
Publicado en la revista Escape / Autor: Álex Ayala Ugarte
Entradilla- Gilberto Antelo llegó a la localidad beniana en 1924 y la vio crecer. Entonces arribaron la luz, el agua potable y la pista de aterrizaje.
Anoche, víspera de la fiesta, sonó en el Club Social de Rurrenabaque -a las puertas del Parque Madidi- la música desgarrada, tímida y quejosa de Los cuatro del Norte. Era tocada por cuatro pares de manos diferentes. De los intérpretes originales tan sólo sobreviven las tristes canciones. Uno murió, otro está en La Paz y uno más se marchó a España. Del último, aunque se suponía en Rurre, no hay ni rastro. Pero sus acordes, donde se impone el tono amargo y lánguido de la guitarra, cubrían los prolegómenos de las celebraciones. Y Rurre alistaba sus mejores galas.
Hoy, 1 de febrero, se aparece como una broma, consciente y distendido. Las bandas y los grupos folclóricos, con los sones del oriente prendidos en sus trajes de color, de blanco y lentejuelas, culebrean por la plaza principal ante la mirada de todo el pueblo. Gilberto Antelo, de 89 años, reposa en su bastón erguido de madera tallada. Viste con la elegancia del Caribe: una camisa clara de manga corta, un pantalón de terno oscuro de una delgadez disimulada y el bigote conciso y ajustado para la ocasión. Sigue el ritmo de la música, pero no puede observar los pies danzantes sobre sí mismos. Sus lentes, de vidrios más que gruesos, se inclinan levemente hacia el suelo. Está ciego, sin embargo, por sus ojos recorre el brillo destilado del recuerdo. El no nació en Rurre, aunque desde que es consciente lo ha visto crecer Gilberto, benemérito de la Guerra del Chaco, llegó a la localidad a orillas del río Beni cuando apenas contaba con 10 años. Eso fue en 1924 -el pueblo se fundó en 1844-. Por aquel entonces, aparte de la estela de verdes, ocres y amarillos y del sonido de aguas turbias de la ribera, todo era distinto. "Rurre era pequeñito, y en la zona lo llamaban Puerto Rurrenabaque. Tenía poco más de 1.000habitantes y río abajo vivían las tribus indígenas de los chamas. Rurre se proveía de las lanchas que venían desde Ribera Alta -casi en la frontera con Brasil- con víveres, azúcar, manteca, jabón y otro tipo de productos", rememora. Por aquellostiempos, la población era un tanto cosmopolita y el anciano, de arrugas aún muy sutiles, logra dibujar no sólo los rostros, sino darles los nombres y apellidos exactos, como si jamás se hubieran marchado. "Había una francesa, un marroquí, varios peruanos, unos cuantos japoneses y un chino". Dicho esto, Antelo hace una pequeña pausa en su relato, quizás consciente de que ya llega el pasaje que quebró parte de la inocencia de sus múltiples infancias.
Con la guerra por montera
Toca hablar del Chaco y el acento azucarado y manso de Gilberto se torna en otro más firme y más enérgico. Su hijo, Lucio, le trae un café cortísimo que él divide en dos sorbos y arranca, de nuevo, con su historia. "Cuando comenzó la guerra en el 32, yo estaba con mi padrastro, que era un colombiano, vendiendo ganado en el Perú. Supe lo de la guerra, me regresé y me enrolé el 16 de noviembre de 1933. Desde aquí, partimos 60 voluntarios, pero al llegar a Santa Ana éramos como 150. Nos fuimos a pie y nos incorporamos al conflicto en la batalla de Cañada Strongest. Eso fue un 20 de mayo. Desalojamos al enemigo y seguimos por uno y otro lado combatiendo".
Fueron días duros en los que Antelo cosechó sus primeras canas. Les daban únicamente 100 mililitros de agua al día, racionaban la comida a límites extremos y cada jornada resultaba un infierno interminable entre zarzas, espinas y sol al rojo vivo. "Yo tuve una insolación y me salvé porque el enemigo me recogió. Estuve prisionero y luego un señor me llevó a trabajar a su casa en Paraguay porque sabía leer y hasta hacer números. Más tarde, con el canje de prisioneros tras el armisticio, aunque querían que me quedara, volví a Rurre, donde estaba mi familia". Y la fecha, como tantas otras, le quedó grabada: octubre de 1936.
De aquella experiencia, Gilberto mantuvo la costumbre de balancearse bajo la sombra de las techumbres de jatata, en una hamaca. Y así también lo hace el 1 de febrero de este año. Entre tanto, traspasando los muros de su casa, las calles de Rurre reposan en una aparente duermevela, como esperando algún insólito acontecimiento. Las casas conversan a puertas abiertas y el leve murmullo del río Beni se oculta ante un atardecer violáceo y delicado.
La pista de aterrizaje
Atento y oxidado, en el patio de la vivienda de Antelo un tractor de escasas proporciones descansa en pleno centro de la estancia. Y a unos pocos metros yace un remolque de similares características. Ambos reivindican su pasado. "Fue el segundo tractor que llegó a Rurrenabaque. En el remolque entraban hasta 15 personas y, durante un tiempo, transportó a los que viajaban a La Paz hasta la pista de aterrizaje", cuenta el abuelo. Pero esa es otra historia, y es que la construcción de la misma, en 1945, cambió para bien el porvenir del pueblo entero.
Pero Gilberto, antes de eso, sigue escribiendo su historia de mil perfiles junto a la mágica localidad del Beni. Desde el 38, detalla, se dedicó al comercio. "Inicialmente, viajaba río arriba hasta Guanay e iba cambiando mis víveres -carne seca salada, arroz pelado, manteca de chancho y de vacuno en lata...- por oro con los buscadores de las orillas. Luego, vendía el metal en el Banco Minero de Guanay". Después, en 1943, dejando un poco más de lado sus constantes travesías por el río Beni, se casó y abrió un comercio. "Amigos japoneses me mandaban desde La Paz mercadería en pequeños bultos de cinco kilogramos cada uno. Eran encomiendas a mi nombre, al de mi mujer, al de mi cuñado, al de otros amigos... En total, solían ser unos 30 kilos. Básicamente, pedía que me trajeran telas, que son mucho más livianas que otras cosas".
Y, por fin, justo cuando el negocio de Gilberto iba floreciente, en el pueblo acordaron levantar la pista de aterrizaje. "La Embajada de Estados Unidos, a petición nuestra, fletó un avión de unos 12 pasajeros y cabina alta. Con ellos, inauguramos la pista de 700 metros". Entonces, Antelo comenzó a viajar en los aviones y su comercio alcanzó días de gloria. El pueblo contaba ya con más de 2.000 habitantes y aún toda una serie de sorpresas por delante.
Y llegaron la luz y el agua
El Rurrenabaque actual no da tregua, en su festejo, a sus bullicios y gargantas. De fondo, las aguas bajan con fuerza, pero con un estruendo ciertamente contenido. Antiguamente, los habitantes de la localidad beniana bebían directamente del río. A lo sumo, llegaban tan sólo a hervirla medio turbia. Esto ocurrió hasta el 58, en que se impulsó la conexión del agua potable. Años antes, Gilberto, tras fracasar en un fugaz intento de radicarse en La Paz, volvió y edificó un aserradero -el segundo que funcionó en el pueblo-. Algo más tarde, lo vendería para retornar a las actividades comerciales. Fue entonces cuando uno de los señores del pueblo se paseó a caballo con un megáfono de vitrola, que hacía las veces de corneta, impulsando la idea de construir infraestructura adecuada para canalizar el agua. Rurre, en su conjunto, estuvo de acuerdo y se con- centraron manos, esfuerzos y sudores para lograr el objetivo.
"No había plata -Gilberto colgaba las palabras como la camiseta blanca de tirantes que reposaba sobre sus hombros-, pero se consiguieron los apoyos de uno y otro lado. Un tipo gordo americano nos colaboró con dos vuelos de aviones B-17, con los que trajimos 14.000 kilos de cañerías de fierro. Yo compré 40 vacas y el capital que daba mi ganado iba para el proyecto. También vino el cineasta Jorge Ruiz a filmar lo que estábamos haciendo. Aquí rodó uno de los primeros largometrajes de Bolivia y lo tituló La vertiente".
Con la luz se repitió la historia. De esta forma, la lluvia de faroles que ya camina Rurrenabaque en procesión por la festividad de la Virgen de la Candelaria era tiempo atrás referencia obligada de las casas. Gilberto templa la garganta para contarlo. "Inicialmente, en los 40, las disposiciones de la Junta Municipal -hoy Alcaldía- obligaron al alumbrado público con velas. Al menos, había que colgar en casa dos faroles. Bonito se veía. Los que no tenían lamparitas, se las ingeniaban con un tazón de aceite, grasa animal y una mecha". Luego, llegaron los motores: el primero sólo de 25 watios. Le siguieron otros de hasta 15 kilowatios. Actualmente, ya funcionan con máquinas más potentes, de 500 y hasta de 1.000 kilowatios.
Tiempo ha corrido desde entonces. En el 89, Antelo tuvo el desprendimiento de retina que le condenó a la ceguera definitivamente. Se acostumbró y ha llegado a caminar su casa de memoria. Como de memoria conoce la historia de Rurrenabaque, que ha vivido siempre en carne propia. De su boca se la escucha como si la contara aquella primera radio del pueblo, de la cual él también fuera el primer dueño. Hoy, Rurre ha crecido y tiene una población estable de 15.000 habitantes y otra flotante de unos 17.000, y un auténtico cronista de realidades contrastadas, Gilberto Antelo, que camina ajeno al bullicio interminable de un Rurrenabaque en fiesta.

