelo en trenzas infinitas, usan pollera, sombrero hongo y cargan las frutas y los productos del campo en los aguayos; los hombres ya no trabajan con el pecho al descubierto y visten sus pies de ébano con unas sandalias de buen cuero.

Rómulo Araque, de 69 años, ha sentido este proceso irreversible en sus propias carnes. Y en las comunidades aledañas a la suya, Dorado Chico, pocos son los rastros de un pasado que hace mucho tiempo le perteneció a África. Con la mirada gacha y enlutada en unos finos lentes de alambre a punto de romperse, Rómulo hace recuento. “Ya no practicamos una cultura propia, sino adquirida. Se perdieron lenguas ancestrales –swahili, lingala, zulú, vende...-. También, el arte y muchas de las tradiciones”, lamenta.

Antes, al menos en contadas ocasiones, las familias se reunían torno a la abuela para recuperar los cuentos, las anécdotas y, sobre todo, las creencias populares. En sus narraciones estaban presentes personajes muy siniestros, como la “mecala”, una hechicera que al amparo de las sombras de la noche se sacaba los ojos, los depositaba en una olla de barro y se apostaba en los caminos para sembrar una maldad profunda en los corazones. Igualmente, las abuelas interpretaban los sueños de sus hijas o de las nietas mayores. Y ninguno de los hijos menores, sometidos a una rígida educación en base a los castigos físicos hasta la edad adulta, podía tomar parte en la tertulia de los mayores.

Eran otros tiempos. “Era la época de Petronila Medina, una mujer visceral que cuentan que realizaba trabajos de varón en los cocales y no dependía de ningún hombre. Por la noche servía bebidas espirituosas y luego contaba y cantaba a viva voz, a modo de pregón, las virtudes y miserias de los vecinos –recuerda Rómulo-. Eran momentos en los que se hacía todo de otra manera. Para impartir disciplina, por ejemplo, se usaba el látigo o el palo. Era la costumbre asumida sin vuelta atrás del patrón en las haciendas”.

Actualmente, las cosas han cambiado mucho. Rómulo es una mala caricatura de quien era antes. Su físico privilegiado de antaño es ahora un amasijo de pellejos mal dispuestos y ordenados. Su bigote, antes derecho, parece una raya mal pintada. Y su pelo, al menos, todavía desprende un cierto aroma a café molido, recuerdo de décadas de trabajo en un pequeño cafetal de su propiedad, con los mejores granos de la zona.

Lamentablemente, su cafetal desde hace varios años está perdido, como también están perdidas otras plantaciones de la región de Yungas. Por eso, muchos se han decidido por cultivar la ancestral hoja de coca, una apuesta segura y económica a la hora de buscar mercados. Además, la falta de manos y de ánimos y la emigración a las ciudades, han hecho que la mayor parte de las comunidades se hayan convertido en pueblos vacíos, moribundos, que sólo vuelven a llenarse de juventud por unas pocas horas en los días de fiesta. En los últimos años, a pesar de todo, parece que la condición de negro, el latido de África, los recuerdos de esclavo... se han unido para rescatar juntos olvidos.

“¿Qué es lo que queda?”, se pregunta Rómulo. “Queda la música”, él mismo se contesta. Efectivamente, queda la saya, una singular expresión de queja y de alabanza al ritmo de látigos, chasqueando vertiginosamente el suelo, y de tambores que no perdonan. Es un baile en el que se viste de blanco, sinónimo de pureza, que consiste en una canción con dos partes: una copla a cargo de la voz profunda de un solista seguida de la intervención de un coro de voces arrancadas de cuerpos que se mueven como si estuvieran poseídos, de caderas como desencajadas, arrancadas de un retorno a África.

En los últimos años viene siendo una costumbre que un grupo de jóvenes recorra las poblaciones negras más importantes de los Yungas llevando en esa música un alma que se creía ya perdida. Juan Carlos Ballivián, es uno de ellos. Su mirada es como un viento cálido, que permanece, tiene las manos finas, de pianista, y es contador de profesión.

“El tambor mayor da el sonido. El menor, cambia los ritmos –me explica. El tambor en nuestro medio, al margen de la expresión folklórica, tenía mucha significación en la cultura de nuestros ancestros. Servía para comunicar mensajes en las diferentes tribus. Por la forma de tocar, los oyentes captaban el propósito de las convocatorias, los avisos de peligro y los anuncios de tragedia. Hoy, es nuestro símbolo africano por excelencia”.

“La saya no emula un color, es conciencia”, dice Juan Carlos. Entre los afro-bolivianos hay también niños casi blancos con ojos de tonalidades claras y hay mestizos del color del café con leche dotados de una belleza única Todos son descendientes de los esclavos, descendientes de la mezcla. Teñidos o no del mismo color, todos son negros.

Otras costumbres, igualmente, todavía permanecen. El “mauche” es un ritual de corte fúnebre para honrar a los ancianos difuntos. La “rutucha”, entretanto, es de bienvenida: al año de nacido, se le corta el pelo en agradecimiento al más pequeño de la casa. Por cada mechón cortado se recibe algo de dinero por parte de familiares y amigos cercanos.

Con todo, en estas otras tradiciones el componente andino es ya muy grande. Y se repiten, con variaciones, sin la presencia de los tambores, a lo largo y ancho del país.

Los afro-bolivianos en su entorno
Juan Carlos desciende por el único camino de Dorado Chico con sumo sigilo. Se podría decir que no hay más calle que la senda donde sus pasos marcan unas leves huellas. A lo lejos, su perfil es una sombra que se achica, se agranda y se deforma según el sol se antoja. Es media tarde. El calor es una brasa permanente azuzada por un viento aún suave, bucólico. Y un grupo de árboles frutales arman un pasillo en la entrada de su casa, un hogar donde se mezclan y compiten a la par en humedad y frío adobe y piedra.

Dorado Chico es un punto insignificante. Es un limbo entre la cordillera y la Amazonía; entre dos mundos bien distintos, el altiplano y el oriente. Es un lugar donde la gente suele viajar como si nada a lomos de la carga en camiones repletos encontrados al azar.

Es simple. Se paga un pasaje, casi como si fuera un autobús, y se sube. Aunque no es muy cómodo y a veces los guineos o las naranjas se clavan en las costillas, no importa. En las autobuses no es muy distinto, cerdos, cabras y gallinas se mezclan entre los pasajeros impregnándolo todo de un olor fétido al que uno finalmente se acostumbra. Como igualmente se acostumbra al amasijo de codos, paquetes, bolsas de nylon, manos y brazos que terminan por desvelarle a uno el sueño cruzándose de izquierda a derecha de asientos con su tapicería maltratada por el uso. El punto lo pone la música, casi de feria, con ritmos cansinos que repican sin cesar durante unas dieciséis horas de trayecto.

Ese es el tiempo que uno tarda en recorrer los Yungas, un paraje mágico donde picudas montañas de nieves eternas dan primero paso al trópico y luego al Amazonas, donde mariposas de cientos de colores –que en los mercados ilegales de vida silvestre de los países occidentales alcanzan precios de hasta 70.000 dólares por ejemplar- revolotean formando pequeñas nubes, donde aves de plumajes de ensueño surcan cielos verdes y donde los ríos, a menudo, devoran el camino, una fina línea perfilada por un precipicio.

Y Dorado Chico es parte de ese embrujo, y parte de ese África que como dice el periodista polaco Ryzard Kapuscinski, “no existe en los mapas, porque ya de por sí es todo un inmenso océano, un planeta aparte, un cosmos heterogéneo de una riqueza extraordinaria”. “Sólo por una convención reduccionista –opina- le decimos África”.

En Bolivia, entretanto, poco más del uno por ciento de la población es de raza negra. Los que antes eran esclavos, hoy son aguerridos campesinos y profesionales. Muchos han emigrado a las ciudades, pero jamás han dejado de pertenecer a su tierra, a ese trozo de Bolivia donde encontraron un pedacito del África de sus antepasados. Y tanto Dorado Chico como Tocaña o Mururata repiten los ritmos de cuero y metal de los tambores, tejen el alma de sus ancestros, se pintan de un solo color: el de los olvidados.

LAS SERENATAS DE LOS TAITAS


Publicado en la revista Escape / Autor: Álex Ayala Ugarte

Es domingo, madrugada. Las guitarras, como es habitual, se adueñan de Trinidad, aunque esta vez lo hacen con un luto renovado. El polvo cubre la osamenta de las calles, silencioso y cauto, y de las aceras parece que quieren emanar litros de dolor y sangre. Ha muerto una mujer, supuestamente víctima de un crimen pasional. Y no ha transcurrido mucho tiempo pero los detalles se cuentan ya de puerta en puerta. También, las penas y las culpas. Y los recuerdos vuelan de nuevo, como aquella noche en que murió Silvio Tanaka, antiguo componente de ascendencia japonesa del famoso conjunto oriental ‘Los Taitas’. Ese día marcó igualmente la historia de unas gentes que acostumbraban a escribirla entonando sus canciones. Y sus compañeros de música, abonados fieles al reloj de la nostalgia, evocan todavía esa jornada como la más triste en una vida al amparo siempre de un puñado de lamentos y cuerdas desteñidas de guitarra. Aún no se olvidan los ojos rasgados de Tanaka.

“Era también un domingo, de 1974. Maya –así le llamaban- se acercó a mi mesa con unos amigos, me pidió una cuerda para su guitarra, fui a mi casa a buscar una y se la presté. Entonces, quiso que cantara con él ‘Te quiero más que a mi vida’. Fue la última composición que alzó a los cuatro vientos. Luego se marchó y minutos más tarde nos vinieron a avisar que había muerto. Lo encontramos tirado en el suelo, ensangrentado. Se había metido un tiro. Me acerqué, le crucé los dedos y se los lié con mi pañuelo”. Rolando Viruez Ruiz –más conocido como Chacho- lo cuenta como si hubiera ocurrido ayer y su voz se le apaga por momentos. Y con el corazón quebrado, ojos cerrados y un ritmo lento pero alzado puntea en su homenaje el takirari ‘Misterios del corazón’ y ‘Alfonsina y el mar’

Su casa, en la calle Félix Pinto, es un duelo constante de sombras y contraluces. Su pared está plagada de homenajes a la música eterna e irrepetible de ‘Los Taitas’ y las sillas de mimbre del salón vibran tímidas al compás de los acordes del maestro. Rolando sujeta y aprieta la guitarra como si de una dama se tratara. No en vano, le lleva haciendo compañía más años que su propia esposa. “Es la primera que tuve, una Yamaha que compré a un amigo que la trajo de Japón. Tiene 32 años. Es una guitarra que sabe de golpes, de noches y de días. En más de una ocasión, tras prestarla, he tenido que ir persiguiéndola cantina por cantina. Siempre ha sido así, desde las primeras notas que mi viejo me enseñara”, asiente.

Todo cambia, y sigue igual
Hoy, la Trinidad de los arcos y portales, las noches de bohemia y los claros de luna permanece intacta. También, la del calor racial que se entra hasta los huesos y la de las embestidas de aguaceros imposibles. La ciudad ha crecido, eso sí, y de 7.000 habitantes ha pasado a albergar más de 80.000. Pero su alma de melancolía y sus mañas de trovador errante siguen adueñándose del corazón de cada uno de sus habitantes. Los ancianos continúan sentándose a tomar café, charlar y fumar puros, los jóvenes encandilan a sus cortejas en las cuatro esquinas de la plaza y los atardeceres aún visten al pueblo de violetas.

José Luis (Pepe) Maesse Vaca, quien fuera durante una larga temporada la primera guitarra de ‘Los Taitas’, bien sabe que el pasado y el presente van unidos de la mano. “En nuestras composiciones siempre tratamos de amalgamarlos”. Pepe repasa en blanco y negro las fotos de un viejo álbum que resbala entre sus manos. Allá, algunos rostros están carcomidos ya por la humedad. Otros, en cambio, lucen limpios. Y entre éstos están los primeros ‘Taitas’: Maya Tanaka, Hugo Mercado, Rolando Viruez y el propio Maesse. “Estuvimos ensayando un tiempo y Saúl Abdelur, de ‘Radio El Cóndor’ de La Paz nos invitó y cantamos. Además, nos presentamos en la Boite Los manzanos, un local famoso por sus vedettes que paraba en lo que ahora son la Potosí y la Mercado”, recuerda Chacho.

No tardaron en llegar las primeras grabaciones. Oscar Rivero Aramayo, Chai para los amigos, sustituyó a Maesse y los dos primeros discos del grupo vieron la luz en la ciudad de La Paz. De ellos, Chai rescata dos canciones que aún no se cansan de sonar en las radios del Beni. “Ni en el todadiscos de los corazones”, añade. Los temas son: ‘Inevitable Final’ del disco de boleros y ‘Pa’l camba es bueno’ del de takiraris. Entonces, así como las canciones, unos se fueron y también llegaron nuevas voces y habilidades renovadas ante la guitarra. Y nombres, entre otros, como Carlos Parada, Alfredo Aukel –del que dicen que no habla, sólo canta-, José Sixto Hernández o Nuni Rivero dieron bríos diferentes al conjunto. Luego, en tantos años, casi todos alternaron su arte entre dos grupos: Los Taitas y Los Carlos, que junto al Trío Oriental y Los Castañeros de Riberalta han hecho leyenda.

En el periplo, quedaron por el camino un sinfín de giras por el interior, un viaje a Montevideo a título de Embajadores de la Canción invitados por el Gobierno de Juan María Bordaberri y decenas de distinciones en festivales tan importantes como ‘Aquí canta Bolivia’, de Oruro, en 1975. También, actuaciones antológicas con artistas de la talla de Mercedes Sosa, Palito Ortega, el argentino Cafrune o Los Panchos. Precisamente, con estos últimos protagonizaron un más que aplaudido mano a mano en la mismísima Trinidad

Camino hacia la perfección
“A lo mejor, Los Taitas estábamos predestinados a toparnos. Nos gustaron Los Panchos e hicimos lo mejor para ser perfectos como ellos. Asimismo, el pueblo nos quiso hacer creer que éramos perfectos. Nosotros sabíamos que no era así y pisamos tierra firme. Ahora, al menos se nos recuerda”, sonríe Maesse. Más que eso, sus composiciones reflejan las cotidianidades del día a día sin que parezca que verdaderamente haya transcurrido el tiempo. Y la caída tibia del sol sobre La Laguna, los barcos paseando su amasijo de hierros frente a Puerto Almacén, el canto de los pájaros y, sobre todo, las historias de amores perdidos y encontrados se siguen repitiendo aún entre la mágica nostalgia de sus acordes.

Ellos están en la vida del Beni, en sus instantes y en sus oficios, en sus macheteros y en sus trajes y son parte de su argamasa, del ir y venir de las estancias, de las avionetas volando al roce con los tejados y de las carretas y caballos caminando al trote. Las guitarras de Los Taitas dejaron y siguen dejando huella. Por eso, sus canciones se escuchan firmes e impasibles en muchas de las serenatas que todavía recorren el pueblo cada madrugada. No resulta extraño. Antes, Los Taitas eran los indiscutibles dueños del noble arte del cortejo. “A medianoche, apagaban las luces de todo el pueblo, y a las 12.01 estábamos ya en los primeras notas enamorando con nuestras canciones”, rememora Chacho. Y, ante los éxitos rotundos que cosechaban, en cada actuación rifaban una serenata entre el público. “En una ocasión –cuenta con sarna Maesse- les correspondió a las hijas de un militar. Y éstas avisaron a su padre, un Coronel extricto, para que no los botasen a tiros de la casa. Entonces, comenzaron a cantar y se escuchó la voz del Coronel: “Préndanlos, préndanlos”… salimos huyendo. Al final, lo que él decía era “prendan la luz, préndanla”.

Fue una anécdota más de las cientos que vinieron y vivieron. Y es que esa tradición del canto al amparo de puertas y balcones formaba parte de las famosas noches de bohemia, noches de trago justo, versos al raso y música para románticos. “Nos reuníamos a cantar y tocar al menos dos veces por semana en el local de nuestro amigo Pancracio –hace memoria Rolando-. Y algunas de las veladas fueron inolvidables. En una, coincidimos con Los Carlos, Los Castañeros y dos conjuntos paraguayos. El desfile de artistas comenzó a las diez de la noche y terminó a las cinco de la mañana. Luego, venía a oírnos mucha gente”.

A pesar de todo, ninguno pudo salir adelante únicamente con la ayuda del buen manejo de cuerdas vocales y guitarras. Hoy, Chai es dentista, Rolando contador, Maesse trabaja en la Oficialía Mayor de Culturas de Trinidad y así ocurre sucesivamente con cada hombre y cada nombre. La mayoría sigue componiendo –hasta la muerte, afirman- y algunos como Carlos Parada, Nuni Rivero, Alfredo Aukel y Oscar Rivero siguen tocando de tanto en cuando. “Hace unas semanas nos reunimos en mi casa y no paramos de cantar en cuatro horas. Lo hicimos primero solos, cada uno con su estilo, y después a dúo, en trío y en cuarteto”, confirma Chai. Mientras, Trinidad continúa su curso de sudores, melancolías y boleros. Los Taitas también. “Tenemos amigos en todas partes”. Lo dice Pepe Maesse, y así debe de ser.

CUADRO- Instantes inolvidables

Fueron muchos años juntos, y Los Taitas guardan aún en el baúl de los recuerdos muchos instantes que todavía arrancan cientos de sonrisas. Uno de ellos, que comenta Chai Rivero, hace memoria sobre cómo Hugo Mercado dejó el grupo. “Nos dijo que le había llamado Dios y tenemos un amigo al que le decimos así y por eso pensamos que éste le requería para tomar unas cervezas. Pero le llamó el de arriba y es que Hugo era pastor protestante. Pepe Maesse, en cambio, una de las cosas que más recuerda fue su primera actuación. “Fue un desastre, me temblaba todo. Para tocar la guitarra me pusieron una silla, apoye mi pierna ahí y la volqué de tanto que me movía. Después, nos ha pasado de todo. A algunas actuaciones hemos llegado embarrados, en otras rezábamos para que no lloviera… mil cosas. Pero la esperanza nos hizo seguir adelante y hoy el fruto lo recogen nuestros hijos”.

viernes, septiembre 07, 2007

LA CALLE HERNANDEZ, EL CALVARIO DE SER MINERO


Publicado en la revista Escape / Autor: Álex Ayala Ugarte

Los mineros bajan del cerro casi en fila india. Son miles de pares de botas que truenan contra los charcos al unísono. Y todos ellos llevan el mismo rictus desgastado. Muchos ni siquiera portan ya ningún tipo de gesto. Otros lo tienen frío, ausente. En la calle Hernández, en la ciudad de Potosí, llueve. El agua discurre por ella e invade las esquinas de melancolía. Las viejas capillas de antaño son hoy licorerías. La pulpería, que antes despachaba víveres a buen precio, hace años que cerró sus puertas. Y las fogatas apenas se amanecen alumbrando las vidas consumidas de los vecinos del barrio.

La calle Hernández era antes otra cosa. Es como si el Cerro Rico, aún explotado, la jalara irremediablemente para compartir mismo destino. En ella, hasta los niños parecen viejos. Embutidos en pantalones escuálidos y sucios también bajan hasta las entrañas de la mina tras cumplir 10 años. Según la Organización Internacional del Trabajo, más de 10.000 trabajan en las cooperativas. Lámparas en mano, son un coro de luces apagadas.

De fondo, se escucha un murmullo de toses heladas, silicóticas, un lamento silencioso cuyo eco apenas se percibe en el templo de San Juan de Dios, el comienzo de lo que antes era la concurrida calle. Y salvo por las idas y venidas de los grupos de mineros, que a veces la atraviesan como fantasmas, la calle parece abandonada. Hasta las mismas casas, tejidas en adobe, se pierden en esos silencios como sombras, casi invisibles, ahora tan propios de la Hernández. Y los puestos de cigarro y hoja de coca añaden un tono azul descolorido a los ocres de las paredes, a los negocios que cerraron sus puertas y a la tierrilla parda que rueda calle bajo cuando un viento de locos sopla por inercia.

Segunda estación, el recuerdo
La calle Hernández, a su manera, ahora vive de un montón de escombros, de lo poco que la mina todavía produce. El Cerro Rico, manejado actualmente por las cooperativas, hace años que sólo da para sueldos de prestado, y la plata se trabaja sin recursos, casi como en la colonia, en completa decadencia. Es toda una cadena. En la Hernández las vidas se agotan pasados los 40. Y los pocos ancianos que se sientan a charlar en los umbrales de las puertas, ajenos al suicidio de la mina, son los únicos que se entusiasman cuando les llueve alguna clase de recuerdo. Para el resto, el mejor recuerdo es el olvido.

Antes no era así. Muchos aún se acuerdan de una Potosí dicharachera hasta en su toponimia popular. La Plaza 10 de Noviembre se llamaba antes la del Regocijo, porque era el centro de todos los festejos. También estaba la calle de las Siete Vueltas, un entramado de callejones donde se escondían las tabernas, las casas de juego y las casas de putas clandestinas. La de la Pulmonía, angosta y sin puertas, ubicada de norte a sur, recibía los vientos más helados de la urbe. En la esquina del “quita calzón”, entretanto, se escabullían las parejas para dar rienda suelta a sus amoríos febriles. Y en la calle Linares tenían los locales los comerciantes de sedas chinas, vinos y porcelanas. Mientras, el Boulevard albergaba el Corral de Comedias, el teatro; la calle Millares, los frontones de pelota vasca; y la Oruro, el mercado de hoja de coca. Potosí era un punto codiciado por gente de toda condición. Hasta el mismísimo Miguel de Cervantes quiso llegar a la Villa Imperial en calidad de Comendador, pero no fue autorizado. Hoy, todo ha cambiado. “Pero la Hernández siempre será la Hernández”, susurra uno de sus viejos.

Sin embargo, algo se está muriendo. El Potosí de los ingenios, aquella entelequia de la colonia, es un esqueleto abandonado: las 32 lagunas artificiales de la serranía del Kari Kari y los 15 kilómetros de la ribera de los ingenios –que en 1572 conformaban la cadena de producción de plata más grande del mundo-. Únicamente pervive la leyenda.

Es triste. En el damero de la colonia todo cuadraba. Dominado por una religiosidad extrema, la órdenes principales, los obispados y las basílicas estaban cerca de las plazas. Mientras, las parroquias de indios se ubicaban en la periferia. La plata legal salía para España y la ilegal para Argentina. Los vascos acaparaban el mercurio –empleado para separar la plata pura- y el resto de emigrantes de la Madre Patria disputaban su poder. Las luchas eran tan viscerales que, cuando vencieron a los vascos, pusieron a su patrona –la Virgen del Rosario-en cuarentena. Castigada, no fue sacada en procesión en 30 años.

Ahora, nada de esto existe. No hay desarrollo. Al ras de las aceras los rostros siguen ajados, como siempre y como nunca, y a veces uno no distingue al minero del mendigo.

Tercera estación, La Cortina Rosada
De perfil a la tragedia, “La Cortina Rosada” alista sus interminables noches de bohemia. A mitad de la calle Hernández, camino hacia el mercado del calvario, lugar donde se concentran los mineros tras subir o bajar del Cerro Rico, se encuentra la taberna que regenta Florencio Alejandro Valdez, más conocido como Tito. Tito es un ex minero. “Y a mucha honra”, dice. Es orondo, pulcro y tiene unos cómicos andares de pato. “Comencé con mi negocio en el 85, cuando se produjo el despido en masa de más de 20.000 mineros de la Comibol –la empresa estatal que manejaba las minas-. Para comer, me acordé que tocaba un poco la guitarra y me puse a tocar y a vender trago”, cuenta.

Su local, que pasa inadvertido entre los abarrotes y las tiendas de implementos mineros, es tosco y despide un olor profundo a cementerio. El espacio es húmedo, chico y sin ventanas. Quien entra allá es porque realmente no quiere sentir ni un rayo de sol. La figura de Tito va de extremo a extremo y una pequeña claraboya filtra una tenue luz a bocanadas. Y, aunque no parece, el lugar es punto de encuentro para clientes escogidos.

Tito abre y cierra la taberna a su gusto, se debe a los amigos. No hay artista boliviano que se precie que no lo visite cuando actúa en Potosí. Grupos como Los Karjkas, Tupay, Jacha Mallku o cantantes como Zulma Yugar son parte de su clientela. “Maestro me dicen”. Lo es, de cuecas y valsecitos peruanos. Tito toca desde los 16, ahora tiene más de 70. Y, con todo, ni olvida a sus mineros ni olvida a sus borrachos. “A La Cortina siempre vuelven”, reza el aviso de la entrada. Y así es, a La Cortina siempre vuelven.

Como no podía ser menos, a sugerencia de un borracho, una cortina rosada es la única división entre el cielo y el infierno. Tras ella, las gargantas de los mineros, desvelados, se supuran habitualmente en llamas con el aguardiente más preciado de todo Bolivia, el singani. Y Tito les conversa, siendo sin quererlo cómplice de una de las heridas más tristes que presenta el famoso Cerro Rico, la de las familias desestructuradas a puro trago. Lamentablemente, muchas veces el alcohol es la única válvula de escape de un trabajo que los destruye poco a poco. Las farras comienzan en La Cortina y acaban en el mercado de San Cristóbal, empedrado durante la colonia y hoy casi todo pavimentado.

Cuarta estación, los implementos
Un poco más arriba, las tiendas van a la par de “La Cortina”, son pequeñas, de tonos lúgubres y están llenas de cosas, de abalorios. Y no hay implemento minero que no pueda encontrarse perdido en sus estantes de aspecto descuidado. Eso bien lo sabe Marina Caballero López, que lleva más de 20 años viendo pasar mineros frente a su puerta. “De todo tenemos: cascos, lámparas, dinamitas… El cartucho -cuyo trueno es símbolo del poder minero en cada huelga- cuesta sólo un boliviano”, dice reclamando mi atención . Marina luce emperifollada de aretes y anillos. Tan mal no le va el negocio.

70 comercios como el suyo recorren la calle Hernández de arriba bajo. La mayoría vive al día. Sus artículos son de primera y de segunda mano. Algunas lámparas antiguas, de las que funcionaban a queroseno, se venden de vez en cuando a los turistas, pero no es lo habitual. Lo que más se vende, en realidad, es la dinamita. Y se comercia libremente. Por eso, cada año no falta algún cooperativista que fruto de la desesperación, reivindicando una mejor vida, se hace volar con varias cargas atadas a la cintura. Con todo, no es lo más común. Entre tienda y tienda, mientras, se cuelan otros letreros: abogados, peluqueros, dentistas, prestamistas… dando colores muy diferentes a la calle, una Hernández que sale adelante a trancas y barrancas, pues sus huellas son de barro. De a poco, unas tapan a las otras, y son testigo de vidas que desaparecen como humo.

Victor Puita Contreras, de 38 años, técnico en electrónica, es muy consciente de estas ausencias repentinas, de este querer ser algo y no ser nada. Él dejó de arreglar radios y televisiones hace varios años porque no le era ya rentable. Y esta rutina se repite, pues en la calle Hernández hasta el día a día hace bastante tiempo que dejó de ser rentable. Ahora Víctor se gana el chairo –la comida- a costa de dormir apenas unas horas. “Les cargo a los mineros sus lamparitas eléctricas”, me explica. A veces, los cargadores funcionan día y noche para tenerlas siempre listas. Y los mineros, algunos en ruinas, acuden a cualquier hora con una ficha, en acto reflejo y descuidado, a por las lamparitas.

Quinta estación, el minero
Roberto Méndez Estrada les observa. Minero como ellos –eso no se olvida nunca- hoy sirve de guía a los turistas. Les pasea por las bocaminas y pueden ver así directamente a los mineros trabajando. Roberto es menudo, crespo, con ojos de haberlo visto todo. Es seguro, se mueve rápido, gestualiza y, sin embargo, le teme a la mina como un niño.

“Me perdí como 40 veces trabajando –explica-. La última, estuve vagando por los túneles durante tres días. Y allá abajo no hay mapas, no hay planos y una mina tiene miles de pasadizos. Se me acabó el agua, se me acabó la coca y tuve que tomar mi propio orín para sobrevivir. Una hora ahí abajo sin luz y te vuelves loco. A mí, por suerte, me encontraron cuando ya estaba moribundo. Y no recuerdo cómo me sacaron”.

Cada año mueren en la mina decenas de trabajadores. Según las estadísticas, sólo por accidentes dejan este mundo entre 30 y 40. “Nadie usa equipos. Si no hay dinero, no se compran. El minero cree que mascar hoja de coca hace de filtro, pero el arsénico y el ácido sulfúrico se respiran por la nariz”, dice Roberto. Los que no caen en un derrumbe o en una explosión de gas metano se mueren por la silicosis, que devora los pulmones.

El último año, en el hospital Bracamonte de Potosí, de los 450 enfermos atendidos por lo menos 280 padecían silicosis, enfermedad causada por la inhalación prolongada de microcristales de silica. Y desde 1999 hasta e año 2003, 512 personas murieron por esta enfermedad u otras relacionadas con la mina, como la siempre temida tuberculosis. “Los hospitales de minero son lo más triste del mundo”, lamenta Roberto bajo un casco.

Tristes o no, mineros todavía hay a patadas. Los hay rudos y tiesos como un palo de escoba. Los hay sigilosos como una pluma y los que apenas levantan unos palmos – niños de 12 y 13 años-. También los hay huraños y esquivos. Y los hay con y sin arrestos. El oficio más temerario de la mina es el de perforista. Le sigue en dificultad el de palero, que limpia todo el producto de la perforación y retira las piedras peligrosas. El carrilano, entretanto, tiende raíles y el cañerista instala la conducción de agua y aire. Finalmente, los huancheros son los encargados de sacar el mineral sobre sus espaldas. En ocasiones lo hacen 40 veces el día, con un peso promedio de 35 kilos por alzada.

En las cooperativas, los peones siguen recibiendo el nombre de ck’ajcha, como en la colonia, palabra que reproduce el sonido de la pelota vasca chocando en la pared de los frontones, muy similar al ruido de golpear barrenas con un mazo en busca de las vetas.

Eso sí, nadie desciende a los infiernos por pura y dura complacencia. Bajar es un sarcasmo a la propia vida, y una rutina. Cada minero trabaja ocho horas al día. Algunos trabajan 24 hasta dos veces por semana. Se entra a la mañana, al mediodía no se come –se masca coca- y a la noche se retorna al adobe del hogar, frío y caliente como la mina. Todo para conseguir un paupérrimo salario que no llega ni a 1.200 bolivianos –menos de 150 euros- para mantener familias compuestas por cinco, seis y hasta por siete hijos.

El minero es reservado y fiel en sus costumbres. Va de la mina a la cama, de la cama a la mina y de la mina a la cantina. En la mina, ofrenda al Tío, a la madre tierra y al Cristo minero, pero de los tres el personaje principal es el Tío, el equivalente al diablo cristiano, que decide si da o quita la veta. Su imagen está en las zonas más recónditas de la mina y todos los días hay que regar la tierra en su honor con coca y alcohol. Mientras, en Carnaval es sacado en procesión por la calle Hernández hasta la plaza del Minero.

Compañero de profundidades, el minero se orina en las manos cada cuatro horas, para protegerlas con el amoniaco del orín de un arsénico cuyo aliento quema en la garganta. Y el calor aumenta a medida que se desciende. En los niveles más profundos incluso se trabaja sin ropa. Allá beberse una cerveza de trago en un solo minuto, sin separar los labios de la botella, no es ninguna proeza. Se antoja necesario en tan singular infierno.

Afuera de la mina, entretanto, el trabajo igualmente es abnegado. Las “palliris” recolectan sin descanso los restos de los desmontes para vender a peso lo poco que queda de mineral. “Por diez toneladas sacan 500 bolivianos –50 euros-”. La mayoría son viudas de minero, atadas de otra forma a las bocaminas que les dejaron sin marido.

Ante la desolación de las jornadas, para muchos, el alcohol es la única manera de olvidar por unas horas los problemas. Por eso, los viernes los cooperativistas se juntan y beben en las tabernas clandestinas de la Hernández hasta la madrugada. Los sábados es parecido. La mayor parte se emborracha, llenando igualmente las tumbas gota a gota.

Sexta estación, la esperanza
Víctor Villanueva Mostacedo todavía no tomó su último trago, pero la mina –tras 25 años en el agujero- la dejó hace ya bastante tiempo. Quizás es por eso que Víctor no sea ya un fiel inquilino de la Hernández. Él vive en la Linares. Con todo, no ha abandonado el entramado de rasgos del minero. Sus manos son heladas, ausentes, y su voz espesa, pero una tos crónica es el verdadero distintivo de su paso por Pailaviri, una de las bocaminas míticas del Cerro Rico, la mina en funcionamiento más antigua de Bolivia.

Víctor, sin embargo, es ajeno a mitos y leyendas. “Demasiado se ha mentido ya –reclama-. Ni se podía construir un puente de plata hasta España con todo lo que se robó en tiempos de la colonia ni ha habido jamás 5.000 bocaminas en el cerro”. Lo que sí existe son más de 1.500 kilómetros de galerías, en desarrollo vertical y horizontal. Esa sí es una realidad palpable, que Víctor Villanueva conoce como la palma de su mano.

Pailaviri fue su casa y él espera que la siga siendo. Por su enfermedad, el “mal de minas”, no puede ya retomar las galerías, pero su preocupación siempre ha sido el cerro. “Es un hormiguero. Está en peligro de hundirse”, avisa. Con todo, lejos de quedarse con los brazos cruzados, Víctor ha diseñado un proyecto para recuperarlo a modo de pinacoteca: el museo Diego Huallpa, que prevé un paseo por la historia minera a través de más de 22 ambientes, donde se recogerá lo que fue la ruta de la plata, que unió América Latina, Europa y Asia o el trabajo abnegado de cada día dentro de la mina.

En su momento, muchos pensaron que Víctor era un loco con ideas de grandeza. Hoy, tras 18 años de lucha con una moral de pico y pala, su concepción está ya en proceso.

Mientras termina su construcción, Potosí, queriendo reencontrarse en su pasado, sigue su curso. El agua de las últimas lluvias recorre la calle Hernández. Al unísono, la miseria se desliza por la calzada. Cientos de botas demacradas marchan hacia el Cerro Rico. Ojos al frente, con mirada hacia ninguna parte, algunos mineros aún albergan en su corazón ciertas esperanzas. Y otros aguardan sentados la séptima estación: la muerte.

UN DIA EN LA ZAFRA, LOS NIÑOS QUE NUNCA FUERON PETER PAN


Autor: Álex Ayala Ugarte

¿Cuántos años tienes? “No lo sé”. Lo intenté de nuevo. ¿Cómo te llamas?, pregunté. La niña, que agarraba fuerte a otros tres pequeños con ambas manos, apenas llegó a balbucear un nombre imperceptible. Luego su mirada se clavó en el vacío, como la de una cascabel que, al acecho de todo y nada, no supiera bien dónde enroscarse. En la zafra –la recolección de caña de azúcar- de Bermejo, en el departamento boliviano de Tarija, la infancia deambula impregnada en su propia soledad, perdida y demacrada.

Tarija es tierra de vinos. Los cultivos se sitúan en el valle de La Concepción, pintando el paisaje con puras cepas. Sus “caldos” otorgan un sonrojo muy particular a los mofletes de los habitantes de la capital, cuyo nombre es el mismo que el del departamento, y en la ciudad son pocos los vehículos que interrumpen la calma. Las caseras vendiendo chicha en lugares como la plaza de Uriondo, donde hasta 1960 funcionaba un molino colonial, son una estampa habitual y, pese a que como en casi todo Bolivia la mayor parte de la gente vive al día, parecen ser felices copando calles.

No ocurre lo mismo en el campo, en las plantaciones de azúcar. Allá no parece existir ya noción del tiempo. Los días se apagan como comienzan, siempre en la misma rutina. Los inmensos cañaverales, campos y campos que no terminan nunca, lo acaparan todo y los precarios campamentos zafreros se han hecho los famélicos dueños de la amargura. Es la cara de los olvidados, de la Bolivia más oculta, de los que nunca fueron Peter Pan.

Pablo es delgado, le hierven sus ojos caídos y su cara está cubierta de sarna. Juega con un machete. Tiene nueve años y está a cargo de sus dos hermanos. Afila la hoja en una piedra. Recién es su primera zafra. Tiene mucha suerte. Algunos comienzan a ir a los campos con tan solo siete años. Y no tardan en aprender a pelar la caña, a registrar sudores y a olvidar su condición de niños. En pocos meses, producen ya como un peón.

"Cuartas" es el apelativo que reciben, porque en teoría realizan la cuarta parte de trabajo. Pero también cobran la cuarta parte. Y, en realidad, trabajan igual que los demás. Todo, por un sueldo de 3.500 bolivianos – unos 400 euros- por familia cada temporada. Y da igual que trabaje el padre junto a sus hijos. El monto a cobrar no varía.

En Bermejo, entretanto, Vidaurre, Santiago Vidaurre, se atusa su bigote, grasoso, terso y perfumado, sin ninguna delicadeza. Le gusta sacar a flote un carácter sin remilgos, altanero y bravucón. Él es uno de los representantes del sector cañero de Bermejo, que maneja la mayor parte de los cañaverales, responsable de una esclavitud enmascarada en pleno siglo XXI. Y desde un despacho húmedo dirige los destinos de sus zafreros.

Sus ojos se clavan como aguijón en las esquinas, en los sudores y en los rostros. Ajeno a las denuncias y carencias de las agrupaciones de zafreros –en relación a “Los Rosales”, el campamento en peor estado de la zona–, suelta lleno de desprecio su perorata. Le arde la frente, le queman los labios, pero su alma está como en un vaso con hielos.

"El problema de este país es que se trabaja poco. Las jornadas deberían ser de 14 o hasta de 16 horas seguidas". A ciencia cierta opina eso. Sus trabajadores cuentan que apenas tienen un respiro. "Pero mis zafreros reciben asistencia médica cuando caen enfermos", reta Vidaurre. Sin embargo, en el botiquín de Los Rosales uno apenas puede bucear más que en bolas de algodón. Allá no hay otra cosa, no aparecen ni remedios ni jeringas.

Todos los campamentos son un mismo esqueleto que se repite a lo largo de decenas de kilómetros. En ninguno hay luz. Trapos y ropas viejas, a falta de armarios, se reparten en cajas de cartón que posan sus miserias en el suelo. Se cocina a leña, en improvisadas cocinas a la intemperie, y los que peor suerte corren duermen agonizando bajo plásticos.

Pablo, mientras, toca levemente el filo cortante con los dedos. Después tira la piedra a un pozo, lleno de basura, que luego él y sus hermanos beben. No hay letrinas. Su tripa está hinchada, de aire. No podía ser de otra manera. Y su patrón, Vidaurre, les recuerda a cada rato que igual fue agricultor y minero en su momento. Hoy, es quien posee más hectáreas de cultivo en la zona de Bermejo. También, el que menos paga por cultivarlas.

Historia de una mano
Blanca, negra y roja. La gasa luce descolorida. Una herida infectada, en sangre seca, se impone al dorso de la mano. El vendaje tiene ya dos días. Roberto, un escuálido muchacho de 12 años del campamento Quebrada del Toro, bajo el ala implacable de Lucas Martín, se ha cortado ligeramente dos dedos a machete en los cañaverales. Desde entonces, nadie ha sido capaz de arrancarle tan siquiera una sonrisa de circunstancias. Sus rasgos, ajados por el sol, son los de un adulto. Lleva el dolor tajado en la cara.

Días de pasivo, jornal que no percibe. Es la ley de Lucas Martín, la ley de la selva. Su jornal lo cortarán otras manos, seguro jóvenes. Y eso que en un mes Roberto apenas consigue 200 bolivianos –20 euros-. Pero más bien ha tenido suerte. Los accidentes son la principal causa de mortandad en la zafra y él, al fin y al cabo, todavía puede contarlo.

Entretanto, camiones medianos Volvo y Toyota recorren apurados caminos de tierra que se enroscan sobre sí mismos hasta llegar al ingenio azucarero, con los zafreros a lomos de la carga. Su vida vale lo que un puñado de cañas, que sobresalen a uno y otro lado y los vehículos, que se bambolean constantemente. Cuando no es un choque es un vuelco, y cada año más y más cuerpos víctimas de los accidentes le quitan tierra al cementerio.

Le sudan las manos, azucaradas. Normando Choque, otro cañero, descuelga su voz con timbres acampanados. De una bocanada, escupe humo de su cigarro. Y, con una tos forzada, opaca los lamentos. En su campamento, que recién está visitando después de semanas, nadie se atreve a decir nada. Y Normando sabe perfectamente que los niños abandonan sus infancias desde el mismo día que dan a luz azúcar a machete. Sabe y esconde. “No soy responsable de los menores –se justifica-. Yo contrato únicamente al jefe de familia. Además, así los niños no son cleferos, ni pandilleros ni ladrones”. Tiene razón. No son nada, pues ni tan siquiera tienen la oportunidad de acudir a una escuelita.

En Bolivia, según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), 800.000 niños –el 40 por ciento de la población entre seis y 14 años- trabajan en alguna actividad laboral. De éstos, 65.000 lo hacen en la minería o el comercio sexual; y 35.000 se emplean en los cañaverales de Santa Cruz y Tarija, donde cargan su pobreza al hombro.

Mientras, los abusos continúan en la zafra. No hay un precio fijo por la caña y lo que funciona es el “lo tomas o lo dejas”. No hay contratos. En los campamentos más decrépitos el frío y la humedad calan los huesos. A veces se vive y duerme bajo carpas. Y no hay más posesión que unas pocas ropas viejas que cada día aumentan sus zurcidos.

Sandra cocina para su padre, su madre y sus cuatro hermanos. Jamás tuvo una muñeca. Tiene 13 años. Cocina a leña, pero otras compañeras lo hacen con los excrementos de las vacas de los ganaderos de la zona. Ella, como todo el pueblo de Bermejo y sus alrededores, morirá si el ingenio azucarero muere. Otros productos de la región, como los cítricos, no alcanzan para subsistir. Por si fuera poco, el creciente contrabando con la vecina Argentina ha hecho caer los precios. Todos los días pasan barcas a rebosar de cajas y de plásticos por el río con productos de uno y otro lado. El trasiego es constante desde las seis de la mañana. No hay ley en este lado de la frontera. A la policía, si osa a entrometerse, la callan a bala. Y los uniformados hacen como si no hubieran visto nada.

Bernardo García, quien pide que se le llame así para ocultar su identidad, es hoy, a sus 37 años, pontonero. Por un módico precio, cruza en barca de uno al otro lado de la frontera, pasajeros y mercadería, que va desde vinos y sodas hasta papel higiénico o electrodomésticos. Pero antes Bernardo fue zafrero. “Yo puedo asegurar que los 30.000 habitantes de Bermejo no vivirían sin el comercio ilegal y sin la caña de azúcar”, dice.

Una pierna en mal estado
Pedro, un muchacho del campamento de Zacarías Valdez, lleva desde las luces más madrugadoras del día fajándose machete en mano con la zafra. Estos días ha tenido que enfrentarse a los vaivenes del surazo, un viento frío, pero no es lo habitual, pues con lo que suele lidiar es con las guadañas hirviendo por un sol que sopla a más de 40 grados.

Pedro arrastra coraje en una mirada de tonos nada más que grises. Y arrastra con su pierna. En ella, una mancha descolorida es signo suficiente y fidedigno de la terrible enfermedad de leishmaniasis, más conocida como la lepra blanca. Sin las 80 ampollas del tratamiento en unos meses más estará perdido. El pasado año más de 120 casos han asolado el departamento de Tarija. Y son los menos los que terminan recibiendo cura.

El hanta virus o la malaria acechan con similares consecuencias. Y es que en Bermejo, a unos vómitos o a una simple diarrea se les termina dando sepultura. ¿Qué se puede esperar cuando se duerme sobre la misma tierra, sin abrigo, bajo poleras desgastadas?

Muchos de los niños tienen sarna. La enfermedad, hoyando cráteres poco profundos, les mastica la cara. Sus pupilas no son las de un infante. Lucen dormidas, apagadas. Los perros, la mayor parte en los huesos, también tienen la sarna, siendo portadores de la trágica realidad de aquel sitio de niños que parecen perros y perros que parecen niños.

Cuando Pedro vuelve al campamento, una sopa humea en un cazuela que pende de un palo seco anclado entre dos árboles de poco grosor cuyas ramas hacen una “v”. A su alrededor, los moscones y la suciedad campan a sus anchas. Hace unos años todo se lleno de ratas. Y el cólera, cual misionero de la muerte, pasó lista habitación por habitación, carpa por carpa, despoblando los campos de zafreros sin tener misericordia.

María, que perdió a su padre por la epidemia, está hoy, a sus 16 años, en estado de buena esperanza. Su barriga cuenta nueve meses y ella descansa bajo la sombra de una improvisada cabaña, que será su hospital y su refugio cuando nazca la criatura. Los viajes hasta el pueblo, hasta Bermejo, se reservan sólo para los casos de emergencia. Y, aún así, a veces el hospital se convierte en un lugar donde se va solo a morir. Por no haber, ni siquiera hay remedios con los que poder combatir las mordeduras de víbora.

“Hay que encarar la realidad. Muchos hemos sido zafreros y hemos sufrido. El zafrero tiene que sufrir”. Nivaldo Márquez, curtido en las zafras de la vecina Argentina, de ser antes un “esclavo” se ha convertido en capataz. De su pasado no tiene recuerdos. Y sus trabajadores perdieron el futuro hace mucho tiempo. No los atienden en los dispensarios médicos porque no tienen dinero. Y el sufrimiento lo arrastran a machete.

Sin agua potable, sin luz y a menudo sin techo, lo más normal es que las buenas intenciones caigan siempre en saco roto. En unos campos donde se predica la resignación, nada ha cambiado en una década. Roberto, María, Pedro, Pablo y Sandra en unos años serán hombres. Pero vendrán otros machetes, otros niños matarán su infancia.

Con la caída del sol, la caña se envuelve en una sombra estática. Las imágenes se suceden entonces como gotas repicando en una cubeta vacía: niños sin aliento, niños sin sueños, niños sin tiempo... En Rosales, en uno de los habitáculos que cumplen funciones de vivienda, un esqueleto de cajas de vino hace de cama. En otro, una estera. En los cuartos de tres por dos viven incluso hasta seis personas. Nadie dice nada. Muchachas de 16 años ya han formado una familia. Nadie dice nada. Niños manejan el machete como prolongación de su brazo. Nadie dice nada. El silencio, visceral, es sólo interrumpido por los ecos lastimeros del sector cañero. “Si se muere el ingenio, también perece el pueblo”, recuerdan. Pero no se dan cuenta de que algo se muere ya en la zafra.

XABIER ALBO, EL ESPAÑOL QUE SE HIZO INDIGENA


Publicado en el semanario Pulso / Autor: Álex Ayala Ugarte

Unas palabras del maestro Paulo Freyre definen a la perfección su modo de actuar: “Aquello que es lo utópico no es lo inalcanzable; no es idealismo; es un proceso dialéctico de denunciar y anunciar; denunciar la estructura deshumanizante y anunciar la estructura humanizante”. Y es que si algo ha hecho Xabiel Albó durante sus años en Bolivia es denunciar, pero también anunciar. Más bien, proponer. Basta con fijar los ojos en nuestra tambaleante Asamblea Constituyente para darse cuenta, pues Albó ha propiciado debates en las comisiones y ha abierto interrogantes sobre un sinfín de cuestiones. Lo ha hecho con la idea de construir un país mejor, un país que reconozca la interculturalidad, tema que ha motivado la mayoría de los estudios bajo su pluma.

Uno podrá estar de acuerdo o no con él, con sus planteamientos, pero lo que no se puede negar es que este catalán nacionalizado boliviano, antropólogo de profesión y jesuita de vocación, ha dedicado los mejores años de su vida a Bolivia, a estudiarla, a comprenderla y a palparla. Es por eso que el pasado 22 de agosto el Senado Nacional le otorgó la Condecoración al Mérito Franz Tamayo. Según la resolución, “por su defensa permanente y de forma sistemática de los derechos de los pueblos originarios de Bolivia y por su contribución bibliográfica, dedicada sobre todo al conocimiento de las identidades, las culturas y costumbres de las nacionalidades y etnias del país”. La distinción fue impulsada por el senador Antonio Peredo Leigue y luego aprobada.

Personalmente, conocí a Xabier Albó por un encargo de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto, que me pidió que le diese un libro con una visión vanguardista sobre la historia de América –con una postura muy distante de lo que hoy se enseña en las escuelas al respecto–. Albó lo recibió con cara de agradecimiento, pensando quizá que no lo merecía, pues lo único que había hecho era ayudar a Guillermoprieto con sus puntos de vista. A mí, envuelto en una chompa de lana gruesa y con su rostro cubierto por una poblada barba, me pareció un ser campechano, bonachón, incapaz de hacer mal a nadie. Después, cuando pude asistir a algunas de sus conferencias, me forjé otras impresiones. Por ejemplo, me di cuenta de que es un conversador nato. Muchas veces, poniendo la nota discordante, pero siempre calmo, y sabiendo escuchar al otro.

Hoy, PULSO realiza un repaso de la vida y obra de Xabier Albó, cuyos estudios, junto a los de otros académicos, definieron que Bolivia está habitada por 36 pueblos indígenas originarios. Él ha sabido como nadie rescatar sus valores y darles vigencia.

Hombre comprometido
Xabier Albó Corrons nació el 4 de noviembre de 1934 en La Garriga, una pequeña población de Cataluña (España). En 1951 se enroló en la Compañía de Jesús, emigró a Bolivia un año más tarde y acabó nacionalizándose. Ahora, pasa gran parte de su tiempo en una comunidad rural del Altiplano, donde convive con las personas del lugar y revive la experiencia de Cristo de la mejor manera posible, siendo uno más de ellos. En este sentido, Rostros indios de Dios y La cara campesina de nuestra historia son libros donde se ve el compromiso de Albó con los olvidados de nuestra sociedad.
El jesuita catalán habla, además, con profundo conocimiento, pues maneja amplios saberes. Es Doctor en Lingüística y Antropología por la universidad de Cornell de Nueva York (1966-70); licenciado en Teología de la Facultad Borja de Barcelona (1961-64); Doctor en Filosofía por la Universidad Católica de Ecuador (1955-58); y cursó estudios de Humanidades en Cochabamba (1952-54) y también en Quito (1953-54). Por otro lado, ha sido un hábil coordinador latinoamericano de pastoral indígena.

Con todo, más allá de su preparación a prueba de balas, por lo que se le reconoce y admira es por su compromiso. Y es que Albó habla quechua y aymara a la perfección, cosa de la que no pueden presumir muchos de los ciudadanos nacidos en nuestro país.

No es extraño entonces que casi todo sean buenas palabras hacia su figura. Según las declaraciones vertidas por José Antonio Quiroga –director de Plural Editores y quien ha impreso varios volúmenes con trabajos del religioso– a un rotativo paceño, “hay dos rasgos inconfundibles en Albó que los que lo conocen destacan: Su imborrable identidad de catalán y su siempre presente condición sacerdotal. Quiroga, además, hace hincapié en el sentido del humor del Padre. “Es siempre juguetón y bromista y enriquece sus exposiciones con anécdotas de sus viajes a lo largo y ancho del país”.

Por su parte, Oscar Bazoberry, director del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca), subrayó otras cualidades en el mismo periódico. “Conozco a Xabier hace 17 años, cuando lo acompañé a Tentayape porque quería conversar con los guaraníes sobre educación. Ahí pude aprender la parte humana de la relación de Xabier con los niños, jóvenes, adultos, hombres y mujeres de la comunidad. Su forma incansable de compartir y, sobre todo, de retribuir. Detrás de su mérito académico hay un hombre cuyo conocimiento es vivencia, cuya estadística tiene rostros concretos”.

Cipca y el PIEB
Mucho ha escrito Xabier Albó en estos años –32 libros y más de 300 artículos que son su legado hasta el momento como investigador y ensayista–, pero el teólogo no se ha dedicado nada más que a eso. En 1971 fundó Cipca y en el año 1994 se incorporó al Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB) como parte de su cuerpo docente y para fortalecer la capacidad del país en la investigación interdisciplinar en Ciencias Sociales, sobre todo en temas referidos a la definición de políticas públicas.

En Cipca ha contribuido como co-editor en la publicación de más de 50 cuadernos de investigación. Fue su primer director, cargó que ocupó hasta 1976, y después ha sido miembro del directorio, la Asamblea de Socios y la Unidad de Acción Política. En la actualidad es el trabajador más antiguo de la institución. Y en ella no tienen más que los mejores sentimientos hacia él. En una carta colgada por sus compañeros en la Internet se dice de Albó lo siguiente: “Él es fuente de inspiración, de compromiso, de sencillez y de apego a lo que se hace, y sobre todo de profundo respeto por el prójimo, sin discriminación ni exclusión, por entender la maravilla de descubrirse diferente con identidad cultural pero en una igualdad de condiciones”. Hoy, cabe señalar que Cipca cuenta con cerca de 150 funcionarios y siete oficinas a lo largo del territorio nacional.

En el PIEB, Albó es una constante referencia. No es de extrañar si se tiene en cuenta que sus obras bibliográficas son más que reconocidas a nivel nacional e internacional. Así, varias de sus publicaciones, como Para comprender las culturas rurales de Bolivia, son textos consultados habitualmente en universidades incluso del extranjero.

Por si fuera poco, en el año 1995 fue designado miembro de la Academia Boliviana de Historia Eclesiástica y desde 1972 se ha desempeñado como profesor de diversas materias en distintos centros de estudios de La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Oruro.

Un premio justo
Por todo esto no cabe duda de que la condecoración que acaba de recibir es merecida. Uno de los requisitos para lograr esta mención Franz Tamayo era: “ser intelectual e investigador que se haya destacado en la defensa de la conciencia nacional o de los pueblos indígenas”. Otro: “Ser escritor que da realce nacional e internacional a las letras bolivianas”. Albó cumple ambos. Entonces, no había ciertamente lugar a dudas.

El Senado ha reconocido, asimismo, su lucha en defensa de la democracia boliviana y los derechos humanos. “Muchos lo recuerdan como uno de los integrantes de la huelga de hambre que puso fin al gobierno de facto del ya desaparecido Hugo Bánzer Suárez”, señalan las consideraciones de la resolución camaral que justifica la medalla.

Con todo, Xabier Albó no es un hombre inmune a las críticas, pues en su trayectoria ha recibido unas cuantas. Por ejemplo, algunos aseguran que sus trabajos sirvieron de inspiración para la pregunta que se incluyó en el censo del año 2001 sobre el origen indígena de la población boliviana, cuyo resultado armó un debate y una polémica que todavía perduran. Pero el jesuita acepta otras opiniones con humildad y sin recelo.

Es más, incansable, a sus 72 años sigue al pie del cañón como ninguno, y acaba de estrenar no hace mucho un blog en el PIEB (http://albo.pieb.com.bo/enlinea.htm), llamado La bitácora de Xabier Albó, en el que continúa regalando sus pensamientos.

VICTOR HUGO VISCARRA, ENCUENTROS Y DESENCUENTROS


Publicado en el semanario Pulso / Autor: Álex Ayala Ugarte

24 de noviembre, 2006, La Paz. En una mañana de lluvia, con las gotas martilleando el techo de calamina de mi ático como aguijonazos, cuando se cumplen exactamente seis meses de su muerte, a la misma hora de su partida, a las diez de la mañana, repito el ritual con el que se que castigaba Víctor Hugo Viscarra cada madrugada. Lo hago para recordarlo. Completamente en ayunas, alzo un vaso medio sucio de mi repisa. Lo elevo levemente. Lo inclino. Y vierto el aguardiente sin prisa, sin mayores ademanes, con cierto nerviosismo contenido pero con paciencia, con la calma con la que los bebedores ambulantes se dan al trago. Luego, para regalarle sabor, añado un chorro de jugo de naranja al vaso, que se empaña, en medio de un silencio amargo interrumpido únicamente por la lluvia. Miro al suelo, como lo hacía Víctor Hugo. “¡Salud, carajo!”.

Como si de un acto reflejo se tratara, lleno nuevamente el vaso dos, tres, cuatro, cinco veces. Tomó el trago a pequeños sorbos, tibios pero eléctricos, como si me faltara el aire y lo buscara en el alcohol a bocanadas. Poco a poco, un leve hormigueo comienza a recorrerme todo el cuerpo y un ligero mareo amordaza mi cabeza. Me recuesto en la cama. Me sirvo nuevamente. El alcohol, frío y caliente al igual que los socavones de las minas de Potosí, se apropia sin compasión de mi organismo. Pareciera que fuera a perderme para siempre, pero no. La ventana está abierta y los ruidos, antes ausentes, se intensifican: el rugido de las motos, los claxones desesperados por llegar a tiempo, el murmullo de las palomas, los voceadores de los minibuses, la vecina de abajo, que acaba de poner a todo volumen un disco de cumbia… es la borrachera de los sentidos.

Tomar trago en solitario, lo que hacía a menudo Víctor Hugo, es como hacer el amor con una puta, sin nombres, sin arrepentimientos, apostando al hecho consumado. La puta usa perfume barato, con un aroma prolongado que dura horas y horas. El alcohol huele a yerbas, a olvidos, y también se impregna al cuerpo como una sanguijuela. Los besos de la puta saben a indiferencia, los de la botella a fracaso. La puta folla en un cuartucho, con luz tenue. El alcohol se sirve en antros parecidos, de mala muerte. La puta abre las piernas. El trago, las puertas del infierno. Yo tengo a mi puta a un lado, a mi aguardiente. El vaso coquetea con su cinturita de avispa. Me sirvo uno más, hasta la mitad. ¡Salud! Luego, duermo. Y no se me aparece, como quisiera, Víctor Hugo.

Vivo, encarnado en mí, en mi borrachera, durante un puñado de minutos, quizás segundos, lo cierto, sin embargo, es que Viscarra no pudo decirle nada al alcohol –que tanto le dio y tanto le quitó – en sus últimos suspiros. “Yo moriré solo, en la calle, como un perro, tomando con los míos. No quiero pasar de los 50. Si es que lo hago, ‘nacionalizaré’ un revólver y me pegaré un tiro”, me confesó en más de una ocasión completamente sobrio. No hizo falta. Fiel a su promesa, se fue a los 49 años desde la soledad de una fría cama de hospital, pero rodeado de muchos de sus amigos. Para su desdicha no pudo brindar ni con una sola gota de aguardiente, ni siquiera de alcohol adulterado, su maltrecho estómago admitía únicamente las cucharaditas de sopa que Vicky Ayllón, literata y escritora a la que Viscarra salvó la vida durante la dictadura de García Meza, en los 80, le daba a la boca con la paciencia de un editor de textos.

De nada sirvió el informe de un médico desubicado que meses antes aseguraba que el hígado del escritor lucía perfecto. El cuadro clínico que acabó llevándole a la tumba, por su contundencia, podía haber sido un epitafio al más puro estilo de Víctor Hugo: Reumatismo, neumonía, problemas digestivos y cirrosis galopante. Antes, intuyendo la fatalidad, Viscarra bautizó a su último libro en vida con un título premonitorio: “Avisos necrológicos”. El suyo apareció en varios periódicos como noticia. Murió el miércoles 24 de mayo de 2006, tras diez días de internamiento, en el hospital Arco Iris de Villa Fátima. A modo de consuelo, aseguraba, “en el infierno hay calefacción".

Hoy, 10 de agosto, cuando se cumplen ya casi nueve meses de su muerte, la Feria Internacional del Libro de La Paz alista un homenaje que consistirá en la presentación de un libro póstumo con sus relatos –“Cha’qui Fulero, cuadernos perdidos de Víctor Hugo Viscarra”–, que será llevado a cabo por la editorial Correveidile en la Sala Luis Espinal del recinto ferial de Bajo Següencoma este 16 de agosto a las seis de la tarde.

Pero mi homenaje es otro. Es el recuerdo que me queda de nuestros encuentros y desencuentros, porque en la intimidad era donde se hallaba al verdadero Víctor Hugo.

“El trago o yo”
Enero de 2004: Mi primer encuentro con Víctor Hugo. Casa de la Cultura de La Paz, 19:30. Los interrogantes se agolpan caóticamente en mi cabeza: ¿Cómo se presentará el Bukowski boliviano? ¿Usará lentes gruesos? ¿Será un dueño de un bigote escueto? ¿Llevará una botella de trago estrangulada por alguna de sus manos? ¿Fumará tacabo negro apurando cada cigarrillo hasta su más mínima sustancia? “Ahí está”, me dice el portero de la Casa de la Cultura, que señala hacia lo lejos, y nada es como me lo había imaginado. Más que una persona, parece una sombra. Camina lento, a pasos cortos, mezclado entre la gente sin que nadie repare en su presencia. Se acerca. Se cubre con una chamarra café, una camisa medio blanca, medio sucia, una chompa vieja y un pantalón negro. Nada de bigotes. Sus lentes los perdió hace mucho tiempo Alarga su mano y me saluda. “Soy Víctor Hugo, el antropólogo”. ¿El antropólogo?. “Sí, sí, soy el especialista en antros”. Su sonrisa, ya sin varios dientes, es la de un niño travieso.

Días atrás, Viscarra había llamado a mi oficina, en el periódico La Razón, porque quería conocer a la persona que le había incluido en un reportaje sobre la relación de algunos escritores con el alcohol. El autor de la susodicha nota era yo, y acordamos la cita. Sin embargo, dudaba de contar finalmente con su presencia. Un año y pico antes, periodistas del diario chileno La Nación pasaron las de Caín para encontrarle, y Pablo Gozalves, quien fue su editor durante un tiempo, demoró casi una semana en volver a sacarlo de las calles, pues Viscarra había huído, para seguir la farra, de la capilla del Sagrado Corazón, donde Gozalves lo había dejado para que se realizara la entrevista.

Sin ese problema, pues lo tenía enfrente, enseguida comprendí el porqué de su buen aspecto. Llevaba casi once meses sin beber para cumplir con un tratamiento contra la tuberculosis. Aunque borracho de corazón, lo hizo con rigurosidad arcana. En sus etapas de alcoholismo, vaso en mano, Víctor Hugo solía amenazar: “El trago o yo”. Esta vez fue él, y su salud se lo agradeció. Decidimos ir a una cafetería cercana, en los bajos del hotel Gloria, al abrigo de una ciudad gris, con olor a orín en las aceras, una coraza de metal, paredes mal pintadas y subidas y bajadas en cada esquina. El escritor se sienta. Pide en un susurro un mate de anís y un sandwich de jamón y queso y deja un amasijo de recortes de periódico y varios de sus libros encima de la mesa. Ahí está, jorobado, acurrucado, como si constamente estuviera escapando de algo, con más de 30 años vividos en la calle, la apariencia de alguien de 60 y una tos de perro apaleado.

“Nací viejo” (el 2 de enero de 1958), confiesa. No lo dudo. Su infancia fue un tormento tras otro. “Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño, el mío debe ser muy triste”, escribe en “Borracho estaba, pero me acuerdo”, sus memorias. Su madre le golpeaba, y rompió varias escobas en su espalda. Su padre, “aunque un buen hombre”, después de una golpiza de su madrastra, cuando Viscarra le dio a escoger entre él o ella, le escogió a ella. Y a los doce, comenzó su vía crucis en la indigencia.

Mucho ha llovido desde aquellos años, pero Víctor Hugo, no ha dejado de sentir frío desde entonces. “Es artero, sale como de un gigantesco refrigerador y lo envuelve a uno por completo”. Por eso, siempre está encogido, y desde esa posición me escruta de arriba a abajo. “Esto es un robo a mano armada”, me reclama después de echar un leve vistazo a la lista de los precios. Acostumbrado a pagar sólo unos pesos por los “soldaditos”, pequeños envases de plástico con alcohol casi puro, el café con leche de dos dólares que me pido le parece un caro lujo. Y yo también le observo. Su nariz, fruto de alguno de los muchos golpes que da la vida, parece un gancho que hubiera sido retorcido de derecha a izquierda; la línea de sus cejas subraya sus ojos achinados; y disimula la película de grasa del pelo con un peinado clásico con raya a la izquierda.

Conversamos, sobre todo, a cerca de la calle. “Allí, con mis delincuentes, mis putas, mis maracos, mis mendigos y mis ladrones me siento en casa”. Los ambientes en los que se mueve Viscarra son los tugurios de las zonas de Garita de Lima, Tembladerani, Achachicala, Gran Poder, Alto Tejar, Alto Tacahua y Chijini. Y de sus callejones han cobrado forma los protagonistas de sus libros. Será por eso que el mayor halago que recuerda Víctor Hugo se lo hizo una mujer alcohólica: “Escritor, he leído tu librito…, no mentiste”. Deslenguado, la crítica, por lo demás, le vale un pito. “Aunque digan que no tengo estilo literario, a mí me encanta escribir de esta manera, es mi estilo, y al que no le guste que se meta su dedo y su desagrado en el orificio de su disgusto”. Le sirven el mate. Calla unos segundos. Por un leve instante no parece ser un indigente.

Memorioso, enlaza una anécdota detrás de otra recordando con detalle cada fecha, cada hora, cada espacio, cada remiendo en la ropa de parte de sus amigos mendigos, cada cicatriz… Incluso recita textualmente párrafos enteros de sus libros. Es su estrategia de supervivencia. Víctor Hugo escribe en servilletas y pedazos de papel que pierde o terminan por robarle. Pero es capaz de reconstruir sus textos en un momento, como si los tuviera grabados en la sangre, como si viviera en un monólogo constante.
Al hablar, entre tanto, sus mañas se hacen más visibles. Sus manos se mueven en un repertorio de gestos de prestidigitador veterano, mira a menudo al piso fijamente, salibea y se seca los labios una y otra vez relamiéndose con la lengua. Marca las eses y las pes para dar mayor énfasis a las palabras. Habla a impulsos, como si estuviera repartiendo puñetazos, y un leve tartamudeo, imperceptible, acompaña su discurso.

La charla no da más de sí. Viscarra se retirará a la parroquia del Rosario de su amigo Humberto, cura del barrio de Villa Dolores de la ciudad de El Alto, donde desde hace unos meses duerme y escupe sus textos con la minuciosidad de un artesano. El cura le guarda los archivos porque él no maneja bien la computadora. Se despide. El escritor extiende su mano y su hasta luego es tibio. Atraviesa la puerta como un fantasma. Y se pierde en la nocturnidad de una ciudad tachonada por millares de focos encendidos.

“Soy como perro”
Marzo de 2005: Segundo encuentro con Víctor Hugo. Casa de la Cultura. Son las tres de la tarde. Viscarra sigue vivo. Llueve. Estoy esperando a que escampe. No tardará mucho. La Paz es una ciudad anárquica, en la que a menudo las cuatro estaciones se viven en un día. Reinan los extremos: Lluvia y sol, calor y frío. No hay lugar para las medias tintas. Y Viscarra aparece tambaleándose levemente, dando saltitos, como un duende salido de las entrañas de los más sórdidos callejones, como un Don Quijote que no se acuerda dónde dejó a su Dulcinea. Su cara es una mueca en relación a la del hombre que hace un año compartía conmigo un café y una charla sin vapores etílicos.

Enseguida se acerca. Masculla dos o tres maldiciones. Putea contra unos policías, contra dos o tres mujeres de las que no recuerdo el nombre y vuelve a ahogar sus palabras en un susurro. Está borracho. Tiembla. Una capa de mugre cubre sus ajadas ropas. Parece que fue una noche difícil. Cuando toma, Viscarra camina sin ningún rumbo para luchar contra las bajas temperaturas. Únicamente si el sueño atenaza como una mordaza se anima a dormitar en una gradita frente a alguna puerta, rogando para que el dueño no sea un madrugador que le moje temprano con un balde de agua. Cuando su cuerpo está helado, se anima a hacer una fogata con los maleantes que pueblan los basurales, sacrificando hasta los mismos cartones en los que ha dormido.

Me pide plata, veinte pesitos. “No tengo más que diez, Víctor Hugo”, le digo. “Así nomás, entonces me das diez y me debes otros diez”, me responde, y me planta a continuación la sonrisa más pícara de su repertorio. Se los doy. Se jala la tela del bolsillo de la chaqueta para comprobar que no tiene ningún agujero, para que el puñado de pesos no vaya a parar a un pozo sin fondo. Su cara está hinchada, y frunce el ceño constantemente, como si de un tic se tratara, concentrando un mar de arrugas sobre su nariz torcida. Y, sin ni siquiera decir adiós, sigue su peregrinaje en el papel de recaudador de impuestos. Cuando necesita alcohol, visita a los amigos y reclama a diestra y siniestra algo de dinero. Sobrio, en cambio, el orgullo le puede, y no deja ni siquiera a su interlocutor que le pague un té o un pan con queso. Incluso se permite el lujo de dar limosna a algún borracho. “Yo sé lo que es necesitar para tomar un trago”.

Su figura se pierde en el magma de una ciudad que es al mismo tiempo su trinchera. A estas horas, el olor a chicharrón lo impregna todo, y las vendedoras ocupan palmo a palmo las aceras. Uno encuentra de todo: Enchufes, dulces, ropa usada, utensilios de cocina, peluches, papelería… Tampoco faltan los CD y los libros piratas, también de autores bolivianos. Paradójicamente, pese a que Víctor Hugo es de los más vendidos en librerías, puestos y ferias del libro, los falsificadores le respetan, como si fuera ya uno de los suyos. Es más, es el mismo Viscarra, él y nadie más, quien fotocopia su “Relatos de Víctor Hugo” para venderlo, pues los originales se agotaron hace tiempo.

Casi ya fuera de mi vista, esquivando a varios charlatanes que ofrecen desde lociones contra la calvicie hasta manuales para todo y para nada, llego a observar cómo el escritor se cruza con una nutrida marcha de protesta. Las marchas son la quinta esencia de la sede de Gobierno, y el mejor termómetro para medir la tensión social. Víctor Hugo, sin embargo, mira a los marchistas, con rostro desangelado, esperando que le den paso para perderse en las cantinas hasta quién sabe qué día del almanaque.

Él resume esta experiencia mejor que nadie. “Pierdo la noción del tiempo y algunas noches, víctima de los insomnios prolongados, me hace fechorías mi cerebro. Se me acelera, se me escapa todo lo negativo y me asusto. A veces lloró, pero como estoy sin compañía nadie se entera. La hora avanza y espero hasta la amanecida para huir del antro en el que me encuentre en ese momento. Entonces, me pongo más tranquilo. Cuando me siento ya muy mal, tengo mi propio tratamiento: Primer día, puro líquido, agua, mates o refrescos; después, cosas suaves, como sopa; y luego me meto lo que venga, pollo, carne de res o lo que sea. Soy como perro, sin ayuda me curo, yo solito”.

“No soy como ellos”
Abril de 2006: Mi último encuentro con Víctor Hugo. Café Alexander, Sopocachi. Una llamada al diario La Razón le preocupa a Mabel Franco, una compañera de trabajo. Era Víctor Hugo. Quería vernos con urgencia. Nos encontramos con él en Sopocachi. El lugar no es del agrado del escritor. “Este mate no tiene sabor, parece agua”, reclama. Pero nosotros queremos que coma algo consistente, y por eso le insistimos varias veces en quedarnos. Al final accede, y pide una ensalada, sin ninguna salsa ni champiñones, ni pepino, ni tomate, ni aliño alguno. Es pura lechuga. “El estómago no me acepta casi nada”, justifica. Su cara está hinchada, y sus palabras, más que nunca, parecen un aullido que ya no hallan consuelo ni siquiera en la bebida.

Pero Viscarra no ha perdido su humor negro. “Si pudiera, me compraría un cuerpo a medio uso en el Barrio Chino”, un punto entre las calles Isaac Tamayo y Sagárnaga donde transan los volteadores de lo ajeno. Aunque parezca absurdo, los “vizcachas”, principales vendedores de objetos robados, se han organizado en un sindicato que está afiliado a la Central Obrera Boliviana. Y lo difícil allá sería encontrar un cuerpo sano.

Desde las mesas contiguas, las miradas no cesan en un acoso casi descarado a Víctor Hugo. Encorbatados en su mayoría, el resto de clientes no está acostumbrado a tener a un indigente frente a frente, a su misma altura, tuteándolos. Pero más asco les tiene Viscarra. “No soy como ellos. No me gusta el deporte. No me gusta la política. Y no me gustan los intelectuales. Pero bueno, aunque otros ganan el quivo (la plata), yo me he llevado la fama. Hay que tener agallas para desenvolverse en este mundo, y no en el cuento de hadas donde habita la mayoría de la gente”. Envuelto en una bufanda de un rojo desgastado y en una chompa gris con agujeros, se muestra satisfecho. No es para menos. El reconocimiento le ha llegado en vida, a modo de distintos homenajes.

Mabel y yo, sin embargo, no estamos tranquilos. Víctor Hugo se nos va. Su listado de dolencias se ha multiplicado, y tiene la pinta de un viejo achacoso, con tos crónica y un temblor en la mano que le dificulta los movimientos. El encuentro dura muy poco. Viscarra necesita descansar. Dice que tiene mucho sueño, pero antes de retirarse, en un amago de sinceridad, confiesa uno de sus miedos. “Temo repetir lo que he vivido”.

Salimos del café. El escritor se agarra al brazo de Mabel como si fuera una botella. Afuera, la plaza Avaroa es otro antro de perdición, pero donde se toma al aire libre. Nadie respeta al heróe de la Guerra del Pacífico, que tras haber defendido sin éxito el litoral se erige en bronce en medio de la plaza. Allá los jovenzuelos, trepados a las bancas de madera, se beben hasta el agua de los floreros. Le hacemos parar a un taxi. Víctor Hugo se despide. “Ya estoy viejo para amargarme”, dice. Dos semanas más tarde ingresó al hospital. Otras dos después, se fue, a los 49, como siempre vaticinaba.

Epílogo
Cementerio General. Diciembre de 2006. La tumba del escritor. Me acerco hasta el camposanto, en las laderas que colindan casi con la ciudad de El Alto, sin demasiadas referencias, sólo las que me ha dado Manuel Vargas, el editor de Víctor Hugo. Entro y tomo como punto de referencia la pequeña capilla donde se realizan los responsos a los difuntos antes de los entierros. Después, tuerzo a mano derecha para enfilar una larga hilera de tumbas, todas parecidas, con flores de plástico la mayoría y pequeñas fotos, insertadas en portarretratos, de los fallecidos. Aquí también existen clases. Los mausoleos albergan a grandes familias, a la aristocracia y a la clase media alta. El granito y el mármol son otros signos de distinción. Pero el cemento es lo que predomina. En ocasiones, son tumbas sin lápida, con una incripción que fue hecha cuando el hormigón todavía estaba fresco. Una de esas es la de Viscarra. No tardo en encontrar su nombre. Le llevo una botella con su trago, trago barato, con sabor a rata.

Ahora, cara a cara ante su última mortaja, soy más consciente de que él se fue, pero algo queda. Como decía, “los marginados somos un gremio en extinción permanente, pero por suerte siempre llegan nuevos adscritos”. Hoy, su testimonio son sus libros, donde sigue vivo como personaje literario, donde sigue todavía bebiendo para contar una realidad sin velos.Yo me alejo a paso vago del cementerio. Hace frío, mucho frío.

miércoles, septiembre 05, 2007

SANCHEZ DE LOZADA, ¿UN JUICIO SIN FIN?


Publicado en el semanario Pulso / Autor: Álex Ayala Ugarte

El abogado Rogelio Mayta, representante jurídico y coordinador general del Comité Impulsor por el Juicio de Responsabilidades a Gonzalo Sánchez de Lozada y sus colaboradores, viste una chompa de lana y no se quita la chaqueta en su oficina. Hace frío en el edificio donde trabaja, en la Mariscal Santa Cruz.

Sin embargo, él tiene la sangre más caliente que nunca, pues, después de los muchos tropiezos que ha sufrido para tratar de avanzar en el proceso contra los imputados, la posibilidad real del juicio parece más cercana que nunca. Pese a todo, Mayta, aunque es optimista, recomienda “cautela”. No hay que olvidar que se trata de un tema que comenzó a discutirse tras la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada, el 19 de octubre de 2003, cuando llegaron las primeras denunciales penales y proposiciones acusatorias contra el ex presidente.

Pero para entender mejor la historia, que amenaza con convertirse en telenovela –según Mayta, “por el tiempo transcurrido”–, hay que remontarse a hechos pasados, a lo acaecido entre el 20 de septiembre y el 19 de octubre de 2003.

Los antecedentes
En septiembre de 2003 gran parte del altiplano lacustre había tomado las carreteras con un reclamo principal: Que se frenara la exportación de gas natural en condiciones desfavorables y que se descartaran los puertos chilenos para ello. En ese contexto, el 20 de septiembre se ordenó un operativo militar y policial en Sorata para rescatar a algunos turistas. En el camino, los militares tomaron por asalto Warisata y cayeron los primeros muertos por el uso de municiones de guerra: El albañil Juan Cosme Apaza (38), el estudiante Marcos Quispe Quispe (20) y la niña Marlene Nancy Rojas (8).

Estas víctimas precipitaron los acontecimientos. A principios de octubre la protesta social se había incrementado, la ciudad de El Alto estaba en paro y el reclamo contra la exportación hidrocarburífera se generalizó. El 9 de octubre, apenas iniciada la segunda jornada de inactividad, en un enfrentamiento entre fuerza pública y mineros de Huanuni pereció José Luis Atahuichi (40). Horas más tarde, en Senkata, un balazo atravesó la frente de Ramiro Vargas (22), que perdió la vida rumbo hacia el hospital.

El 11 de octubre, por nota escrita, Gonzalo Sánchez de Lozada ordenó al Comandante de las Fuerzas Armadas acciones militares en El Alto para reestablecer el orden. Ese mismo día el Ejército trató de romper un bloqueo para facilitar el transporte de gas licuado y gasolina. Una de las primeras bajas fue la de Álex Llusco Mollericona (5), que fue alcanzado por un proyectil perdido en la terraza de su casa. Pero la jornada más sangrienta se produjo el 12, cuando las listas de muertos crecieron ya sin pausa.

En total, se contabilizaron 67 bajas, entre ellas niños, ancianos y mujeres, además de 400 heridos con distintas lesiones. Por eso es por lo que se está impulsando este juicio de responsabilidades.

Entre los imputados se hallan el ex mandatario, Carlos Sánchez Berzaín, Ministro de Defensa en aquella época, 10 miembros del Gabinete y cinco autoridades militares. El principal cargo es el de genocidio, entendiendo que, según la norma boliviana, todos aquellos implicados directa o indirectamente en masacres sangrientas son culpables del mismo. Hasta diciembre de 2006 se recopilaron como prueba 135 declaraciones informativas de víctimas de lesiones, 43 de miembros de la Policía Nacional, 160 de testigos, 19 de ex ministros y viceministros, 12 de las Fuerzas Armadas y otras tantas de dirigentes políticos y de los movimientos sociales. Además, se concluyeron 179 carpetas de lisiados, 67 de las víctimas mortales, informes periciales, balísticos y químicos y se obtuvieron 200 horas de imágenes y audio de los sucesos sangrientos.

Los contratiempos
Para Mayta, todo esto es suficiente para que se inicie el juicio. Hay evidencias, hay imputados –aunque algunos como Sánchez de Lozada y Berzaín fuera del país–, hay denuncias, hay imputación formal y hay autorización del Congreso para el mismo. ¿Qué es lo que pasa entonces? ¿Habrá o no algún culpable?

Para el abogado, esta última pregunta es todavía de incierta respuesta, pero se atreve, al menos, a hacer un análisis de los pormenores del proceso. “Nuestro enemigo es la demora. Hay límites, porque no se puede prolongar una investigación eternamente”. Existe el riesgo, por lo tanto, de que se haga efectiva la extinción de la acción penal.

En esa línea camina la estrategia de la defensa. Según la Convención Americana de Derechos Humanos, ratificada por la ley 1430, “nadie puede estar indefinidamente acusado”. Al respecto, el Código de Procedimiento Penal da un plazo de tres años. Éste, sin embargo, no corre para aquellos que fueron declarados en rebeldía –Sánchez de Lozada, Sánchez Berzaín y Jorge Berindoague, quien fue Ministro de Minería e Hicrocarburos–. Pero el resto de acusados podría solicitar la aplicación de la medida.

Considerando la fecha de la primera denuncia, y tomando en cuenta que el tiempo el proceso estuvo en el Congreso no se computa, hablaríamos de que los tres años de plazo, desde la primera denuncia, se cumplen en agosto de 2007. Pero Mayta asegura que “hay fundamento legal y jurisprudencia del Tribunal Constitucional para que la extinción no proceda” en ese instante. En base a la jurisprudencia, “el inicio del proceso sería la imputación del Tribunal Constitucional y el plazo el 2008. El problema está en que se acabe discutiendo la procedencia o no de la extinción, dilatándose más todo, cuando deberíamos estar hablando de la culpabilidad o la inocencia de las personas”.

Por si fuera poco, al fantasma de la extinción se suman otros escollos. “La defensa –asegura Mayta, por poner un ejemplo– ha tratado de imputar a todo el mundo para dificultar en lo posible la investigación, incluso a los líderes sociales y elementos de la población”.

Asimismo, como último aderezo a los contratiempos, están las equivocaciones que han ido cometiendo las autoridades judiciales: El primer requerimiento acusatorio del Fiscal General de la República tenía fallas y fue devuelto; el Fiscal General dividió el proceso en dos –juicio de responsabilidades y juicio ordinario–, contraviniendo así la Ley 2445, que establece que la investigación tiene que ser conjunta; el Fiscal General calificó el juicio como “político”, palabras que a la larga pueden representar una dificultad para afrontar la extradición de Sánchez de Lozada; el Congreso tardó un año en autorizar el juicio, por lo que se perdieron pruebas; el Fiscal General tardó seis meses en realizar la primera imputación y ésta, cuando se hizo, fue por violación, no por genocidio como había autorizado ya el Congreso –hubo que rectificar–; la Corte Suprema tardó más de tres meses en agendar la audiencia de medidas cautelares; y la resolución de la Corte que declara en rebeldía a Sánchez de Lozada, Berindoague y Berzaín fue anulada dos veces por fallas de la propia Corte. A esto hay que añadirle las demoras que se han ido arrastrando constantemente en cuanto a las audiencias y las amenazas telefónicas que han dificultado el trabajo investigativo de los fiscales.

Los avances
Ante semejante laberinto, no es extraño que exista cierta inquietud entre la opinión pública, que condenó de manera casi generalizada la masacre de octubre y ve ahora en peligro la continuidad del proceso. Mayta intenta dar tranquilidad, tiene confianza en el trabajo hecho. Considera que, pese a todo, los avances son realmente significativos.

El detalle de los mismos es el siguiente: Se logró la autorización del Congreso para el juicio el 14 de octubre de 2004; se definió el procedimiento a utilizar, aplicándose tras una consulta al Tribunal Constitucional el nuevo Código de Procedimiento Penal y no el antiguo; se imputó a Sánchez de Lozada, 11 ex ministros y cinco miembos del Alto Mando militar; se logró la imposición de medidas cautelares personales y reales a los imputados; se levantó el secreto militar; se acumularon pruebas suficientes para ir a juicio; y se limitó la posibilidad de vicios procesales que pudieran generar nulidades.

En este contexto, Mayta considera que está todo listo para que los indicios delictivos hablen, y ve posible el inicio del juzgamiento tras algunas audiencias más. “Si se tiene que absolver a alguien, se lo absolverá, y los que tengan responsabilidad deben ir a la cárcel. ¿Pero para qué vamos a esperar más?” Su pregunta al aire no es gratuita. Si la defensa retrasara el proceso con una sola imputación más, la extinción podría más claramente llegar a ser un hecho. “Hay que concluir ya. No hay que sucumbir a la chicana jurídica de tal forma que exista libertad sin sentencia”.

Con todo, no habrá juicio contra los principales acusados –Gonzalo Sánchez de Lozada y Berzaín– hasta que se cuente con su presencia en Bolivia, hasta que una extradición desde los Estados Unidos, donde residen, se haga efectiva. En ese sentido, los avances dependen de una adecuada labor diplomática y de algunos factores ya externos. ¿Habrá extradición? “Teóricamente es posible”, dice Mayta. Este interrogante forma parte de un capítulo que aún no se ha escrito. “Pero hace tres años –recuerda el abogado– nadie pensó que íbamos a llegar al punto en el que nos encontramos ahora”.

TELENOVELAS, NI CONTIGO NI SIN TI


Publicado en el semanario Pulso / Autor: Álex Ayala Ugarte

Un ángel es enviado al mundo terrenal por sus errores y tiene que purgar sus fallos en una empresa que se dedica a comercializar juguetes ubicada en Bogotá. ¿Existe mejor infierno que Colombia para pagar por los errores celestiales? El caso es que después de una metedura de pata tras otra mandan desde las alturas a un arcángel para realizar un seguimiento estricto de sus acciones, y éste último termina por enamorarse de la mala de la película. No es un chiste. Tampoco el argumento de un folletín de Corín Tellado, sino más bien la trama de una telenovela colombiana titulada Ángel de la guarda, mi dulce compañía, que consumí con unas buenas cervezas hace ya algún tiempo y que me pareció más atractiva que el fútbol, pues más zancadillas da la vida.
Debo confesar, sin embargo, que no soy un asiduo de las telenovelas, aunque sí a las cervezas y a las zancadillas, y por esa razón las pocas telenovelas que he devorado hasta el momento son las colombianas, pues me encantan las historias mal paridas. En ese sentido, hay un par ahora en antena –Hasta que la plata nos separe y La hija del mariachi– que colman mis expectativas, pues sus argumentos van un tanto más allá de los dolores simples y amorosos, e impregnan la tragedia con unas buenas dosis de aguardiente del barato, destinos contrariados y frasquitos con los vapores del fracaso.
Lo que me emputa es que, incluso es estos casos, al final siempre llega el final feliz y yo me quedo con un sabor amargo –pues para mí eso es un desastre–. Entonces, como soy un culo inquieto y no me conformo con nada, he decidido ser al mismo tiempo en esta nota el más ferviente defensor del género y el abogado del diablo más pendejo.

Amo las telenovelas
Amo las telenovelas porque es posible encontrar como protagonistas en algunas de ellas al ser humano más mundano: Al taxista, al empresario estafado, al vendedor sin plata. Porque uno puede disfrutar con sus escenografías de los paisajes más hermosos de los países sin necesidad de viajar hasta a ellos. Porque algunas se convierten –las brasileñas, sobre todo– en docunovelas que hacen repaso de fragmentos de la historia de una nación. Porque son un espejo de las grandes urbes. Porque son una especie de cordón umbilical entre culturas que a veces sólo se conocen entre sí –aunque esto sea lamentable– por lo que sale en la pantalla chica. Porque mis recuerdos de la infancia están unidos a telenovelas como la venezolana Cristal –que siempre veía mi madre–.
Amo las telenovelas porque sus héroes y heroínas –a diferencia de lo que ocurre en la vida real– no conocen el miedo al amor, ni temen a la asfixia del compromiso ni a la posible pérdida del ser amado. Porque son uno de los productos de exportación más rentables de ciertos países latinoamericanos –Brasil, México, Colombia, Venezuela–. Porque en ellas lo que mueve el mundo es realmente lo que mueve el mundo que pisamos: Dinero, amor, sexo y violencia. Porque la caserita de la esquina comenta todos los días los amoríos del galán de turno, y para hablar con ella hay que estar más que actualizado. Porque no son un producto consumido exclusivamente por mujeres.
Amo las telenovelas porque son capaces de reunir a una familia entera –un éxito si se tiene en cuenta los tiempos que corren–. Porque dan trabajo a algunos cantantes de melodías pegadizas y reivindican sones como los del bolero y la ranchera –siempre dramáticos ellos–. Porque hacen de un complejo de oficinas un nidito de amor y que una casa se parezca a una oficina. Porque con bajos presupuestos generan ingresos considerables. Porque últimamente dan valor a lo popular. Porque me puedo enamorar de la secretaria por unos minutos. Porque hacen la competencia a las series europeas y norteamericanas. Porque sus capítulos empiezan el lunes y terminan el viernes, y me dejan descansar sábados y domingos. Porque duran más que las peleas de boxeo en el Congreso.

Odio las telenovelas
Odio las telenovelas porque se repiten más que el noticiero. Porque en ellas hacen parecer a veces a mujeres de 25 como de 50 con unos pocos polvos talco en la cabeza. Porque nunca terminan de forma desastrosa. Porque sus seres son perfectos: ricos perfectos, feos perfectos, pobres perfectos, gordos perfectos… Porque cuando tienen éxito sus remakes se suceden como colillas en el cenicero de El Padrino. Porque uno tiene que esperar 500 capítulos o más hasta que se casan los protagonistas, y uno se cansa. Porque en algunas los personajes hablan un español neutro y uno no es capaz de identificar en qué país se han realizado. Porque la mayoría en ellas viste blue jeans, botas de vaquero, vestidos divinos y complementos de cuero. Porque los malos son muy malos y los buenos son muy buenos. Porque a sus mujeres les echan maquillaje como para pintar una pared entera. Porque sólo veo dos y cuando me comentan de otra me encuentro más perdido que Mario Vargas Llosa en una campaña presidencial.
Odio las telenovelas porque tienen mucho azúcar y poca sal. Porque las dan a toda hora. Porque para cuando uno halla una buena se ha topado con diez malas. Porque muchas de ellas tienen nombre de piedras preciosas y ninguna de metales pesados. Porque en sus tomas predominan los planos interiores sobre los exteriores, por lo que a uno le da la sensación final de que podría estar en cualquier casa, en cualquier bar y en cualquier oficina. Porque no tienen efectos especiales. Porque son capaces de paralizar una ciudad con mejores resultados que una marcha campesina. Porque te lo cuentan todo e incitan a la no-lectura, al no-pensamiento y a la mera complacencia. Porque están pobladas de dinastías interminables. Porque me tengo que tragar los anuncios de Entel, Coca-Cola y “Evo cumple” entre beso y beso y entre lloro y lloro.
Odio las telenovelas porque los pobres que las ven siguen pobres mientras que los que las exhiben se hacen más y más ricos. Porque galanes y malvadas son los mismos en unas y otras. Porque son aptas para todo público. Porque con su total idealismo me hacen creer cada vez menos en el amor –lo cual es una macana–. Porque rara vez son en un pueblo y cuando lo son rara vez ves el pueblo. Porque en ellas el que hace la trampa paga –¡Qué absurdo!–. Por conseguir que algunos libros sean el calco perfecto de sus tramas. Por ser una especie de manuales de autoayuda en versión televisiva.

Algunos datos
Tras las respectivas argumentaciones, para aproximarnos a un rincón menos conocido de las telenovelas, les presentamos varios datos que ayudan a entender mejor su impacto mediático:
– Sólo en 1997, las ventas de la cadena Televisa por telenovelas alcanzaron los 100 millones de dólares, sólo un poco menos que los ingresos de la British Broadcasting Corporation de Gran Bretaña (BBC).
– Los países latinoamericanos que más exportan novelas al mundo son México, Brasil, Venezuela y Colombia. Este último ha logrado posicionar en el mundo cerca de 84 historias, todas con un rotundo éxito.
– La telenovela colombiana Yo soy Betty, la fea, uno de los éxitos televisivos más grandes de la historia de los dramatizados, ha sido exportada a innumerables países y también adaptada.
– De acuerdo con un reporte de la UNESCO, en Costa de Marfil muchas mezquitas adelantaron sus horarios de oraciones durante 1999 para permitir a los televidentes disfrutar de la telenovela Marimar, protagonizada por Thalía.
– En Rusia, hubo planes de solicitar a las actrices mexicanas Verónica Castro y Victoria Ruffo actuar en comerciales para las elecciones de 1993. Estas dos actrices eran consideradas entonces las más populares de toda la historia de Rusia. En este país, la novela Los ricos también lloran (quizás la telenovela más exitosa de la historia) atrajo a más de 100 millones de televidentes.
– En China, la telenovela brasileña La esclava Isaura fue vista por más de 450 millones de televidentes.
– La actriz chilena Gloria Münchmayer, al realizar el papel de la celosa y egoísta Estrella en la teleserie La madrastra, recibió ataques personales por lo odiado que fue su personaje. Años más tarde, en Los títeres, su personaje (la ambiciosa, misógina y obsesiva Adriana) se vuelve loca y protagoniza una cruda escena donde juega con muñecas en una piscina; de ahí deriva el dicho popular chileno peinar la muñeca, que se refiere a la pérdida de razón.
– En la teleserie Amores de mercado, al morir el personaje principal, la gente envió coronas funerarias al Mercado Central de Santiago de Chile.
– Durante la Guerra en Bosnia existía un alto al fuego durante la transmisión de la serie venezolana Kassandra.

Ya sólo queda que cada uno, si es que quiere y disfruta con los melodramones, claro está, elija la trama de su preferencia. Las telenovelas más famosas son las mexicanas, venezonalas, brasileñas y colombianas, éstas ahora en auge, pero países como Perú, Argentina están intentando ponerse a la altura. Dicho esto, juzguen ustedes. ¿Aman las telenovelas? ¿Las odian? ¿Son un híbrido, como el que esto escribe? Yo ya hice mi parte. Me voy, pues no pienso perderme La hija del mariachi. “¡Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley. No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey!”