Quiero anunciar que a partir de ahora, debido a un incómodo episodio, he decidido moderar todos los comentarios que se quieran dejar en las entradas del blog. Pero no sin antes explicar la razón que me ha llevado a tomar esa decisión. Hace unos meses, a raíz del concurso de Miss La Paz, me interesé en hacer una nota sobre el mismo tomando como eje la perspectiva de un jurado. Para ello, solicité ser parte del jurado. Y unos días antes del evento me llegó la invitación y pude sacar adelante mi idea de reflejar el concurso desde la visión de un jurado. Después de que salió la pieza narrativa se me criticó desde la organización Mujeres Creando, entre otras cosas, porque entre mis datos no estaba lo gastado por la Alcaldía ni una queja en contra al Alcalde por ello. En esa ocasión se insinuó (sin pruebas, obviamente, porque no existen) que me habían pagado por mi trabajo. Y yo pensé que ahí quedaba la cosa.
Pero no fue así. Desde entonces, han comenzado a llegar mensajes anónimos a mi blog atacándome abiertamente y poniendo en duda mi ética profesional. Al ser anónimos, como es lógico, no sé la procedencia de los mismos. Por coinciendia en tiempos, es posible que el o la que los mande sea de Mujeres Creando. Pero no puedo probar semejante afirmación. De cualquier manera, para mí es lo de menos.
Lo grave aquí es que se esté intentando echar basura sobre mi nombre y mi desempeño profesional, con afirmaciones sin pruebas y sin base alguna. El famoso anónimo ha dicho que mi nota del concurso de Miss La Paz es una publinota. Y algo parecido sobre mi nota sobre Horacio Reducido. Para quien no conozca al personaje, puedo decir que Horacio Reducido es el protagonista de una campaña de una empresa de celulares. Y que captó mi interés porque enseguida se hizo famoso y se robó la atención de mucha gente. Por eso, decidí hacerle un perfil, un perfil que para el anónimo era una publinota porque no se menciona lo que la empresa gastó en la campaña. Y yo me pregunto: ¿Si haces un perfil de alguien conocido tienes, por ejemplo, que desvelar los datos de su cuenta bancaria? Me parece absurdo en la mayoría de los casos. Y en éste, yo reflejé la vida del personaje y del tipo que le da vida; y no la de la empresa. No venía a cuento. Y no creo que sea algo que se puede calificar como malintencionado. Y tampoco que la pieza sea una publinota. Y aclaro, por si acaso, que nadie me pago por ella.
Pero eso no es todo. Hace unos minutos he visto, con sorpresa, que se me acusa de plagio por una nota que he escrito de un benemérito que cumplió 100 años hace un mes más o menos (y que murió hace una semana). Se argumenta que ya en La Razón se había hecho anteriormente, en 2006. ¿Desde cuándo es plagio retratar a un personaje que ya lo han retratado otros compañeros? Sería plagio si me hubiera copiado la nota, algo que no hice. Es más, cuando salió en La Razón yo dirigía el dominical Escape, donde fue publicada. Y mientras escribía mi nota para el semanario Pulso le llamé a Javier Badani, el que escribió la nota de La Razón, para decirle que estaba escribiendo del benemérito. Él me autorizó a usar sus citas. Cosa que no hice, pues tenía información de primera mano sobre él. Por otro lado, la razón para hacer esa nota es que quedan pocos beneméritos y me parecía importante el hecho de que éste cumpliera 100 años. Y no veo ningún mal en que se vuelva a escribir de alguien si la ocasión lo merece. ¿Cuántos perfiles se han hecho en el mundo sobre Evo Morales? Muchos. Y según la lógica del anónimo todos los que siguieron al primero que se hizo deben ser plagio. Pero bueno. Les invito a que lean mi nota y la de La Razón y me digan si es la misma.
No me quiero alargar más. Considero que el anónimo tiene algo personal contra mí y lo refleja en sus mensajes. Así que ya no voy a abrir más este blog para que el tipo o la tipa que deja los mensajes me ataque y manche mi imagen por divertimento. Los que me conocen saben que soy un periodista con ética. Es más, ni siquiera hago entrevistas por teléfono. Todo lo hago frente a frente con mis fuentes. Nunca me han pagado por hacer publinotas, porque simplemente no hago publinotas. Y pongo el corazón en lo que hago. A veces, quizás con acierto y, a veces, quizás con desacierto. Pero lo pongo.
Finalmente, me parece de cobardes hacer acusaciones tan graves sin poner nombres y apellidos. Pero bueno, cada quien es dueño de esconderse si es que le parece válido.
Estoy seguro de que los ataques continuarán, pero ya no por intermedio de este blog.
Pido disculpas a los que lo leen, porque desde ahora moderaré las entradas. Aceptando críticas, claro está, pero ya no injurias.
Un abrazo,
Álex Ayala
jueves, septiembre 10, 2009
sábado, agosto 15, 2009
UN DÍA MÁS CON VIDA, LOS 100 AÑOS DEL BENEMÉRITO LORENZO RIVERO RÍOS

Lorenzo Rivero vive postrado en una silla de ruedas y es el último guerrero de los que combatieron en la Guerra del Chaco que queda actualmente en Tiahuanaco. Ha visto cómo Bolivia nacía y moría muchas veces. Y es por eso quizás que su presencia con nosotros se podría catalogar como un milagro.
Texto: Álex Ayala Ugarte / Fotos: Patricio Crooker
Cuentan que hace algunos lustros Lorenzo Rivero Ríos fue recriminado por su tía cuando paseaba con bastón por las calles de la localidad de Tiahuanaco. Ella, con 112 años, estaba tomando una cerveza fría y se reía. “Tan joven y utilizando ya bastón para caminar”, se hizo la burla. Y Lorenzo, quien unas décadas atrás había jurado que prefería ahorcarse antes que llegar con achaques a los 60, quizás avergonzado, sólo aceptó a devolverle tímidamente una sonrisa. Por aquel entonces, él sobrepasaba por mucho los 60; y junto a su tía era ya uno de los más longevos del pueblo.
Muchas lunas han pasado ya desde aquel instante. Son las once y media de la mañana del 8 de agosto y el anciano descansa ahora sobre una silla de ruedas. Aunque cumple 100 años el lunes 10 (precisamente el día de San Lorenzo), está a punto de recibir un homenaje de sus vecinos. En este momento, le rodean ya parte de sus nueve hijos: Angélica (70), Ana María (69), Raúl (67), Waldo (63), Aida (59), Lidia (57), Gonzalo (54), Dámaso (50) y Esther (47). Entre todos ellos suman 536 años. Y entre Lorenzo y su esposa, 189, y más de 70 de matrimonio. Si la vida, como dicen, es un suspiro, la suya ha sido una sucesión interminable de ellos. Una carrera de larga distancia llena de pequeños y de grandes obstáculos.
En el trayecto, que comenzó en 1909, Lorenzo ha visto pasar a 39 presidentes. Ha sido testigo del regreso en 2002 del monolito Bennett –que se hallaba en La Paz desde 1933– a sus orígenes, las ruinas que circundan Tiahuanaco. Ha sobrevivido a una guerra –la del Chaco contra Paraguay (1932-1935)–, a una revolución –la del 52, con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) a la cabeza– y a sangrientas dictaduras. Ha fumado cientos de cigarrillos y ha apurado con gusto decenas de copitas de singani, siempre puro.
La Paz tuvo hace poco su Bicentenario. Sucre también celebró recientemente el suyo. Y Tiahuanaco tiene hoy en él a un centenario hecho y derecho. En este caso, además, de carne y hueso.

A la guerra por 20 pesos
Mientras espera en un patio por donde el sol se revuelve a su antojo, como si los rayos de luz fueran diminutas motas de polvo esparciéndose de un lado para otro, Lorenzo disfruta con tranquilidad de un pedazo de pollo envuelto entre granos cocidos de arroz blanco.
Blinda su cuerpo con una gruesa gabardina verde y una boina bien calada. Sus arrugas, asimétricas, parecen el dibujo mal hecho de un escolar en el primer día de clases. Su mirada, a ratos, está ausente. Y mueve la mandíbula compulsivamente, como si estuviera rumiando en su mente una frase detrás de otra. Aunque al final no se anima a pronunciar palabra.
Su deterioro es evidente. Sentado como está parece una estatua, estática, absorbida por un silencio omnipresente. Bajo su ropa oculta cicatrices del campo de batalla, como los restos de una herida producida por una bala que casi le atraviesa el brazo. Lorenzo jamás hubiera imaginado que el simple hecho de robarle 20 pesos a su padre, Andrés Rivero, iba a ser sentencia suficiente como para condenarle a vagar entre las miserias de una confrontación bélica.
“Antes del conflicto entre Bolivia y Paraguay –rememora Dámaso, su penúltimo hijo–, mi padre vivía con mi abuelo en el pueblo. En aquella época, tener 20 años, como mi padre, y no estar casado estaba mal visto. Y mi abuelo siempre le insistía en que ya era hora de que se fuera de la casa. Mi padre, entonces, se resintió y le sacó los Bs 20 para emprender un viaje por Bolivia. Con tan poca plata, claro, no llegó muy lejos. Y acabó en las minas, no recuerdo muy bien si en las de Oruro o en las de Potosí.
“Como minero no duró mucho –continúa–, pues sufrió bastante por el hambre y por el frío. Y decidió cobijarse en La Paz, en la casa de una de sus hermanas mayores. Desde allá, mandaron un telegrama urgente a su padre. ‘Lorenzo ha aparecido’, decía. Pero, mientras mi abuelo recorría el trecho entre Tiahuanaco y La Paz, mi padre entró en pánico por lo de su hurto infantil y decidió alistarse en el Ejército para ir al Chaco”. Toda guerra tiene un precio. A Miguel de Cervantes, el autor de El Quijote, le costó un brazo; al Dalai Lama, máxima autoridad espiritual del Tíbet, un exilio; y a Lorenzo, Bs 20.
Un 15 de septiembre
Son las doce de la mañana y el anciano ha cambiado su imagen por completo en media hora. Pese a que es sábado, viste ahora de domingo: un terno de un gris solitario lleno de condecoraciones en la solapa derecha, corbata, medias negras y zapatos bien lustrados. Sus cejas parecen una leve pincelada. Y su pelo, como escarcha, escaso y caprichoso, trata de escaparse por entre los bordes de una gorra de soldado que lleva una escarapela con los colores de la bandera boliviana –rojo, amarillo y verde– en el centro.
Empujado por una de sus hijas, Aida, su silla de ruedas tarda más de la cuenta en recorrer la media cuadra que los separa de la plaza, pues en el camino, como si estuviera en medio de una procesión, se detiene una y otra vez para saludar a los amigos y conocidos, quienes se le acercan normalmente hasta estar a menos de un palmo de su cara para hablarle a gritos.
Lorenzo no escucha casi nada. Su audífono tiene la misma presencia que un Mercedes Benz último modelo, pero el oído del benemérito no está ya para muchos trotes. Su sordera es profunda. Es por eso que su única respuesta suele ser una rápida sonrisa, limpia y serena, que va un poco más allá del mero acto reflejo.
Unos pasos detrás suyo, mirando al empedrado, camina ayudada por un bastón Lucía Chávez, su esposa, de 89 años y ojos redondos como canicas. Los surcos que pueblan sus manos y su rostro, interminables, producto de la sequedad del Altiplano, recuerdan al cuero viejo. Y ella es un poco como Lorenzo. Ni un murmullo sale de su boca.
Ya en las puertas del templo, una compacta edificación de piedra labrada con una sola nave que terminó de construirse en 1612, no demoran mucho en rodear a la pareja de ancianos todos sus hijos. A su lado está Dámaso, quien físicamente tiene un parecido increíble a Alan García, el presidente peruano, tanto en el porte como en los rasgos. Sin embargo, como Lorenzo, está anclado a tierra por una silla de ruedas.
“Estoy así desde el 15 de septiembre de 2003 –explica con cierto aire de resignación–, cuando al retornar de Tiahuanaco no me di cuenta de que había piedras en la calzada por un bloqueo y estrellé mi carro. Me quedé atrapado entre los fierros y el golpe afectó mi columna”. Lo que no confiesa Dámaso es que los bloqueadores, fuera de sí, no quisieron ayudarlo. Es más, incluso trataron de quemarlo con su familia adentro. “Paradójicamente –añade–, mi padre cayó preso de los paraguayos también un 15 de septiembre”.
Son las doce y media y la gente entra en comitiva dentro de la iglesia. El portón es estrecho y entre varios alzan la silla de ruedas de Lorenzo, con él encima, para que lo atraviese sin problemas. Semi tumbado, se ve como un herido de guerra, pero no abandona en ningún momento el gesto marcial que le caracteriza: el tronco recto y la vista al frente.

Tiro de gracia
Los que han combatido en un campo de batalla saben que la guerra no perdona; y que se aparece después una y otra vez como un fantasma. Por las noches, las balas silban nuevamente. Los morteros estallan. Los compañeros muertos se mezclan con los sueños. Y los viejos fusiles son desempolvados de vez en cuando para hacer memoria. La guerra siempre está ahí, con su alargada sombra, a la espera quizá de asestar el definitivo tiro de gracia.
Ya no lo hace, pero hasta hace poco Lorenzo rememoraba sus historias en el Chaco constantemente, como si hubieran ocurrido ayer. Y en una conversación que tuvimos con él hace poco más de dos años sus ojos centelleaban como en el frente, cuando los “pilas” y los “bolis” (paraguayos y bolivianos) parecían haberse declarado un odio eterno.
En aquella ocasión, Lorenzo caminaba con andador y a pasos muy cortos. Se hallaba en su húmeda tiendita de abarrotes, justo en la esquina de su casa, de anaqueles ya casi vacíos, donde se solía sentar –todavía suele hacerlo– para “vender” poco más que su presencia.
“Cuando me alisté –contaba entonces con un tono de discurso, como arengando al pueblo–, primero me mandaron al Palacio de Gobierno como guardia presidencial de Salamanca (1931-1934). Los paceños nos insultaban. Cobardes, nos decían, que hacen ahí, vayan a la guerra. Y ‘desertamos’ del Palacio para unirnos a un contingente que se dirigía al Chaco”, donde al que fallecía se le consideraba un bienaventurado.
Como refleja el Antiguo Testamento, los judíos, guiados por la vara de Moisés, encontraron su salvación a orillas del Mar Rojo. Durante la Segunda Guerra Mundial, los rusos sepultaron a los nazis gracias a su inapelable “invierno blanco”. Pero los bolivianos no hallaron más que desolación en lo que se vino a denominar “el temible infierno verde”.
Debido a la distancia con la sede de Gobierno –Asunción, capital de Paraguay, estaba más cerca–, la comida y el agua escaseaban. Por eso, era muy común beber orín o engañar al estómago hasta con la suela de los zapatos. Y los soldados incluso tostaban a leña la nube de piojos que se arrancaban pelo a pelo. Pero ni eso a veces servía. Según Lorenzo, “allá se moría de sed, de hambre y de pena”.
“Llegamos sin ninguna preparación. Ni siquiera sabíamos lo que era el trópico. Los paraguayos, además, tenían armamento que nosotros ni habíamos imaginado, como los lanzallamas. Las balas parecían granizada. Y con los primeros heridos, abiertos por la mitad, nos asustamos”.
Lorenzo se convirtió en héroe –“en guerrero”, según él–, en la famosa “batalla del kilómetro 7”, en la que alrededor de 1.000 reclutas, la mayor parte de ellos voluntarios, resistieron durante tres jornadas consecutivas el avance del enemigo.
Pero un tiempo después el benemérito cayó preso en un lugar conocido como Siete Pozos, donde él y otros conscriptos, casi sin munición, fueron abandonados.

¿Cómo están ustedes?
Fría y en penumbras, la iglesia es una antítesis del Chaco, que era caluroso e implacable. Es la una menos veinte y se halla ya repleta. Muchos de los que engordan sus bancas de madera son ancianos, pero, salvo Lorenzo, ninguno de ellos benemérito de la mentada contienda.
De los más de 200.000 jóvenes –según algunas fuentes– que combatieron en la guerra, hoy en día sobreviven menos de 1.500 –con una pensión vitalicia de tan solo Bs 1.326–, lo que explica que el templo esté marcado por esas ausencias.
Comienza la misa de celebración y Claudio Patti, el cura, de 65 años, con un micrófono aferrado a su batón blanco, se dirige a los feligreses con la misma habilidad que un showman de feria.
“Buenas taaaardes, hermanos. ¿Cómo están ustedes?”, pregunta a voz alzada. Nadie responde. “Otra vez: ¿Cómo están usteeedes?”. “¡Biiieeeeen!”, contestan todos a coro”. “No se escucha, una vez más: ¿Cómo están ustedes?”. “¡Bien!”, vuelve como un huracán, de nuevo, la respuesta. “¿Y díganme: ¿Cuántos años cumple el tata Lorenzo?”. “¡Ciiieen!”. Hasta la cúpula retumba.
Don Lorenzo, flanqueado por sus hijos, observa un tanto ajeno los frescos de las paredes. Hasta que el ritual de la consagración parece sacarle de su particular letargo. Entonces, uno a uno, los vecinos se le acercan para abrazarle. Sus ojos son como un volcán en erupción. Y emocionado alza repetidamente un brazo al cielo.
Luego, llega el momento de las intervenciones. Un compadre lo compara con “un tronco del que nace todo”. Y otro recuerda su etapa como cuidador de los predios de la iglesia, en la que un día casi le llevan detenido por haber aniquilado con su fusil Mauser a dos ovejas de un señor que hacía pastar a su ganado en los recintos eclesiales. “Nos tocó comer asado de oveja durante dos semanas”, sonríe ahora su hijo Dámaso.
Los aplausos despiden finalmente la celebración. Y afuera, otro homenaje. En medio de la plaza, Lorenzo recibe una réplica de uno de los monolitos de las míticas ruinas tiwanakotas. “¡Viva Tiahuanaco!”, exclama. El Mayor Marcelo Uribe le condecora con la medalla de los satinadores –un grupo militar de élite–. “¡Viva el Ejército de Bolivia!”, grita el anciano. Suena a continuación la banda castrense con las notas del himno de Bolivia y Lorenzo acerca su mano al pecho. Después, llueven las fotografías. Y él, mientras, permanece inmóvil, como si hubiera estado años esperando por una instanánea que lo inmortalizara.
Tras las tomas de rigor, los allí presentes desandan los pasos para retornar a la casa que aún le da cobijo al benemérito. Y la música militar les acompaña solemne hasta la misma entrada.
Los dientes de oro
Escoltado, pero por el Ejército paraguayo, en los años treinta, a mitad de la contienda, Lorenzo conoció el territorio del país vecino. “Y salvó una vida –acota Dámaso–. Con él iba un amigo minero que tenía mucha plata y varios dientes de oro; y los paraguayos tenían la mala costumbre de cortar cabezas para sacarse los implantes. Entonces, para que no lo ajusticiaran, Lorenzo hizo creer que su compañero no habría la boca porque era sordomudo”.
En Paraguay, entre tanto, a él y al resto de los apresados les tocó servir casi como esclavos. Pues mientras los “pilas” prisioneros se dedicaban a habilitar carreteras como la de los Yungas en Bolivia, ellos se hacían cargo de las plantaciones enemigas. Sin pausa, pero también sin “tregua”.
Según relata Dámaso, “mataban las plantas disimuladamente para dejar al Ejercito rival sin suministros; y mantenían la moral en alto gracias a una lata de cañazo–aguardiente de caña capaz de tumbar a un toro– que habían conseguido robar en los almácenes paraguayos”.
La salteña de la felicidad
Son las dos de la tarde y la fiesta en el hogar de los Rivero se inicia con un conjunto de mariachis que “presenta armas” bien uniformado, de un negro funerario que les hace verse como cuervos. Lorenzo y su mujer disfrutan desde la primera fila. Los músicos tocan “Jalisco”, “El Rey” y los nueve hijos de la pareja le dedican al anciano el “Viejo, mi querido viejo”, de Piero.
Un rato más tarde, algunos de los nietos y biznietos –más de una decena– se acercan a su abuelo para depositar una rosa cada uno en su regazo. Pero nada llena más de felicidad el rostro de don Lorenzo que las salteñas que se reparten entre los invitados, como si en ese pedazo de comida que sujeta entre los dedos se condensaran sus 100 años.
Trago, almuerzo y torta constituyen el último aperitivo, además de la actuación de Los Curucusi, un conjunto que se define a sí mismo como de “malavidas”. Y la cabeza de Lorenzo, a tono con el festejo, es ya un bombardeo de mixturas.

El monolito Rivero
Dos de los hijos de Lorenzo, Aida y Waldo radican en Europa. Y otra buena parte de la familia lo hace en La Paz. Pero ninguno de ellos ha conseguido que Lorenzo y su mujer abandonen Tiahuanaco. “Mi papá es el monolito Rivero, de su pueblo no hay quien lo mueva”, reconoce Dámaso. Es por eso que cuenta con la atención permanente de una enfermera y la visita de su prole, por turnos, los fines de semana”.
“La mejor medicina para él, sin duda, es Tiahuanaco –recalca, por su parte, Juan Carlos Valda (38), uno de sus nietos más creciditos–. Una vez lo trasladamos a La Paz porque se había caído y, para que fuera al médico, le teníamos que engañar diciéndole que regresábamos a Tiahuanaco, hasta que ya no aguantó más y nos obligó a que lo retornáramos en serio. Pero con toda la razón, pues no tardó mucho en curarse”.
En la población del Altiplano, su rincón preferido es su tiendita. Desde allí ha visto cómo crecía su país algunas veces y cómo se hundía en otras ocasiones. Allí, a pesar de que no era santo de su devoción, sirvió cerveza al ex presidente Víctor Paz Estenssoro en una de sus “giras”. Y allí se sienta siempre a esperar con calma el mayor regalo que puede recibir un benemérito a estas alturas: un día más con vida.
CUADRO- EL MITO DE LOS HÉROES DEL GAS
Texto: David Busto Izquierdo
El Gobierno boliviano aprobó hace ya un buen tiempo la nacionalización de los hidrocarburos mediante un Decreto Supremo que denominó “Héroes del Chaco”. Entre poco y nada se ha reparado en el simbolismo que este nombre encierra. Sin embargo, en el substrato donde arraiga esta medida –que la Historia, con mayúsculas, consignará como la tercera gran nacionalización boliviana– reside otra historia menuda, dolorosa y palpitante, que hay que conocer si se quiere entender lo que está pasando en Bolivia.
A mediados de 2002, el diario para el que trabajaba en La Paz me encomendó entrevistar a tres de los últimos excombatientes de la Guerra del Chaco. Aquel mes de junio se cumplían 67 años del alto el fuego con el Paraguay, de ese día de 1935 extraviado en las enciclopedias en que paraguayos y bolivianos –“pilas y bolis”– se encontraron, sin las armas con que se habían matado tres años, sobre las arenas candentes del Chaco Boreal para abrazarse como hermanos.
A los beneméritos, tal como se los conoce popularmente, se les podía ver aún en los bancos de la plaza San Francisco como un condimento inconfundible del paisaje paceño: la mirada extraviada, el atuendo humilde y la chapa honorífica con la bandera tricolor en la solapa. El 26 de cada mes, racimos de estos nonagenarios acostumbraban a guardar fila, con las primeras luces del alba, en las taquillas del Estadio Nacional para cobrar su pensión de hambre.
Poco conocía uno de aquella guerra y la historia me sedujo por el camino de lo literario. Una guerra de trincheras en un espacio mítico, donde la nada se condensa y el sol es un azote que se filtra entre la maraña de árboles esqueléticos... Hombres de guerrera que son fantasmas sedientos, atrapados en la inmensidad verde ceniza. La mayoría, indios del Altiplano –analfabetos, siervos de la hacienda rural– empujados al frente como carne de cañón, sin haber oído nunca hablar de la patria ni de Bolivia. “Los bolivianos vienen de la heladera al horno [...]. Aquí mueren por bala, pero más mueren de sed”, escribiría Eduardo Galeano en su Memoria del fuego.
Me pareció ver allí la gran tragedia de los dos pueblos más pobres de Sudamérica (en alpargatas los soldados bolivianos, descalzos los otros) enzarzados en una de las sangrías más absurdas de la historia. “Obligados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama” (Galeano).
¿La causa? Parece claro que Bolivia buscaba un acceso al Atlántico, después de que Chile la despojara de su salida al Pacífico en 1879. Con todo, para el imaginario colectivo boliviano, aquella guerra quedaría para siempre como una matanza entre dos hermanos instigada por las petroleras Shell y Standard Oil, que, supuestamente, se disputaban el oro negro del Chaco. Aquel petróleo nunca se encontró y el escenario del drama, inmenso osario sólo poblado por los fantasmas de 100.000 soldados muertos, volvió a ser el desierto que era.
Muchos años después de la confrontación, a fines de los años 90, las prospecciones del subsuelo boliviano revelarían las segundas mayores reservas de gas natural de toda Sudamérica. Lo curioso es que el gas había brotado justo en el área que hubiera sido hoy de Paraguay, si las tropas bolivianas, perdido ya el Chaco Boreal, no hubieran detenido el avance enemigo en un último esfuerzo agónico.
Entonces, los beneméritos volvieron la vista atrás para descubrir que sólo les quedaba el pasado. Y lo reconstruyeron a su modo. Reinventaron el Chaco como la guerra por el gas y el petróleo. Es por eso que quienes antaño fueron empujados al matadero sin saber por qué, declaran ahora, con toda seriedad, haberse sacrificado para defender unas riquezas que aún no se habían descubierto.
Más información: www.patriciocrooker.com / www.losheroesdelgas.blogspot.com.
sábado, agosto 01, 2009
MICHAEL JACKSON MADE IN BOLIVIA

En un concurso de dobles de Michael Jackson, Álex Sáenz, sin duda, ocuparía uno de los primeros puestos. Pasión, muerte y resurrección de un fanático del Rey del Pop.
Texto: Álex Ayala Ugarte / Fotos: Álex Ayala y Álex Sáenz
Rewind. 25 de junio de 2009. El mundo se convierte en una pantalla de televisión. Michael Joseph Jackson, bautizado por la crítica como el Rey del Pop, séptimo hijo de una familia de nueve hermanos, da su último paso de baile. Su muerte se registra a las 14:26 horas. Sufrió un parco cardiopulmonar una hora antes en su fastuosa mansión de Holmby Hills, que alquilaba por 100.000 dólares al mes. Su cuerpo, el de un licenciado con honores en la industria del espectáculo, luce tranquilo. Los medios, con sorpresa, anuncian la tragedia. En google aparecen 269.000.000 de entradas al poner su nombre. Y su médico personal, Conrad Murray, de 51 años, es interrogado como sospechoso de homicidio involuntario por haber despachado las recetas que conformaron el supuesto cóctel fatal que derivó en su inesperada muerte: Xanax (ansiolítico), Fentanyl y Vicodin (analgésicos), Dilaudid (narcótico) y Diprivan, un anestésico intravenoso para dormir a los pacientes antes de una operación.
Play. El mismo día. Álex Sáenz, 34 años, más conocido como el Michael Jackson boliviano se detiene frente a una vitrina para observar un disco compacto. “The King of Pop”, dice la tapa. Es una recopilación de grandes éxitos. “Lo compro o no”, piensa durante un instante, y finalmente pasa de largo, como si se tratara de una isla desierta en la que uno no pudiera encontrar nada. Luego, en su casa, su abuela se para frente a un póster de la gira History, en el que un Jackson metálico es caracterizado como una estatua. ¿Él es Michael, no?, pregunta. Un poco más tarde, Álex sorprende a su sobrino dibujando esa misma imagen. Al rato, suena el celular. “Michael ha muerto”, dice una voz al otro lado. Es una amiga de Álex. Éste no se lo cree. Prende la tele. Dos horas después, llora.
Stop. “Yo todavía no lo concibo. Para mí es como si se hubiera ido de gira”, suspira ahora, como si el artista hubiera nacido sin fecha de vencimiento. Lo hace mientras suena una canción de fondo. Y es que lo de Álex, como dijo en su momento el periodista Julio Villanueva Chang sobre el tenor peruano Juan Diego Flórez, fue “amor a primer oído”.

Nunca jamás
Rewind. Neverland, ese “país de nunca jamás” que Jackson construyó a su imagen y semejanza en California, y que tuvo que vender por el acoso de los paparazzi y por las deudas, reflejaba justamente lo que fue su vida: una gigantesca montaña rusa. En el rancho, que fue su hogar entre 1988 y 2005, saboreó las mieles del éxito gracias a trabajos como Bad –32 millones de unidades vendidas– y Dangerous –30 millones–. Pero allí también descubrió que todo tiene su lado blanco y su lado negro (Black or white), al ver como las demandas judiciales en su contra por pedofilia –que más adelante se demostrarían infundadas– se agolpaban en su escritorio. Y allá, pocos días después de su fallecimiento, supuestamente ha sido visto (y filmado) su fantasma.
Play. La casa de Álex bien podría ser un pequeño mausoleo. En las paredes cuelgan fotografías de Michael en diferentes poses: con la mirada perdida, con aires de mafioso o enfundado en uno de esos trajes de brillos y luces que lo alumbran todo. Y debajo se agolpa la colección de casetes, postales, publicaciones y prendas que recuerdan al artista.
“Cuando él se fue –confiesa Álex–, es como si hubiera querido decirme adiós. Yo antes vivía solo en otro lado, en un lugar al que llamaba la “Casa Jackson”, pero me mudé aquí con mi familia y dejó de ser entonces la “Casa Jackson”; y esto fue tan sólo unos días antes de su muerte. Además, poco antes también, después de tiempo, me había transformado en Michael para un spot (que aún no se ha estrenado) de una empresa de telefonía. Me preparé como nunca. Me compré medias blancas y gafas nuevas. Por eso, es como si hubiera sido todo, sin saberlo, una despedida”.
Stop. La voz de Álex es suave, nace intensa y de a poco se esfuma como el humo. Algunos pelos, al estilo del Rey del Pop, le caen formando semi bucles por la frente. Tiene barba de varios días, un arete en la oreja izquierda y viste una chaqueta ajustada de cuero un tanto roquera. A primera vista, no se diría que es capaz de imitar a la perfección las coreografías de su ídolo, pero, cuando se “convierte”, es como una caricatura, arruga la cara, repite gestos y levanta polvo con los pies. En una competencia de dobles, seguramente no saldría mal parado.

Los objetos
Rewind. El pasado mes de abril, como si fuera una premonición, comenzaron a subastarse alrededor de 2.000 objetos del artista. Entre ellos, elementos decorativos, premios, muebles, pinturas, esculturas y antigüedades, amén de la chaqueta que lucía durante la inauguración de su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood (valorada en 20.000 dólares) y unos calcetines con joyas que llevó en una gira en 1981 junto a sus hermanos.
Play. Entre las posesiones más preciadas de Álex hay un guante con lentejuelas –cosidas una a una por su madre– que es igualito al del cantante y con el que ha dado la mano un sinfín de veces. También, un elegante sombrero negro de gángster, una chaqueta roja descolorida y algunas otras más con reflejos de fantasía, con las que bien podría engalanarse un clon de Jackson.
Por supuesto, dentro de esta lista no podía faltar la música. “Lo primero que tuve –hace memoria Álex– es este casete (lo muestra) con su primer álbum como solista (Off the wall)”. Y luego llegaron a sus manos videos, discos de vinilo –entre los que se encuentra Thriller en versión sinfónica– y compactos, la mayor parte de ellos traídos de países tan dispares entre sí como Japón, Italia, Alemania y Estados Unidos.
Por otro lado, un cojín bordado con la imagen del Rey y las fotografías gigantes del artista ocupan un sitial preferencial.
Stop. Pero la joya de la corona es una entrada, la que Álex adquirió para ver a Michael Jackson en Santiago de Chile en 1993. “Yo pensaba que sólo iba a poder disfrutar de él por la televisión y, mira, al final pude cumplir mi sueño. Y otro de mis objetos predilectos es este CD (me lo enseña), una entrevista de la que sólo sacaron 10.000 copias. La mía es la 4.353”.

El baile
Rewind. De Michael Jackson, el famoso bailarín Fred Astaire dijo una vez que “era como un diablo cuando se movía”. Y su definición no podía haber sido más acertada. A Jackson le debemos pasos como el mítico moonwalker (caminante en la luna), de antología, con el que desafiaba a la gravedad arrastrándose por el piso como si se hallara a bordo de una escalera mecánica; y otros movimientos como su célebre inclinación de 45 grados hacia delante, que lograba gracias a un calzado especial que él mismo había patentado.
Jackson era, sin duda, un gourmet de las coreografías. Y hasta el mismísimo Freddie Mercury confesó en un libro que se enamoró de él. Además, no le faltaban gestos hacia aquellos a los que consideraba su influencia. Sin ir más lejos, a Gene Nelly, cuando estaba ingresado en el hospital, le regalo los zapatos bañados en bronce que éste había utilizado en Cantando bajo la lluvia.
Play. Cuando baila, Álex Sáenz es como un huracán en el centro de la tormenta: una pierna hacia arriba; una mano en los genitales; el rostro desenfocado; el cuerpo inconexo, como si la cabeza perteneciera a una persona y el tronco a otra; la cara envuelta en un maquillaje blanco; los pies en una especie de nube; brazos de autómata; vestimenta de dandy; y una piel, como diría Joan Manuel Serrat, que “tiene el sabor amargo del llanto eterno”.
Stop. Álex ha actuado en inauguraciones, espectáculos privados y eventos promocionales. Da clases particulares a 20 dólares la hora. Y es también fotógrafo artístico y productor independiente. “A mí Michael me lo ha dado todo”, reconoce.
La prensa
Rewind. Hasta después de muerto, los medios se siguen haciendo mofa de Michael Jackson. Lo último: la herencia de dos millones de dólares que le dejó a su querida mascota, la coqueta mona Bubbles. Y antes fueron sus matrimonios, sus operaciones estéticas, sus extravagancias o su color la causa de la discordia.
Play. Álex tampoco tiene una buena relación con la prensa paceña, sobre todo con las televisiones. “Imagínate, me llamaban para hablar sobre si su nariz se le estaba cayendo o no, lo que me parece una falta de respeto –lamenta–. Sólo les interesa el show. Y cuando falleció únicamente querían que fuese a bailar para aumentar el rating, sin tener en cuenta lo que yo estaba pasando”. Por parte de otra gente, entre tanto, no han faltado las preguntas maliciosas. “¿Te gustan los niños?”, me decían.
Pause. A los ojos de Álex sólo les falta un crespón negro para expresar el luto. Son pequeños, de color chocolate y se empañan cada vez que habla del artista. Pero Jackson vive en él, hasta en los gestos mínimos. Unas cintas blancas cubren sus dedos imitando a los del artista; y cuando está resfriado termina los estornudos con un aullido –¡Aaaauuuuuu!–, como Michael en sus canciones más eléctricas. Stop.
Información: 77229036, michael_jacksonboliviano@hotmail.com.
domingo, julio 19, 2009
REFUGIOS PARA SERES MALTRATADOS, UNA CRÓNICA SOBRE ANIMALES JUBILADOS

Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte
El zoológico El Refugio, situado a dos kilómetros de la localidad de Samaipata (Santa Cruz), es una especie de Arca de Noé en miniatura. Pero con una ligera diferencia. Los animales que cobija no son los que heredarán la tierra, sino más bien todo lo contrario: aquellos que lo habitan son los desheredados, los abandonados, los que no reciben atención de casi nadie. De casi nadie, sí, ya que Manuela, quien nos solicita amablemente que omitamos su apellido, regala cada día un pedacito de su vida a cada uno de ellos.
Manuela es suiza, su tono de voz es silencioso, como un susurro permanente, sus manos son gruesas y, producto de lo que parece ser una enfermedad, apoya los brazos en un par de muletas para caminar. Ella es la dueña de este recinto, un espacio a cielo abierto lleno de jaulas, árboles y otros rincones para que los animales campen a sus anchas. Y pareciera tener en su mirada el mismo dejo de tristeza que muchos de los seres que ahora le acompañan. Uno de ellos, un gato salvaje de montaña al que le tuvieron que amputar una pierna porque la tenía completamente destrozada por los efectos de una trampa. “Solía entrar a cazar a los campos cercanos y algún vecino pensó seguramente que debía darle su merecido. Éste no creo ya que salga de El Refugio”, avisa.
Sus palabras, que podrían sonar a más de uno como una sentencia a cadena perpetua, más bien son parte del milagro de la salvación. Sin su tarea, muchos de los animales que hay acá ya hubieran muerto. Hoy, en cambio, sus historias están más vigentes que nunca.
¿Hogar o cárcel?
Una de ellas es la de Jenny, una mona que le acompañó a Suiza hace 14 años y que retornó con ella cuando se instalaron definitivamente en Samaipata, hace siete. “En aquel tiempo –recuerda Manuela–, yo no pensaba que montaría todo esto, pero la gente vio que me gustan los animales y comenzaron a traerme aquellos que ya nadie quería”.
Así, sin ir más lejos, llegaron hasta acá diez grandes tortugas. “La mayoría –acota– provenientes de algunas familias de la zona; y varias de ellas, con las uñas destrozadas por haber sido obligadas durante mucho tiempo a caminar por el cemento”. También, varios monos, inquietos en su mayoría y acostumbrados desde su época como mascotas, fuera de El Refugio, a la vida en cautiverio. Tanto que hay algunos que ni siquiera se animan a salir un rato de su encierro para hacer honor a su vocación de saltimbanquis.
Es el caso de un macho que fue rescatado por una pareja de viajeros con la columna vertebral destrozada por los cazadores y que, debido a los maltratos que sufrió, se quedó completamente ciego.
Después de verlo, tras comprobar que únicamente es sensible a los sonidos, el recorrido en compañía de Manuela sigue por algunas de las jaulas aledañas, encontrado en una de ellas a un venado que, por momentos, al no contar con demasiado espacio, pareciera sufrir de claustrofobia.
“Pero ya estamos levantando un enmallado en otra parte para que disfrute de más libertad. Aquí sólo mantenemos a los seres que no pueden valerse por sí mismos o a los que ya están tan habituados a la presencia humana que sería muy difícil que sobrevivieran solos”, aclara, y cuenta a continuación que a lo largo de su existencia como zoológico han soltado a muchos animales. Entre ellos, una iguana que estaba perdiendo su color por causa del estrés. “Daba pena, se había quedado pálida”.
Un instinto muy animal es quizás el que mueve los pasos de Manuela, el de proteger a la manada; y para ello insiste una y otra vez en que se trata sólo de conseguir que este lugar se convierta en un nuevo hogar; pero nunca en una cárcel. “Es por eso que hemos rechazado, por ejemplo, unos jaguares que querían regalarnos –confiesa–. No tenemos instalaciones adecuadas. Hubiera sido contraproducente, tanto para ellos como para nosotros”.
Cuidados intensivos
Siguiendo con el paseo, que para Manuela ya se ha convertido en toda una rutina, nos topamos con un par de parabas, una lechuza, un tejón, patos, ovejas y un grupo nutrido de loros que, según nuestra anfitriona, fue dejado acá por un mismo señor. “Es lo que se acostumbra –señala–. Hay muchos que compra animales y, cuando se hacen grandes o molestan, no saben ya qué hacer con ellos. Entonces, los traen aquí para que los cuidemos”.
Así es como acabó en El Refugio Chita, una mona que en su día apenas tenía pelo y que ahora se mueve de un sitio para otro buscando espaldas en las que subirse para recibir unos pellizcos de ternura. Y en esa misma situación han estado tantos y tantos otros que cualquiera hubiera perdido ya la cuenta, pero no Manuela, que con total seguridad comenta que son 78 los peculiares inquilinos del recinto. Uno de ellos es Chavito, un chancho de monte que terminó aquí cuando aún era bebecito; y otros son los nueve perros que fueron rescatados de uno y otro lado y que son los que anuncian siempre la presencia de turistas con sus ladridos.
“Es complicado, pero hemos logrado mantenernos gracias al alquiler de los caballos y al dinero de las entradas, que no es mucho”, dice finalmente la suiza mientras se hace paso con las muletas. A su vera hay dos pequeñas tumbas. Una de ellas es la Skipi, una ardilla que tenía la mala costumbre de meterse en los bolsillos de los extraños, y uno de los muchos seres entre los que han recibido los cuidados (y cariños) intensivos de Manuela.
El Parque Machía
El Refugio, no cabe duda, es un espacio más donde se da una segunda oportunidad a los animales. Pero no es el único, ya que existen por lo menos una decena más de ellos repartidos por todo Bolivia. Y cuando visité hace algunos años el Parque Machía, en el Chapare, me quedó la misma sensación que en Samaipata, pues me pareció que muchos de los habitantes que residen en sus entrañas son animales que se vieron obligados a pedir una jubilación anticipada.
Allá, en el corazón del trópico cochabambino, la imagen que más me impactó fue la de un puma lleno ya de achaques al que llamaban Quirqui. Él había vivido durante años en el zoológico de Oruro, donde la calefacción de su encierro terminó por provocarle reuma. Además, el famoso león Fido le orinaba constantemente encina, y una hernia discal comenzó a hacer cada vez más difíciles sus movimientos, hasta que en la comunidad Inti Wara Yassi, que inicialmente se ocupaba de ayudar a niños huérfanos y que después se convirtió en este hogar para animales, encontró la salvación. Allí, cuando lo vi, no daba un paso sin la compañía de una muchacha, que se ocupaba de su bienestar a cada instante.
“Acá somos diez voluntarios nacionales, casi permanentes, y entre 45 y 70 extranjeros, dependiendo de la época del año, que nos ayudan en todas las labores. Unos son biólogos, otros estudiaron veterinaria y algunos son sólo amantes de los animales”, resumía en aquella ocasión Tania Baltazar, más conocida como “Nena”, quien comenzó con este proyecto junto a Juan Carlos Antezana, director del albergue cuando tuve la oportunidad de recorrerlo.
Actualmente, en las 36 hectáreas oficiales que ocupa el parque –a las que se suman otras 110 que se están utilizando con el permiso de las comunidades– cabe mencionar que conviven, en su mayor parte, monos, loros, tucanes, papagayos, halcones, tejones, ciervos, armadillos, perezosos, reptiles y felinos. Y reciben atención permanente. “Aunque no siempre resulta fácil –rescataba Nena–, pues acostumbrados a una vida solitaria en casas, en circos o en zoológicos cuesta integrarlos a una convivencia diaria con la naturaleza. Es por eso que algunos son huraños”.
Pícaros ladronzuelos
Durante mi tour por el Machía, por otro lado, pude conocer tragedias como la de Pancho, que estaba vivo gracias a Inti Wara Yassi. “Unos cazadores, cuando era un bebé, mataron a su madre y a otro mono que intentó cargarlo. Pancho quedó desguarnecido en un árbol que tumbaron para atraparlo. Y, por la caída, el pobre se volvió epiléptico”, me contaba Nena. A su lado, Isabela lo miraba todo con un único ojo. Ella era un mono araña al que un flechazo le había reventado el otro.
Entre tanto, mientras Isabela y Pancho se acercaban a los visitantes, algunos de sus compañeros –monos araña, capuchino, canela, ardilla, nocturno, aullador o camarín, por mencionar algunas especies– observaban amarrados a unas larguísimas cuerdas. “Es por precaución. Hay algunos animales que llegan traumados y se ponen bastante agresivos. Por eso, no se les puede dejar sueltos desde el primer momento”, me explicaba Nena.
“Cuando un animal es acogido en el parque, lo primero que se hace es ponerlo durante unos días en cuarentena –indicaba, por su parte, Luis Morales, veterinario–. Después, tenemos un completo plan sanitario para combatir las enfermedades más frecuentes, la parasitosis y la anemia, ya que los animales suelen verse desnutridos y maltratados, bien porque sus anteriores dueños les colocaban cadenas o, a veces, simplemente por desconocimiento, como ocurrió con un oso perezoso que no llevaba la dieta adecuada porque la familia que lo criaba no sabía de qué se alimentaba y le daba únicamente pan y fruta, cuando esta especie sólo acostumbra a ingerir las hojas de algunos árboles”.
Conclusión: no es ninguna tontería la subsistencia en cautiverio. Además, según Morales, en estos casos se reducen los años de supervivencia hasta la mitad. “Lo que es normal, sobre todo si se tiene en cuenta que sin la presencia de la madre no se tiene acceso a la leche materna, quedándose entonces el individuo sin una gran cantidad de sustancias que son vitales para el desarrollo”.
Con todo, desde su arribo al Machía, los animales están sujetos a mejoras de todo tipo en su calidad de vida. Y los más beneficiados, por número –cuando yo los visité sobrepasaban los 50–, son los monos, conocidos en el parque por ser unos pícaros ladronzuelos, ya que aprovechan el menor descuido para sustraer cosas a los turistas. Es por eso que se recomendaba dejar todos los objetos de valor a la entrada del recinto.

Aves y felinos
Pero ésa no fue la única advertencia que recibí a las puertas del Machía. También se indicaba que estaba prohibido transitar por varias de las sendas, al estar éstas destinadas exclusivamente a los pumas y otros grupos de felinos para garantizar su independencia. Estos animales necesitan más espacio para estar a gusto, y suyas eran algunas de las historias más horribles de las que me contaron en el parque.
Leoncio, por ejemplo, vivía en una casa como mascota hasta que un buen día le dio por agarrar una gallina. Entonces, sus dueños le golpearon con un fierro rompiéndole las patas. Llegó hasta el parque con esfuerzo, ya que no podía caminar, y tuvieron que enyesarle.
Cerca de su guarida, por otra parte, se hallaban las aves, muchas de ellas con un pasado igualmente traumático, como pude comprobar cuando Nena me habló del sufrimiento de los loros amazónicos. “Éstos suelen ser adquiridos por familias que les enseñan a cantar hasta que se cansan y terminan encerrándolos en jaulas. Y los casos más graves son los de aquellos que han sido tan salvajemente mutilados en sus alas que ya no pueden volar”.
“Por eso, en el parque, salvo en casos excepcionales, no contemplamos la reinserción de las especies en hábitats más alejados, pues muchos animales serían incapaces de salir adelante por sí mismos”, apuntaba Nena mientras se alejaba de la mirada de los monos con un perezoso entre los brazos para evitar los celos.
La galería de los horrores
Después de lo visto en el Machía o en Samaipata, uno podría pensar que la crueldad del ser humano no puede superarse. Pero los informes de la página web de Animales SOS , una organización sin ánimo de lucro fundada en La Paz en 1995 por Susana del Carpio, constituyen una particular galería de los horrores que nos demuestra justamente todo lo contrario.
Uno de ellos data de 1998 y hace hincapié en las vejaciones de Javier Vacaflor Gutiérrez sobre 15 canes que mantenía dentro de un pequeño cuarto en el que se refugiaba desde que murió su madre en condiciones misteriosas. Muchos de ellos, según los datos recogidos, no podían caminar. No manejaban las patas traseras, sufrían calambres y sus heces presentaban restos de sangre. Además, tenían rastros de heridas con armas corto-punzantes y de quemaduras, así como signos de haber sido forzados en los anos y en las vaginas.
Otro de los casos relatados es el de un perrito que fue obligado a subsistir sin ningún tipo de tratamiento médico a pesar de haber sido atropellado. Los testigos que lo rescataron cuentan que él mismo fue quitándose trozo a trozo su propia piel dejando expuestos los huesos de una pata. Hasta que, en último término, la extremidad, al no tener irrigación, mató todo el tejido y acabó secándose, quedando en estado de putrefacción.
Asimismo, no menos trágica es la historia de Gabriel, un perrito que fue recogido de la calle el 3 de abril del año 2000 cuando se hallaba dentro de un cajón con un fuerte olor a descomposición.
Gabriel, según se reportó, tenía la parte posterior debajo de la cola llena de rasguños que supuraban pus y sangre. Era paralítico y se arrastraba apoyándose a duras penas en las patas delanteras. No contaba con ningún diente y sólo tenía uno de sus ojos en plenitud de condiciones.
Entonces –sigue el testimonio–, en Animales SOS le recortaron todo el pelo, que estaba enredado y lleno de basuras y parásitos, y, al hacerlo, descubrieron cortes, quemaduras de cigarro y perforaciones en las orejas. Gabriel, además, sentía pánico cuando alguien con zapatos de tacón se le acercaba; y recuperó algo de movilidad cuando Rudy Alvárez (uno de los voluntarios) le construyó una original silla de ruedas.
Después, como si hubiera sido tocado por un rayo divino, vino la resurrección, ya que sus músculos se fortalecieron y, de a poco, comenzó a dar sus primeros pasos sin ayuda de utensilios hasta conquistar cierta independencia, siendo capaz incluso de comenzar a subir y a bajar graditas.
Cordón umbilical
Nada de esto, sin embargo, hubiera sido posible sin la intermediación de Animales SOS, cuyo refugio de Achachicala (avenida Chacaltaya número 1759) es una especie de cordón umbilical entre los animales maltratados –a los que se socorre gracias principalmente a las denuncias telefónicas– y las familias que los quieren recibir en adopción.
Éstas, por su parte, para llevarse un gato o un perro a casa deben comprometerse a darle albergue, alimentación y un seguimiento mínimo veterinario, amén de no encadenarlos, utilizarlos en experimentos científicos ni cederlos a terceros sin el conocimiento de la organización.
Requisitos necesarios para que se cierre el círculo. Y para que se abra un nuevo universo para aquellos seres que dan fe de que el humano es quizás el mayor “animal” que hay en la tierra.
Para obtener más información: www.animalessos.org (La Paz); www.intiwarayassi.org (Machía); intimono@hotmail.com (Samaipata).
CUADRO - DUDAS SOBRE INTI WARA YASSI
Como en todo rubro, a veces no es oro todo lo que reluce, y las denuncias vertidas por Animales SOS y otras instancias sobre el albergue Inti Wara Yassi (uno de los protagonistas de nuestra nota central), ubicado en el Chapare, siembran al menos dudas sobre esta institución, que lleva trabajando ya más de diez años en dar los cuidados adecuados a los animales maltratados.
Según las mismas, la organización asentada en Cochabamba fue la responsable de la muerte de un jaguar bautizado como Katie, deceso que Animales SOS dice que se produjo el 4 de abril de 2007, cuando “el veterinario del Machía le inyectó tres dosis de tranquilizantes en periodos de tiempo muy cortos con el fin de trasladarlo al Parque Ambue Ari (otro refugio administrado por Inti Wara Yassi)”.
Pero eso no es todo, ya que desde Animales SOS se señala además que se ocultó este hecho y que se buscó un “reemplazo” para Katie, de similares características, con el objetivo de que no se produjera un escándalo que pudiera dar una imagen negativa del Machía frente a la opinión pública.
Los acusados, por su parte, en declaraciones realizadas a diferentes medios de comunicación, han defendido en todo momento su inocencia.
LA PESADILLA DE MANITOBA
Un escabroso episodio atrae las miradas sobre el hermético y laborioso mundo de los menonitas.
Autor: Gabriel Chávez C.
La escena perfectamente podría .corresponder a una obra de ficción, de aquellas de la época de lo “real maravilloso”: en una comunidad rural, de casas de vago aire centroeuropeo que contrastan con la vegetación tropical y americana hecha de flamboyanes, unas cuatrocientas familias –todas ellas numerosas– duermen arrulladas por la brisa tibia y por los rumores del monte.
Nada perturba el sueño de hombres, mujeres y niños. Ni siquiera el ladrido de los perros que, extrañamente, yacen también presa de un profundo sueño. No habiendo televisores que puedan dejar escuchar su zumbido de voces ya inútiles entre los ronquidos, sólo se oye, de cuando en cuando, un mugido en el establo o un relincho de los caballos de tiro, que todavía arrastran rudimentarias calesas cuando es de día y los hombres, de inconfundible apariencia anglosajona, vestidos con overoles azules de mezclilla, realizan las faenas agrícolas de la jornada, conversando entre ellos en un alemán oscuro y remoto que deja perplejo al lector, preguntándose en qué lugar del tiempo y del espacio se encuentra esta aldea.
Pero entonces, de súbito, la hipotética obra de ficción toma un giro negro: nuevamente es de noche y un grupo de sombras rocía una sustancia a través de las ventanas abiertas, que el vano cedazo de los mosquiteros deja pasar hasta las respiraciones de los moradores de las anacrónicas viviendas de dos pisos. Luego, las sombras abren puertas, violentan intimidades y fuerzan los cuerpos yacentes de las mujeres y de las niñas, sin que los maridos, hermanos o padres, presas completas del sueño, puedan percatarse de lo que sucede.
A la mañana siguiente, las mujeres –siempre de faldas largas y pañoletas blancas sobre el pelo– sentirán dolores genitales, se hallarán desnudas o con la ropa interior desgarrada, se preguntarán lo que sucede y buscarán respuestas en su religión, que les impide aprender el idioma del país en el que viven y que les enseña que el demonio, el mundo y la carne rondan por las tinieblas exteriores a su aldea, por lo que deberán tener mucha precaución con todos los que no son parte de esta familia de salvados.
Buscarán las respuestas también en los hombres de sus casas, claro, pero estos las verán y se verán con recelo y pensarán todo el tiempo en el maligno. Eso durante dos largos, culpables y demudados años, hasta que un hecho fortuito o una sospecha hagan que uno de los maridos vestidos con overol de mezclilla finja dormir pero siga a su hijo y lo vea convertirse en una de las sombras que regaban el sueño.
Para entonces la realidad habrá irrumpido ya en la pretendida narración con toda su fuerza, mostrando que el demonio, el mundo y la carne suelen estar más cerca y más dentro de lo que se piensa, que la realidad suele superar a la ficción más delirante y que el instante del tiempo en el que transcurría la escena era el presente, nuestro presente, y el lugar del espacio la comunidad de Manitoba, situada a 180 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra.
El suceso, que se ha saldado con la puesta en prisión preventiva y el procesamiento de los ochos presuntos responsables de las extrañas violaciones en serie, que dejarán sin duda una terrible secuela entre sus víctimas y familiares –situación agravada por el aislamiento sectario de la realidad circundante que caracteriza a estas comunidades–, ha dado ya la vuelta al mundo en titulares de tinta y de pantalla.
“Una violación masiva sacude a una comunidad menonita en Bolivia”, “ocho menonitas van a la cárcel por violación”, “más de cien mujeres menonitas fueron violadas durante dos años” y otras publicaciones muy similares han sido capaces de romper –con tan desdichado motivo– el largo aislamiento y el casi completo anonimato en que Manitoba y otras más de 40 colonias menonitas han subsistido en Bolivia durante las últimas cinco décadas; dedicadas a la producción agrícola y a vender sus productos en periódicas incursiones urbanas de sus miembros, cuya apariencia hacía mucho tiempo que había dejado de llamar la atención de los citadinos, ya habituados a sus esporádicas presencias en uno u otro lado.
En todo caso, aunque ellos se niegan a hablar de este amargo pasaje que han sufrido con los medios nacionales e internacionales de prensa, para el comunario menonita Peter Kenelsen se trata, sin duda, de un episodio “muy doloroso y que avergüenza mucho a toda la comunidad” de Manitoba.
La comunidad en Bolivia
Llegados desde México por iniciativa del gobierno de Víctor Paz Estenssoro en 1957 –como parte de la estrategia de poblamiento y de dinamización productiva del Oriente, que trajo a esta zona a numerosos migrantes de Occidente–, los menonitas más conservadores de su Iglesia –pues existen varias ramas, unas más observantes que otras– encontraron en el monte boliviano un refugio propicio para llevar en paz su vida de rechazo a la modernidad y la tecnología, cumpliendo puntualmente sus rigurosos preceptos de oración y de trabajo.
En nuestro país hoy viven cerca de 35 mil menonitas y un millón y medio en el mundo. Según relata con admiración Carlos Duarte, “su realización económica es impresionante. Y en Santa Cruz son responsables del 30 por ciento de la producción agropecuaria, en fincas individuales de no más de 50 hectáreas cada una en promedio”.
Duarte destaca que las colonias menonitas cuentan con “procesadoras de leche, quesos de todo tipo y hasta metalmecánica”. “Su capacidad para manejar herramientas, máquinas y equipos es legendaria: tractores movidos por aceite de girasol o gas licuado de garrafas lo demuestran desde hace años, mucho antes de que llegara el concepto a estas tierras, así como extractoras de agua profunda hechas con compresores de refrigeradores. Soya, girasol y maíz salen de sus tierras, y abastecen a las ciudades con el queso menonita, salado y áspero, adecuado para las comidas”, relata.

Una mirada polémica
No a todos, sin embargo, les hace gracia su actividad productiva. Por ejemplo, Omar Quiroga Antelo advierte que “el modelo productivo de los menonitas es preocupante, pues si bien utilizan la energía necesaria para producir, sus técnicas son de las más arcaicas y destructivas del suelo y para el medio ambiente. Donde se han asentado, después de 15 o 20 años, solo han quedado desiertos, cuyas tierras las han vendido a ganaderos para habilitarlas para potreros”. “Uno de los casos más emblemáticos –dice Quiroga– es el de ‘Las Piedras’, en el municipio de Santa Rosa del Sara”. Y para este analista, “si consideramos que cada hijo está con el derecho-obligación de recibir por lo menos 80 hectáreas habilitadas para el cultivo, y sabiendo que los menonitas se reproducen aceleradamente(es decir, es una sociedad muy prolífica), a la larga resulta un atentado contra los territorios de Bolivia”.
En esta línea de pensamiento, el jesuita Francisco Pifarré denuncia con preocupación que “los menonitas van avanzando cada vez más en su dominio territorial. Tienen su propia estrategia. Con apariencia de mansos, calladitos y pacifistas se están convirtiendo en los dueños de la geografía del Municipio de Charagua; y pronto lo serán de todo el Chaco”, al punto que, para el religioso, los menonitas “son la autonomía principal de Bolivia; y nadie, ni los mismos indígenas, en el mejor de los casos, podrán llegar a tanto grado de independencia territorial y política”.
Sin embargo, esta clase de observaciones –que han motivado ya un intento de expropiación de sus tierras en el municipio beniano de San Javier el pasado diciembre–, así como las críticas a su política de no mezclarse con los naturales de los países en los que viven y de no hacer suyos sus símbolos y sus tradiciones, son de data muy reciente, como también la polémica generada por las escabrosas y extrañas violaciones en serie que dieron pie a estas primeras líneas del texto.
Hasta que se produjeron estos hechos, los menonitas que habitan en nuestro país habían vivido y producido acompañados casi siempre de un imperturbable silencio, logrando prácticamente pasar desapercibidos entre el resto de la población, salvo en las ocasiones en las que ofrecen sus productos lácteos o de otro tipo en los abarrotados cruces de las avenidas de la ciudad de Santa Cruz, aprovechando la cortísima duración de los semáforos en rojo.
Tanto es así que, más allá de su peculiar forma de vestir, poco se sabe de ellos, de por qué viven como viven y de la religión en la que creen. Presentamos aquí, en los recuadros siguientes, parte de su historia y de sus creencias.
CUADRO 1-Los valores menonitas
Para muchos, la prosperidad de los menonitas se explica en dos valores: Su amor a Dios a través del trabajo y su pacifismo.
Los menonitas creen fervorosamente en Dios, en una Iglesia única (espiritual) y en que las acciones de los humanos tendrán que ser sometidas a juicio, en el cual cada uno, de forma individual, recibirá su recompensa o su castigo de acuerdo a la manera y forma de comportarse en esta vida terrenal.
Sin embargo, para Peter Rempel, los menonitas trabajan y rechazan la violencia no para ganarse finalmente el favor de los cielos. De hecho, la reforma y las constantes migraciones emprendidas sirvieron para evitar esto. Simplemente el menonita es así, trabajador y un adorador constante de la figura Dios.
Para él es simple, si se ama a Dios se ama a todos los hombres de la tierra y a la naturaleza; y se rechaza por completo la violencia, de todo tipo y contra todas las cosas. Claro que producir, trabajar, amar al prójimo, etcétera... se debe hacer porque está escrito como máximas cristianas, por eso hay que seguir rigurosamente las reglas y ordenamientos señalados en la Biblia.
Así, el menonita vive en un contexto influenciado principalmente por la religión y el trabajo. El menonita dedica la mayor parte de las horas del día a trabajar, él siente y cree que su misión en la vida es ésa, trabajar y honrar a Dios y a sus semejantes.
El trabajo dentro de las comunidades menonitas, ya sea comunitario o dentro de la propia familia, es repartido siempre de una manera justa y equitativa. Y al respecto hay que destacar que todos los miembros de la comunidad tienen una tarea que cumplir de acuerdo a su edad y posibilidades de efectuarla.
Así, vemos que si la madre de familia está ocupada en atender a sus pequeños hijos y al mismo tiempo se requiere hacer otro trabajo propio del hogar, como lavar trastes, lavar ropa, fregar pisos, etcétera, el hombre de la casa se dedicará a hacer este tipo de trabajos que, por lo general, en sociedades como las latinas, corresponden exclusivamente a las mujeres. Y viceversa, también las mujeres son capaces de subirse a un tractor y arar la tierra o de cortar y cosechar el maíz, la avena, la alfalfa o el trigo si es que a su marido algún impedimento, como una enfermedad, lo obliga a descansar. Los niños, además de asistir a la escuela, también ayudan en las labores de la casa; y cuando tienen la suficiente edad se dedican ya a las labores del campo.
Fuente: Nuevas Casas Grandes y Se Piensa.
CUADRO 2- Orígenes religiosos
Los menonitas adquirieron su nombre como referen-.cia a Menno Simonz (1496-1561), un reformador religioso holandés fundador de la secta protestante de los menonitas. Este hombre fue contemporáneo de Martín Lutero, pero no compartió todos sus planteamientos. Y los menonitas, como todos los demás protestantes, surgieron y reaccionaron contra lo que consideraban un abuso de poder por parte de la Iglesia católica y una desviación del cristianismo original.
Menno Simonz negó las creencias que no tienen referente en el Nuevo Testamento, sólo bautizó a los que afirmaban su fe en Cristo y calificó el asesinato, el servicio militar, el juramento y el matrimonio con personas ajenas a su Iglesia como actos contra la ley. Dando origen a una forma de vida que rechaza los ayunos, la misa, las peregrinaciones, las indulgencias, el purgatorio, la adoración a los santos, la confesión, el celibato del clero, el sistema monástico, el papismo y el bautismo de infantes.
Mientras que en el catolicismo hay modos de limpiar el pecado o adquirir indulgencias para alcanzar la salvación, los menonitas, basados en el protestantismo, niegan toda posibilidad de llegar al cielo sólo a través del perdón; más bien, evitan, entre otras cosas, la ociosidad y dedican su vida a producir y acumular gracias a ello capital. Así es como consideran que están colaborando culturalmente en los sitios a los que llegan, introduciendo nuevas formas de cultivo y productos en el mercado.
Vida emigrante
Los menonitas comenzaron su movimiento de reforma religiosa en Holanda, como una rama de los anabaptistas suizos. Pero las persecuciones en el siglo XVI provocaron que se vieran forzados a migrar hacia la región de Prusia, donde se les otorgó grandes extensiones de tierra que aprovecharon exclusivamente para la agricultura. Algunos emigraron a Holanda y otros a Estados Unidos en el siglo XVII. Dentro de los que emigraron a América hay un grupo que se distingue de los otros por conservar más celosamente sus costumbres y vestimentas: los que viven en México, Paraguay, Bolivia y Canadá, que son los menonitas Amish.
LA YUNGA, LA MORADA DE LOS HELECHOS GIGANTES

Algunos se calcula que tienen ya más de 400 años y forman parte de los peculiares habitantes de los bosques nublados del Área de Manejo Integrado Amboró, en el oriente de Bolivia.
Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte
Mis pies han atravesado ya muchos suelos, pero jamás tan esponjosos como éste. En lo que muchos llaman el Bosque de los Helechos Gigantes, ubicado a 137 kilómetros de Santa Cruz, cada paso se hunde en la tierra o, lo que es lo mismo, la tierra se hunde a cada paso. El lugar es además un paisaje en el que parece que se hubiera congelado el tiempo; y donde los silencios dan pie a que nazca un inevitable torrente de emociones. Tranquilidad, recogimiento y una naturaleza casi virgen son los ingredientes que completan este particular cocktail. Todo ello, enmarcado justo en los límites del Parque Nacional Amboró, de 442.500 hectáreas, un paraje donde se funden los climas tropicales húmedos con otros secos, subtropicales y templados, más propios estos últimos de las regiones andinas.
Aunque no todo son ventajas, ya que, para entrar, literalmente hay que blindarse. En esta época, llevar ropa de abrigo es lo más aconsejable. La temperatura es agradable, oscila entre los 12 y 15 grados centígrados, pero la humedad, omnipresente, se encarga de que la sensación de frío se eleve varios enteros. Aspecto, sin embargo, que no le quita el interés a la visita. Más bien, al contrario: las nubes rozando las copas de los árboles le dan a este rincón del oriente una atmósfera de misterio.
Primera parada: la comunidad
El paseo comienza en La Yunga. Según el censo de 2001, una pequeña población con 155 habitantes. Este punto es la antesala de la caminata; y se halla a 13 kilómetros de la localidad de Mairana y a 15 kilómetros de Samaipata, donde uno puede proveerse de víveres, sobre todo agua y galletas, para no desfallecer durante las dos horas del tour que se nos ha propuesto.
La comunidad, amén de encontrarse a las puertas del paraíso, ofrece un albergue para el descanso de los viajeros que funciona con energía eólica y que cuenta con dos habitaciones (con tres camas cada una) y un comedor que puede cobijar a más 20 personas. Sus pobladores dependen del trabajo de la tierra, fundamentalmente del cultivo de maíz, fréjol, papa, arveja, durazno y repollo; en menor medida, de la ganadería y la cría de aves y cerdos; y desde hace alrededor de cinco años, del ecoturismo, ya que 14 familias han vuelto auto-sostenible un proyecto iniciado por la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) para atraer turistas y poder salvaguardar la zona.
Fidel Sejas, aunque reside en Mairana, es uno de los guías habilitados para afrontar tan titánica tarea. Y, como anfitrión de nuestro grupo –el precio por cada cuatro personas es de Bs 150–, acaba de subirse a la parte delantera de una vagoneta para recorrer los cinco kilómetros que nos separan del espectacular enclave.
Segunda parada: el bosque nublado
La Yunga, de la que nos alejamos poco a poco, es un baúl que guarda en su interior un sinfín de historias. Los relatos que se escuchan allá dan buena cuenta de ello. Se cuenta, por ejemplo, que en esta zona mataron al Rey Inca; y que antes de perder la vida éste escondió 14 bloques de oro (que nunca han sido recuperados).
Pero más allá de leyendas como ésta, el que pareciera que tiene colgado un letrero diciendo “érase una vez” es el Área Natural de Manejo Integrado Amboró (ANMIA), a más de 2.000 metros de altitud (donde en estos momentos nos encontramos) y cuya generosa vegetación se eleva irremediablemente hacia el cielo.
Mientras damos las primeras zancadas, Fidel, de 26 años, que lleva un palo largo en la mano para realizar las indicaciones, se adelanta con su figura espigada, cubierta por una gorra, y comienza a dar las explicaciones inicales. “Las especies más comunes acá son la de los helechos maceteros (Dicksonia sellowiana) –caracterizados por sus edades centenarias– y la de los helechos arborescentes o espinudos (Alsophila incana). Ambas se reproducen por esporas. Algunos de los helechos tienen incluso más de 400 años. Los maceteros tardan 82 años en llegar a medir dos metros; y los arborescentes, 45. La edad puede deducirse por la altura que ahora tienen”, explica.
Y cabe destacar que las dos especies subrayadas –que forman parte de las más de 800 existentes– son probablemente las más antiguas de este bosque, denominado nublado por sus características.
“Se llama así porque la neblina es una constante durante la mayor parte del año –continúa hablando Sejas–. La vegetación está adaptada para capturar el agua, retenerla y distribuirla. Pero para ello necesita de estas condiciones tan especiales que se dan acá: una situación de semisombra y protección contra los vientos”.
Gracias a ello, se dispone todo el tiempo del líquido elemento; y se generan, a su vez, aportes vitales para los lugareños, pues éste drena las principales cuencas que se esparcen por la región –el río Sajta, el Ichoa, el Grande, el Ichilo, el Yapacaní y el Piraí– y alimenta las distintas labores de agricultura del valle.
Sin el bosque, según Sejas, se acelerarían los procesos de erosión y el suelo –frágil, ayudado por las raíces para mantenerse estable– se vendría fácilmente abajo.

Tercera parada: el equilibrio
Es algo así como una ley de dependencia, ya que en este refugio natural todos parecen apoyarse en otros para garantizar su subistencia. El terreno, como ya hemos dicho, depende de una vegetación frondosa, densa. Los helechos gigantes dependen de las nubes y la condesación de agua para estirarse sin contratiempos. Y los líquenes, los musgos y las orquídeas, entre otros, dependen de los helechos gigantes, ya que se asientan principalmente en sus troncos.
Como parte de todo este equilibrio, entre tanto, a modo de guardián, está Fidel, quien en estos intanstes da algunas lecciones sobre las propiedades medicinales de las plantas. “Ésta –analiza mientras sujeta el tallo del llantén ante la mirada atenta de todos nosotros– se emplea para desinflamar. Y hay otras que se usan para el alivio de los riñones”.
Los helechos espinudos, por su parte, son ricos en sustancias cicatrizantes. Y aún hay más, pues la zona, con seis pisos ecológicos diferenciados, se caracteriza igualmente por otras especies, como el nogal, el laurel, el cedro, el negrillo y el tajibo, árboles que en algunos casos alcanzan hasta los 30 metros de altura.
De uno de éstos, del nogal para ser precisos, está hecho el entablado, una pasarela serpenteante que garantiza magníficas vistas y que las pisadas de los visitantes no hundan el suelo. “Su madera, además, es resistente a la humedad”, resalta Fidel.

Cuarta parada: la fauna
Unos pasos más adelante, aproximadamente hacia la mitad del recorrido, en uno de los recovecos del sendero, más que acostumbrado ya a la escena, el guía señala los huesos de una vaca. “Seguramente, ha sido víctima de las garras del jaguar”, comenta viendo asombro en nuestras caras. Y añade que éste es tan solo uno de los animales que se mimetizan, sin previo aviso, con los espacios verdes que les sirven de escondrijo.
Según los estudios de la FAN, dentro de las fronteras del Parque Nacional Amboró y del ANMIA se han identificado ya 127 tipos de reptiles (el 50 por ciento de los conocidos en Bolivia); 150 de peces; 843 de aves, entre las que sobresalen el cóndor andino (Vuluptur gryphus), la tijereta (Elanoides forficatu) y el quetzal crestado (Pharomachrus antisianus); 322 de insectos, sobre todo mariposas; y 97 de anfibios, con la presencia de ranas únicas en el país.
En cuanto a los mamíferos, los más importantes son el armadillo gigante (Priodontes maximus) y las diferentes variedades de primates, resaltando entre éstas el mono nocturno (Aotus spp.).
“Y no nos olvidemos del famoso Jucumari u oso de anteojos (Tremarctos ornatos) –apunta Fidel–, de cuyo macho se dice que secuestra a las muchachas jóvenes para llevarlas a su cueva y ocultarlas con la colaboración de una gran piedra”. “Aunque también lo he escuchado al revés, que las hembras se llevan a los muchachos, pero eso ya no me lo creo”. (Carcajadas).
Quinta parada: el pasado
Mientras avanzamos, los rayos de luz aparecen y desaparecen alrededor de Fidel. Forman parte del caprichoso espectáculo que nos rodea, así como la escarcha permanente en cada hoja, que podría compararse con un grifo semiabierto que no deja de regalar pequeñas gotas.
Todo parece improvisado, pero no lo es. Es más bien el resultado de un proceso que ha durado miles y miles de años.
Según los expertos, los helechos arbóreos que ahora vemos son los herederos de otros que crecieron durante la época de los dinosaurios –hace más de 200 millones de años–, en la era bautizada como el paleozoico, un tiempo de tránsito en el que aparecieron los primeros vertebrados y los insectos y en el que brotaron los primeros vegetales terrestres, las coníferas y los mencionados helechos.
Y lo impresionante es que, desde entonces, estos últimos han mantenido intacta su estructura, extendiéndose a lo ancho como una sombrilla y sobrepasando muchas veces los 10 metros de altura.
Parada final: el mirador
Durante el trayecto, Miguel Vargas, de la FAN, no se ha cansado de repetir que no le sorprendería que en cualquier ratito se apereciera por los cielos agitando las alas un pterodáctilo. Y cuando llegamos al mirador nos damos cuenta del porqué de su comentario. En este punto abierto, donde las nubes y la neblina se lo comen todo, pareciera que se paralizaran de repente las horas, los minutos y los segundos; y acá es donde uno comprende que los grandes episodios del Planeta no los escriben los hombres en las pobladas e industrializadas ciudades, sino que más bien son los bosques como éste los que se encargan de poner el punto y aparte.
Con datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).
CUADRO-INFORMACIÓN PRÁCTICA
El famoso Bosque de los Helechos Gigantes no es el único atractivo de La Yunga y sus alrededores. Sus guías ofrecen también tours a caballo, caminatas por Las Lauras, donde hay pinturas rupestres, paseos por los puntos más cercanos a los nidos de cóndores y excursiones al bosque seco de influencia chaqueña, a la selva húmeda de nogal, al río San Rafael, donde es más factible ver animales, y a la Muela del Diablo.
La fácil accesibilidad del Amboró es, además, razón más que suficiente para acercarse al lugar. Desde la ciudad de Santa Cruz, un taxi expreso hasta Samaipata vale Bs 25 por persona; luego, desde Samaipata, una movilidad particular cuesta alrededor de Bs 100 hasta La Yunga, incluida la espera. Y en La Yunga, los guías cobran Bs 150 a cada grupo (de hasta cuatro personas) por realizar un circuito de dos horas.
Entre tanto, como se menciona en la nota principal, para quien quiera alojarse en el lugar está el Eco-Lodge Los Helechos, nuevo y cuyos precios son los siguientes: Bs 80 bolivianos la habitación con tres camas y Bs 40 si uno es viajero solitario. Se cuenta igual allá con un comedor que ofrece comidas internacionales y nacionales, como el caldo de pollo criollo, que es muy típico de la zona; y el almuerzo está a Bs 16.
Un poco de historia
A los que todavía no estén convencidos de darse una escapada por estos parajes, cabe mencionarles que son también un foco lleno de historia. Y es que, según los arqueólogos, la región ha estado habitada desde hace cientos de años (hay ya restos fechados en el 1100 a.C), siendo la parte sur la más rica en yacimientos.
Antes de la invasión española, estos territorios estaban habitados por etnias de lengua arawak. Entre 1525 y 1575 fueron invadidos por los guaraní, tribu procedente del Paraguay que migraba constantemente por motivos religiosos, buscando un paraíso terrenal. Y en el siglo XVI llegaron los primeros españoles y con ellos las misiones evangelizadoras, lo que supuso la desintegración indígena y la aparición de los primeros pueblos.
Con datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) y guías especializadas.
SAMAIPATA, UN PASEO POR LAS NUBES

El fuerte, ubicado en el departamento de Santa Cruz, es el complejo arquitectónico más importante de Bolivia después de Tiwanaku. Sin embargo, sólo se ha excavado el dos por ciento de toda la estrucutura.
Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte
Por la altitud, 1950 metros, las ruinas del fuerte de Samaipata, a dos horas y media de Santa Cruz, podrían tratarse de una especie de Machu Picchu boliviano. Por su significado, podríamos equipararlas con el complejo de Tiwanaku. Sin embargo, no se trata todavía ni de lo uno ni de lo otro, sobre todo porque únicamente se halla al descubierto el dos por ciento de toda la estructura.
Según el administrador del Centro de Investigaciones Arqueológicas de Samaipata (CIES), Julio Gerardo Cardona, esto se debe a la falta de recursos. “Nos financiamos casi exclusivamente con el dinero de las entradas –Bs 50 para extranjeros y Bs 25 para nacionales–, a pesar de que somos Patrimonio Cultural de la Humanidad. Ha habido un olvido por parte de éste y anteriores gobiernos; y eso impide que se avance con más rapidez en la recuperación del sitio”, lamenta. Aún así, el misticismo se hace dueño del lugar, rodeado por montañas, una generosa vegetación y nubes que vuelan rozando a los extraños. Y cada mes se recibe la visita de alrededor de 1.500 personas.
Un poco de historia
Según las invesgaciones realizadas hasta el momento, la primera fuente histórica que menciona al enclave data del año 1569. Se trata del testimonio dado a los españoles por un hombre llamado Kapak Ayllu, quien al ser interrogado sobre la expansión del imperio inca lo define ya como una “fortaleza”.
Posteriormente, el padre Diego Felipe de Alcaya proporciono más datos al respecto gracias a las recopilaciones sobre la tradición local recogidas por su progenitor en los tiempos que siguieron a 1560. El cura cuenta que “el inca Wayna Kapak (1493-1525) mandó a un pariente suyo de nombre Wancané a la conquista de los territorios que hoy conforman los valles cruceños y las llanuras de Grigotá. Éste parece ser que fundó un pequeño reino donde actualmente se halla el fuerte. Y se dice que fue emplazado allá por el descubrimiento de una mina en el cerro Caypurum”.
Según Alcaya, se construyó cerca de allí la ciudad de Guanaco Pampa, cuya supuesta función era la de proteger los minerales. Y las crónicas relatan que hacia 1522, cuando los europeos ya habían invadido tierras sudamericanas, “unos grupos guaraníes encabezados por el aventurero portugués Alejo García irrumpieron en la región con la intención de saquear la “montaña de oro”, matando a todos los varones, incluido Wancané; y después, hicieron lo propio en Guanaco Pampa.
Aunque finalmente, afirma Alcaya, Wayna Kapak logró recuperar el terreno perdido y venció a los invasores, sacrificándolos luego desnudos en las heladas cumbres que se elevan en la zona.
Origen preincaico
Todo esto da una idea de lo que fue el periodo inca en el asentamiento que hoy se encuentra en tierras cruceñas. Pero las evidencias arqueológicas parecen indicar que ya había presencia humana anteriormente. Para el cronista Sarmiento de Gamboa (1572) lo que protagonizaron los incas fue únicamente la “reconquista del sitio hacia la segunda mitad del siglo XV”. Para los investigadores, las ruinas también parecen tener origen preincaico, ya que se puedan observar allá superposiciones de estructuras arquitectónicas. Y en base a los estudios estilísticos comparativos, que han sido posibles gracias a que se dispone ya de un plano exacto de la roca, se puede afirmar que los incas remodelaron el lugar sagrado imponiendo su propio patrón religioso en las distintas construcciones.
Son precisamente sus huellas las que han quedado, y las que pueden apreciarse en el paseo guiado de alrededor de dos horas que se ofrece para conocer mejor las ruinas, que antaño fueron visitadas por personalidades de la talla de Alcides d’Orbigny (famoso naturalista francés), Hermann Trimborn (conocido científico alemán de la Universidad de Bonn) y el bohemio Tadeo Hanke, quien plasmó sus impresiones sobre las mismas en un diario que se halla en los archivos del Real Jardín Botánico de Madrid.
Y en el asentamiento, según la investigadora María de los Ángeles Muñoz, se pueden distinguir dos divisiones. “Al norte, con una vegetación de puna y dominando el paisaje –analiza–, uno se topa con el sector de la roca esculpida, que presenta tallados en alto y bajo relieve, figuras zoomorfas, algunas representaciones astrales, nichos y piscinas. Mientras que al sur, en un valle pleno de vegetación, se encuentra un complejo habitacional amplio, que tenía seguramente función de centro ceremonial-administrativo, con terrazas de cultivo y tres plataformas diferenciadas”.
El recorrido
Una vez que uno está ya en el sitio, el recorrido comienza con una pequeña subida; y con un mirador situado justo en la mitad de la misma desde el que, cuando está despejado, se pueden observar las entradas al Parque Nacional Amboró.
En el sector uno de la estructura, entre tanto, destacan dos tallas de pumas y una serpiente enroscada, dentro de un conjunto formado por la imagen de un jaguar y un altar con peldaños. En el dos, un par de líneas paralelas que imitan la piel de lo que se supone una cascabel. En el tres, un gran círculo con nueve asientos cuadrangulares y nueve triangulares intercalados; todo esto drenado por un canal que desemboca en un depósito en forma de “t” (se especula que los asientos posteriores eran ocupados por hombres y mujeres con edad para casarse durante las ceremonias de fertilidad, quedando los pies dentro del agua como símbolo de purificación). En el cuatro lo que llama la atención son cinco hornacinas (que debían estar protegidas por una techumbre) y una serie de cubetas que habrían sido utilizadas para germinar el maíz. En el cinco se alza el Templo de las Sacristías, compuesto por cinco nichos excavados que conforman una línea.Y en el seis hay unas graderías con asientos pareados empleadas, según los expertos, “para disfrutar los rituales”.
Las edificaciones
Se calcula que el fuerte, emplazado en las alturas por una cuestión estratégica, de vigilancia –pues los incas estaban peleados con las culturas amazónicas–, lo habitaban más de 5.000 personas, entre soldados, sacerdotes y población estable. Y en cuanto a las edificaciones rescatadas hasta el momento lo que predomina son los muros, generalmente rematados con adobe y donde se han descubierto ya varias ofrendas.
Igualmente cabe resaltar la Casa Española, una construcción colonial que se elevó sobre otra preincaica. Y cerca de allí hay un patio pequeño con una casa inca y lo que parecen restos de un horno.
El siguiente punto importante de la pequeña travesía es la kancha inca, que consta de cinco casas con sección rectangular y que tuvo, según los vestigios hallados, dos fases de ocupación.
A continuación viene la Kallanka, parte esencial en el urbanismo inca, pues había una en cada capital de provincia. Se desconoce exactamente cuál era su utilidad y hay muchas hipótesis al respecto: unos dicen que era almacen; otros que se trataba de un cuartel; hay quienes aseguran que era la residencia de los mandatarios, etcétera. Y la de Samaipata, con paredes de 1,40 metros de grosor, es la segunda más importante de Bolivia, después de la de Inkallajta, en Cochabamba.
No menos importante es lo que se conoce como el Akllahuasi, edificio con 12 habitaciones destinado a las Vírgenes del Sol.
Y lo más curioso de toda la caminata es quizá la Chinkana, un pozo con 1,30 metros de diámetro que habría sido usado como reservorio de agua, como vía de escape o como tumba para los enemigos.
Escenas mágicas
En total, se trata de unas 253 hectáreas excavadas parcialmente. “Y aunque faltan aún kilómetros y kilómetros por destapar –señala Julio Gerardo Cardona, del CIES–, lo que hay al descubierto permite que se vivan escenas mágicas, como la acontecida recientemente con la celebración del Año Nuevo Aymara”. “El día del solsticio –continúa–, llegaron hasta aquí cerca de 1.000 personas hacia las seis de la mañana para esperar que el sol cubriera las ruinas alineándose con la roca”.
“Por contra –reconoce–, los conflictos de los últimos tiempos y la mala climatología han ocasionado una pérdida de un 15 por ciento en la afluencia de visitantes”.
Pero no es un descenso tan significativo como para que no pueda superarse. Batallas más difíciles se han ganado los pasados siglos en Samaipata. Y las nuevas excavaciones anunciadas prometen, además, dar al lugar más relevancia. No es para menos, pues donde antes los guerreros se proveían de alimentos, cobijo, armas y herramientas hoy los turistas se proveen de historia.
Con datos del Centro de Investigaciones Arqueológicas de
Samaipata , los guías del lugar y las investigaciones de los expertos.

CUADRO-LAS EXCAVACIONES
Según la investigadora María de los Ángeles Muñoz, en 1964, Günther Holzman, alemán afincado en Bolivia, realizó una de las primeras excavaciones serias en el sitio arqueológico, “asignándole la función tanto de santuario como de ciudad”.
En 1973 y 1974, entre tanto, Gregorio Cordero y Jorge Arellano llevaron a cabo las primeras investigaciones científicas en el sector habitacional de la estructura, registrándose la importancia de la ocupación incaica en la zona.
Sin embargo, luego de esto, tuvieron que pasar dos décadas para que se tomara conciencia de la importancia de todo el complejo.
Y en 1992, gracias a la colaboración de la Asociación Alemana de Investigación Científica, se hizo presente en la región una misión de la Universidad de Bonn, bajo la dirección de Albert Meyers, abriendo el capítulo más importante en cuanto a la recuperación del fuerte y de su historia se refiere.
Los primeros habitantes
Aunque no existe información contundente en cuanto a la cronología, se calcula que el primer asentamiento preincaico en Samaipata tuvo lugar hacia el 850 a.C. Los primeros habitantes de lo que hoy es el fuerte habrían sido agricultores y, a continuación, parece que se instalaron allí tribus procedentes de los llanos orientales, con una probabilidad bastante alta de que la llamada “cultura hidraúlica” fuera la responsable de las primeras tallas.
Por otro lado, se achaca al sitio una cierta influencia de Tiwanaku, sobre todo por las características de algunos sectores, pero no se han encontrado todavía vestigios suficientes como para determinar su presencia.
Luego, llegaron los incas, quienes se quedaron allí durante dos periodos, separados por sendas invasiones de los chiriguanos, un grupo caracterizado por su belicosidad; muchos de los expertos atribuyen a los incas la mayoría de las tallas; y ya está comprobado que construcciones como la Kallanka, el Templo de las Sacristías y la plaza fueron realizados bajo su dominio.
Por último, hicieron acto de presencia los ibéricos durante la época de la conquista, dejando los cimientos de lo que ahora se conoce como la Casa Española.
Influencias
Más allá de todo esto, hay también quienes atribuyen al centro ceremonial similitudes estilísticas con otras construcciones megalíticas en Sudamérica, como las de San Agustín (Colombia), Nazca (Perú) y la serie de tallas encontradas en la cuenca alta del río Amazonas.
Denominación errónea
Finalmente, cabe mencionar que la denominación de fuerte es un tanto errónea, pues, aunque cumplía algunas funciones de vigilancia y sirvió como centro de abastecimiento para los guerreros incas, el complejo, como tal, estaba más que nada destinado a las ceremonias, como así lo indican los tres significados de la palabra samaipata: “Altura del descanso”, “lugar de encuentros” y “Dios eterno”.
Con información del CIES y de guías especializadas.
miércoles, julio 08, 2009
ESCRIBIR A DIETA

Autor: Juan Villoro (periodista)
Hace años, en todos los periódicos trabajaba un gordo dedicado al arte de corregir la puntuación. Mientras otros sudaban en el lugar de los hechos, él leía con ojos de cazador. De tanto en tanto, chupaba un lápiz como quien prueba una golosina y tachaba un gerundio. No necesitaba consultar diccionarios porque había engordado a fuerza de adquirir palabras.
El corrector obeso era la versión extrema del periodismo sedentario. Su cuerpo expresaba autoridad. Aunque odiáramos sus enmiendas, lo veíamos como a un Buda cuyo paradójico don consistía en suprimir el adjetivo que tanto nos gustaba.
En un diario español conocí a uno de esos gordos, que además tenía el tino de apellidarse Grasa. Nadie se burlaba de él. Su nombre parecía heráldico, digno de su especialidad.
Los correctores perdieron importancia desde que la computadora prometió hacer esa tarea. El gran gordo desapareció mientras las redacciones se llenaban de gorditos.
Los reporteros se ejercitan menos; ya no persiguen las noticias a pie, sino que las buscan en las pantallas. Un oficio de flacos (recordemos al periodista famélico dibujado por Abel Quezada) se ha convertido en una tarea donde la barriga ya no es exclusividad del corrector en jefe.
Internet ha traído numerosos cambios culturales. No vamos a demonizar aquí algo bueno e inevitable, como la lluvia o el teléfono, pero es un hecho que los inventos ponen nerviosa a la gente. La fotografía anunció el fin de la pintura, el cine el fin de la fotografía, la televisión el fin del cine y la computadora el fin de la televisión. El resultado suele ser el opuesto. Cada nueva tecnología prestigia a la anterior: el plástico ennoblece al vidrio, el vidrio al bronce y el bronce a la piedra.
Las fotos polaroid, que parecieron el non plus ultra de lo moderno, acaban de desaparecer para siempre, convirtiendo a sus cultores -de Andy Warhol a David Hockney- en artistas de una edad pretérita.
Dentro de 50 años será imposible encontrar un sistema operativo para leer un CD con la información que hoy podemos grabar. En cambio, se leerán libros caligrafiados hace 2 mil años.
Internet refrendó la fuerza de la cultura de la letra. No podemos vivir sin escritura. La constelación que una vez se trazó con tinta de calamar, ahora brilla en nuestras pantallas.
Sin embargo, ante la galaxia Google, el periodismo impreso ha tenido un ataque de ansiedad. En vez de realzar sus recursos, imita los ajenos. Como la información en línea es muy solicitada, los periódicos tratan de parecer páginas web (menos letras, más imágenes, tips que simulan ser links...).
La reacción debería ser la contraria. Si en la pintura el abstraccionismo mostró lo que no puede hacer la fotografía, el periodismo impreso debería ofrecer lo que no funciona en la red: textos larguísimos para gente que conoce la calma. El periódico italiano La Reppublica es un buen ejemplo al respecto. Se lee al ritmo que impone el papel. Hace poco, uno de sus temas de portada fue la descripción de un beso. Es cierto que el autor era Orhan Pamuk, pero pocos diarios lo hubieran considerado digno de primera plana.
Lo curioso es que mientras se reduce el periodismo de investigación y se eliminan suplementos, las revistas ganan adeptos, demostrando que hay gente dispuesta a leer textos más extensos que los de las cajas de cereales.
La red se ha convertido en su propio tema: es el horizonte de los acontecimientos. En vez de acudir al lugar de los sucesos, el reportero vigila la realidad virtual. Como todos pueden llegar ahí, la competencia se basa en la homologación. El triunfo de conseguir algo único es menos decisivo que la derrota de perder lo que los demás consiguieron. La novedad tiene un criterio estándar.
Otro efecto secundario de internet es la disminución de corresponsales extranjeros. La red es una plaza sin patrias donde se intercambian datos de todas partes. Los enviados especiales se han vuelto caros y en cierta forma desconfiables: ven de manera peculiar un mundo que aspira a la norma.
Para colmo, en muchas ocasiones el reportero debe escribir un texto aplicable a varios formatos (el periódico impreso, la información en línea, el boletín de radio o televisión). Por lo tanto, ofrece una materia neutra donde los giros personales se evitan como grumos en el arroz con leche.
El periodismo sin señas de identidad permite que alguien comente: "ese texto es demasiado literario". La frase debería ser tan rara como la de un chef que dijera: "ese guiso es demasiado gastronómico". Casi siempre, la objeción se refiere a que el texto es complicado. La claridad es un requisito de la prensa (el desembarco en Normandía no se puede comunicar como un poema dadaísta), pero el miedo a la diferencia ha llevado a renunciar a los adverbios y los adjetivos.
Al alejarse de su esencia, la prensa escrita pierde lectores en todas partes. Mientras los periódicos adelgazan, los periodistas engordan.
No será por mucho tiempo. No hay vida sin historias. Nada más urgente que la crónica de un beso.
domingo, junio 28, 2009
LA PAZ, PUNTOS Y CONTRAPUNTOS

Texto: Álex Ayala Ugarte
¡Obrajes, Calacoto, Los Pinos, Cota-Cota! Una voz segura anuncia vertiginosa algunos de los barrios de la ciudad de La Paz desde un pequeño minibús. El caos circulatorio es total. Decenas de vehículos similares se paran cada pocos metros para conseguir viajeros. Se los intentan robar unos a otros. Los coches se cruzan y se descruzan en busca de un hueco por donde pasar. Los guiñadores están de adorno. Los semáforos, manipulados por policías de manera manual, intentan imponer un mínimo de orden entre tanto desorden. Y los chóferes, como si fueran potros, arrancan a trompicones sin prestarles atención.
Desde la ventanilla, mientras, Matías asoma medio cuerpo para volver a vocear con ímpetu las direcciones a los cuatro vientos. Para quien no vive habitualmente en La Paz, se hace difícil entenderle en su sucesión interminable de palabras. Matías es petiso, levanta apenas media docena de palmos del suelo. Sus ojos son como caoba y su pelo, apelmazado por una incómoda lámina de grasa, se acomoda en su cabeza con raya al lado derecho. Matías tiene 12 años. Y, como muchos niños en Bolivia, es parte del complejo universo laboral que ve a los menores como una mano de obra cualificada.
Entre el amasijo de calles sin nombre, rincones oscuros y llenos de mugre, luces de neón y rascacielos de ventanas ahumadas, entre tanto, algunos rostros ocultos bajo un pasamontañas raramente se descubren. Son los lustrabotas, jóvenes de infancias vencidas por una soledad buscada que tienen en su cajón y en sus tintes de aromas y colores diferentes su modo de vida. Algunos cursan estudios; otros se drogan habitualmente con clefa.
Y los “lustras” están por todo lado: en las plazas, en las avenidas, frente a los hoteles y, sobre todo, en las laderas. Allá viven, pues como en toda América Latina es en las zonas altas y más periféricas de las ciudades donde se concentra la miseria. Es el contraste. Las lomas, espléndidas de noche, con sus puntitos de luz que parecen estrellas, de día resultan un enorme y caótico tinglado de pequeñas edificaciones de ladrillo descubierto y calamina, callejuelas de tierra mal paridas y escaleras estrechísimas que retan con desfachatez a la orografía. Son las zonas donde la pobreza apuntilla con más dureza unos corazones de por sí ya maltratados. Sin embargo, al mismo tiempo, son los lugares donde el comercio informal y el contrabando mueven casi más plata que cualquier otro negocio de Bolivia. Y son las manos más pobres las que mantienen una economía en la que la evasión de impuestos está a la orden del día.
Entre los mercados callejeros, el área de mayor influencia se sitúa entre las calles Manco Kapac, Tumusla y Max Paredes, que conforman un gigantesco y laberíntico zoco donde se vende de todo cada día, desde productos electrónicos hasta ropa usada, comida y frutas. De madrugada, con las llamadas “mañaneras”, se despachan ciertos productos a precio de saldo. Y según va pasando el día casi todo va aumentando de precio.
Es también entre esas calles donde cobra una esencial importancia una figura: la del aparapita, dedicado a transportar bultos de toda clase y condición sobre sus espaldas. Es un oficio que requiere maña, destreza y mucha costumbre, pues apenas amarrados con unas pocas cuerdas, por unos pesitos, transportan frigoríficos, colchones, armarios y toda clase de enseres. Y aunque hay aparapitas gordos, casi todos lucen como figuras sin carnes; otros son niños que se dan mañas con bultos livianos. Pero a todos les define su saco –su chaqueta–, una prenda tan llena de zurcidos que no pasa nunca desapercibida.

La ciudad de Jaime Sáenz
Esa misma vestimenta llevaba casi siempre puesta uno de los pocos narradores que han surgido de las entrañas de la parte más maldita y mágica de la ciudad: Jaime Sáenz. “Es para quedarse perplejo. El saco ha existido como tal en tiempos pretéritos, pero ha ido desapareciendo poco a poco, según los remiendos han cundido para conformar un nuevo saco”, describía él mismo sus ropajes en un artículo.
Y a Jaime Sáenz hay que entenderle en sus escritos, pues su concepto de La Paz es otro. La Paz de Sáenz, precisamente, no es la que vemos todos los días, sino más bien la que vemos todas las noches, pues el escritor era un pájaro de hábitos nocturnos. La Paz de Sáenz es la marginal, la de las camas de cartón, la de los recolectores de basura y los perros ladrando a la luna, la de las subidas y bajadas escalando por sus calles vacías, la del trago seco y espeso, la de la nocturnidad, la de la soledad... y la de la muerte.
Fiel a sus principios, el escritor casi nunca salía de día. La pieza donde vivía era grande y muy oscura. Tenía siempre las cortinas cerradas y era al mismo tiempo dormitorio y antro literario. A Sáenz le gustaba tener todo cerca: sus libros, sus fotos, sus cigarros, sus bebidas... y escuchaba mucha música, especialmente la que le recordaba a su esposa, una alemana que lo abandonó llevándose a su hijo y a quien escribía cartas que después jamás mandaba a ninguna parte. Las rompía y las guardaba. Pero no era la única de sus manías. También era capaz de agachar la cabeza ante un cuadro de su morada que consideraba maldito, de romper un paraguas por la mitad con la rodilla por la simple razón de haber sido abierto dentro de una casa, de volver a bajar las gradas de un edificio por haber terminado esta tarea con el pie izquierdo o de quedarse dos horas callado observando llover y acto seguido disertar calavera en mano sobre la “otra vida”.
Con todo, este narrador paceño supo retratar magistralmente a los personajes más tradicionales y entrañables de La Paz. Es el caso de la chiflera, mujer que dicen emparentada con brujos y adivinos que vende toda clase de hierbas para curar los males; del velero, un hombre taciturno y silencioso, flaco y reservado, que vende velas a la hora del crepúsculo, cuando las almas en pena se retiran a sus casas; del afilador, quien al toque de una especie de zampoña metálica reclama la atención de los vecinos; del vendecositas, quien ofrece bajo un precario toldo botellas rotas, tornillos, cadenas, engranajes y hasta culatas de fusil de guerras olvidadas o máscaras de esgrima de tercera o cuarta mano, es decir, las más inverosímiles y extrañas cositas; y del loco, “dueño de un tiempo que se remonta al tiempo en que no hubo tiempo”, que dice Sáenz. El loco es quien recibe instante tras instante la descarga de las tensiones colectivas: el espanto y el júbilo, la angustia, el dolor y la congoja, los más profundos y, a la vez, ocultos sentimientos. Y además es un genio y un misterio. “De día un millón de almas hurgan en su ser y le quitan el sueño, y de noche igual los muertos lo desvelan”.
Pero La Paz de Jaime Sáenz es también La Paz de las bodegas, espacios lúgubres donde borrachos de toda condición rehuyen a la muerte. Su mirada es la de los suicidas. Su respiración, la mayor parte de las veces, es su única palabra. Y la decoración de estos lugares la conforman sólo viejos taburetes de madera y toneles de estaño deslucidos por el tiempo. Aunque la verdad sea dicha, ya no quedan en la ciudad muchas bodegas.

Anárquica por definición
Visto lo visto, uno se pregunta: ¿Existe alguna pauta válida para comprender La Paz en toda su indefinición? ¿Cuál es La Paz auténtica: la de Jaime Sáenz o la que anuncian las agencias de viaje? ¿La de los grandes rascacielos o la de los cerros que se estiran hacia el cielo? ¿La del frío intenso y tétrico o la de un sol que se amasa a más de 3.500 metros de altura? ¿La de grandes prestes o la de los niños hurgando en perdidos basurales?
No hay una respuesta. La Paz es una ciudad anárquica en sí misma, agresiva, estratificada en niveles queriendo plasmar la tremenda desigualdad social entre la gente. Y, como decía un vasco, Vicente González Sarasúa, que la visitó hace ya más de seis años: “La Paz es una ciudad que atrae aunque no convenza”.
Efectivamente, no hay planificación, no prima en ella el concepto de paisaje, no tiene demasiado espacio libre y, por momentos, pareciera que es un lugar que quisieran volverlo plano, algo imposible si se tiene en cuenta que la urbe está clavada en medio de una gran hoyada.
Es una ciudad reflejo del permanente conflicto, donde parece que nadie creyera en nada. Y, sin embargo, a pesar de un sinfín de predicciones agoreras que la han dado por muerta muchas veces a lo largo de la historia, La Paz sigue funcionando, demostrándonos cada día que tiene su propia lógica, que la simbiosis entre la naturaleza y la trama urbana es la más adecuada, que encuentra en medio de la inestabilidad un solo sentido, apuntando siempre al Illimani, el cerro de nieves eternas que, cual ojo, la vigila.
Por poner un centro, algunos sitúan la plaza Murillo como el corazón desde donde nace la anarquía. A su alrededor, tal y como describía Jaime Sáenz, “conviven calles angostas y empinadas, con un olor a cosa olvidada y con un gran silencio en sus esquinas, en cuyos ámbitos puede escucharse, distintamente, el ruido de la ciudad al caer la tarde”. A su vera, también vive la parte colonial, representando el orden dentro del caos que protagonizan el resto de las calles, plazas, arterias y avenidas principales.
Siempre ha sido así. En un principio, recién fundada la ciudad, en 1548, todo se orquestaba en función a la estructura en damero impuesta por los arquitectos de la Colonia. Pero igual había orden y desorden. La parte ordenada era el centro urbano mientras que los indígenas, que tenían prohibido habitar dentro de esta cuadrícula, se agolpaban como podían en barrios como San Pedro, San Sebastián y Santa Bárbara.
Hoy, el centro de la ciudad, con sutiles diferencias, intenta mantener un cierto equilibrio. En este caso, la modernidad, la dejadez –a veces– y los edificios republicanos y coloniales marcan la pauta. Se conservan lugares como el Palacio de los Condes de Arana (actual Museo Nacional de Arte) o el Palacio de los Marqueses de Villaverde (ahora renovado Museo de Etnografía y Folklore); y las iglesias coloniales –San Francisco, Santo Domingo y La Merced, entre otras– también se encuentran en buen estado.
En contraste, iglesias como la de Loreto –donde en estos momentos se ubica el Parlamento Nacional– se han perdido. Además, un cierto mal gusto se entreteje con La Paz mejor conservada. Es el caso de la plaza Murillo, donde el conjunto neoclásico del XIX (presente en la Catedral, el Palacio de Gobierno, el Palacio Legislativo, la Prefectura y la Cancillería) se rompe por culpa de un par casas particulares en el norte y este de la misma. Asimismo, la fachada de la Caja de Seguros, tiroteada en febrero de 2003 durante un enfrentamiento inédito en América Latina entre militares y policías, presenta aún los agujeros de bala de tan singular y absurda batalla.
En este mismo sentido, terrenos baldíos, graffitis con mensaje pero sin gusto –del estilo “en esta ciudad hay más radio-taxis que sentimientos”– y algunos edificios que son el contrapunto al tipo de construcción republicana hacen de las suyas en calles como la Comercio, camino hacia la explanada de San Francisco, donde toda clase de charlatanes y mercachifles vende lociones contra la calvicie y predica la venida del fin del mundo.
Pese a todo, no parece que nada sobre. La Paz de ayer convive casi a la perfección con la de hoy en día. Y en una mezcla muy paceña, los comerciantes callejeros se sitúan a la par de las grandes oficinas y los rascacielos. Así, en una mixtura de construcciones de cristal y de cemento que se elevan hasta el cielo y personas que se ganan el pan en espacios de apenas metro y medio, es que se avanza hacia El Prado, el verdadero eje de la urbe, donde algunos edificios modernistas de principios del XX –uno de ellos la Casa Hierro– conviven sin violencia con las frías construcciones ya posteriores a los años 60.

Muchos mundos dentro de uno
En torno a El Prado, barrios como el de Rosario, que alberga calles como la Linares, la Sagárnaga o la Illampu, son el colchón de vida de la ciudad. En ellos la luminosidad es una constante, pues a diferencia de lugares como Santa Cruz acá el agua no se evapora y deja una leve bruma. Y los contrastes de luz revelan, entre las sombras que los acompañan, los ángeles y demonios de la urbe, omnipresentes entre los grupitos de gente que camina escondiéndose del sol bajo papeles de periódico y sombreros.
Similar en carácter a El Rosario, San Pedro hace de enlace con Sopocachi, barrio muy tradicional y protagonista de letras de tango y de cantares. Sus hogares, casas más que peculiares de los años 30, han parido a buena parte de los que ahora manejan las finanzas y la administración pública, aunque hoy son ya un gran complejo de oficinas.
Mientras, un poquito más al este, el Puente de las Américas, un coloso desde donde acostumbran a suicidarse los desesperados, hace las veces de cordón umbilical con un enclave fundamental que comenzó a crecer hacia los años 40: Miraflores. Para muchos ejemplo de urbanismo al más puro estilo europeo, este lugar está ordenado en diagonales sin horizonte que intentan estructurar por completo la vida de sus habitantes. Equipamientos como el estadio de fútbol Hernando Siles o el Hospital Obrero, enorme, se agolpan a lo largo de esos brazos que lo articulan; y sus edificios, compitiendo en altura, parecen querer sumir a la ciudad en un ilusorio mundo de gigantes.
De allá, la bajada hacia Obrajes, en la parte más llana de la urbe, es un hecho. Y no hay barrio más gris que éste en la ciudad. Escoltado por el Choqueyapu, río fétido y mortal en época de lluvias, es un punto donde las casas de pocos pisos crecen como enanos, los coches circulan a velocidades desorbitadas para no llegar tarde a sus citas –aunque siempre llegan a destiempo– y los niños se quedan en sus casas ante unas aceras finísimas, que apenas dan paso a una o dos personas.
Obrajes es el paso obligado hacia la Zona Sur, que se despliega como una alfombra hacia el Illimani, pero hacia el este y no como su propio nombre indica. Y retando a la lógica, que sitúa normalmente a los pobres en el sur, ésta es la zona más rica de la ciudad, un mundo de lentejuelas, terciopelo, neones y oropeles que no parece Bolivia. Pero tanto derroche es solamente un signo que confirma que la urbe está por de más acostumbrada al desorden y a las rupturas.
Por otro lado, se puede decir que La Paz es una ciudad ósea, bien soldada, que funciona a trompicones, como lo demuestran sus épocas de cambio, coincidentes siempre con los grandes momentos históricos en la historia del país.
Y es que, por ejemplo, antes del alzamiento aymara de 1781 se construyeron con soberbia una buena cantidad de iglesias y palacios para nobles y hacendados. Lo mismo ocurrió en los años previos a la revolución del 52 –que buscaba terminar con una estructura feudal en la que la tierra se vendía junto a aquellos que la habitaban e instaurar una profunda reforma agraria (que al final se quedó a medias)–, pues en ese tiempo se levantaron barrios como Miraflores y avenidas neurálgicas como la Camacho y la Mariscal Santa Cruz. Y en el año 85, con la última y sangrienta dictadura que ha habido en el país –protagonizada por el general Hugo Bánzer–, se llevaron a cabo construcciones como el Palacio de Comunicaciones o la piscina olímpica, que fueron la antesala del neoliberalismo.
Y este tren no para. El proceso que se inició en 1548 con la fundación de la ciudad sigue aún ávido su curso. Con ese olor a cosa olvidada, con ese su alma de altibajos, con la mezcla de adobe, teja, cristal y calamina, con sus gentes alternando de un barrio para otro y con afán de quedarse para siempre como una parte indivisible del paisaje.
Entre tambos y conventillos
Precisamente, en esa lucha por eternizarse, tienen todavía un protagonismo esencial los tambos y los conventillos. Los primeros, tal cual lo describe el periodista boliviano Jaime Iturri, como “espacios de resistencia y explotación, lugares de encuentro, de vicio y de fornicio, de intercambio mercantil y trueque”. Los segundos, como verdaderos aglutinadores de vecinos, como patios donde todo es aún posible. Y, antes que nada, ambos son puntos en los que vuelven a ser centro de atención las lomas, las zonas altas, articuladoras sin tregua de los latidos ocultos de La Paz, de sus luchas, sus trincheras.
Entre calles abarrotadas de gremialistas, zapateros por un lado, talabarteros por otro, peluqueros en una empinada subida, fruteros en una bajada..., los tambos, grandes galpones con plásticos en el suelo y tinglados de calamina como techo, se han transformado fundamentalmente en centros de acopio y expendio de frutas y verduras; y también, en comedores populares donde la carne ni se huele.
Antaño no era sólo así. En el pasado sirvieron además de alojamiento y de refugio. Durante el predominio quechua, dice Iturri, los había de diferentes clases y categorías; y “durante la colonia se convirtieron en albergue de los mitayos que eran transportados a la fuerza para que las minas los devoren y, también, en lugar donde pernoctaban comerciantes, forasteros y prófugos”. Y en ellos, se compartían historias, idiomas de decenas de colores y algún plato que otro para poder matar el hambre por unas pocas horas.
Pero hoy ya casi nadie duerme en los tambos. Antes los había cada 40 leguas –la distancia que se recorría en un día de viaje–, pero ahora apenas sobreviven en la periferia de algunas ciudades. Y son como una corteza necesaria, una especie de película finísima que protege a la ciudad y sus gentes más humildes del olvido, un espacio donde se reescribe la historia de otra manera, desde el punto de vista de los que perdieron sublimes batallas, bajo la lengua como pluma de los desheredados.
En ellos, se reúnen trabajadores, poetas, rebeldes, sometidos y mujeres; y tratan de fusionar pasados y presentes, de darle una vuelta de tuerca, a su manera, al mundo. ¿Lo consiguen? Por lo menos, haciéndose escuchar entre un griterío por lo general polvoriento, taciturno y húmedo, mantienen sumanente vivo el sentir de los de abajo, de los que casi nunca suelen alzar la voz, de los que cercan virtualmente a la ciudad desde las laderas.
Lamentablemente, con la migración del campo a la ciudad y la proliferación de hoteles, hostales y pensiones, una parte del alma de los tambos, la de acogida, se perdió ya para siempre. La otra, la de ser centro de reunión en su función de proveer comida, se mantiene a duras penas, pues algunas vendedoras han tenido que abandonarlos y salir a las calles para garantizar la venta de sus productos, consumida ésta por la competencia que viene de afuera: de otras vendedoras en las aceras, los supermercados y los almacenes.
Con todo, la ciudad, aunque en silencio, sigue en movimiento en torno a los tambos. La fruta que termina primero en los mercados de la zona Sur y, después, en las mansiones y los estómagos de los empilchados hombres de negocios viene precisamente de sus entrañas. La compran las caseras al por mayor a las mañanas. A ellas les dan las más jugosas piezas para que las transporten luego en taxis y camionetas a los mercados, demostrando una vez más que en La Paz, de una manera u otra, todo está inevitablemente unido.
A veces, hasta las vidas. Así parecen evidenciarlo por lo menos los conventillos, que todavía están en pie en el centro de la ciudad y en la subida hacia los barrios de los cerros. Son casas vetustas y pesadas, con oscuros patios cubiertos a veces de techumbres donde los vecinos comparten entre sí puertas adentro, donde el olor a fritanga lo impregna todo, donde cuartitos de dos por dos, sin baño ni cocina, conviven con humildes despachos de abogados, mini-talleres y consultorios clandestinos, donde las conversaciones traspasan las paredes, donde casi todos los conflictos se resuelven.
Los conventillos son como una intrincada abadía llena de madera, de argollas y candados, de puertas, de cuartos sin ventanas con un olor estanco y espeso. Son lugares donde todo se comparte: las marraquetas, la sal, el arroz, el azúcar..., donde el único inquilino que tiene hornilla es capaz de calentar agua para todos los demás en el desayuno, donde, a pesar de sus miles de defectos y un escaso abanico de virtudes, los vecinos tratan de fomentar la comprensión, la tolerancia, la humildad y el buen humor.
Entretanto, en apariencia, nada entra o sale del conventillo. Todo se despacha puertas adentro: los arreglos y las desavenencias, los amores febriles y los engaños más perversos, los gemidos nocturnos y los bostezos diurnos, el vómito y la fiesta... Sus cuartitos son como una tumba sin epitafios, llenos de secretos, donde todo se sabe y nada. Y a la vez son el maniquí por el que la ciudad va dibujando sus contornos más precisos.
Las rutinas de costumbre
De los conventillos salen lustrabotas por las mañanas embutidos en buzos de faena y cubiertos por un pasamontañas. De los conventillos se escabullen de madrugada los representantes de oficios ya casi olvidados: los soldadores, quienes con carbón, ácido muriático, estaño y unos cuantos pedazos de lata, recorren La Paz con su brasero, ofreciendo sus servicios a viva voz de casa en casa; los joyeros tradicionales, enigmáticos, desconfiados, de mirada larga y pocas palabras; los hojalateros, que arman en un segundo tenderetes abarrotados de artículos de su fabricación que se venden en pocas horas como pan caliente; las tenderas, quienes en sus lúgubres almacenes cultivan una personalidad ahorrativa y conservadora, caprichosa y quejumbrosa. Y de los conventillos nacen todos los días las rutinas de las que se alimenta la ciudad. De ellos, del resto de las construcciones de las laderas y de los hogares de la ciudad de El Alto, la urbe colindante, separada únicamente de su vecina por unos metros de altura.
De El Alto bajan a La Paz como hormiguitas cientos de personas cada día. Algunos para estampar su firma a modo de tenderete en las aceras; otros acuden con suma puntualidad a oficinas lúgubres y oscuras; los hay que bajan a robar a los incautos a las avenidas principales; y quienes recorren las calles como idos vendiendo pañuelos, chicles, ambientadores y toda clase de chucherías por las que apenas sacan unos pesos.
Y en muy pocas horas el engranaje de la ciudad está en marcha. Una ciudad que tiene su lógica, la lógica propia de las rutinas, de la costumbre. El lustrabotas no falta nunca a su tramo de calle, el alcohólico a su cartón de vino que parece matarratas, los mini-buses y los taxis a su cruenta lucha por arañarse clientes unos a otros, los locos a sus pasos que caminan sin sentido y el ciudadano de a pie a sus andares esquivando gente.
La ciudad, aunque abanderada por el caos, tiene sus reglas. Sólo hay que llegar a comprenderlas. El que lo consigue conoce que en un mismo día se pueden padecer al mismo tiempo las cuatro estaciones –frío a la mañana, calor intenso al mediodía, lluvia torrencial por la tarde y vientos pícaros y enmarañados camino de la anochecida–, es consciente de que entre el laberinto de subidas y bajadas va a encontrar siempre a la misma gente, en el mismo sitio y a la misma hora; y sabe que las marchas de protesta, por lo general en las mañanas, son el pan nuestro de cada día.
Pero para saborear La Paz en toda su esencia no hay que estar simplemente de paso. El que está de paso se queda con la imagen de las luminarias salpicando los cerros cada noche, pero no se detiene a pensar en el amasijo de existencias que se alumbran como un suspiro bajo ellas; se queda con el rugido omnipresente de los tubos de escape y los voceadores, pero no se da cuenta de que detrás de la voz del mini-bus hay un alma perdida de niño; se queda con las casas coloniales, los museos y el mercado, pero ni siquiera imagina el flujo de vida que corre tras las paredes: en los conventillos, en las casas de adobe y calamina de las laderas y en las heladas camas de cartón de las aceras.
El que está de paso pasa, pero queda la ciudad, siempre invencible. Le pusieron las montañas y se hizo un hueco eterno entre ellas. La fortificó como ojo inquisidor la otra ciudad, El Alto, pero se hizo imprescindible y ahora necesitan irremediablemente la una de la otra. Así, a veces con poesía y otras con desencanto, en La Paz florece un corazón lleno de mezclas, inmerso en contradicciones, borracho de olvido, que hace contar a los que no cuentan para nadie, que sorprende, que camina siempre al borde del precipicio.
NARCÓTICOS ANÓNIMOS, EL CAMINO DE REGRESO

Texto y fotos: Álex Ayala Ugarte
Sábado.16:00 horas. La Paz, Alto Obrajes. Joaquín, de 23 años, enciende un pucho. Sus dedos huelen a tabaco. El cuarto condensa igualmente en su interior el olor a cigarrillo. Y él viste una polera, un pantalón jean, unos tenis con los cordones desatados y tiene el pelo ligeramente en cresta. “Yo con una Coca-Cola y un Marlboro estoy feliz, como si mi mente despertara”, dice. Lo mismo que cuando consumía marihuana y pasta base.
La diferencia es que ahora lleva ya siete meses “limpio”. Aunque en la pared dos pósters del rapero Eminem recuerdan todavía momentos del pasado.
Joaquín busca un cenicero, lo apoya en su catre y se sienta al lado. Cierra y abre los ojos de manera intermitente, como quien se ha cansado ya de ver el mundo, y comienza a relatar su historia, que comenzó en el Liceo Militar de Sucre a los 14 años. “Allí es donde conocí la ‘sustancia’. Me decían ‘mandarina’ porque no probaba nunca nada y al final lo terminé probando todo de forma compulsiva. Después de que me invitaran cigarrillo, me compré una caja de L&M y me la fumé en una hora. La marihuana me gustaba porque me volvía más adrenalínico, un super hombre, y así pasé consumiendo mucho mucho tiempo. Cuando veía a algún tipo extraño en la calle, le paraba y le decía: ¿No tienes ‘yerba’, man? Y él sacaba, me quitaba de la mano 10 ó 20 pesos y me la daba”.
Más adelante, llegó la pasta base. “Un amigo solía comprar nueve bolsas chiquitas, de unos cinco pesos cada una, y yo pensaba que eso era para todo un mes, pero las acabábamos en cuatro o cinco horas”. Eso era en el Liceo y luego, cuando Joaquín retornó a La Paz, empeoraron las cosas. “Fui saltando de colegio en colegio y comencé a enflaquecer. Subía a la Garita de Lima y me hacía pegar y robar mientras intentaba conseguir ‘sustancia’. Me uní a una pandilla en la Pérez Velasco, robaba y podía pasar dos o tres días sin volver a casa”.
Joaquín quema el cigarrillo con rápidas bocanadas, como si fuera a vomitar un pedazo de pulmón en cualquier rato. Una botella de refresco descansa al pie de su cama, pero en otro tiempo, tras abandonar la pandilla, lo que había ahí mismo, a su vera, era una de vino. “Mi papá me daba 20 pesos para comer, pero yo me iba a la tienda y compraba tinto, para mí casi igual de anestesiante que la marihuana –explica–. Tomé como tres meses sin parar. Y también compraba pasta base. Ni me bañaba. Incluso el agua caliente me hacía sentir frío. Sólo fumaba y bebía. Hasta que pasé dos semanas sin dormir, entré a la habitación de mi abuelo, agarré su pistola y me puse a disparar al aire”.
“Entonces, vino el 110 y me encarcelaron –prosigue–. No se me pasaba la locura. Ni siquiera reconocía a mis propios padres. ¿Quiénes son ustedes?, les decía. Y acabaron por internarme en el psiquiátrico. A mí me parecieron días, pero fueron meses. Allí me dio un ataque y se me paralizó la parte izquierda de mi cuerpo. Caminaba así (hace el gesto), con la mano izquierda encogida y la boca torcida. Me diagnosticaron esquizofrenia. Cuando salí, empecé a doparme con sedantes. Y enseguida volví al vicio”.
Después, dice Joaquín, 15 entradas y salidas del psiquiátrico fueron la antesala de una recuperación que llegó por la intermediación de Narcóticos Anónimos (NA). Su llavero dice ahora “60 días limpio”. Ha recuperado su rutina: se levanta temprano, va a sus clases de Derecho y ha transformado la ansiedad en orden. En su mesilla, los objetos se agrupan concienzudamente. Por un lado, sus útiles de limpieza: jaboncillo y un cepillo de dientes. Por otro, papeles y libros: de la universidad y de Fidel Castro. En un rincón, una montaña de zapatos. Y encima de una nevera, las pastillas para su enfermedad mental. “Sin ellas –comenta–, puedo perder la conciencia y comenzar a romper vidrios y paredes. Y los médicos dicen que si, sigo consumiendo, cuando tenga 30 años puedo estar ya completamente loco. Eso fue lo que me asustó”.
Se cierra la puerta y Joaquín agarra su refresco y nos acompaña. Nos cruzamos con sus abuelos. Joaquín vive con ellos porque sus padres, divorciados, no le quieren en sus nuevas familias. La casa está en reconstrucción y en el piso de abajo se agolpan armarios y sillones viejos. En una esquina yace una bicicleta. Es la que Joaquín empleaba para realizar pequeños hurtos con el fin de conseguir “sustancia”.

“Soy Leo, adicto en recuperación”
Viernes. 19:30 horas. Calle Sagárnaga, salones de la iglesia San Francisco. Reunión de Narcóticos Anónimos.
“Hola, soy Leo, adicto en recuperación”. “Hola Leo”, responden todos a coro. Leo, de 30 años, es de baja estatura, usa lentes transparentes y viste una camisa a rayas y una chaqueta de cuero. Está “limpio” desde hace casi ya tres años y su tragedia personal comenzó con un abuso sexual. “Nunca se lo conté a mis padres y, desde entonces, comenzaron mis obsesiones. Me obsesionaba con las proferoras de la escuela, con los juguetes, con las niñitas, con mi imagen. Pasaba horas frente al espejo peinándome. Estaba acomplejado. Y a los 11 años fue mi primera borrachera, cuando tomé todo el singani que había sobrado de una fiesta”.
Leo llegó a Narcóticos Anónimos hace aproximadamente cuatro años. La organización se fundó en los Estados Unidos en 1953 como una escisión de Alcohólicos Anónimos, pero fue recién, hace menos de una década, cuando se implantó en Bolivia. Los primeros grupos no fueron constantes. Abrían y cerraban. Y ahora son dos –“Limpio y sereno” y “Génesis”– los que se reúnen habitualmente, lunes, martes, jueves, viernes y sábados. Adictos en recuperación estables son cerca de 15. El resto va y viene. Y la regla es que el que está bajo los efectos del consumo durante la reunión no habla. “Por otro lado, es importante asistir con regularidad –acota Leo–. Acá no se piensa en el mañana. Nuestra consigna es ‘sólo por hoy’: un día sin consumir es mucho y 1.000 no son suficientes”.
Narcóticos Anónimos se define como una “confraternidad sin ánimo de lucro que promulga la abstinencia ante todo tipo de sustancias y que se basa en 12 tradiciones y 12 pasos que animan a los miembros a cultivar una concepción individual –religiosa o no– de los principios espirituales y de la aplicación de los mismos en la vida cotidiana”. En el mundo, se celebran ya más de 50.000 reuniones semanales en 136 países, y el promedio de años sin drogras es de 9,1. Pero es todo un proceso.
En el caso particular de Leo, la transición tuvo muchas caras. “Primero fue la masturbación. Después, las prostitutas. Y más tarde, la pasta base y la cocaína. Toqué fondo. Prometí muchas veces a mi madre que lo dejaba. Y nunca cumplía. En una golpiza en plena plaza Eguino, cuando estaba en busca de mi droga, a punto estuvieron de sacarme un ojo, pero hasta con parche y todo seguía consumiendo. Perdí mi charango, lo que más amaba. Intenté desintoxicarme en Quime, el pueblo de mis abuelos, pero viajé con mi bolsita de marihuana. Me metí después con los alucinógenos, con el san pedro y la mezclalina... Hasta que comprendí que si seguía así no iba a pararla nunca”.
Son las 21:00 horas y han dado también su testimonio Joaquín y Álvaro. Leo, que a a rehecho su vida y ahora da clases de inglés, se encarga de cerrar la reunión de hoy. Todos hacen corro en torno a una silla vacía, que representa al adicto que está por llegar. Juntan los brazos, cierran los ojos y recitan: “Poder superior, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”.

Un pantalón, una polera
Domingo. 15:00 horas. Avenida Periférica. La habitación de Álvaro está decorada con fotografías de águilas, una bandera estadounidense, poemas de su autoría, coches en miniatura, calaveras y ropa ancha, estilo rapero, que puebla su armario en cantidades. En su peor momento de adicción, sin embargo, apenas tenía un pantalón y una polera. “Los lavaba y me quedaba en casa uno o dos días hasta que secaran porque no tenía otra cosa que ponerme. Lo había vendido todo para conseguir pasta base y marihuana”.
El muchacho, de 22 años, tiene el pelo corto y lleva “limpio” sólo tres semanas y media. Varios tatuajes cosen sus brazos fornidos, que parecen fierros para anclarse a tierra. Las cadenas hablan de su pasado pandillero, reciente aún, y el póster de una Virgen de Guadalupe de influencia mexicana ocupa un lugar, a modo de altar, sobre su catre. “A ella me encomendaba siempre para que me protegiera de los enémigos y para que me ayudara a conseguir la droga”. Hoy, en cambio, le pide para que la adicción se quede a un lado.
“Antes era un ambicioso –relata–. Por eso, además de consumir, empecé a vender droga a otros en mi zona. La compraba a buen precio en el Barrio Chino y la colocaba después más cara. Yo pensaba que mi vida iba a ser como la de las películas, que iba a tener una mansión, autos de lujo y ñatas. Pero nada se dio como me imaginaba. Me atrapó la Policía con 30 gramos de marihuana y me metió en San Pedro. Estuve entre rejas unos meses y fue peor. Allá la droga se consigue aún más barata”.
En el camino, Álvaro introdujo a su hermano, que ahora tiene 17, en la senda de la drogadicción. “Le presentaba gente para que se sintiera protegido. En lugares como éste hay que hacerse respetar y no pensé en aquel momento que le hiciera mal alguno”, dice. Y él, entre tanto, durante las épocas más duras de intoxicación, subía a El Alto, alquilaba un alojamiento y podía estarse ahí, drogándose delante de alguna de sus chicas, hasta que el dinero y la “sustancia” se acabaran. “Luego, bajaba caminando. A menudo, a las dos de la mañana. Y tardaba más de tres horas en llegar a casa. Yo no estaba bien. A mis enamoradas les gritaba y les maltrataba. Pero tengo esa mentalidad de tener amigos de consumo, amigos diferentes, delincuentes, que venden drogas. Me he criado así y dejarlo cuesta”.
Actualmente, Álvaro trabaja en el almacén de una cadena de supermercados. Narcóticos Anónimos, comenta, le dio mucha seguridad, “nuevas amistades que no me van a inducir al vicio”. “Entré a la organización porque soy un perdedor; y cada vez que estoy rodeado de mis compañeros me siento ganador”.
Múltiples semblantes
Para el psicólogo boliviano Iván Torres, la droga adquiere múltiples semblantes. “En El Alto, como hay menos dinero, los jóvenes esnifan pegamento o gasolina –explica–. El que busca euforia y ser más abierto en sus relaciones sociales prefiere, sin embargo, la cocaína. Y el que trata de estar en buena onda, la marihuana. La sustancia es algo así como la pareja de uno, su otro yo, lo que reafirma al individuo, y en estos tiempos de consumo exagerado de refrescos, de comida, de alcohol, de sexo, de tabaco, etcétera, la droga también es un producto en alza”.
Según las estadísticas del Centro Latinoamericano de Investigación Científica (CELIN-Bolivia), la tendencia de consumidores de marihuana en 1992 era del 0,2 por ciento de la población; mientras que en 2005 había crecido ya al 1,97 por ciento. Entre tanto, en cuanto a la cocaína, la tendencia era del 0,1 por ciento en 1992 y pasó a ser del 1,33 por ciento en 2005.
Puntos como la plaza Alonso de Mendoza, Villa Fátima, el Barrio Chino, la plaza Eguino o la Garita de Lima son los lugares de expendio más comunes, además de algunas casas particulares en las zonas altas y las salidas de los colegios. Y el uso indebido como droga de sustancias legales –por ejemplo, medicamentos como las anfetaminas– es, según el CELIN, una rutina cada vez más habitual.
Con todo, instituciones que trabajan temas de adicción no faltan. El Instituto Nacional de Prevención, Tratamiento y Rehabilitación (INTRAID)es una de ellas. Y la fundación SEAMOS, otra, dedicada fundamentalmente a la educación en los colegios. Pero para Iván Torres, lo que se echa de menos en el rubro es el “estudio clínico caso por caso”.
Muecas macabras
Lunes. 15:00 horas, Villa Copacabana. Gustavo acaba de mudarse. Abre la puerta metálica de ingreso a su edificio, sube lentamente las escaleras hasta el cuarto piso y se para en la azotea, un improvisado balconcillo con vistas a buena parte de la ciudad. Gustavo oculta su calvicie bajo una gorra y en su cara están los rastros de una vida difícil. Se le nota avejentado. Sus 41 años parecen 50, pero está limpio de drogas desde hace 17 años, desde la mañana en que vio a dos de sus hijas caminando sobre una alfombra de colillas y restos de diferentes sustancias y repitiendo las macabras muecas que solía hacer cuando se encontraba intoxicado.
“En una ocasión, durante una de mis crisis, incluso le hice tomar alcohol a mi bebé para que dejara de llorar y no me pusiera más nervioso”, reconoce ahora arrepentido. Cuenta además que antes de su reconversión vio a uno de sus amigos suicidarse con una pistola delante de su familia por culpa de la pasta base; y a otros dos entrar en la cárcel, donde terminaron por matarse. A él le costó un divorció y decenas de disgustos. “Pero pude recuperarme gracias a Alcohólicos Anónimos primero y, luego, a Narcóticos Anónimos”.
Hoy, Gustavo es el gerente de una pequeña empresa de seguridad y “padrino” de muchos de los nuevos adictos que acuden a la organización para recuperarse. Dos de los tres hijos que tuvo con su ex mujer viven con él y ha tenido otros dos con su actual pareja. Se siente pleno, realizado. Y con razón, pues es como si se hubiera puesto de pie en su propio velorio.
“Mi vida ha cambiado totalmente. Yo he llegado a dormir en la calle por mi adicción, tapándome con cartones para no morir de frío. Lo que he pasado por mi dependencia no se lo recomiendo a nadie”.
Epílogo
Reunión de Narcóticos Anónimos. “Los de aquí al lado (en referencia a los de Alcohólicos Anónimos) seguro que llegan de resaca”, bromea Álvaro. Joaquín, para calmar la ansiedad, atrapa las miguitas de pan que hay encima de la mesa con la lengua. Y los llaveros esperan en un cajón a que haya alguien que merezca ser recompensado: 30, 60 ó 90 días limpio.
Nota: los nombres de los adictos de este reportaje han sido cambiados intencionalmente, a petición suya, para salvaguardar el anonimato.
Narcóticos anónimos se reúne en los salones de la iglesia de San Francisco, en la calle Sagárnaga, y en el número 2213 de la avenida Saavedra. Teléfonos de información: 72586860-70505733.
EL TRAFICANTE
Me lo presentaron en una fiesta. Acento extranjero, aspecto menudo, manos inquietas y chaqueta informal pero elegante. Buena presencia. Y el celular, todo el rato en la mano. Invitó un par de pases de cocaína a dos de tipos que no conocía. Cortesía de la casa. Luego, como si se tratara de un expendio de azúcar, empezó a vender de a poco la sustancia blanca, que guardaba en una bolsa en su mochila. Lo hacía cortésmente, como quien prende un fósforo para encender un cigarrillo. Y después, mecánicamente, guardaba el dinero recibido en uno de sus bolsillos. Él era el traficante, el dealer, el encargado de “encender la luz” cuando el jolgorio se apagaba.
Meses más tarde, le volví a ver en una infinidad de lugares, más demacrado que la primera vez, con el cuerpo tieso y su sombra extendiéndose como una mancha de aceite. Le vi en casas de amigos y de conocidos, donde algunos hacían uso de su propio inhalador personal, del tamaño de un pintalabios. Le vi también en el Café Ciudad haciendo de improvisado guía nocturno de un grupo de turistas que buscaba excusas para prolongar la noche. Y le vi muchas veces bajando y subiendo de taxis, atendiendo llamadas del centro y la zona Sur mientras proveía de “coca” a la jet set de La Paz. Siempre nos topábamos de casualidad, pero un buen día ya no le volví a ver de nuevo; y jamás supe cuál era su nombre, su verdadero nombre.
BARRA LIBRE
Así como Cuba y Tailandia son un paraíso para el “turismo sexual”, Bolivia lo es para el “turismo narcótico”. Y es bien conocido por las agencias de viajes de la calle Sagárnaga que muchos israelíes, estadounidenses, argentinos y europeos vienen a nuestro país por el gancho de la marihuana y la cocaína, presentes en lugares como los Yungas o el Chapare.
Pero la droga está también pululando en las ciudades. En La Paz, sin ir más lejos, varios after-hours son conocidos porque dispensan cocaína en plena barra. Uno de ellos está situado en el barrio de Sopocachi y funciona clandestinamente, a puerta cerrada, desde primeras horas de la noche hasta la madrugada siguiente. Allí, el consumo de estupefacientes está a la orden del día. Es más, las mismas meseras proporcionan un cristalito junto con la sustancia para que el cliente inhale en la misma mesa donde le están atendiendo.
Por otro lado, están las casas que proporcionan habitaciones para que el adicto beba o se drogue sin ser molestado, popularmente conocidas como “cementerios de elefantes” y ubicadas generalmente en las villas o las zonas rojas, lugares como la Buenos Aires o las calles que rodean el cementerio.
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