
Publicado en la revista Escape / Autor: Álex Ayala Ugarte
La biblioteca de Luis Ríos Quiroga es chica, con olor a lúgubre, tanto que a ratos, cuando sus puertas están cerradas, se asemeja a un ataúd, o al menos a un pequeño panteón de esos que dicen de familia. Sus muebles, que parecen justamente acondicionados para ese espacio de dos por dos, son más viejos que Matusalén y no hay estante que no esté repleto de recortes y de libros, la mayoría de ellos autografiados por los autores. Tampoco faltan la habitual máquina de escribir, de por lo menos hace tres o cuatro décadas, ni periódicos ya amarillos, narrando mil y una batallas, apilados en las últimas baldas, tocando casi el techo.
Luis Ríos, investigador literario y del folklore boliviano, es un poco como el resto de los sucreños, y del sucreño aseguran que es sentimental y romántico. Luis, además, es ya un renglón inevitable dentro de la historia de la bohemia chuquisaqueña. Así, sin abandonar nunca sus gafas discretas de fino alambre, una sonrisa de dientes bien montados y una leve entonación de cejas cuando conversa, ha formado y todavía forma parte de varios de los grupos literarios y artísticos que han revolucionado Sucre. Uno de los últimos, y quizás el más curioso, ha sido la Academia de la Mala Lengua Chuquisaqueña, fundada en el año 85.
“Si la Academia Boliviana de la Lengua tiene la divisa: Limpia, fija y da esplendor, la Academia de la Mala Lengua Chuquisaqueña también tiene la suya: Estimula y da escozor”, aclara Luis Ríos Quiroga. La “Mala Lengua” se dedica, entonces, a estimular el ingenio del idioma –un español defectuoso, una mala lengua, en un pueblo de raíces fundamentalmente quechuas- y a detectar “las cojeras” del lenguaje dentro de espacios tan comunes como vienen a ser los cancioneros populares y sus versos. Algunos de los que todavía integran la agrupación son: el historiador Hugo Poppe Entambasaguas, la cantautora Matilde Casazola, los hermanos Gonzalo y Ramiro Gantier –quienes sin ser españoles hablan un perfecto castellano, con sus ces y con sus cetas- o el propio Ríos Quiroga. Otros, como el pianista Fidel Torricos, verdadero ángel de la guarda de la música popular sucrense, ya fallecieron.
Sobre sus maneras, huelga decir que primero se reunían en la casa del difunto poeta Claudio Peñaranda –que perteneció a otro grupo llamado La Mañana-, donde había un piano vertical en la salita. Luego, han hecho sus encuentros igualmente en la casa de Ríos Quiroga, en la Junín, y en el domicio de Entrambasaguas, en la Bolívar. Esos ambientes, recogidos, han propiciado que la anécdota estuviera al orden del día. Luis las recuerda con cariño. “En cierta ocasión, en el afán de elaborar un diccionario de regionalismos, se discutió sobre el significado de la palabra quechua ‘q´ajchalo’. Finalmente, tras barajarse varias alternativas, el académico Victor Calderón Reyes dio el significado exacto: q´ajchalo es el don juan de las birlochas, personaje que enamora a las mujeres que no son de la alta alcurnia. Entonces, Manuel Giménez Carrazana, conocido por este tipo de correrías, se puso de pie para agradecer con una venia profunda la alusión a la faceta alegre de su vida”.
Los inicios, “La Mañana”
Pero la bohemia sucrense no hubiera sido la misma sin un singular comienzo de la historia. Los inicios se remontan a comienzos del siglo pasado, cuando en respuesta, sobre todo, a la excesiva beatería de la ciudad nació el grupo La Mañana. Por aquel entonces Sucre era una ciudad casi sin comunicación con el exterior y eso hacía que su gente fuera celosamente conservadora y religiosa. Por los prejuicios se llegó incluso a dividir la Plaza 25 de Mayo de acuerdo a las clases sociales. “Los adinerados paseaban por el centro, el pueblo por las aceras y los indígenas tres cuadras a la redonda -subraya Ríos Quiroga-. Las minorías plutocráticas hicieron creer al pueblo que por sus venas corría sangre azul”. Así, en el Palacio de la Glorieta se realizaban fiestas de costumbres versallescas al son de los valses de Strauss, con menosprecio de los aires nativos transmitidos a través de la cueca y el bailecito. No es extraño, entonces, que algunas tendencias de esa época se mantengan, aunque bastante disminuidas, hoy en día. “Por eso todavía se dice que en cualquier arbol genealógico de los sucrenses siempre aparece, al menos, un marqués, un duque o un cura”.
La Mañana nació, precisamente, como una reacción ante todo eso. Agrupó a escritores y artistas que tenían un espíritu revolucionario. Con ellos llegó el modernismo y cambió la estética, pero tuvieron la virtud de acomodar los temas tradicionales de la ciudad de Sucre, como el pasado heroico o el clavel rojo. Entretanto, el grupo se reunía en las tiendas redondas- que hacían las veces de dormitorio, comedor y cocina-, donde las cholas vendían mercancía en abarrotes y especialmente bebidas. “Allá armaban la farra y fue donde se levantaron los pentogramas del cancionero popular sucrense, donde se estrenaban las cuecas y bailecitos -con letra generalmente del poeta Claudio Peñaranda y música de José Lavadenz- cuando la Sucre más tradicional dormía ya desde las siete de la tarde. Eran historias de grandes dramas y dramas de grandes historias ”,retrata fielmente Ríos Quiroga.
En la peña, mientras, se daba cabida a todo tipo de expresiones sentimentales, ideologías y excentricidades. Vestían como les venía en gana y su obra iba de acuerdo con su vida. Algunos de sus miembros fueron los mencionados Lavadenz y Peñaranda, el poeta Nicolás Ortíz Pacheco, el cuentista Osvaldo Molina o el también poeta Mendieta. De este último, Ríos recuerda aún alguna de sus grandes gestas. “Por una apuesta, por un plato de comida y un vaso de chicha, se robó la Cruz de Popayán de la hornacina que la alberga en la Colón, y la botó en un basurero. En su lugar dejó una nota: Cristo se trasladó de domicilio”. Luego, mención a parte merece Nicolás Ortíz Pacheco, maestro de la ironía y el ingenio y protagonista de un sinfín de anécdotas. Sobre él se cuenta que una vez estaba realizando sus necesidades en la puerta de la Catedral cuando apareció su tía. “Nicolasito, no se puede hacer aquí”, le espetó. “Tía yo estoy pudiendo nomás”, fue su hábil respuesta.
Los otros grupos
Entretanto, otras agrupaciones siguieron los pasos de La Mañana. Tal es el caso de La Peña. Sus integrantes, entre los que se encontraban Gunnar Mendoza, Fernando Ortíz Sanz o Julio Ameller Ramallo, se reunían en el café La Florida, que ya no existe, y peleaban contra las tradiciones negativas. De entre ellos, Fernando era el personaje más curioso. A pesar de su condición de diplomático y de haber visto mucho mundo, se decía de él que mantenía un espíritu de aldeano y que sería incapaz de reconocer a Gabriel García Márquez si lo encontrara paseando en la Plaza 25 de Mayo. Pero personalidades similares poblaron igualmente otras de las peñas. Así, por ejemplo, en la Fraternidad los 13 acostumbraban a festejar sus cumpleaños con un reventón callejero de cohetes y cohetillos. Éstos mismos, además, compusieron un himno al enrollado criollo, comida fundamental en los mercados.
El Antawara, por su parte, también ha dejado escritos que ya son una leyenda. Es lo que ocurre con el huayño “Noches de Sucre”, composición serenatera de la ciudad elaborada, como ellos decían, con “hebras de hondo cariño”. Mientras, grupos como La Cuerda Mayo tampoco se han olvidado de los símbolos de la urbe chuquisaqueña. “Éstos lucían siempre en sus reuniones el típico clavel rojo, que recuerda a los labios de la mujer sucreña”, apunta Ríos Quiroga. Y la puntilla, quizás, la puso el grupo Anteo, cuyo poema “Pido la Palabra”, de Eliodoro Aillón, dio vuelta a todo Bolivia como los primeros versos de protesta del país.
Ante tanta actividad pareciera que no transcurriera el tiempo, pero no es así y, paso a paso, se han ido viniendo ya las épocas más actuales. De esta forma, algunas constantes, como el estímulo de la bebida priorizando siempre el intercambio de ideas, se han mantenido. Otras, sin embargo, se han perdido. Y es justamente a este último trecho del quehacer bohemio al que pertenecen la Academia de la Mala Lengua Chuquisaqueña y otro de los movimientos referencia, el grupo Hacheh, creado en el 82, comandado por Félix Arciénega, “Mimo” Pacheco y Edmundo Salinas y cuyos años iniciales fueron, realmente, de creación intensa.
“Bajo ese nombre –el Hacheh- funcionaba mucha gente: músicos, poetas, novelistas, fotógrafos, cuentistas… nos reuníamos y hacíamos proyectos pero, a parte de algunas publicaciones y exposiciones, nunca terminamos en nada serio. Un día quisimos discutir unos estatutos y terminamos tomándonos una botella de vodka, y nunca hubo ni estatutos ni nada”, recuerda “Mimo” Pacheco, que actualmente regenta el café tertulia de la plaza principal. Hubo un intento de revista aunque sólo se llegó a compaginar el primer número. Después, cada uno siguió su propio camino. Ahora, Félix Arciénega es quizá quien más mantiene ese espíritu reivindicativo que les llevó a unirse. Por eso, a las puertas de su café, el H, nunca falta un panel de denuncia. “Félix sigue peleando con todo Sucre”, ríe “Mimo”.
Luis Ríos Quiroga observa en la distancia. Hoy, los jóvenes también conforman sus grupos y sus peñas. Aunque él jamás ha dejado de impregnarse de la bohemia, que define como “un refugio de revolucionarios –en el sentido de cambio- e incorformes”. Luis atraviesa la puerta de su pequeña y bien armada biblioteca. A su vera, está el patio de la casa, con los aires coloniales de la España de otra época. Afuera, mientras, queda la ciudad de las paredes blancas, de la universidad y los cafés y de los templos. Luis cierra la puerta a sus espaldas. Sucre, ya callada, duermevela. Y así se roba un capítulo más a la bohemia.






