martes, julio 03, 2007

RURRENABAQUE, UNA TRAVESIA EN BUSCA DE SUS INFANCIAS


Publicado en la revista Escape / Autor: Álex Ayala Ugarte

Entradilla- Gilberto Antelo llegó a la localidad beniana en 1924 y la vio crecer. Entonces arribaron la luz, el agua potable y la pista de aterrizaje.

Anoche, víspera de la fiesta, sonó en el Club Social de Rurrenabaque -a las puertas del Parque Madidi- la música desgarrada, tímida y quejosa de Los cuatro del Norte. Era tocada por cuatro pares de manos diferentes. De los intérpretes originales tan sólo sobreviven las tristes canciones. Uno murió, otro está en La Paz y uno más se marchó a España. Del último, aunque se suponía en Rurre, no hay ni rastro. Pero sus acordes, donde se impone el tono amargo y lánguido de la guitarra, cubrían los prolegómenos de las celebraciones. Y Rurre alistaba sus mejores galas.

Hoy, 1 de febrero, se aparece como una broma, consciente y distendido. Las bandas y los grupos folclóricos, con los sones del oriente prendidos en sus trajes de color, de blanco y lentejuelas, culebrean por la plaza principal ante la mirada de todo el pueblo. Gilberto Antelo, de 89 años, reposa en su bastón erguido de madera tallada. Viste con la elegancia del Caribe: una camisa clara de manga corta, un pantalón de terno oscuro de una delgadez disimulada y el bigote conciso y ajustado para la ocasión. Sigue el ritmo de la música, pero no puede observar los pies danzantes sobre sí mismos. Sus lentes, de vidrios más que gruesos, se inclinan levemente hacia el suelo. Está ciego, sin embargo, por sus ojos recorre el brillo destilado del recuerdo. El no nació en Rurre, aunque desde que es consciente lo ha visto crecer Gilberto, benemérito de la Guerra del Chaco, llegó a la localidad a orillas del río Beni cuando apenas contaba con 10 años. Eso fue en 1924 -el pueblo se fundó en 1844-. Por aquel entonces, aparte de la estela de verdes, ocres y amarillos y del sonido de aguas turbias de la ribera, todo era distinto. "Rurre era pequeñito, y en la zona lo llamaban Puerto Rurrenabaque. Tenía poco más de 1.000habitantes y río abajo vivían las tribus indígenas de los chamas. Rurre se proveía de las lanchas que venían desde Ribera Alta -casi en la frontera con Brasil- con víveres, azúcar, manteca, jabón y otro tipo de productos", rememora. Por aquellostiempos, la población era un tanto cosmopolita y el anciano, de arrugas aún muy sutiles, logra dibujar no sólo los rostros, sino darles los nombres y apellidos exactos, como si jamás se hubieran marchado. "Había una francesa, un marroquí, varios peruanos, unos cuantos japoneses y un chino". Dicho esto, Antelo hace una pequeña pausa en su relato, quizás consciente de que ya llega el pasaje que quebró parte de la inocencia de sus múltiples infancias.

Con la guerra por montera
Toca hablar del Chaco y el acento azucarado y manso de Gilberto se torna en otro más firme y más enérgico. Su hijo, Lucio, le trae un café cortísimo que él divide en dos sorbos y arranca, de nuevo, con su historia. "Cuando comenzó la guerra en el 32, yo estaba con mi padrastro, que era un colombiano, vendiendo ganado en el Perú. Supe lo de la guerra, me regresé y me enrolé el 16 de noviembre de 1933. Desde aquí, partimos 60 voluntarios, pero al llegar a Santa Ana éramos como 150. Nos fuimos a pie y nos incorporamos al conflicto en la batalla de Cañada Strongest. Eso fue un 20 de mayo. Desalojamos al enemigo y seguimos por uno y otro lado combatiendo".

Fueron días duros en los que Antelo cosechó sus primeras canas. Les daban únicamente 100 mililitros de agua al día, racionaban la comida a límites extremos y cada jornada resultaba un infierno interminable entre zarzas, espinas y sol al rojo vivo. "Yo tuve una insolación y me salvé porque el enemigo me recogió. Estuve prisionero y luego un señor me llevó a trabajar a su casa en Paraguay porque sabía leer y hasta hacer números. Más tarde, con el canje de prisioneros tras el armisticio, aunque querían que me quedara, volví a Rurre, donde estaba mi familia". Y la fecha, como tantas otras, le quedó grabada: octubre de 1936.

De aquella experiencia, Gilberto mantuvo la costumbre de balancearse bajo la sombra de las techumbres de jatata, en una hamaca. Y así también lo hace el 1 de febrero de este año. Entre tanto, traspasando los muros de su casa, las calles de Rurre reposan en una aparente duermevela, como esperando algún insólito acontecimiento. Las casas conversan a puertas abiertas y el leve murmullo del río Beni se oculta ante un atardecer violáceo y delicado.

La pista de aterrizaje
Atento y oxidado, en el patio de la vivienda de Antelo un tractor de escasas proporciones descansa en pleno centro de la estancia. Y a unos pocos metros yace un remolque de similares características. Ambos reivindican su pasado. "Fue el segundo tractor que llegó a Rurrenabaque. En el remolque entraban hasta 15 personas y, durante un tiempo, transportó a los que viajaban a La Paz hasta la pista de aterrizaje", cuenta el abuelo. Pero esa es otra historia, y es que la construcción de la misma, en 1945, cambió para bien el porvenir del pueblo entero.

Pero Gilberto, antes de eso, sigue escribiendo su historia de mil perfiles junto a la mágica localidad del Beni. Desde el 38, detalla, se dedicó al comercio. "Inicialmente, viajaba río arriba hasta Guanay e iba cambiando mis víveres -carne seca salada, arroz pelado, manteca de chancho y de vacuno en lata...- por oro con los buscadores de las orillas. Luego, vendía el metal en el Banco Minero de Guanay". Después, en 1943, dejando un poco más de lado sus constantes travesías por el río Beni, se casó y abrió un comercio. "Amigos japoneses me mandaban desde La Paz mercadería en pequeños bultos de cinco kilogramos cada uno. Eran encomiendas a mi nombre, al de mi mujer, al de mi cuñado, al de otros amigos... En total, solían ser unos 30 kilos. Básicamente, pedía que me trajeran telas, que son mucho más livianas que otras cosas".

Y, por fin, justo cuando el negocio de Gilberto iba floreciente, en el pueblo acordaron levantar la pista de aterrizaje. "La Embajada de Estados Unidos, a petición nuestra, fletó un avión de unos 12 pasajeros y cabina alta. Con ellos, inauguramos la pista de 700 metros". Entonces, Antelo comenzó a viajar en los aviones y su comercio alcanzó días de gloria. El pueblo contaba ya con más de 2.000 habitantes y aún toda una serie de sorpresas por delante.

Y llegaron la luz y el agua
El Rurrenabaque actual no da tregua, en su festejo, a sus bullicios y gargantas. De fondo, las aguas bajan con fuerza, pero con un estruendo ciertamente contenido. Antiguamente, los habitantes de la localidad beniana bebían directamente del río. A lo sumo, llegaban tan sólo a hervirla medio turbia. Esto ocurrió hasta el 58, en que se impulsó la conexión del agua potable. Años antes, Gilberto, tras fracasar en un fugaz intento de radicarse en La Paz, volvió y edificó un aserradero -el segundo que funcionó en el pueblo-. Algo más tarde, lo vendería para retornar a las actividades comerciales. Fue entonces cuando uno de los señores del pueblo se paseó a caballo con un megáfono de vitrola, que hacía las veces de corneta, impulsando la idea de construir infraestructura adecuada para canalizar el agua. Rurre, en su conjunto, estuvo de acuerdo y se con- centraron manos, esfuerzos y sudores para lograr el objetivo.

"No había plata -Gilberto colgaba las palabras como la camiseta blanca de tirantes que reposaba sobre sus hombros-, pero se consiguieron los apoyos de uno y otro lado. Un tipo gordo americano nos colaboró con dos vuelos de aviones B-17, con los que trajimos 14.000 kilos de cañerías de fierro. Yo compré 40 vacas y el capital que daba mi ganado iba para el proyecto. También vino el cineasta Jorge Ruiz a filmar lo que estábamos haciendo. Aquí rodó uno de los primeros largometrajes de Bolivia y lo tituló La vertiente".

Con la luz se repitió la historia. De esta forma, la lluvia de faroles que ya camina Rurrenabaque en procesión por la festividad de la Virgen de la Candelaria era tiempo atrás referencia obligada de las casas. Gilberto templa la garganta para contarlo. "Inicialmente, en los 40, las disposiciones de la Junta Municipal -hoy Alcaldía- obligaron al alumbrado público con velas. Al menos, había que colgar en casa dos faroles. Bonito se veía. Los que no tenían lamparitas, se las ingeniaban con un tazón de aceite, grasa animal y una mecha". Luego, llegaron los motores: el primero sólo de 25 watios. Le siguieron otros de hasta 15 kilowatios. Actualmente, ya funcionan con máquinas más potentes, de 500 y hasta de 1.000 kilowatios.

Tiempo ha corrido desde entonces. En el 89, Antelo tuvo el desprendimiento de retina que le condenó a la ceguera definitivamente. Se acostumbró y ha llegado a caminar su casa de memoria. Como de memoria conoce la historia de Rurrenabaque, que ha vivido siempre en carne propia. De su boca se la escucha como si la contara aquella primera radio del pueblo, de la cual él también fuera el primer dueño. Hoy, Rurre ha crecido y tiene una población estable de 15.000 habitantes y otra flotante de unos 17.000, y un auténtico cronista de realidades contrastadas, Gilberto Antelo, que camina ajeno al bullicio interminable de un Rurrenabaque en fiesta.

¡BUEN PROVECHO!, DIME LO QUE COMES Y TE DIRE QUIEN ERES


Publicado en la revista Escape / Autor: Álex Ayala Ugarte

Entradilla- Una visita al zoológico Vesty Pakos permite conocer la dieta que guardan sus inquilinos, que se alimentan de frutas, carne y verduras.

Rocky hace malabares para no caerse en los bordes de un estanque en el que intenta atrapar con sus garras un pescado. Pese a tener algunos kilos de más, no es torpe en sus movimientos. Acerca su hocico al lado del agua, agita su pata y menea su trasero acomodando todo su cuerpo a la tarea de atrapar a su presa. Rocky es uno de los osos jukumaris más conocidos del zoológico Vesty Pakos, ubicado en la zona de Mallasa de la ciudad de La Paz, y cada día, según sus cuidadores, devora al menos cinco kilos de fruta.

Pero no es nada en comparación a la comida que se reparte en el resto del zoológico cada jornada. Piña, guineo, maní, sandía, mandarina, guayaba, lechuga, acelga, carne y un sinfín de frutas y hortalizas de calidad de exportación se dan cita diariamente en las puertas del complejo para terminar en los estómagos de las 76 especies que habitan el lugar: 32 de mamíferos, 37 de aves, seis de reptiles y una sola de peces. En total, el gasto anual en comida asciende a unos 600.000 bolivianos. Y la mayor parte del dinero se va en carne.

Al día, se sacrifican tres burros para saciar el hambre de los carnívoros, animales como los jaguares, los leones y los cóndores. “A primera hora, un matarife es el encargado de dar muerte a los equinos, que son bañados un día antes para garantizar la higiene. Después, los despresa y luego vienen los guardafaunas por las distintas partes”, señala Freddy Paredes Claros, responsable de conservación y manejo de vida silvestre del Vesty Pakos.

A su vera camina René Calcina, embutido en un overol oscuro y cargando una pesada carretilla con los fríos pedazos de carne roja.

Su destino es la jaula de “las saltarinas”, tres jaguares hembra que fueron apartados del resto de los de su especie por miedo a que se escaparan gracias a sus capacidades atléticas. El olor a carne fresca es un anticipo de sus habilidades, pues su rugido se deja oír a la distancia. Y cuando el cuidador les lanza una presa desde una pequeña puertita en el techo de la jaula, dos de ellos se lanzan al vuelo por ella. La pelea culmina en tierra firme, cuando uno de los felinos se alza triunfalmente con la carne. El otro espera por la siguiente pieza, pues, aunque allá predomina la ley del más fuerte, alcanza para todos.

La lucha contra la obesidad
Para ahuyentar las pugnas, los alimentos no se colocan únicamente en un solo punto. “En ocasiones incluso hasta se esconde la comida –dice Freddy– para que las fieras no se acostumbren a que todo se les dé hecho”. Y es que uno de los principales problemas en el zoológico es la falta de ejercicio físico y el estrés por los espacios reducidos. “Por eso, los lunes no se da de comer a ninguno de los animales, para evitar casos de obesidad”.

De ahí, también, la importancia de una dieta equilibrada, teniendo en cuenta que todos los animales –desde los protozoarios hasta los primates– necesitan de la combinación de seis categorías de nutrientes: carbohidratos, agua, grasas, vitaminas, proteínas y minerales.

“Las proteínas son los bloques constructores del cuerpo, los carbohidratos dan volumen al animal, las grasas son la fuente principal de los ácidos esenciales, las vitaminas son necesarias para el proceso de metabolismo, el balance de minerales debe ser el adecuado y el agua es vital, sobre todo en los recién nacidos, que requieren de alimento con un contenido del 71 al 85 por ciento en agua".

La alimentación en cautiverio
En el serpentario, serpientes de cascabel, boas y demás familia se deslizan tranquilamente por sus cubículos de cristal. Ni siquiera prestan atención a un puñado de ratoncitos blancos que revolotean a su lado, a pesar de que son su alimento más habitual. Lo que pasa es que sólo comen cada dos o tres semanas, y todavía no les toca.

Aunque depende, pues una cascabel que está en período de gestación, por ejemplo, se alimenta más que el resto. Asimismo, las cascabeles lactantes deben comer cada siete días en vez de cada 15 ó 21. Actualmente, el zoológico se provee de ratones gracias a un convenio con el Instituto Nacional de Laboratorios de Salud (Inlasa), por el que éste les proporciona ese alimento a cambio de burros para elaborar sus sueros antiofídicos.

Todo cuenta. Por eso a la hora de distribuir el alimento se deben tener presentes múltiples factores, desde que el animal esté en su época de hibernación –en la que no suele ingerir sólidos– hasta las características propias del cautiverio.

Y es que es muy diferente la dieta en vida libre a la que puede proporcionarse desde un zoológico.

Por eso, los espacios tan cerrados implican riesgos. "Uno de ellos es la hipervitaminosis. Otro, las fallas o problemas reproductivos, muchas veces debidos al estrés".

Por otro lado, la falta de variedad puede llevar a un desinterés por la comida e incluso a la caída de los dientes si ésta no estimula la masticación. "En este sentido, a los leones se les da músculo, piel, hueso y órganos; y a los osos, en ocasiones, se les ofrece pescado. Asimismo, tenemos una fauna doméstica, compuesta fundamentalmente por llamas, caballos, conejos y ovejas, destinada a variar más la dieta".

Un caso aparte, mientras, son los animales de hábitos nocturnos, como los mapaches o las martuchas, a quienes igualmente se les proporciona el alimento para después, al día siguiente; se hace un control de aquellos insumos que han consumido y los que han despreciado.

Comportamientos peligrosos
En la jaula de los monos araña, mientras, se concentran siempre todas las miradas, sobre todo las de los más pequeños, que no suelen dejar pasar la oportunidad para extender la mano y ofrecer a los primates lo que ellos mismos están saboreando, desde un simple dulce hasta helados o pastillas.

"Esto es un problema –advierte Freddy Paredes–, sobre todo los feriados y domingos, días en los que es más difícil realizar un control estricto. Así, los últimos años hemos tenido bastantes decesos por obstrucción debido a cuerpos extraños, como plásticos, además de casos de indigestión y vómitos, claro signo de que los animales han ingerido alimentos fuera de su dieta".

Por esta causa, un león llamado Bizco murió en el 2003 a causa de una astilla de madera. Y más de un mono silbador ha pasado al otro mundo por tragarse una bolsa. Con todo, el índice de mortalidad ha bajado considerablemente.

Cuando los animales se enferman, los síntomas, por lo general, son visibles. "Normalmente –explica Luis Alberto Oña, guardafaunas de 21 años– dejan de comer. Entonces, no queda otra que ponerlo durante un tiempo en cuarentena".

"Los apartamos hasta que se recuperan, y se les hace un control parasitológico y una vitaminización adecuada". Un proceso similar se sigue con los animales donados por los circos, pues llegan al Vesty Pakos desnutridos. Y a los que son capturados en vida salvaje hay que acostumbrarlos al cautiverio. "Primero, se suele realizar alimentación forzada y luego ya comen presas vivas".

Otras enfermedades comunes, entre tanto, son los males que afectan a la piel, producidos por infecciones, hongos y larvas de moscas.

Frutas y verduras de primera
En el área de los pecaríes, un coro de gruñidos anuncia que está llegando la comida. Como la mayor parte de los animales, su dieta consiste en frutas y hortalizas. Y hay que tener cuidado con ellos cuando tienen hambre y van en grupo, pues pueden incluso atacar.

"Aunque a su cuidador lo reconocen –apunta Paredes–. Saben muy bien cuál es su olor y a qué hora acostumbra a traerles la comida".

Los tapires, en cambio, son bastante mansos y, al igual que los pecaríes, forman parte de la fauna herbívora o frugívora del zoológico, categorías dentro de las que también encajan venados, ciervos de pantano, jukumaris y tortugas.

No es de extrañar, entonces, que cada año se consuman toneladas de productos traídos desde zonas como Yungas y el Chapare, y que al mes se gasten más de 15.000 bolivianos en frutas de estación, verduras, derivados secos y forrajes.

Las dos señoras encargadas de preparar los alimentos para cada especie son Lourdes Lema y Emilia Losa, quienes acomodan todo lo que traen los proveedores en barreños de diferentes tamaños, según las características del animal.

"Los que menos comen son los loros, pues las cantidades que el cuerpo necesita van, casi siempre, en relación con el peso y el tamaño".

El cuidado y la higiene, por otro lado, son fundamentales. Por eso, los espacios y las jaulas se limpian a diario y el agua también se cambia a primera hora de la mañana.

Un trabajo de todos
Nada de esto sería posible, sin embargo, sin un trabajo de grupo, pues el engranaje del Vesty Pakos depende tanto de los 11 guardafaunas, el matarife, los tres veterinarios, el educador y el biólogo como de los encargados de la administración.

En total, son 46 personas que están intentando que el centro ascienda de categoría. "Estamos buscando ser el primer zoológico de Bolivia con certificación internacional, para lo que tenemos que implementar un plan de enriquecimiento ambiental para que los animales mejoren sus condiciones", dice María del Carmen Camacho, directora del Vesty Pakos.

Una de las especies beneficiadas posiblemente sea la de los majestuosos cóndores, cuya actual burbuja de metal resulta insuficiente. Además, los pobres tienen que soportar que nutridas bandadas de alkamaris, aves intrusas, incursionen en sus dominios para devorar las vísceras, su alimento principal.

Pero la naturaleza, dicen, es sabia, y los mismos tramposos alkamaris que se roban la comida ajena son víctimas después de pumas, leones y jaguares, a quienes de vez en cuando les da por recordar sus ya casi olvidados hábitos de caza.